Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
Palabras,
tomadas una a una,
sacadas de contexto;
niños aislados de otros niños
fuera del aula,
repitiéndose a sí mismos,
intentando consolarse,
dejando un mudo vaho
de letras en espejos
donde imprimir la esencia,
constancia de aquello que les mueve,
de su interior metálico y sedoso,
con ojos que en la niebla
se sorprenden
y los miran,
abren a la noche grillos negros
que no entienden.
Uno sólo,
una sola de esas palabras
no logra impedir
que cuando la lluvia cae,
las moje,
dejándolas casi deshechas
como cartas de amor
que nunca llegan a un destino
y vierten soledad en los desagües,
en avenidas ciegas
donde se corre
lo que se cree que es la vida,
se corre,
se corre y corre,
saltando por encima de semáforos,
y puentes y glorietas
y pasos de cebra
y alquitrán caliente y pegajoso
y cagadas de perro
y papeleras llenas
y ambulancias.
Palabras lanzándose anzuelos
unas a otras,
pescándose entre sí en el agua,
llenándose de sangre
boca y garganta,
rellenando huecos,
acortando distancias,
borrando los puntos,
haciendo al fin que una simple frase
les conceda la vida.