No voy a esperar a que te mueras
para rendirte un sentido discurso,
improvisado para cuando te fueras.
Ambos nos merecemos más que eso.
Vestiste de sombrero y saco
y te anudaste mil corbatas;
cambié tu vino por mi tabaco
y a tus amigos por mis hijos.
Cometiste muchos errores
como los padres del presente.
Tus caídas no fueron menores
pero nunca estuviste ausente.
Fuiste honesto y sincero,
hiciste más amigos que dinero.
Cuando no te quedó de lo último
los primeros pronto se fueron.
Recuerdo los días de abundancia
una infancia sin contratiempos,
sincronizada con la próxima estancia
de noche e invierno para el derroche.
Tengo tus manos y soy huraño.
Tengo tu genio y, tal vez, tu ingenio.
Conservo tus cartas de aquel año
y una tarjeta que nunca te di.
Al igual que tú, creo tener la cura
para los males sociales y la locura
de esos políticos y empresarios
que incrementan fortunas y no salarios.
Pagando poco menos de lo suficiente
y ganando mucho más de lo necesario.
Invertir esa fórmula económica imperante
ha sido tu proyecto más visionario.
Jamás me dijiste cuánto me quieres.
Supongo que simplemente eres
parte de una generación anterior
donde a la mujer se le daba ese rol.
No creas que te vas con las manos vacías.
Tus hijos y nietos recuerdan lo que hacías.
Sobria alegría de una vida en buena racha,
furia ciega, hambre decadente y borracha.
Si en un principio algo pudimos reprocharte
ahora el tiempo nos ha quitado ese derecho.
He venido convenciéndome hasta esta parte
que para cometer errores estamos hechos.
Te complementaste con mi madre
para ser el sostén una enorme familia.
Ahora entiendo por qué el ser padre
buenos tiempos y malos ratos concilia.