Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
De todo lo que le gustaba, ya solo le gusta el futbol.
No patea más la bola, pero va corriendo a los ochenta
como en sus mejores épocas de comandar ejércitos
de dragones Caterpillar para desgajar cerros
y preñarlos de autopistas.
Su pensión ya no le alcanza para patrocinar
a equipos polvorientos de las ligas inferiores,
pero por navidad le regalamos una pantalla gigante
para que mire los encuentros en un palco
como si la cancha, o el Coliseo, estuviera en su jardín.
Todo el futbol de todo el mundo gracias al cable
y a la magia de una aplicación más que dudosa.
Netflix, HBO, Paramount… ¿Disney? ¡Jamás en la vida!
Ese poder concentrado en un cetro alfanúmerico
para gobernarlos a todos: el ingobernable control remoto.
Es domingo. Entro a su sala con el six de cervezas Modelo.
El espectáculo es demoledor: el viejo desesperado
presiona botones como para despedazar de un cañonazo
el rostro tristísimo de Mads Mikkelsen
en un drama danés con subtítulos en sánscrito.
Siento la ajena añoranza por esos tiempos, cuando todo el balompié
estaba en el dos y el cinco, en un televisor de perilla, jorobado;
cuando del Cruz Azul se auguraba que sería el Real Madrid de México,
cuando la batalla más cruenta era contra el costillar de una antena
en la azotea, carcomida por el óxido y la mierda de las urracas.
—¡Qué onda, pa! ¿Ya empezó el partido?
—Ponle.
Y tomo el mando que me entrega sin mirarme.
—¿Dónde están los demás?
—No creo que en misa, los hijos de la chingada.
Así aparecen los jugadores sobre un verde implacable.
Marcador en ceros. Minuto seis del primer tiempo.
El viejo toma la lata que le extiendo
y bebe con la parsimonia de quien ha conjurado el apocalipsis.
Para mí apenas está empezando.
Unos minutos más tarde, el boomer ya le grita a la pantalla,
increpa al árbitro, cuestiona la moral sexual de su madre.
Y el silbante calla, no lo amonesta.
Pienso en tarjetas amarillas para mis hermanos
y para los hijos de mis hermanos,
todos ellos adictos corear goles y llorar por penaltis fracasados,
porque han dejado solo al viejo en un domingo de semifinales,
solo con un control remoto diabólico
como Bardem en No Country for Old Men,
solo con el mayor de sus vástagos, conmigo,
que no se odiar a nadie, pero odio al futbol como a nada,
y no soporto que le gente le hable a los monitores
(como yo le hablo ahora este procesador de texto)
en tonos que exaltan la medida de su dicha o su enojo:
–¡No es fuera de lugar, hijo de tu puta madre!,
y no le pregunto al viejo qué es un fuera de lugar
porque me lo ha explicado, porque muchos me lo han explicado,
con líneas imaginarias, con incredulidad, con lástima,
“es lo mismo que posición adelantada, mira…”
y no entiendo porque no quiero entender,
porque me importa un carajo la estúpida dinámica de una bola
y la posición de los jugadores,
porque de posiciones y deposiciones solo me incumben
las del porno y las del gastroenterólogo,
pero mi padre sigue gritando que el gol es válido,
que el árbitro es un pendejo, un vendido hijo de ignoto progenitor
que no sabe qué putas es un fuera de juego.
¿Ergo, por qué vergas habría de saberlo yo?
Al minuto 35 llegan mis hermanos con más cerveza
y pollos rostizados, vestidos de azul y enarbolando banderas.
Los nietos besan y abrazan al Viejo sonriente.
Los sobrinos besan y abrazan al otro viejo.
Yo digo que lo dejemos en empate.
No patea más la bola, pero va corriendo a los ochenta
como en sus mejores épocas de comandar ejércitos
de dragones Caterpillar para desgajar cerros
y preñarlos de autopistas.
Su pensión ya no le alcanza para patrocinar
a equipos polvorientos de las ligas inferiores,
pero por navidad le regalamos una pantalla gigante
para que mire los encuentros en un palco
como si la cancha, o el Coliseo, estuviera en su jardín.
Todo el futbol de todo el mundo gracias al cable
y a la magia de una aplicación más que dudosa.
Netflix, HBO, Paramount… ¿Disney? ¡Jamás en la vida!
Ese poder concentrado en un cetro alfanúmerico
para gobernarlos a todos: el ingobernable control remoto.
Es domingo. Entro a su sala con el six de cervezas Modelo.
El espectáculo es demoledor: el viejo desesperado
presiona botones como para despedazar de un cañonazo
el rostro tristísimo de Mads Mikkelsen
en un drama danés con subtítulos en sánscrito.
Siento la ajena añoranza por esos tiempos, cuando todo el balompié
estaba en el dos y el cinco, en un televisor de perilla, jorobado;
cuando del Cruz Azul se auguraba que sería el Real Madrid de México,
cuando la batalla más cruenta era contra el costillar de una antena
en la azotea, carcomida por el óxido y la mierda de las urracas.
—¡Qué onda, pa! ¿Ya empezó el partido?
—Ponle.
Y tomo el mando que me entrega sin mirarme.
—¿Dónde están los demás?
—No creo que en misa, los hijos de la chingada.
Así aparecen los jugadores sobre un verde implacable.
Marcador en ceros. Minuto seis del primer tiempo.
El viejo toma la lata que le extiendo
y bebe con la parsimonia de quien ha conjurado el apocalipsis.
Para mí apenas está empezando.
Unos minutos más tarde, el boomer ya le grita a la pantalla,
increpa al árbitro, cuestiona la moral sexual de su madre.
Y el silbante calla, no lo amonesta.
Pienso en tarjetas amarillas para mis hermanos
y para los hijos de mis hermanos,
todos ellos adictos corear goles y llorar por penaltis fracasados,
porque han dejado solo al viejo en un domingo de semifinales,
solo con un control remoto diabólico
como Bardem en No Country for Old Men,
solo con el mayor de sus vástagos, conmigo,
que no se odiar a nadie, pero odio al futbol como a nada,
y no soporto que le gente le hable a los monitores
(como yo le hablo ahora este procesador de texto)
en tonos que exaltan la medida de su dicha o su enojo:
–¡No es fuera de lugar, hijo de tu puta madre!,
y no le pregunto al viejo qué es un fuera de lugar
porque me lo ha explicado, porque muchos me lo han explicado,
con líneas imaginarias, con incredulidad, con lástima,
“es lo mismo que posición adelantada, mira…”
y no entiendo porque no quiero entender,
porque me importa un carajo la estúpida dinámica de una bola
y la posición de los jugadores,
porque de posiciones y deposiciones solo me incumben
las del porno y las del gastroenterólogo,
pero mi padre sigue gritando que el gol es válido,
que el árbitro es un pendejo, un vendido hijo de ignoto progenitor
que no sabe qué putas es un fuera de juego.
¿Ergo, por qué vergas habría de saberlo yo?
Al minuto 35 llegan mis hermanos con más cerveza
y pollos rostizados, vestidos de azul y enarbolando banderas.
Los nietos besan y abrazan al Viejo sonriente.
Los sobrinos besan y abrazan al otro viejo.
Yo digo que lo dejemos en empate.
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