Los inmortales

Guille Betancourt

Poeta recién llegado
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Es tan filosa la oferta de la inmortalidad, envenenada manzana en garras de la cobardía, tan traicionero su brillo de pantano, que aun la sibila de Cumas, la más conspicua de la Antigüedad, naufragó entre sus aguas pestilentes. Alzando en las manos un puñado de arena, respondió al don ofrecido por Apolo: "deseo vivir tantos años como granos tengo ahora entre los dedos." Es imposible no imaginar la sonrisa fría con que el dios percibió que la adivina olvidaba pedir también la eterna juventud. Nueve vidas humanas de ciento veinte años cada una padeció, encerrada en una jaula que pendía a la entrada del templo de la deidad. Quienes llegaban hasta ella, confusos de ver entre los barrotes a un ser consumido e irreconocible, solían hacerle la misma pregunta, para escuchar siempre la misma y terrible respuesta:

- Sibila, ¿qué quieres?

- Quiero morir.

Muchos años después, entre las tempestades de color en las que un amargo genio despeñó, como premio de consuelo, toda la tristeza de saberse incompleto y exiliado entre los hombres, la forma monstruosa de la sibila cumana sigue pagando, aún, su vieja deuda. Inclinada sobre uno de los libros proféticos que ofreció a Tarquino el Soberbio, la adivina de Miguel Ángel, como si sostuviera sobre sí toda la falsedad magnífica, toda la soledad con la que se hizo el techo de la Capilla Sixtina, permanece congelada en la espeluznante certeza de su destino: Apolo sonríe desde los entresijos del olvido, porque es el de la anciana un gesto en el que aún no ha dado comienzo la tortura, profecía y espejo de la misma que durante ochenta y ocho años devoró la imposible alegría del Divino. Inmortales todos, Apolo, la sibila y Miguel Ángel, cada quien padece su inexistencia en el mar callado de los siglos, porque no es un puñado, sino infinita, la arena del dolor.
 
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Es tan filosa la oferta de la inmortalidad, envenenada manzana en garras de la cobardía, tan traicionero su brillo de pantano, que aun la sibila de Cumas, la más conspicua de la Antigüedad, naufragó entre sus aguas pestilentes. Alzando en las manos un puñado de arena, respondió al don ofrecido por Apolo: "deseo vivir tantos años como granos tengo ahora entre los dedos." Es imposible no imaginar la sonrisa fría con que el dios percibió que la adivina olvidaba pedir también la eterna juventud. Nueve vidas humanas de ciento veinte años cada una padeció, encerrada en una jaula que pendía a la entrada del templo de la deidad. Quienes llegaban hasta ella, confusos de ver entre los barrotes a un ser consumido e irreconocible, solían hacerle la misma pregunta, para escuchar siempre la misma y terrible respuesta:

- Sibila, ¿qué quieres?

- Quiero morir.

Muchos años después, entre las tempestades de color en las que un amargo genio despeñó, como premio de consuelo, toda la tristeza de saberse incompleto y exiliado entre los hombres, la forma monstruosa de la sibila cumana sigue pagando, aún, su vieja deuda. Inclinada sobre uno de los libros proféticos que ofreció a Tarquino el Soberbio, la adivina de Miguel Ángel, como si sostuviera sobre sí toda la falsedad magnífica, toda la soledad con la que se hizo el techo de la Capilla Sixtina, permanece congelada en la espeluznante certeza de su destino: Apolo sonríe desde los entresijos del olvido, porque es el de la anciana un gesto en el que aún no ha dado comienzo la tortura, profecía y espejo de la misma que durante ochenta y ocho años devoró la imposible alegría del Divino. Inmortales todos, Apolo, la sibila y Miguel Ángel, cada quien padece su inexistencia en el mar callado de los siglos, porque no es un puñado, sino infinita, la arena del dolor.
La inmortalidad, al carecer de juventud eterna, se convierte en una condena, como le ocurrió a la Sibila de Cumas.

Saludos
 
Es un texto bastante claro, aunque su redacción ganaría al dividir mejor el interior de los párrafos.

Una idea de la inmortalidad, o larga vida, pero carente de calidad. Y atormentada por la descomposición y el dolor.
Parece sonar bien en principio, pero su realidad es diferente.

Saludos cordiales.
 
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