BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Quizás las hojas puedan competir
con el vértigo devorador de las olas altas.
Mas en presencia de vómitos y náuseas
las pleamares bajen sus escanciadas copas.
En los árboles, junto a los buitres, testigos
del implacable género destruido, escupen
sus acicalados mausoleos, donde, un caparazón
de horas altivas y desoladas, cubre el inmenso
ruido de las ciudades despobladas.
Sean las hojas o los ruidos de los demonios,
bajen por escaleras o por sombrías manos congeladas,
llevan el musgo de todas las heridas y las arterias
cercenadas por crepúsculos marítimos.
En ellas tiende la vida a deshojar sus puertos,
sus voces acanaladas y sus ecos de muertos tristes y perfumados.
Donde llegan las rosas y los putrefactos oídos sin lóbulos,
allí donde la cúspide parece un centro de flores sin presentimientos.
Y en la administración opaca de los hombros solitarios,
olvidemos la laguna donde gestamos a unos hijos indolentes y precisos
como estampas.©
con el vértigo devorador de las olas altas.
Mas en presencia de vómitos y náuseas
las pleamares bajen sus escanciadas copas.
En los árboles, junto a los buitres, testigos
del implacable género destruido, escupen
sus acicalados mausoleos, donde, un caparazón
de horas altivas y desoladas, cubre el inmenso
ruido de las ciudades despobladas.
Sean las hojas o los ruidos de los demonios,
bajen por escaleras o por sombrías manos congeladas,
llevan el musgo de todas las heridas y las arterias
cercenadas por crepúsculos marítimos.
En ellas tiende la vida a deshojar sus puertos,
sus voces acanaladas y sus ecos de muertos tristes y perfumados.
Donde llegan las rosas y los putrefactos oídos sin lóbulos,
allí donde la cúspide parece un centro de flores sin presentimientos.
Y en la administración opaca de los hombros solitarios,
olvidemos la laguna donde gestamos a unos hijos indolentes y precisos
como estampas.©