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Por una vez

penabad57

Poeta veterano en el portal
Por una vez quiero hablarte como me hablo a mí.

Nunca lo dije en alto,
jamás en mis labios hubo la necesaria ternura,
aunque sentí la gratitud no conseguí expresarla,
había un amor tibio de gestos retraídos,
una continencia que no avivaba la llama,
solo ascuas que remover con los ojos cerrados
y la costumbre vieja de los abatidos.

Pero hoy te habla mi corazón y no quiero olvidarlo.

Un día hallé tu cuerpo en la negrura, un cuerpo de luz
que me habitó sin que tú lo supieras.

Hay ríos que viajan paralelos,
otros se asocian para engrandecer su cauce,
así yo contigo, abriendo caminos por los que fluir
en este mundo de sombras.


Pero un destino común no siempre es un árbol que florece,
existe el absurdo sentido de la posesión,
el ideal que se resiste a morir,
un egoísmo que gangrena el cariño
y estalla en la podredumbre del resentimiento.

Se emponzoña el río, muere el árbol sin el agua del amor,
el hijo divide cuando debería unir los afectos,
la vida entonces descarrila y nuestro tren se queda parado
entre los ecos de un ayer oculto.

Sin embargo, tú sabes, como yo, que los ríos sobreviven
al vertido del desamor, que los árboles solo necesitan
agua nueva para florecer, que el hijo es el fruto
de nuestras vivencias más felices.

Por eso, déjame que te hable como ahora me estoy hablando a mí
y que diga, una vez más, esa palabra que nunca debió caer en el olvido,
esa palabra que es tu nombre, amor mío.
 
Última edición:
Por una vez quiero hablarte como me hablo a mí.

Nunca lo dije en alto,
jamás en mis labios hubo la necesaria ternura,
aunque sentí la gratitud no conseguí expresarla,
había un amor tibio de gestos retraídos,
una continencia que no avivaba la llama,
solo ascuas que remover con los ojos cerrados
y la costumbre vieja de los abatidos.

Pero hoy te habla mi corazón y no quiero olvidarlo.

Un día hallé tu cuerpo en la negrura, un cuerpo de luz
que me habitó sin que tú lo supieras.

Hay ríos que viajan paralelos,
otros se unen para engrandecer su cauce,
así yo contigo, abriendo caminos por los que fluir
en este mundo de sombras.


Pero un destino común no siempre es un árbol que florece,
existe el absurdo sentido de la posesión,
el ideal que se resiste a morir,
un egoísmo que gangrena el cariño
y que fomenta el resentimiento.

Se emponzoña el río, muere el árbol sin el agua del amor,
el hijo divide cuando debería unir los afectos,
la vida entonces descarrila y nuestro tren se queda parado
entre los ecos de un ayer oculto.

Sin embargo, tú sabes, como yo, que los ríos sobreviven
al vertido del desamor, que los árboles solo necesitan
agua nueva para florecer, que el hijo es el fruto
de nuestras vivencias más felices.

Por eso, déjame que te hable como ahora me estoy hablando a mí
y que diga, una vez más, esa palabra que nunca debió caer en el olvido,
esa palabra que es tu nombre, amor mío.

Jamás serán suficientes los versos para expresar un corazón al desnudo...Aquel que declama fuerte, que deja libre el sentimiento y vacíos los anhelos.

Un bello poema que he disfrutado leer. Gracias poeta por compartir.

Saludos cordiales desde mi florido Prado en primavera.
 
Por una vez quiero hablarte como me hablo a mí.

Nunca lo dije en alto,
jamás en mis labios hubo la necesaria ternura,
aunque sentí la gratitud no conseguí expresarla,
había un amor tibio de gestos retraídos,
una continencia que no avivaba la llama,
solo ascuas que remover con los ojos cerrados
y la costumbre vieja de los abatidos.

Pero hoy te habla mi corazón y no quiero olvidarlo.

Un día hallé tu cuerpo en la negrura, un cuerpo de luz
que me habitó sin que tú lo supieras.

Hay ríos que viajan paralelos,
otros se unen para engrandecer su cauce,
así yo contigo, abriendo caminos por los que fluir
en este mundo de sombras.


Pero un destino común no siempre es un árbol que florece,
existe el absurdo sentido de la posesión,
el ideal que se resiste a morir,
un egoísmo que gangrena el cariño
y que fomenta el resentimiento.

Se emponzoña el río, muere el árbol sin el agua del amor,
el hijo divide cuando debería unir los afectos,
la vida entonces descarrila y nuestro tren se queda parado
entre los ecos de un ayer oculto.

Sin embargo, tú sabes, como yo, que los ríos sobreviven
al vertido del desamor, que los árboles solo necesitan
agua nueva para florecer, que el hijo es el fruto
de nuestras vivencias más felices.

Por eso, déjame que te hable como ahora me estoy hablando a mí
y que diga, una vez más, esa palabra que nunca debió caer en el olvido,
esa palabra que es tu nombre, amor mío.
Que gran poema y que gran verdad, el amor muchas veces se emponzoña con absurdas diferencias que van ensuciando los ríos y alejando los caminos, pero también es posible acercar lo que se aleja, limpiar de lodos los fondos, dejar que vuelva a fluir el agua y poner en las palabras nuevamente esas flores que nunca debieron perder sus pétalos. Gracias por este poema. Abrazos cordiales.
 
Por una vez quiero hablarte como me hablo a mí.

Nunca lo dije en alto,
jamás en mis labios hubo la necesaria ternura,
aunque sentí la gratitud no conseguí expresarla,
había un amor tibio de gestos retraídos,
una continencia que no avivaba la llama,
solo ascuas que remover con los ojos cerrados
y la costumbre vieja de los abatidos.

Pero hoy te habla mi corazón y no quiero olvidarlo.

Un día hallé tu cuerpo en la negrura, un cuerpo de luz
que me habitó sin que tú lo supieras.

Hay ríos que viajan paralelos,
otros se asocian para engrandecer su cauce,
así yo contigo, abriendo caminos por los que fluir
en este mundo de sombras.


Pero un destino común no siempre es un árbol que florece,
existe el absurdo sentido de la posesión,
el ideal que se resiste a morir,
un egoísmo que gangrena el cariño
y estalla en la podredumbre del resentimiento.

Se emponzoña el río, muere el árbol sin el agua del amor,
el hijo divide cuando debería unir los afectos,
la vida entonces descarrila y nuestro tren se queda parado
entre los ecos de un ayer oculto.

Sin embargo, tú sabes, como yo, que los ríos sobreviven
al vertido del desamor, que los árboles solo necesitan
agua nueva para florecer, que el hijo es el fruto
de nuestras vivencias más felices.

Por eso, déjame que te hable como ahora me estoy hablando a mí
y que diga, una vez más, esa palabra que nunca debió caer en el olvido,
esa palabra que es tu nombre, amor mío.
Abrir esa fecundidad de sentimientos desde la solemne formalidad
de lo mas sincero: el amor asi entregado para que ella sepa
de la permeable esencia de los desmayos mas nobles. bellissima
obra. saludos de luzyabsenta
 

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