Eres la sed que me habita
cuando la noche se inclina,
la llama que en mis entrañas
arde sin hacer ceniza.
Tu cuerpo, tierra encendida,
me reclama y me aproxima,
y en su mapa voy perdiendo
la razón… y la medida.
No hay distancia entre tu aliento
y la voz de mi saliva,
cuando tu boca me nombra
y mi piel se precipita.
Se me derrama la sangre
en la curva de tu vida,
y en el pulso de tus muslos
mi destino se arrodilla.
No es pecado lo que nace
cuando el deseo nos mira,
es la verdad más profunda
hecha carne… y compartida.
Y en el vaivén de los cuerpos,
sin pasado ni consigna,
somos dos fuegos que aprenden
a quemarse sin ceniza.
cuando la noche se inclina,
la llama que en mis entrañas
arde sin hacer ceniza.
Tu cuerpo, tierra encendida,
me reclama y me aproxima,
y en su mapa voy perdiendo
la razón… y la medida.
No hay distancia entre tu aliento
y la voz de mi saliva,
cuando tu boca me nombra
y mi piel se precipita.
Se me derrama la sangre
en la curva de tu vida,
y en el pulso de tus muslos
mi destino se arrodilla.
No es pecado lo que nace
cuando el deseo nos mira,
es la verdad más profunda
hecha carne… y compartida.
Y en el vaivén de los cuerpos,
sin pasado ni consigna,
somos dos fuegos que aprenden
a quemarse sin ceniza.
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