Extravagante
Poeta recién llegado
Ya duerme el sol en ciudadbasura,
y el viento esparce como palomas rotas,
papeles arrugados que antes fueron algo,
pero ahora solo son desechos de una vida
que nadie recuerda.
Las calles son basureros gigantes,
donde cada esquina guarda el silencio
de una botella rota,
de una bolsa que nunca fue reciclada.
La mugre se acumula sin vergüenza,
se adueña de los rincones.
Las cáscaras de plátano, las latas aplastadas y las colillas,
alguna aún humeante,
son testigos del hambre de una ciudad que no sabe cómo saciarse.
El aire huele a aceite quemado
y a sudor de aquellos que ya se han rendido;
ellos sabrán hacia donde van.
Los semáforos parpadean,
pero ya no indican nada,
como ojos cansados que no ven.
En Ciudadbasura no hay fronteras:
se mezcla todo,
la gente y la mugre,
el olvido y el abandono,
como si la ciudad fuera un contenedor
y todos fuéramos solo otra cosa más
que acaba en la basura.
Las sombras se arrastran por las calles.
La porquería es el alma de las ciudades,
y en cada rincón,
alguien deja una cosa más,
un resto más:
—¡como si no hubiera otra forma de existir
en este lugar!
y el viento esparce como palomas rotas,
papeles arrugados que antes fueron algo,
pero ahora solo son desechos de una vida
que nadie recuerda.
Las calles son basureros gigantes,
donde cada esquina guarda el silencio
de una botella rota,
de una bolsa que nunca fue reciclada.
La mugre se acumula sin vergüenza,
se adueña de los rincones.
Las cáscaras de plátano, las latas aplastadas y las colillas,
alguna aún humeante,
son testigos del hambre de una ciudad que no sabe cómo saciarse.
El aire huele a aceite quemado
y a sudor de aquellos que ya se han rendido;
ellos sabrán hacia donde van.
Los semáforos parpadean,
pero ya no indican nada,
como ojos cansados que no ven.
En Ciudadbasura no hay fronteras:
se mezcla todo,
la gente y la mugre,
el olvido y el abandono,
como si la ciudad fuera un contenedor
y todos fuéramos solo otra cosa más
que acaba en la basura.
Las sombras se arrastran por las calles.
La porquería es el alma de las ciudades,
y en cada rincón,
alguien deja una cosa más,
un resto más:
—¡como si no hubiera otra forma de existir
en este lugar!