ALYA
Poeta fiel al portal
Un anciano dulce me ofreció su mano
esta mañana mientras caminaba,
él leyó en mis ojos la tristeza cruenta
de aquel que ha sentido que su Fe se acaba.
Una pordiosera me sonrió alegre
al ver que mis lágrimas secar intentaba
me decían sus ojos no estés triste niña
mira como el sol besa la mañana.
Un niñito tierno que vestía harapos
me alcanzó corriendo mientras me alejaba
me entregó una flor que encontró tirada
me dio de su tiempo a cambio de nada.
Una abuela sola camino a la iglesia
se acercó a mi acera y trajo su paragua
cubriendo mi alma, también mi cabeza
del chubasco amargo que me aletargaba.
Un obrero triste con cuerpo cansado
se sentó a mi lado y escuchó mis penas
las suyas más grandes él dejó olvidadas
y atendió las mías para él ajenas.
Una mujer viuda de ojos y voz grises
me prestó su llanto, también sus palabras
para que con ellos hiciera catarsis
y drenara todo el dolor de mi alma.
El anciano, el niño, la mendiga alegre
la abuela, el obrero y la viuda gris
prójimos, hermanos, amigos, dolientes
que me regalaron un poco de si.
Y es que lo mejor que puede ofrendarse
no son las riquezas, ni los grandes bienes
es darse uno mismo, sin que se lo pidan
cuando se precisa, dar lo que se tiene.
esta mañana mientras caminaba,
él leyó en mis ojos la tristeza cruenta
de aquel que ha sentido que su Fe se acaba.
Una pordiosera me sonrió alegre
al ver que mis lágrimas secar intentaba
me decían sus ojos no estés triste niña
mira como el sol besa la mañana.
Un niñito tierno que vestía harapos
me alcanzó corriendo mientras me alejaba
me entregó una flor que encontró tirada
me dio de su tiempo a cambio de nada.
Una abuela sola camino a la iglesia
se acercó a mi acera y trajo su paragua
cubriendo mi alma, también mi cabeza
del chubasco amargo que me aletargaba.
Un obrero triste con cuerpo cansado
se sentó a mi lado y escuchó mis penas
las suyas más grandes él dejó olvidadas
y atendió las mías para él ajenas.
Una mujer viuda de ojos y voz grises
me prestó su llanto, también sus palabras
para que con ellos hiciera catarsis
y drenara todo el dolor de mi alma.
El anciano, el niño, la mendiga alegre
la abuela, el obrero y la viuda gris
prójimos, hermanos, amigos, dolientes
que me regalaron un poco de si.
Y es que lo mejor que puede ofrendarse
no son las riquezas, ni los grandes bienes
es darse uno mismo, sin que se lo pidan
cuando se precisa, dar lo que se tiene.