Luis Libra
Atención: poeta en obras
´
Noe ciertamente no era ningún dechado de virtudes
-tampoco yo lo era-,
aunque buena gente sin la menor duda.
Tampoco era lo que se puede decir
una chica muy de mi estilo.
Devota de las sevillanas,
con sueños conyugales y serias expectativas
de terminar brillando en el rol
de perfecta ama de su casa.
Por otro lado, en aquellos tiempos
la fidelidad tampoco era su fuerte,
(con toda probabilidad me salvé
de los humillantes cuernos únicamente
debido a la brevedad de nuestra relación)
Pero eso sí, alta, esbelta,
de piel blanca e impermeable
como un amanecer de primeros de marzo.
Con la fría y descomunal belleza
de una princesa rusa de cuento.
Y lo otro...
¡Jóder con lo otro!
Aquella innata y desbordante capacidad
para llevar a su amante
hasta las más escabrosas y altas cumbres
de la felicidad.
... al clímax supremo de los placeres
carnales.
Noe y su irrefrenable gusto por provocar
explosiones controladas (por ella)
en los lugares
y momentos más inapropiados.
Ella, experta por la gracia de Dios, naturalmente,
en inventar desembocaduras sin salida.
Arte puro. Imposible olvidar sus memorables
y cinematográficos cruces de piernas.
La entrada al paraíso
cubierta solo con una fina y húmeda tela.
Y sus faldas, siempre desubicadas,
traicionando a la gravedad.
Me acuerdo esa tarde en el zoo
entre un hormiguero de gente,
insinuándose sobre el cristal de la caseta
que presidía el triste hábitat de los gorilas.
Y en las cenas de colegas,
-recuerdo sus desorbitados ojos
entre las hostiles miradas de sus parejas-
Y a solas ¡Ay a solas!
Cuando se acariciaba ante mí,
y me prohibía siquiera rozarla,
cualquier táctica de acercamiento.
O cuando ya a punto, me paraba,
se vestía y me decía:
¡vuelve a desnudarme!
¡vuelve a empezar!
¡Grande Noe!
¡Qué momentos!
Un día, dentro de ella
y en la intimidad de aquel ascensor averiado
le dije:
"ni se te ocurra aún, te prohíbo correrte"
Ella, con deliciosos ojos de vampira
y el corazón a mil,
sonrió y me dijo:
"Ay, Cariño, ... por fin vas aprendiendo"
_______
Noe ciertamente no era ningún dechado de virtudes
-tampoco yo lo era-,
aunque buena gente sin la menor duda.
Tampoco era lo que se puede decir
una chica muy de mi estilo.
Devota de las sevillanas,
con sueños conyugales y serias expectativas
de terminar brillando en el rol
de perfecta ama de su casa.
Por otro lado, en aquellos tiempos
la fidelidad tampoco era su fuerte,
(con toda probabilidad me salvé
de los humillantes cuernos únicamente
debido a la brevedad de nuestra relación)
Pero eso sí, alta, esbelta,
de piel blanca e impermeable
como un amanecer de primeros de marzo.
Con la fría y descomunal belleza
de una princesa rusa de cuento.
Y lo otro...
¡Jóder con lo otro!
Aquella innata y desbordante capacidad
para llevar a su amante
hasta las más escabrosas y altas cumbres
de la felicidad.
... al clímax supremo de los placeres
carnales.
Noe y su irrefrenable gusto por provocar
explosiones controladas (por ella)
en los lugares
y momentos más inapropiados.
Ella, experta por la gracia de Dios, naturalmente,
en inventar desembocaduras sin salida.
Arte puro. Imposible olvidar sus memorables
y cinematográficos cruces de piernas.
La entrada al paraíso
cubierta solo con una fina y húmeda tela.
Y sus faldas, siempre desubicadas,
traicionando a la gravedad.
Me acuerdo esa tarde en el zoo
entre un hormiguero de gente,
insinuándose sobre el cristal de la caseta
que presidía el triste hábitat de los gorilas.
Y en las cenas de colegas,
-recuerdo sus desorbitados ojos
entre las hostiles miradas de sus parejas-
Y a solas ¡Ay a solas!
Cuando se acariciaba ante mí,
y me prohibía siquiera rozarla,
cualquier táctica de acercamiento.
O cuando ya a punto, me paraba,
se vestía y me decía:
¡vuelve a desnudarme!
¡vuelve a empezar!
¡Grande Noe!
¡Qué momentos!
Un día, dentro de ella
y en la intimidad de aquel ascensor averiado
le dije:
"ni se te ocurra aún, te prohíbo correrte"
Ella, con deliciosos ojos de vampira
y el corazón a mil,
sonrió y me dijo:
"Ay, Cariño, ... por fin vas aprendiendo"
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