Oda a la mujer pantera

penabad57

Poeta veterano en el portal
Sin horarios lo que vuelve a la noche. Cada habitación
es un laberinto mientras juego con tus pétalos de azul.
Mira el neón tan perfecto y las calles que son ayer
y penuria. Algo me espera, un labio equidistante,
un pecho abierto, la columna de un arlequín que sufre.
Medianoche en las águilas cuando la lentitud de tus
muslos me roza y me miente. El frío vigila como un
albatros negro y en el metal yo descubro la sed que
nunca tuve. Me gusta la piel de tu cuello y esas
serpentinas que se enrollan a tus nalgas como veleros
intratables. Y es que hay mar en esta orilla y hay faros
robustos como imaginarios bosques de piedad. Tú
retornas al alcohol y eres la cicatriz del almidón
y la sangre. Volverán gaviotas a visitar tu ombligo
-tú la iconoclasta de los vómitos, aquella luz en la
atmósfera roída por los oscuros témpanos de las hojas-.
Oh! sí también los espacios del cristal o aquel reflejo
diminuto en que la palabra se concibe reseca como un
pensamiento olvidado. ¿Y tu nombre sin vocales?
¿por qué la semilla de una improbable hoguera
en los ojos oscuros del instante? Yo amo esta ciudad
de piedra, sus lagartijas que no conocen el sol,
la lluvia que baja lenta como una caricia.
Me acostumbro a lo que no vive ya en mí,
a la herencia de las ratas que una vez y otra regresan
al abismo. A verte, a caminar junto a ti, bajo la sombra
gris de un recuerdo. Que te espía. Que me espía.
 
Última edición:
Sin horarios lo que vuelve a la noche. Cada habitación
es un laberinto mientras juego con tus pétalos de azul.
Mira el neón tan perfecto y las calles que son ayer
y penuria. Algo me espera, un labio equidistante,
un pecho abierto, la columna de un arlequín que sufre.
Medianoche en las águilas cuando la lentitud de tus
muslos me roza y me miente. El frío vigila como un
albatros negro y en el metal yo descubro la sed que
nunca tuve. Me gusta la piel de tu cuello y esas
serpentinas que se enrollan a tus nalgas como veleros
intratables. Y es que hay mar en esta orilla y hay faros
robustos como imaginarios bosques de piedad. Tú
retornas al alcohol y eres la cicatriz del almidón
y la sangre. Volverán gaviotas a visitar tu ombligo
-tú la iconoclasta de los vómitos, aquella luz en la
atmósfera roída por los oscuros témpanos de las hojas-.
Oh! sí también los espacios del cristal o aquel reflejo
diminuto en que la palabra se concibe reseca como un
pensamiento olvidado. ¿Y tu nombre sin vocales?
¿por qué la semilla de una improbable hoguera
en los ojos oscuros del instante? Yo amo esta ciudad
de piedra, sus lagartijas que no conocen el sol,
la lluvia que baja lenta como una caricia.
Me acostumbro a lo que no vive ya en mi,
a la herencia de las ratas que una vez y otra regresan
al abismo. A verte, a caminar junto a ti, bajo la sombra
gris de un recuerdo. Que te espía. Que me espía.
Grandiosa obra, extensa, cuidado que puede ser tomada como una prosa,
pero me gusta el contexto, y como se desemvuelve, grato leerte
 
Sin horarios lo que vuelve a la noche. Cada habitación
es un laberinto mientras juego con tus pétalos de azul.
Mira el neón tan perfecto y las calles que son ayer
y penuria. Algo me espera, un labio equidistante,
un pecho abierto, la columna de un arlequín que sufre.
Medianoche en las águilas cuando la lentitud de tus
muslos me roza y me miente. El frío vigila como un
albatros negro y en el metal yo descubro la sed que
nunca tuve. Me gusta la piel de tu cuello y esas
serpentinas que se enrollan a tus nalgas como veleros
intratables. Y es que hay mar en esta orilla y hay faros
robustos como imaginarios bosques de piedad. Tú
retornas al alcohol y eres la cicatriz del almidón
y la sangre. Volverán gaviotas a visitar tu ombligo
-tú la iconoclasta de los vómitos, aquella luz en la
atmósfera roída por los oscuros témpanos de las hojas-.
Oh! sí también los espacios del cristal o aquel reflejo
diminuto en que la palabra se concibe reseca como un
pensamiento olvidado. ¿Y tu nombre sin vocales?
¿por qué la semilla de una improbable hoguera
en los ojos oscuros del instante? Yo amo esta ciudad
de piedra, sus lagartijas que no conocen el sol,
la lluvia que baja lenta como una caricia.
Me acostumbro a lo que no vive ya en mi,
a la herencia de las ratas que una vez y otra regresan
al abismo. A verte, a caminar junto a ti, bajo la sombra
gris de un recuerdo. Que te espía. Que me espía.
Muy bello poema enmarcado en una sensible y certera escritura, mucho sentimiento e imágenes al servivio de su hermosa historia. Un abrazo amigo penabad. Paco.
 

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