FanÁngel
Poeta recién llegado
En la noche de abril ahogado muerde el muslo
la estatua de los pies rotos por las carnes
de un cielo ceniciento.
Cielo ceniciento.
Por él vuelan bandadas de cornejas y búhos adormilados
ululan cánticos insomnes a través de los resquicios
de sus amebas sedientas.
Amebas sedientas.
Son sensitivas: sus fibras nerviosas coligen raíces
de mandrágora como medio sensorial y coral de tinta
negra como motor de sus impulsos.
Impulsos.
Van a contracorriente. Con la lábil suavidad del hilo
convulsionan la realidad de sus extremos; quebrados,
quietos, yacentes.
Yacentes.
Imitan el calvario de las olas al romperse
en su refugio, donde beben la salubridad del tiempo.
Tiempo.
En su nudillo informe corren ondas de electrochoque
que encarnizan su diamantino paisaje en la distancia
afilada de sus límites.
Límites.
Constriñen, apresan, cautivan nódulos de humo
y nocturnidades de milisegundo.
Milisegundo.
Se despeña por las rampas del pensamiento lógico,
rompiendo cuerdas y desestabilizando cigüeñales
de silencio.
Silencio.
Mudo en su hablar, cosecha tempestades geométricas
en su inercia.
Inercia.
Pasa con sigilo por la desembocadura de los élitros
de los insectos que lloran soledad.
Soledad.
Quieta en sus ataduras, mata los enjambres de personas
que se arremolinan en sus mancas huellas de cadenas.
Cadenas.
Eslabones. Eslabones de trigos verdes que germinan
en un amanecer de sueños rotos y atardeceres nocturnos
quebrados por la cizalla del ideal final.
Final.
El fin del arte, de la imagen, del movimiento,
de la vida, de la muerte...
en fin, el fin y principio final
de todas las cosas en su fin.
Fin.
la estatua de los pies rotos por las carnes
de un cielo ceniciento.
Cielo ceniciento.
Por él vuelan bandadas de cornejas y búhos adormilados
ululan cánticos insomnes a través de los resquicios
de sus amebas sedientas.
Amebas sedientas.
Son sensitivas: sus fibras nerviosas coligen raíces
de mandrágora como medio sensorial y coral de tinta
negra como motor de sus impulsos.
Impulsos.
Van a contracorriente. Con la lábil suavidad del hilo
convulsionan la realidad de sus extremos; quebrados,
quietos, yacentes.
Yacentes.
Imitan el calvario de las olas al romperse
en su refugio, donde beben la salubridad del tiempo.
Tiempo.
En su nudillo informe corren ondas de electrochoque
que encarnizan su diamantino paisaje en la distancia
afilada de sus límites.
Límites.
Constriñen, apresan, cautivan nódulos de humo
y nocturnidades de milisegundo.
Milisegundo.
Se despeña por las rampas del pensamiento lógico,
rompiendo cuerdas y desestabilizando cigüeñales
de silencio.
Silencio.
Mudo en su hablar, cosecha tempestades geométricas
en su inercia.
Inercia.
Pasa con sigilo por la desembocadura de los élitros
de los insectos que lloran soledad.
Soledad.
Quieta en sus ataduras, mata los enjambres de personas
que se arremolinan en sus mancas huellas de cadenas.
Cadenas.
Eslabones. Eslabones de trigos verdes que germinan
en un amanecer de sueños rotos y atardeceres nocturnos
quebrados por la cizalla del ideal final.
Final.
El fin del arte, de la imagen, del movimiento,
de la vida, de la muerte...
en fin, el fin y principio final
de todas las cosas en su fin.
Fin.