Ave Gar
Poeta recién llegado
Nadie zurce ni remenda
cuando piensa desechar,
tampoco nadie lava lo
que pronto irá a tirar.
Las luces frías de la
tarde parecen caer sobre
las bolsas de basura
que abundan la ciudad
y mis hilos crepitan
al lado del río, que-
mándose en secreto,
hasta las cenizas.
Vuelto negro, como
arena carbón, las par-
tículas van a parar
al agua de la acequia
o a algún mar que
ahogará la memoria
de la materia que fui
y que ahora poca es.
Nadie recoge la basura
para usarla como bien,
todo apesta, todo se
diluye y se devuelve
a su faz. Nadie parece
preocupado por las mi-
serias que abandonó
anoche cerca al auto
de basura, o cerca del
contenedor sucio de la
calle Lamento. Nadie
me buscará, solo el
frío y el viento.
Soy entonces ahora,
el relleno de la nada,
el santo al que nadie
reza.
cuando piensa desechar,
tampoco nadie lava lo
que pronto irá a tirar.
Las luces frías de la
tarde parecen caer sobre
las bolsas de basura
que abundan la ciudad
y mis hilos crepitan
al lado del río, que-
mándose en secreto,
hasta las cenizas.
Vuelto negro, como
arena carbón, las par-
tículas van a parar
al agua de la acequia
o a algún mar que
ahogará la memoria
de la materia que fui
y que ahora poca es.
Nadie recoge la basura
para usarla como bien,
todo apesta, todo se
diluye y se devuelve
a su faz. Nadie parece
preocupado por las mi-
serias que abandonó
anoche cerca al auto
de basura, o cerca del
contenedor sucio de la
calle Lamento. Nadie
me buscará, solo el
frío y el viento.
Soy entonces ahora,
el relleno de la nada,
el santo al que nadie
reza.
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