Childe Harold
Poeta recién llegado
Los tres árboles de la vida
El uno, de tronco firme e inmaculado, lleva el peso de los años en sus ramas,
como si cada hoja fuera un recuerdo,
como si cada nudo en la corteza guardara el eco de una promesa antigua.
Sus raíces profundas conocen los secretos del tiempo
y su sombra es refugio para los que aún buscan su lugar.
El segundo, joven y rebelde, se curva hacia la luz con impaciencia,
con hojas que tiemblan ante el viento como corazones que despiertan.
No conoce el invierno, pero sueña con primaveras eternas.
En su savia corre la esperanza,
y en su copa anidan las preguntas aún sin respuesta.
El tercero, ya hueco y sabio,
con ramas retorcidas por tormentas que no lo vencieron,
permanece en pie no por fuerza, sino por voluntad.
De sus grietas brotan flores inesperadas,
y cada cicatriz es testimonio de que vivir es también resistir.
Tres árboles. Tres edades. Tres caminos.
Uno es origen, otro es búsqueda, y el último, memoria.
Y entre ellos, el bosque entero respira.
El uno, de tronco firme e inmaculado, lleva el peso de los años en sus ramas,
como si cada hoja fuera un recuerdo,
como si cada nudo en la corteza guardara el eco de una promesa antigua.
Sus raíces profundas conocen los secretos del tiempo
y su sombra es refugio para los que aún buscan su lugar.
El segundo, joven y rebelde, se curva hacia la luz con impaciencia,
con hojas que tiemblan ante el viento como corazones que despiertan.
No conoce el invierno, pero sueña con primaveras eternas.
En su savia corre la esperanza,
y en su copa anidan las preguntas aún sin respuesta.
El tercero, ya hueco y sabio,
con ramas retorcidas por tormentas que no lo vencieron,
permanece en pie no por fuerza, sino por voluntad.
De sus grietas brotan flores inesperadas,
y cada cicatriz es testimonio de que vivir es también resistir.
Tres árboles. Tres edades. Tres caminos.
Uno es origen, otro es búsqueda, y el último, memoria.
Y entre ellos, el bosque entero respira.
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