Isaías Súvel
Me gusta más el seudónimo ARREBATADO DE TERNURA.-
PODEROSAS RAZONES
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Un imán poderoso, tremendo, muy fuerte, firme,
es el que generan los ruidos, las voces, las dianas,
de los martillos, cinceles, yunques en su timbre,
en su repique, en su música, casi como esas campanas.
Esas de bronce añejo fundido, que livianas y libres,
de los barrotes de las notas viles, marginales, profanas,
doblan compases de clase, de gentes, de estirpe,
incubando fe, saber,
a las seniles vidas tardías y a las tiernas tempranas.
Estos sonidos constantes que siempre acompañan,
desde el surgir de nuestras infantes sangres,
cuando las primeras luces de un sol lejano, rayan,
tras una ventana que guarda a la tibieza de una madre.
Y esta, que con su queda voz también con furia empaña,
el pecho noble, dócil, fiel, dúctil, que recién se abre
y lo troca en hierro, al que no lo desmenuza la metralla,
tan sólido, de piedra
que lo hace la más dura y alta de todas las murallas.
Un imán poderoso, también, muy grato y firme,
es el que producen deleitosos manjares, sabores,
aceites, zumos delicados, especias, néctar increíble,
que desde el fondo de la tierra húmeda pintan sus colores.
Y sobre las llamas ondean sus iras sueltas y en ristre,
y campean triunfantes, así, esos cálidos vapores.
Imanes de mis sentidos y mis recuerdos tristes,
blancos, puros
y los alegres...Y el saber que de mi pecho no saliste.
Atracción fortísima son también los hijos del invernal arco,
ese que se acomoda a su arbitrio y atojo en el cielo,
que no le pide permiso a ningún ángel ni a ningún santo,
para desplegar altivo y desvergonzado su curioso velo.
El velo ese que en esquirlas y con torrencial desenfado,
acompaña cada artículo, cada pez de mar o riachuelo,
cada fruta, cada edificio y cada cuadrúpedo o ser alado,
manso o fiero.
O amor, o figura doliente de pena, que la mente ha creado.
Y la peor, la más abyecta y execrable cofradía de imanes,
que me han sumido en la más profunda de mis condenas,
son tus ojos volátiles, etéreos, intangibles, indomables,
que me ataron fuertemente con la más negra y cruel cadena.
Esas fuentes de agua pura, esas fuentes irrenunciables,
que inundaron mi pecho y ahogaron todas mis faenas.
Quedando así yo, damnificado, precario, en ruina, insalvable,
sin renunciar jamás,
a esos ojos claros, de los vuelos de mis alegrías y penas.
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Un imán poderoso, tremendo, muy fuerte, firme,
es el que generan los ruidos, las voces, las dianas,
de los martillos, cinceles, yunques en su timbre,
en su repique, en su música, casi como esas campanas.
Esas de bronce añejo fundido, que livianas y libres,
de los barrotes de las notas viles, marginales, profanas,
doblan compases de clase, de gentes, de estirpe,
incubando fe, saber,
a las seniles vidas tardías y a las tiernas tempranas.
Estos sonidos constantes que siempre acompañan,
desde el surgir de nuestras infantes sangres,
cuando las primeras luces de un sol lejano, rayan,
tras una ventana que guarda a la tibieza de una madre.
Y esta, que con su queda voz también con furia empaña,
el pecho noble, dócil, fiel, dúctil, que recién se abre
y lo troca en hierro, al que no lo desmenuza la metralla,
tan sólido, de piedra
que lo hace la más dura y alta de todas las murallas.
Un imán poderoso, también, muy grato y firme,
es el que producen deleitosos manjares, sabores,
aceites, zumos delicados, especias, néctar increíble,
que desde el fondo de la tierra húmeda pintan sus colores.
Y sobre las llamas ondean sus iras sueltas y en ristre,
y campean triunfantes, así, esos cálidos vapores.
Imanes de mis sentidos y mis recuerdos tristes,
blancos, puros
y los alegres...Y el saber que de mi pecho no saliste.
Atracción fortísima son también los hijos del invernal arco,
ese que se acomoda a su arbitrio y atojo en el cielo,
que no le pide permiso a ningún ángel ni a ningún santo,
para desplegar altivo y desvergonzado su curioso velo.
El velo ese que en esquirlas y con torrencial desenfado,
acompaña cada artículo, cada pez de mar o riachuelo,
cada fruta, cada edificio y cada cuadrúpedo o ser alado,
manso o fiero.
O amor, o figura doliente de pena, que la mente ha creado.
Y la peor, la más abyecta y execrable cofradía de imanes,
que me han sumido en la más profunda de mis condenas,
son tus ojos volátiles, etéreos, intangibles, indomables,
que me ataron fuertemente con la más negra y cruel cadena.
Esas fuentes de agua pura, esas fuentes irrenunciables,
que inundaron mi pecho y ahogaron todas mis faenas.
Quedando así yo, damnificado, precario, en ruina, insalvable,
sin renunciar jamás,
a esos ojos claros, de los vuelos de mis alegrías y penas.
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