En los tiempos dedicados a la almendra
me encontré con la violencia de un siroco.
Recogiendo el fruto seco, poco a poco,
me atacaron los picores de una liendra.
Maldecía el malestar que el bicho engendra.
Todo aquello suponía gran sofoco:
¡el insecto, tan contento, y a lo loco,
más que piojo parecía escolopendra!
De repente se encontró con una arteria,
y con saña y proceder harto cansino,
me infectó con una pérfida bacteria.
El efecto fue perverso, fue dañino.
Y la fiebre me sumía en la miseria
de observar que mi color era cetrino.
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me encontré con la violencia de un siroco.
Recogiendo el fruto seco, poco a poco,
me atacaron los picores de una liendra.
Maldecía el malestar que el bicho engendra.
Todo aquello suponía gran sofoco:
¡el insecto, tan contento, y a lo loco,
más que piojo parecía escolopendra!
De repente se encontró con una arteria,
y con saña y proceder harto cansino,
me infectó con una pérfida bacteria.
El efecto fue perverso, fue dañino.
Y la fiebre me sumía en la miseria
de observar que mi color era cetrino.
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