La Sexorcisto
Lluna V. L.
Contemplo la ciudad extenderse en masa
aunque no tengo ojos de verdad para ver.
Niños robando en el supermercado
y homofobia a la orden del día.
Llevo veinte años en esto
y son como si fueran veinte segundos,
se cambian planes de urbanización
por toneladas de huesos.
Richard me compra una botella de El Cuervo
aunque no debería, y yo no debería ser tan áspera con él,
pero el paraíso perdido me hace cadavérica;
flaca, demacrada, etcétera y etcétera.
(la bebida será para otra ocasión)
Ahí es cuando arranca el bombeo del corazón,
el de verdad, no al que se le canta
una retahíla de lírica merdosa.
La vida es vida, y no hay más,
tener un poco de humor como aire fresco
nos hace comprender cualquier cuestión filosófica mortal,
y a la vez, cualquier gilipollez del muñequito de turno TV,
en fin, millones de cosas.
Cuando me toca atender algún muchacho
más perdido la Atlántida y le pregunto:
"¿Cuéntame qué te pasa?"
A veces, me rio por dentro,
porque si tuviera que contestar
tendría que reescribir la biblia en verso sáfico.
----------------------------------------------------------------
Así que, unas cuantas anécdotas de allí y de acá,
y la mutua complicidad en la sonrisa despeja mucha ruina.
De todas formas, volviendo a los latidos,
aparte que a ambos nos gusta el tequila,
nos dedicamos a lo mismo
y tengamos un humor a prueba de bombas,
tendemos a acabar como estatuas como defensa
y necesitamos que esa escafandra de granito
se vaya a tomar por culo.
En fin, que esos latidos van muy bien,
una caja de resonancia muy hermosa,
aunque el órgano del corazón en una foto
no es que sea una cosa agradable de ver.
Pero lo importante es lo que mueve;
si la ciudad se extiende en masa
y no puedo verla con ojos de verdad,
por lo menos los latidos
me sirven como ecolocalización.
aunque no tengo ojos de verdad para ver.
Niños robando en el supermercado
y homofobia a la orden del día.
Llevo veinte años en esto
y son como si fueran veinte segundos,
se cambian planes de urbanización
por toneladas de huesos.
Richard me compra una botella de El Cuervo
aunque no debería, y yo no debería ser tan áspera con él,
pero el paraíso perdido me hace cadavérica;
flaca, demacrada, etcétera y etcétera.
(la bebida será para otra ocasión)
Ahí es cuando arranca el bombeo del corazón,
el de verdad, no al que se le canta
una retahíla de lírica merdosa.
La vida es vida, y no hay más,
tener un poco de humor como aire fresco
nos hace comprender cualquier cuestión filosófica mortal,
y a la vez, cualquier gilipollez del muñequito de turno TV,
en fin, millones de cosas.
Cuando me toca atender algún muchacho
más perdido la Atlántida y le pregunto:
"¿Cuéntame qué te pasa?"
A veces, me rio por dentro,
porque si tuviera que contestar
tendría que reescribir la biblia en verso sáfico.
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Así que, unas cuantas anécdotas de allí y de acá,
y la mutua complicidad en la sonrisa despeja mucha ruina.
De todas formas, volviendo a los latidos,
aparte que a ambos nos gusta el tequila,
nos dedicamos a lo mismo
y tengamos un humor a prueba de bombas,
tendemos a acabar como estatuas como defensa
y necesitamos que esa escafandra de granito
se vaya a tomar por culo.
En fin, que esos latidos van muy bien,
una caja de resonancia muy hermosa,
aunque el órgano del corazón en una foto
no es que sea una cosa agradable de ver.
Pero lo importante es lo que mueve;
si la ciudad se extiende en masa
y no puedo verla con ojos de verdad,
por lo menos los latidos
me sirven como ecolocalización.