Marchó sin despedirse aquella gélida
mañana, solitario y en silencio.
El aire olía a muerte
bajo el azul del cielo.
Al otro lado de la habitación,
grupos de manos con cruzados dedos
y una lágrima triste,
perdiéndose en el suelo.
No había rosas, ni geranios en el
hospital, solo un triste pensamiento,
lo demás era miedo
y solamente miedo.
La muerte se hizo dueña en los pasillos,
en cada puerta un turbador silencio,
vacilante sin alma
que arrebata los sueños.
Una plaga del viejo mundo, vino
con un largo y oscuro y triste beso,
formando un océano
de agonía y lamento.
Cuando la plaga se cubrió de carne
y la carne aromatizaba incienso,
la muerte puso nombre
a tanto sufrimiento.
El aire se llevaba aquel suspiro
entrecortado en sábanas envuelto,
dejando reflejadas
mil caras en espejos.
En la puerta trasera de cristal,
un coche negro y dos sepultureros,
no le dieron sepulcro
solo, un gélido suelo.
Mas él duerme sin fin, ya no le importa
ni la hierba ni los cipreses quietos,
su sombra ya reposa
con la paz en sus huesos.
Luis
mañana, solitario y en silencio.
El aire olía a muerte
bajo el azul del cielo.
Al otro lado de la habitación,
grupos de manos con cruzados dedos
y una lágrima triste,
perdiéndose en el suelo.
No había rosas, ni geranios en el
hospital, solo un triste pensamiento,
lo demás era miedo
y solamente miedo.
La muerte se hizo dueña en los pasillos,
en cada puerta un turbador silencio,
vacilante sin alma
que arrebata los sueños.
Una plaga del viejo mundo, vino
con un largo y oscuro y triste beso,
formando un océano
de agonía y lamento.
Cuando la plaga se cubrió de carne
y la carne aromatizaba incienso,
la muerte puso nombre
a tanto sufrimiento.
El aire se llevaba aquel suspiro
entrecortado en sábanas envuelto,
dejando reflejadas
mil caras en espejos.
En la puerta trasera de cristal,
un coche negro y dos sepultureros,
no le dieron sepulcro
solo, un gélido suelo.
Mas él duerme sin fin, ya no le importa
ni la hierba ni los cipreses quietos,
su sombra ya reposa
con la paz en sus huesos.
Luis
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