Qué vetusto el artesonado, las vidrieras poseídas
por la claridad de la mañana, un acento de bocas
carmesí y un racimo de hombros como árboles
mustios en el bosque ancestral de la cultura.
Pilares de mármol en la sala y rastros de caoba en los pupitres,
filas como de vid en su bancal, un crisol de vestidos multicolores
lucen las jóvenes, letanía del gris y el negro en el grupo gótico,
o de arco iris robado y gavillas de lana en las solapas,
algodón entretejido, vaqueros levis, tu fular
que relampaguea como un satélite de luz
en el atrabiliario conjunto.
Asoma el académico con su traje de guata, por el estrado,
desde la pizarra, desde el atril, desde la mesa y la silla
de tafetán rojo su rigor esparce una lluvia secular de rancio edén.
La voz, paradójicamente infantil, declama los episodios
oscuros de un ayer en que el tiempo una vez más fue herida.
Hay pasión como de ángel que anuncia el caos, hipnosis
de acentos, de énfasis y ardor, de altisonante culmen
que deriva en gotas ambarinas sobre los rostros aún insomnes.
Las preguntas son la nube que descarga inquietud y siembra
los segundos de una curiosa altivez, en los bolígrafos la tinta
se ha vuelto caligrafía ardua, elipsis sincopada, jeroglífico azul
que contiene un mar indescifrable, un enigma que juzgará
el dios de las calificaciones, los temas vertidos en la hoja
con membrete que evaluará la capacidad de simulación,
la dócil virtud de reproducir lo que has interiorizado
para luego ser olvido.
por la claridad de la mañana, un acento de bocas
carmesí y un racimo de hombros como árboles
mustios en el bosque ancestral de la cultura.
Pilares de mármol en la sala y rastros de caoba en los pupitres,
filas como de vid en su bancal, un crisol de vestidos multicolores
lucen las jóvenes, letanía del gris y el negro en el grupo gótico,
o de arco iris robado y gavillas de lana en las solapas,
algodón entretejido, vaqueros levis, tu fular
que relampaguea como un satélite de luz
en el atrabiliario conjunto.
Asoma el académico con su traje de guata, por el estrado,
desde la pizarra, desde el atril, desde la mesa y la silla
de tafetán rojo su rigor esparce una lluvia secular de rancio edén.
La voz, paradójicamente infantil, declama los episodios
oscuros de un ayer en que el tiempo una vez más fue herida.
Hay pasión como de ángel que anuncia el caos, hipnosis
de acentos, de énfasis y ardor, de altisonante culmen
que deriva en gotas ambarinas sobre los rostros aún insomnes.
Las preguntas son la nube que descarga inquietud y siembra
los segundos de una curiosa altivez, en los bolígrafos la tinta
se ha vuelto caligrafía ardua, elipsis sincopada, jeroglífico azul
que contiene un mar indescifrable, un enigma que juzgará
el dios de las calificaciones, los temas vertidos en la hoja
con membrete que evaluará la capacidad de simulación,
la dócil virtud de reproducir lo que has interiorizado
para luego ser olvido.
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