Tengo una sensación amarga de milagros dormidos. Se interna en mi cuarto el gélido aliento del invierno y el crepúsculo atreve su gimo en la belleza del adagio. Por más que lo intente, no puedo impedir el embrujo de los malos presentimientos; el desmayo incorruptible de la tarde; la inicial negrura de la muerte intranquila; el estupendo menoscabo del encanto. Apiñé amaneceres que se volvieron finales; reuní momentos que hoy bautizan jalones de miradas baldías. Lo que no pasó reprocha el tiempo deducido de las ganas y misteriosamente los contornos pierden definición para las horas endurecidas del escarnio. En el centro fantasmal de ese estado simple de las cosas, la infeliz sospecha permanece inconclusa; sin certezas cabales que puedan responder la pregunta ingenua acerca de mi amor y tu obstinado silencio.-