Luis Libra
Atención: poeta en obras
`
Me decían que los elefantes no vuelan,
que la cerveza y las drogas te dejan gilipollas,
que la velocidad y el desorden matan,
y que en los espacios cerrados
sobreviven más razones
acordes con los intereses de las minorías
(evidentemente la suya)
Que escale libre sus círculos,
imite sus vidas y muera en sus muertes;
que sueñe sus supersónicos Ferraris,
traduzca (y respete) sus silencios
o ponga banda sonora a sus patentados subterfugios...
Juraban que ellos tenían el arsenal,
los pozos de azúcar y de combustible
para los que van con la reserva escasa,
que si no me gusta el brillo
también tenían sombras
de todos los tamaños y negros posibles.
Entonces la vi. Hablamos
sobre la fotosíntesis de los escondites,
algoritmos nocturnos y las heridas del sol.
También sobre cielos underground,
de espumas y burbujas, de perros y gatos,
de distorsiones y timbales
y hasta de nuestros suicidios favoritos.
Y sí, tenían razón, los elefantes no vuelan,
pero alguno se fue con la nariz rota,
y yo borracho, (también con la nariz rota)
pero con mi mano dentro del bolsillo
trasero de los levis de Raquel,
la chica más atractiva
y alucinantemente inusual de la fiesta.
¡Jóder, qué tiempos!
______
Me decían que los elefantes no vuelan,
que la cerveza y las drogas te dejan gilipollas,
que la velocidad y el desorden matan,
y que en los espacios cerrados
sobreviven más razones
acordes con los intereses de las minorías
(evidentemente la suya)
Que escale libre sus círculos,
imite sus vidas y muera en sus muertes;
que sueñe sus supersónicos Ferraris,
traduzca (y respete) sus silencios
o ponga banda sonora a sus patentados subterfugios...
Juraban que ellos tenían el arsenal,
los pozos de azúcar y de combustible
para los que van con la reserva escasa,
que si no me gusta el brillo
también tenían sombras
de todos los tamaños y negros posibles.
Entonces la vi. Hablamos
sobre la fotosíntesis de los escondites,
algoritmos nocturnos y las heridas del sol.
También sobre cielos underground,
de espumas y burbujas, de perros y gatos,
de distorsiones y timbales
y hasta de nuestros suicidios favoritos.
Y sí, tenían razón, los elefantes no vuelan,
pero alguno se fue con la nariz rota,
y yo borracho, (también con la nariz rota)
pero con mi mano dentro del bolsillo
trasero de los levis de Raquel,
la chica más atractiva
y alucinantemente inusual de la fiesta.
¡Jóder, qué tiempos!
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