Fernando Gallego Castaño
Poeta recién llegado
AQUELLOS AÑOS SESENTA
Se alejaba ya la arrogancia de aquel invierno,
y seguían los días trayendo sombras de alamedas.
De nuevo, sentí el mismo cielo que aquellas otras tardes,
el mismo sol que iluminaba la flor de las almendras,
y la misma rima que dejaban las lluvias de octubre.
Mi infancia se había ido entre despojos perdidos
de un mapa sin tesoros y cien indios apaches
bajo el bochorno de un cielo que abrasaba los campos,
y un castillo en ruinas que vigilaba todo el horizonte.
Recogía los vocablos que encontraba en la calle,
y en un cuaderno, con renglones torcidos, los disecaba
como a las lagartijas y a las mariposas del campo.
Entre las hojas de los libros, aparecían cautivos,
como una leyenda impregnada de aromas salvajes.
Crecí jugando a ser cantante, torero o futbolista
cuando el color naranja pintaba los años sesenta,
era el color de las revoluciones y de los tocadiscos,
y también el color del cielo que había dejado la guerra:
una patria enferma y dolorida que supuraba su herida.
Por eso, la vida se guardaba entre cajones con llaves,
todo callaba, como los retratos decrépito de los muertos.
El silencio era una losa negra que miraba hacia otra parte
y las casas aseaban los balcones para no mostrar el miedo.
Yo me enterraba entre cuadernos y deberes del maestro
dejando pasar una a una las moscas que cruzaban la tarde.
Llegué a ser monaguillo y ducho en toque de campanas,
y entre pájaros y una espada de palo dominaba mi horizonte:
era la conquista de los que ni éramos fuertes ni crecidos;
los débiles, decían, éramos más dados a las cosas del infierno,
por eso, buscaba las manos de geranios de mi madre
para que acariciase las tragedias de una tarde de domingo,
y así, poder sentirme limpio entre la pureza de sus ojos.
Entonces, me iba a la cama con aquel ángel de la guarda
hasta sentir que los grillos cerraban el portón de la noche.
Se alejaba ya la arrogancia de aquel invierno,
y seguían los días trayendo sombras de alamedas.
De nuevo, sentí el mismo cielo que aquellas otras tardes,
el mismo sol que iluminaba la flor de las almendras,
y la misma rima que dejaban las lluvias de octubre.
Mi infancia se había ido entre despojos perdidos
de un mapa sin tesoros y cien indios apaches
bajo el bochorno de un cielo que abrasaba los campos,
y un castillo en ruinas que vigilaba todo el horizonte.
Recogía los vocablos que encontraba en la calle,
y en un cuaderno, con renglones torcidos, los disecaba
como a las lagartijas y a las mariposas del campo.
Entre las hojas de los libros, aparecían cautivos,
como una leyenda impregnada de aromas salvajes.
Crecí jugando a ser cantante, torero o futbolista
cuando el color naranja pintaba los años sesenta,
era el color de las revoluciones y de los tocadiscos,
y también el color del cielo que había dejado la guerra:
una patria enferma y dolorida que supuraba su herida.
Por eso, la vida se guardaba entre cajones con llaves,
todo callaba, como los retratos decrépito de los muertos.
El silencio era una losa negra que miraba hacia otra parte
y las casas aseaban los balcones para no mostrar el miedo.
Yo me enterraba entre cuadernos y deberes del maestro
dejando pasar una a una las moscas que cruzaban la tarde.
Llegué a ser monaguillo y ducho en toque de campanas,
y entre pájaros y una espada de palo dominaba mi horizonte:
era la conquista de los que ni éramos fuertes ni crecidos;
los débiles, decían, éramos más dados a las cosas del infierno,
por eso, buscaba las manos de geranios de mi madre
para que acariciase las tragedias de una tarde de domingo,
y así, poder sentirme limpio entre la pureza de sus ojos.
Entonces, me iba a la cama con aquel ángel de la guarda
hasta sentir que los grillos cerraban el portón de la noche.