Reflejo de realidad (en redacción)

dffiomme

Poeta asiduo al portal
Prólogo.

Durante la intensa lluvia, la atmósfera se colmó de nebulosa neblina, un silbante viento de fuertes
rachas helaba el cuerpo. En una desvencijada calle de lúgubre silencio, alargada a contra luz, surgió
su sombra; sinuosa sobre el humedecido asfalto, rompía la silenciosa noche con el arrastrar de unos
pasos en dudoso camino, tras los cuales, una andrajosa figura giró la esquina, luciendo sin pudor
sucios harapos.
El devenir de sus pasos rítmicamente seguía, el chirriante girar de las ruedas de un carrito de compra,
sustraído de algún supermercado, colmado en su espacio con plásticas bolsas, que anudaban en ellas,
las pertenencias de tan siniestro personaje.

Llegaban las navidades, tiempo feliz que le agobiaba, él no tenia derecho a esa felicidad, pensó,
acompañado solo por el mecánico crujir de las ruedas del carrito que penosamente empujaba, y,
la alargada sombra de un famélico perro que unió a aquel camino su fiel pisada.
El asfalto humedecido por la llovizna, servia como espejo a la ciudad que en él se reflejaba. A lo largo
de sus pasos hubo visto: casas invertidas, nubes de negros presagios como suelo, paredes de movibles
colores que se ofrecían a su vista. Solo eso, y el silencio. La calle se le inclinó, obligándole a forzar su
lento paso, y en la acera se reflejo la barandilla de un puente. Había llegado. Siguió su penoso vagar
hasta lo más alto de aquella superficie, justamente el centro, donde más altitud le separaba de aquel
mundo que tanto le dañaba.
Tenia que huir de él y aquel era el mejor modo. Se apoyó en la baranda y observó sin miedo la
distancia; pensó en la caída sin importarle. Sintió en su pecho el vértigo al caer, sin miedo alguno.
Solo el golpe final le preocupó. Notó el quebrar de sus huesos por el impacto, sus recuerdos se
agolparon en él y un dolor asfixiante anidó en su pecho, haciéndole sentir como marioneta, derramándose en sanguinolento calor sobre un charcado suelo.
Aquello le preocupó. Sus folios se ensuciarían de sangre, e impediría su lectura, -no- eso no podía
suceder. ¿Cómo solucionarlo?.

Aceleró su quietud hacia el carro y buscó en su miseria la utilidad. Tenía que estar allí. Tras un
acelerado trasiego, al fin respiró; lo había encontrado. Se trataba de un rollo de precinto con el
que atar en una bolsa su escrito. Quinientos folios manuscritos, con los que realizó un contundente
paquete que adosó a su cintura, en un último giro de la adhesiva cinta.
Tras ello, volvió de nuevo a la barandilla aferrándose al frío hierro; la humedad por lo llovido lo había
convertido en resbaladizo pero no le importó, y tras mirar con soberbia al cielo, lo traspasó, para
quedar en su exterior agazapado.

Los deslumbrantes faros de un potente vehículo le iluminaron junto al chirriar de unos frenos.
En el momento de su abandono, alguien saltó del automóvil y en frenética carrera gritó su nombre:

-¡¡ Miguel, Miguel!!


Capítulo 1


Iniciáronse desde lo ínfimo, tenues rayos de claridad, que acrecentándose en su esplendor,
recordaban lanzas de luz; las cuales, tras herir la espesura de hojas, en las tupidas copas de viejos y
gigantescos álamos, cruzaban el estrecho ventanuco, para morir en las arcillosas losas como circulares
óvalos de luz, que daba iluminación a aquel pequeño recinto, donde dos sudorosos cuerpos,
despertaban al alba de un nuevo día.

Al abrir sus oscuros ojos aceitunados, una mueca de alegría rió en su boca. Siempre hubo sido alegre
su despertar; la mañana le aportaba la ilusión, que a lo largo el día solía contradecir. Se incorporó de
la cama y tras apoyar los pies en el frío suelo, quedó sentado en ella. Exuberante fue su bostezo, para
exhibir al máximo una blanca y armoniosa dentadura, mientras sus manos se enlazaban tras su cabeza
y contoneaba un torso de fuerte y musculoso costillar, adosado en robustos dorsales.
Tornó sus manos a las rodillas y permaneció unos segundos, suspendido en el recuerdo de una vida
tiempo atrás dejada.
Se cumplían quince meses de aquella aventura, hubo tardado más de lo previsto pero ahora estaba
culminada: se sintió feliz al reconocer, que por fin lo había logrado, ello le hacía enorgullecerse;
restregó los pies en las baldosas, reconfortándole su frialdad. Jamás le gustó remolonear en la cama,
una vez despertado el cuerpo, rehecho en su cansancio, le exigía el brinco. Las sábanas, impregnadas
del oloroso sudor del sueño, con su calor aún en ellas, le impulsaban a levantarse, sus abotargadas
carnes, marcadas por los serpenteantes dobleces de la arrugada tela, le rogaban, le forzaban a alzarse.
Obligado por esta sensación, su primer deseo al despertar era pisar con desnudo pie el suelo, eso le
despejaba. Era ese su despertar.
Muchos se lavan compulsivamente el rostro con agua fría o templada, otros se humedecen las pestañas
y arrastran de ellas con las uñas los restos del pasado sueño, los hay que toman buchadas con las que,
tras una series de gárgaras, escupen con fuerza; los que asean las comisuras de sus labios, con las
yemas de los dedos y se restriegan los ojos; los hay incluso, que para espabilarse, humedecen sus
cabellos y echan agua en su nuca, e introducen su cabeza por completo en el frescor, o se entregan a la
ducha: muchos son los despertares.
El suyo era sentir bajo el desnudo pie, la frialdad que el suave aire de la noche impregnara sobre el
suelo. Ese al menos hasta entonces, hubo sido siempre el despertar, en los veintisiete años, de aquel
joven vigoroso y decidido, capacitado para alcanzar cualquier meta, dispuesto siempre al máximo
sacrificio por conseguir su objetivo, incapaz de perder la mínima ocasión. En eso era igual a su madre,
una mujer, aun revestida de ausencia, luchadora, tenaz, que tras su viudez, consiguió que el heredado
negocio floreciera y se multiplicase de tal forma, que, tanto ella, como su hijo, pudieran disfrutar de
una desahogada vida. Nunca le faltó nada, jamás supo de una necesidad; sin embargo ahora,
despertaba en la pequeña habitación de un albergue, un asilo de caridad donde adecentar miserias,
donde el que nada tenía, podía disfrutar una frugal cena, un agradable desayuno y sobre todo, una
pequeña cama, para descansar el cuerpo de su vagar diario. Momentos que por propia voluntad, él
sufría.
Había tomado esa decisión un año atrás. Recordó la voz de su madre al saberlo: fría, distante, potente.
Siempre esperó de él que prosiguiera su labor al frente de la empresa, en cambio, le había salido un
hijo escritor, cosa que consideraba una locura. Nunca, aun aceptándola, comprendió aquella su
elección en la vida. Ella era totalmente cerebral, jamás realizaba una acción, si esta no le reportaba
beneficio, por ello, siempre le decepcionó aquella afición de su hijo.
El cual, aunque había editado varios trabajos, todos los consideró sin importancia. Los encontraba
vacíos de sentimientos, historias huecas de una situación acomodada, mantenida por ella.
Con el interés de algún día, convencerle de lo inútil de su vocación. Supo esperar a que se
desilusionara, pretendía que él se hiciese cargo de la empresa y continuamente se lo recordaba.
Él por su parte demostraba ser buen hijo, y aun sin obedecerla en sus continuos consejos, nunca
olvidaba fechas propicias para obsequiarla con flores o bombones, que eran su debilidad y que en
extremo la ilusionaba. Intentaba con sus zalamerías, conseguir el beneficio de su aceptación, sobre
aquel camino, en el cual, se sentía arrastrado a proseguir.

Sus trabajos anteriores le dañaron. Con la ilusión de un crío esperó tras ello la cúspide de la fama,
conoció la decepción de sentirse vulgar. Esas fueron las palabras de su amigo y editor. Le dolió. De
ahí que para buscar solución a aquella vulgaridad, tratara de vivir las experiencias de su propio
personaje: Un escritor sin recursos, que con una gran obra, se enfrentaría a la burocracia de las
editoriales. Con ello quiso, en cierta forma, vengarse de su amigo por el daño causado.
Sin embargo el editor, acogió gustoso aquella idea. Según sus palabras, podría aportarle el
sentimiento que le faltó en sus anteriores trabajos; incluso su madre le alentó, aun con temor, pero
consintió en ello. Su aceptación, encerraba el deseo de que aquel fuera su último intento.

Durante unas semanas lo preparó todo, se concedería unos meses para aquella aventura, dispondría de
lo mínimo: Un tope de dinero mensual, con el que poder pagar su sustento y el tabaco, como único
vicio.
Ahora, tras cumplir el tiempo, con la recopilación de quinientos folios manuscritos, consideró
terminada su idea. Por lo que esa mañana, volvería a su pequeño estudio en el barrio sibarita de
la ciudad, del cual, en aquellos meses estuvo ausente por el pudor a ser reconocido.
Su labor la hubo desarrollado, en lo más humilde de la ciudad, zona de la cual se encontraba ahora
saturado. Y añoró ilusionado, encontrarse de nuevo en el ambiente que su posición le ofrecía.
Tras una rápida ducha programada en un tiempo. Se vistió con sus mejores galas; por no mostrar a
nadie, el mundo del cual salía.
Su camisa, antes pulcramente lavada y tersa en su planchado, presentaba ahora alguna que otra
mancha entre sus innumerables arrugas. Consciente del tiempo que le faltaba para llegar a su casa, no
le importó. Tampoco la vieja mochila, que tras muchas noches de dormir en las aceras sobre viejos
cartones, había usado como almohada: lo que si le interesaba era su contenido, aquellos quinientos
folios, los cuales en una primera corrección, daría pie a su novela.

Alegre, cual quinceañero, abandonó el pequeño dormitorio donde su obeso compañero, bostezaba
el despertar. Este era grande, de ancha frente en amplia cabezota, con incipiente calvicie apenas
oculta por negros y lacios cabellos, de nariz carnosa y de redonda cara, donde de manera especial,
unos ojos diminutos y estrechos, apenas visible por debajo de unos hinchados parpados, llamaban
poderosamente la atención.
Había convivido dos meses con él, soportó sus ronquidos y el fuerte olor de sus pies. Era un hombre
esquivo siempre, de los que aun sin mirarte, están pendiente de ti. Aunque de lo que en aquel alberge
se encontraba pertenecía a lo mejorcito.
Ahora también él se encontraba feliz. Llevaba dos semanas trabajando como guarda jurado, puesto
que a sus cincuenta y dos años, era lo que tras su separación matrimonial, había conseguido.
Muchas noches le había hablado de buscar otro lugar donde dormir, poder pagar una habitación en
casa compartida, para evitarse lo vergonzoso de vivir en un albergue.
Le reconoció un merito, por querer huir de la situación a la que su separación le había llevado.
Entre los que allí se refugiaban era digno de admiración, por esforzarse en abandonar una vida, a la
cual, el resto de aquellos mendigos, se habían habituado, conformándose con el desayuno y la cena,
que por caridad les daban. Y limitándose durante el día, a mendigar el tabaco, la bebida, o la dosis de
droga, que su organismo le reclamaba.

Con el roce de su sien derecha y el leve alzamiento de sus cejas, a modo de saludo, se despidió de
aquel compañero, que, remoloneaba sobre las arrugadas sábanas, para tratar inútilmente de conciliar
un rato más de sueño.
Bajó al amplio y empedrado patio; y tras sortear los viejos y relavados harapos, puestos a secar la
anterior noche, entró en el comedor, donde un viejo cura y su afeminado ayudante, le sirvieron un
tazón de leche con rancias galletas. Apuró en seguidos buches la leche y volvió al patio en dirección a
la verja que le ofrecía la libertad de la calle.

Capítulo 2

Deslumbrado por la luminosidad del día salió del suburbano, a las amplias avenidas de su suntuoso
barrio. Recorrió las limpias y bien adoquinadas aceras con el incontrolado deseo de llegar a su
apartamento. Aceleró sus pasos mientras su mente evocaba tiempos pasados; añoró su antiguo
despacho, revestido en nogal español, iluminado por un amplio ventanal desde donde la vista se
recreaba en el frondoso jardín comunitario, al que desembocaban las entradas de aquellos lujosos
apartamentos. Ansió recorrer sus manos en el amplio escritorio donde a partir de ahora reescribiría su
novela. Presentía que en esta ocasión conseguiría su sueño y una placentera alegría, corrió en su
pensamiento, reflejándose en su boca.
Rió henchido de felicidad, hasta que el eco de su risa le devolvió a la realidad.
Temeroso de ser observado desvió sus pasos, para tomar la frondosa alameda que le conducía a su
hogar; al llegar a la entrada, saludó amablemente al conserje y con decisión se encaminó hacia su casa.
-Perdón ¿Va a…? Preguntó el vigilante, acomodado en su amplia garita desde la cual controlaba al
completo el recinto.
-Voy a mi apartamento, el 4-b, -contestó y a continuación se dispuso a seguir.
-Perdone, pero no le conozco. ¿Visita a….? -Esperó de él que concluyera la pregunta para saber así,
si aquel personaje, de desastroso aspecto, conocía al inquilino de tal apartamento.
-No visito a nadie, voy a mi casa. -Miró al conserje, el cual abandonaba su lugar, interponiéndose
con prontitud a su paso. Se percató de que no era aquel, el portero habitual y comprendió que no le
conociera, amablemente se dirigió nuevamente a él, y pretendió explicarse.
-Vivo aquí. Solo que llevo varios meses fuera y tal vez por ello, no me conoce. Pues he observado
que es usted nuevo.
-Lo siento, pero creo que se equivoca, llevo tres años en esta comunidad y nunca le he visto, además
en el apartamento 4-b vive una señorita, la cual no creo le conozca. -Concluyó el conserje,
interponiéndose descaradamente a su paso y con despreciadora mirada, recorrió hasta los pies la
vertical de su cuerpo.
Se sorprendió, volvió a mirar al conserje sin comprender por que le decía de llevar tres años en aquel
puesto. Él conocía a Daniel, al que había dejado unos meses atrás, por lo que estaba seguro de quien
era su conserje, simplemente pensó que aquel era un sustituto. Con amplia sonrisa se dirigió
nuevamente a él, dudoso ante lo absurdo de tal situación.
-Mire señor, esta usted equivocado, permítame pasar y se lo demostraré.
-Un momento. -Fue su respuesta, e introduciéndose de nuevo en la garita, telefoneó. Tras unos
instantes le preguntó. -¿Cómo se llama?
-Miguel. Miguel Segura, del 4-b. -Esperó unos segundos, impacientándose por momentos.
Oyó al vigilante comentar al teléfono, sobre si le conocían, el resultado: una nueva negativa, con
la débil escusa de que no habitaba allí. Aquella incomprensible situación, alteró sus nervios, trató de
razonar con aquel energúmeno que le impedía el paso. La conclusión, una nueva explicación negada
nuevamente por su interlocutor. Ya un tanto alterado trató inútilmente de conseguir pasar, por lo que
el conserje más violentamente terminó impidiéndoselo.

Ambos se enzarzaron en una agria discusión que fue bruscamente cortada con la llegada policial.
Cuando el trajeado agente se acercó, lo primero fue mostrarle en su diestra la placa policial
identificativa. Luego, pedirle la documentación. Más tarde tras oír en partes el motivo de los dos, y
aun posicionándose más hacia la versión del conserje, decidió.
-Veamos en sí el estudio - y acompañándoles llegaron al apartamento.
En el primer intento por abrir, comprendió que algo extraño ocurría, no logró introducir el llavín, por
lo que supo, que no era esa su cerradura. Atónito se desmoronó en la duda, no sabía que ocurría,
aquella era su casa por lo tanto, ¿porque la llave no la abría?. No supo que decir, ni que pensar, e
inútilmente susurró.
-Yo vivo aquí. – Mientras observaba la risa burlona que florecía en el conserje.
El agente pulsó el timbre y una elegante joven de sinuosa figura abrió la puerta.
-Perdón señora, ¿conoce usted a este hombre? -Preguntó amablemente el agente.
La joven le escrutó con una desconfiada mirada y contestó con un rotundo.
-No, nunca le he visto.
Él no comprendía nada. Aquella mujer se había adueñado de su hogar..., pero ¿Por qué?, ¿Qué estaba
ocurriendo? No comprendía, llegó incluso a dudar el haberse equivocado de casa, buscó a su
alrededor, para tratar inútilmente de saber; sus ojos descubrieron al conserje, que con jocosa y burlona
sonrisa, le señalaba mientras giraba un dedo sobre su sien, acusándole de loco.
-No estoy loco -casi gritó -Y se lo demostraré. -Dirigiéndose al policía le suplicó. -Puedo
demostrárselo explicándole como es mi casa, aquí, a la derecha, esta el despacho, enfrente hay un
salón, en el fondo….
-Un momento. Ordenó el agente y dirigiéndose a la joven preguntó. -¿Podríamos pasar señora?
-Por supuesto, -respondió ella, y dejó franca la entrada. Tras cruzar la puerta, él, seguido del agente,
se encaminó al despacho. Fue el entrar y se sintió aturdido. Sacudió la cabeza queriendo despejar
aquella duda, no lo comprendía aquel no era su despacho.
Las paredes, revestidas de nogal, se mostraban ahora enteladas en una sarga beige, rayadas en oro
viejo y corinto. Su mesa había desaparecido, para dejar en su lugar unos confortables butacones, desde
los cuales se apreciaba un fornido mueble de roble, en el cual entre libros, reposaba un gran televisor.
Aquella no era su casa, solo recordaba de ella, el frondoso olivo que a través del ventanal se veía.
Era lo único que coincidía en su recuerdo.
-No puede ser, es imposible, no sé qué pasa pero esta era mi casa. -Humillado se abandonó en uno de
los butacones sin comprender que le ocurría; una infinita tristeza le invadió y dos furtivas lágrimas de
impotencia, recorrieron sus mejillas. El agente con ayuda del conserje le incorporó y tras excusarse
con la joven abandonaron la casa.

Se sentía hundido, miles de ideas inundaban su mente, preguntas sin respuesta que, dolorizaban su
pensamiento. Pero no fue aquel su único desengaño. Al llegar de nuevo a la salida, el segundo agente
le preguntó.
-¿Por qué dice vivir aquí? Alejandro. En su documento consta otra dirección. -El miró al conserje,
creyendo que era a quien preguntaban.
-A ver, contésteme. ¿Por qué dice que vive aquí?
Comprendió que la pregunta iba dirigida a su persona, aun sin llamarle por su nombre.
-Porque es así. He estado unos meses fuera, documentándome para escribir una novela, soy escritor
y vivo…. vivía aquí
-A ver Alejandro ¿qué has fumado? ¿De qué vas?
-No me llamo Alejandro. Fue su contestación. -Me llamo Miguel. Miguel Segura. No Alejandro.
-¿Seguro? -Le volvió a preguntar el agente, mostrándole su documento de identificación.
Miró su carnet, y comprobó que ciertamente en él, rezaba el nombre de Alejandro. Su cara era la suya,
sin embargo el nombre… Trató de aclarar aquella absurda situación, en el justo momento en que uno
de los secretas, decidía.
-Llevémonoslo hasta que se le pase la “pea”.
-¡No estoy borracho, ni drogado. Me llamo Miguel y vivo aquí, en el 4-b, suéltenme!.
Lucho vanamente por deshacerse de unas manos, que fuertemente le esposaban y lo introducían en la
parte trasera del vehículo. Acobardado en el asiento, repitió una y otra vez. Como queriéndose
asegurar de ello, me llamo Miguel, Miguel Segura, Miguel. Y en su impotencia amargamente lloró.


Capítulo 3

No es triste ni temerosa la semioscuridad, ni es agobiante el asfixiante olor de la humedad, ni la
frialdad de unos barrotes, ni la soledad y el abandono. Lo verdaderamente triste, lo pavoroso, es el
crujir de los goznes de la enrejada puerta, cuando tras de ti se cierra. Te produce el hiriente dolor de la
humillación, la desesperante soledad de lo injusto. Ese fue el sentimiento que le produjo, al ser
encerrado en aquel calabozo.

Tras su injusta detención. Cuando su pensamiento reaccionó, ante situación tan extraña, con la duda
aún de no comprender lo pasado, de cómo aquella vida, que hasta ese día había considerado suya, se
había evaporado; haciéndole dudar incluso de su identidad, perdiendo de la noche a la mañana, el
derecho a mantener un nombre, unos recuerdos que por lo demostrado, no le pertenecían, pero que
seguía aferrado a ellos, por ser lo único que conocía. Le habían repetido hasta la saciedad, su nuevo
nombre. Pero era algo que no comprendía, no sabía nada del tal Alejandro, sus recuerdos eran de
Miguel. Sin embargo la realidad le decía lo contrario.
Cómo podría solucionar aquel problema; salir de aquel sueño, aquella locura, que poco a poco se
apoderaba de su pensar, quiso por un momento, en su deseo de comprender, situarse en la piel de
aquel extraño que trataba de apoderarse de su mente, pero no encontró recuerdo alguno al que poder
aferrarse.
Cansado, sintiendo el pulso en su sien, rendido, se dejó caer en el alargado poyete, que, muriendo bajo
el diminuto ventanuco, le ofrecía el descanso de su semioscuridad.

Durante horas, como falsa moneda, de mano en manos rodó. Sobre un largo mostrado fue preguntado,
mancharon sus dedos de negra tinta y deslumbraron sus ojos cegadores focos, con la misma monotonía
en sus oídos. Preguntas y más preguntas que atosigaban su cabeza. Una desgarradora opresión le
asfixiaba en el pecho y un desesperado grito se iba apagando en su garganta. Tan extremo fue el
momento, que en su pensamiento arraigó la duda. Ahora, libre ya de sus presencias, retornaba de
nuevo a su principio. Él era Miguel, Miguel Segura.
Su cabeza inició el razonamiento, para analizar fríamente tan extraña situación.
-Me llamo Miguel. -Se dijo. -Y soy escritor. -Se afianzó en su idea y en ensoñación recordó su
tiempo pasado, vio a su madre y le pareció oír sus palabras: secas, precisas, pero a su vez justas y
sinceras. Pocas veces en su niñez le hizo carantoñas, de vanas palabras, su hablar siempre fue
explicativo, razonable. Jamás le trató como infantil, su trato fue siempre de mayor a mayor, excepto
cuando en la noche le arropaba y desvelaba en parte su sueño, con la delicadeza de varios besos.
Ella lo aclararía todo, tendría que llamarla y solicitar su ayuda.
Pero… -El engranaje de su mente, puesta ya a pleno rendimiento, le mostró la realidad. Ella estaba
muy lejos, sabía que la distancia entre ambos, le haría perder unos días. Tenía que solucionarlo antes.
En su pensamiento apareció entonces el nombre de su amigo, Ramón, amigo y editor, él demostraría
su verdadera identidad. Debía llamarle.
Tras incorporarse, corrió a la enrejada puerta y con incontrolable fuerza, sacudió sus barrotes, con un
asomo de ilusión en su desgarrado grito.
-¡¡Oiga… oiga…!!. Gritó con la esperanza contenida. El silencio fue su respuesta.
Nuevamente llamó, con idéntico resultado. Llamó y rellamó. Hasta que su voz cansada se aminoró
en el tiempo, y terminó en un susurroso gemido de impotencia.
Resbaló sus manos por los negros barrotes, hasta humillado, caer rendido sobre el suelo.
No supo que tiempo permaneció así, su agotamiento fue sorprendido por la apertura de la puerta
general, a la que desembocaba el largo pasillo, jalonado a su derecha por las continuas rejas, de
aquellos receptáculos que formaran los calabozos.
-¡Oiga!… -Recobró el ánimo, el contemplar la imagen que se le aproximaba -Agente… Oiga… Quisiera hacer una llamada. -Observó en espera a su ruego la voluminosa formadel policía, que aferrando fuertemente a un detenido, lo encaminaba hacia la celda contigua a la suya.Con dominante movimiento, introdujo en ella a un debilucho chico de apenas veinte años, tembloroso entre las manos de aquel gigantón.
Tras cerrar secamente la reja, parsimoniosamente se dirigió a él.
-Y tú, ¿Qué quieres? -Casi le escupió a la cara.
-Quiero hacer una llamada. Tengo un amigo que confirmará mi declaración.
-De acuerdo. -Fue su seca respuesta. Tras la cual encaminó lentamente sus pasos, hacia la entrada.
Nuevamente la soledad y el silencio reinaron, en espera a los resultados de su pedido. Miró de soslayo
al joven, acurrucado en el poyete similar al suyo, que aparte de para sentarse, hacía las veces de
camastro, y le apenó. Sabía los momentos que estaba viviendo, conocía sus momentos.
Nada sabía de las razones que contra él tendrían, pero le apenaba el que apenas un chiquillo fuese así
tratado. También el joven le miró, y marcó en sus labios el saludo de una tímida sonrisa, apenas
visible en la penumbra reinante.
-Hola. -Fue su saludo, y el mismo hola, la contestación.
En silencio volvió a tomar asiento, en espera de aquel ruego de una llamada, a la que todo detenido
tenía derecho. Eterno se le hizo el tiempo hasta volver a escuchar nuevamente la puerta y ver aquella
figura, que tras detenerse y abrirle la reja, se limitó a decir.
-Bueno ¿Qué? ¿No querías llamar?
-Si, si. -Contestó, con la ilusión en la voz reflejada.
El trato de aquel gigantón, como siempre, fue rudo. Tomándole de un brazo casi le arrastró por el
largo pasillo.
Le deslumbró la luminosidad de la sala, a extremo de tener que cerrar los ojos. Un nuevo empujón del policía, le hizo reaccionar, encaminándose en la dirección indicada por el agente.
Arrinconadas, tras unos bancos de espera, había dos cabinas telefónicas, indicándole una de ella soltó
su brazo, permitiéndole la entrada.
Respiró profundamente y tras coger el auricular, inició el marcaje del número de su amigo. Sin dejar
de ser observado por el gigantón. En la distancia sonó uno tras otro tres timbrazos, antes de oír la
familiar voz de su editor y amigo.
-Ramón Esteban al aparato, dígame. Fue el inicio de aquella conversación.
-Hola Ramón, necesito que me ayudes.
-Hola. -Contestó su amigo. ¿Quién eres? Preguntó a continuación
-Soy Miguel. ¿No me reconoces?
-¿Perdona? -Con esa pregunta contestó a la suya.
-Soy Miguel Segura, tu amigo. Volvió a repetirle.
-¿Cómo dice?
-¡Hostia tío!. Miguel Segura. Casi gritó. Transcurrieron unos intensos segundos, que le parecieron
larguísimos, cuando nuevamente sonó la voz del amigo, tras hacerlo, le invadió una tremenda duda.
-No sé quién es usted, ni qué pretende. Pero me parece muy injusto lo que intenta.
-¿Cómo? Contestó desde la duda. ¿Qué dices? ¿No me conoces?, soy yo tío. Acuérdate, te deje hace
unos meses para escribir sobre la mendicidad, aconsejado por ti.
-¿Cómo sabe eso?. Fue la extraña contestación -Sé quien era Miguel, ciertamente él decidió estar un
tiempo fuera de circulación; pero usted no puede ser él.
-¿Cómo que no? Preguntó impaciente. ¿Cómo que no soy yo?...
-Mire oiga, si es una broma me parece de muy mal gusto, no sé qué intenta, pero es muy
desagradable, así que lo siento…
Presintió que trataba de colgar el auricular. Y desesperadamente rogó.
-Por favor no cuelgues, soy yo, me han detenido y necesito tu ayuda.
-Lo siento, no puedo ayudarle, y vuelvo a repetirle que no le conozco de nada.
-Por favor solo tienes que decir que soy Miguel.
-Mire no insista. Usted no puede ser mi amigo Miguel.
-¿Por qué no? Preguntó desesperadamente.
-Me desagrada lo que está haciendo. Usted no puede ser mi amigo, porque él hace cinco meses que
murió, así…
-¿Cómo? Cortó así aquella afirmación. ¿Qué he muerto?, no, no es cierto, estoy aquí, me han
detenido…
-Mire señor olvídeme. Si le han detenido, usted sabrá por qué, pero respete la memoria de mi amigo.
Esas fueron sus últimas palabras. Tras ellas, sonó el continuado pitido, de haber colgado el auricular.
Envuelto nuevamente en la duda se apoyó tristemente sobre la cabina, para quedar inerte, sin poder
reaccionar. La puerta de la cabina se abrió y nuevamente el gigantón le cogió por el brazo, sacándole
con violencia a la luminosa sala.


Capítulo 4

Extenuante fue el tiempo. Cuando la débil luz en aquel ventanuco, mostraba la oscuridad de la
cerrada noche, su cuerpo rendido concilio el sueño. Tras la esperanzada y a la vez decepcionante
llamada, volvieron a introducirlo de nuevo en el receptáculo enrejado de su celda. Él se sumió en el
silencio; incapaz de coordinar alguna idea, con la mirada perdida sobre los negros barrotes,
permaneció callado. Le pareció oír como un murmullo, al joven en la celda contigua.
Pero nada le importó, quedó quieto y callado, sentado sobre el catre de fría mampostería, ausente de
aquella agobiante realidad.
La noticia de su muerte le resultó demoledora, ni sabía ni quería saber, por qué la vida se le había
tornado de tal manera. No comprendía aquel absurdo, ¿porque tenerle por muerto? si él sentía como
respiraba, como estaba presente entre aquellas rejas, ¿quién o por qué le complicaban así la vida? No
quería pensar y no lograba frenar su pensamiento.
Apenas si se percató cuando anochecido ya, le trajeron un bocadillo y una bebida como cena, ni se
movió, y aunque creyó oír a su compañero pidiéndole aquella frugal comida, se limitó a callar y
vagamente dejarse caer sobre la fría piedra del camastro, hasta que rendido se adormiló.
-¡Fuego… fuego! gritaban con fuerza y angustiosa voz. ¡Fuego…fuego!

Se encontraba envuelto en un espeso humo, que le impedía ver y le asfixiaba, ansiaba buscar el aire, se
forzaba en ello sin conseguirlo. De pronto la puerta se abrió de fuerte golpe y una tremenda llamarada
iluminó la estancia, mientras la angustiosa voz volvió a gritar. – ¡Fuego!

Ese fue su despertar. Sobrecogido, empapado en frío sudor, se arrinconó sobre el camastro, mientras
con espantada mirada, buscaba el terrible fuego que amenazaba con devorarle.
Sin embargo la celda seguía envuelta en la penumbra del día anterior.
-¿Que te ha pasado? Preguntó su compañero de celda, ante el aspaviento de su despertar.
Le miró con el corazón palpitante y le alegró comprobar su realidad, se sintió feliz de estar en ella,
pues a pesar de su crudeza, acababa de dejar una aún más terrible; miró a su asombrado acompañante
y una leve sonrisa floreció en sus labios
-¿Qué te ha pasado? Volvió a preguntarle su extrañado compañero. -¿Una pesadilla? Concluyó.
-Si-. Contestó él, con el agradecimiento reflejado en la mirada, al contemplar la preocupación que su
sueño había ocasionado en aquel joven.
-Soñé que había un incendio, y que las llamas me abrazaban.
-Eso es bueno. Confirmó el joven. -Soñar con fuego es dinero. Lo mismo te toca la lotería. Y rió de
una forma escandalosa, la cual consiguió contagiársela. Fue la válvula de escape que necesitaba.
Con la risa aún en los labios, miró a su interlocutor y una chispa de agradecimiento brilló en sus ojos.
-Si-. Confirmó este. -Dicen que soñar con fuego significa dinero, lo chungo es soñar con agua sucia.
Y nuevamente se miraron naciendo en ellos el brote de la camaradería. Estuvieron unos momentos en
silencio tras los cuales fue el joven el primero en romperlo
-Me llamo Mario. Dijo mientras extendía su mano entre los barrotes.
-Mi… Dudó un momento y mientras estrechaba el ofrecimiento de aquella mano, confirmó.
-Miguel, Miguel Segura.
-Encantado colega-. Fue la respuesta del joven. -¿Y por qué ha sido…? Le preguntó.
Él lo escrutó con la mirada, el joven comprendió su silencio pero no se dejó vencer.
¿Qué por qué te han detenido? Su insistencia le incitó a contestar. Sin embargo aunque aquel chico
parecía agradable, él, tras los momentos vividos, se tornó desconfiado, debido a lo cual prefirió callar.
-A mi me cogieron por droga. Según ellos por negociar con droga, “amos” como si uno tuviera una
tienda de ropa. Y rió, aunque aquella risa estuvo velada de amargura. -Hijos de puta. Concretó. -Por
trapichear unas posturitas me enchironan y al que me lo pasa, si lo cogen, no le ocurre nada, ni lo traen
aquí, claro como hay “moni” por medio. Hijos de puta.
Tan abrumadora sinceridad, ganó su confianza y aun sin abrirse a él, murmuró.
-Si yo te contara. Su interlocutor aprovechó aquel inicio de confianza para incitarle de nuevo con su
pregunta.
-¿Por qué te han cogido? ¿También por droga?, No, tú no tienes pinta de eso. -Aquello le gustó, el no
parecer a los ojos de aquel joven un simple drogadicto, le agradó, aunque él tampoco tenía pinta de
ello, y según sus propias palabras en ello estaba.
-No, no es por droga, es peor…
-¿Por robo? Preguntó intrigado el compañero. -¿Por asesinato? En esta última pregunta, temeroso
bajó el tono de voz.
Él, con la sorpresa reflejada en la cara, afirmó.
-No, qué va, por nada de eso. Y poco a poco fue confiándose a aquel chico. Hasta, a grandes rasgos,
contarle sus novedades.
-¡Hostia tío!, eso es fuerte. Confirmó el joven, tras oír aquella extraña historia. Después
simpáticamente concluyó. -Pues di que te llamas Miguelandro-. Y río su propia gracia. Su risa era
contagiosa, tanto que aun sin hacerle gracia su conclusión, también él rió.
-¿Y qué piensas hacer? Le volvió a interrogar.
-No me daré por vencido, demostraré quien soy. Le explicaré al juez y él comprenderá…
-Negro lo llevas. -Sentenció el joven. - Como le vayas con ello al juez, te encierran por loco. No, no,
para nada. Estas gentes no se andan con pamplinas. Lo mejor es que aceptes al tal Alejandro si
quieres salir de aquí. Si no, te lo juro, a esta gente no le importa nada, te meten en un manicomio y te
pudres dentro. Seguro colega.

Analizó las palabras del joven, y reconoció que estaba en lo cierto. Si nadie excepto él, le había creído,
por qué iba a creerle un juez. Sin embargo el aceptarse como Alejandro, no le resultaba fácil. Pero lo
primordial era salir de allí y la mejor solución se la ofreció aquel joven.
-Tienes razón. -aceptó.
-Y tanto. Dijo el joven que como Mario se hubo presentado. -Una vez fuera, investiga al editor, a mi
me suena que no es trigo limpio.
-Cierto, algo tiene que ocultar porque de no ser….
La puerta de la entrada se abrió de golpe y el fornido agente del día anterior, apareció a contra luz en
ella, después de acercarse a sus celdas en tono burlón dijo.
-Pito, pito, gallinitas, a desayunar, pito, pito. Y rió estrepitosamente. Tras ello les dejó sobre el suelo
un plastificado vaso de humeante café y un bollo. Al ver la cena anterior de Miguel, preguntó.
-¿Esto qué?, ¿estás desganado gallinita? Y volvió a reír.
-¿Cuándo llega el juez? Preguntó Mario.
-Tranquilo gallinita, el juez os verá en un ratito. Y, envuelto en la misma risotada, desapareció como
había aparecido.
-Hijo de puta. Fue la expresión del joven, la cual, asiduamente florecía en su boca.
Miguel por su parte, guardó silencio y reanimado en parte, tras el desahogo que le produjo el confiarse a su compañero, desayunó con ansia aquel refrigerio; mientras lo hacía ordenó su mente y decidió el
camino a seguir.

Tendría que reconocer el llamarse Alejandro… no sabía el apellido, pero igualmente lo aceptaría,
hasta lograr abandonar aquellas paredes, que empezaban a agobiarle. Después, una vez en la calle,
soñó, lo primero que haría no iba a ser el seguir a Ramón. Se presentaría, con la excusa de buscar
editor para sus quinientos folios y frente a él, analizaría su comportamiento. Con ello, con su reacción
frente a frente, sabría a qué atenerse, sabría si le era familiar o no, pues la sorpresa al verle de frente le
resultaría difícil el disimular. Puesto que ahora, comprendía sin saber exactamente el qué, que algo
había, y no lo podía consentir, pues lo seguro era que estaba vivo y que nada sabía del tal Alejandro,
por más que se esforzó su recuerdo pertenecían a Miguel, por lo que tenía que descubrir por qué lo
habían anulado. También telefonearía a su madre, pero no le diría quien era, aunque ella con solo oír
su voz le reconocería, a no ser que también su voz se la hubiesen robado.

Animado por la idea y tras engullir el desayuno, se sintió reconfortado. Seguía sin comprender nada,
pero lo aclararía. No iba a consentir que de un solo plumazo lo anularan.
Miró a Mario, que con el puño de su camisa se limpiaba la boca y aun sin decir nada, se sintió
agradecido hacia aquel joven, el cual le había reconfortado. Este al sentirse observado le miró y al
cruzarse con sus ojos sonrió, luego dijo.
-¿Qué? Y tras la interrogación volvió a reír, alegrando en parte aquel siniestro recinto.


Capítulo 5

La pulida superficie de la barnizada mesa reflejaba, a contraluz, las voluminosas estanterías repletas
de libros. Entre ellos la rubia cabeza de prominentes entradas, sobre el rostro sonrosado del editor jefe.
En el embaldosado suelo de mármol blanco, más libros y manuscritos, simulaban columnas de corta
altura, que adosadas al poco espacio libre en las paredes, recortaba la distancia entre los distintos
escritorios.
En uno de ellos, Mercedes, joven de lánguida y celestiales ojos, con la tristeza de un amor
incomprendido, reflejado en la sumisa mirada, como ratón de biblioteca, entre papeles y tomos de
encuadernaciones.
Frente a ella, una amplia puerta de dos hojas, en su mitad acristalada, y pintada en blanco, daba paso
a una pequeña sala, donde eran recibidos los distintos escritores o poetas, ilusionados en la edición de
su obra.
Las paredes, estaban igualmente cubiertas por estantes, con más libros en los que se apreciaban
distintos formatos, grandes, pequeños, gruesos, finos, con mejor o peor encuadernación, según el
precio que el autor desease. En el centro, una mesa camilla vestida con faldón turquesa, que aportaba
un toque hogareño a aquella sala: sobre su tapa circular, un amplio cenicero pulcramente limpio y un
ramillete de frescas margaritas; rodeada por cuatro sillones de brazos cuyo asiento y respaldo, estaban
tapizados del mismo tejido que el faldón. Luego en la pared de entrada dos antiguos cuadros de viejos
escritores.
Esos eran los dominios de Ramón Esteban García, jefe de la editorial Nuevas Letras. Sito en el centro
de la ciudad hacia donde Miguel se dirigió.

El recibimiento fue correcto. Le abrió Mercedes con una sonrisa amable, aunque tímida, ausente,
típica en ella. La conoció en pocas ocasiones y siempre se mostró seria, reservada: su obligación
estribaba en recibir las concertadas visitas y en la corrección de los diferentes manuscritos; los demás
acuerdos eran personalmente tratados por su amigo, al cual tras tomar asiento esperó, oyéndole hablar
al teléfono.
-Si, se puso en contacto… esta todo en marcha… no, sin problema… no, no se preocupe, si… por
supuesto… no se preocupe, todo saldrá bien, de acuerdo, adiós, hasta luego… si… si, la tendré al
corriente… después le llamo… hasta luego, adiós, adiós.
Luego sonó cómo colgaba el auricular y sus pasos acercándose; había llegado el momento. Su mano
apretó con fuerza la turquesa falda de la mesa camilla, se humedeció los resecos labios e impaciente
esperó, mientras escrutaba con la mirada el hueco de la doble puerta.
-Hola, soy Ramón. -Y tendió su mano como saludo. Sin la mínima sorpresa en su sonrosada faz.
Tomó asiento frente a él, mientras amable le ofrecía un cigarrillo; tras cederle fuego.
-Bien usted dirá. Me comentó que tenía un escrito que deseaba editar-. Y se acomodó en el sillón,
en espera a su respuesta.
Aquella reacción, rompió sus esperanzas. Desde el principio creyó que al tenerle frente a frente, su
amigo se desmoronaría, y confesaría el motivo por el cual le había mentido, sin embargo ahí estaba,
con ambas manos apoyadas en la mesa y el humeante cigarrillo, entre los labios; pero ninguna
reacción que delatase su ocultación. ¿O es que era sincero, mientras que él estaba equivocado?, la duda
le inundaba, pero reaccionó a ella mientras trataba de mostrarse sereno.
-Si, se trata de una novela sobre la mendicidad. -En lo de mendicidad masticó lentamente las silabas,
con el análisis de los mínimos gestos de aquel hombre al que tiempos atrás nombró de amigo.
Los quinientos folios pasaron de mano y antes de pronunciar palabra alguna, el tal Ramón, los hojeó
entre sus dedos, apoyó el cigarrillo en el pulcro cenicero y se recreó en los primeros párrafos, tras unos
segundos, dejó el escrito sobre la circular tapa y se enfrentó a él.
-Bien, hablemos claro. - Le impresionó aquella frase.
Temió, no supo la razón de aquel temor pero temió, esperó con impaciencia las siguientes palabras, y
estas llegaron.
-Lo primero, habría sin duda que hacerle una corrección, después acordar la encuadernación, el tipo
de tapa….
Esa era su forma de hablar claro, - ja, casi río ante tal decepción, esperaba un esclarecimiento de su
situación y él hablaba de negocio. Eso era lo que llamaba hablar claro.
Deseó tomarle por la solapa y zarandearlo, escupirle a la cara su falsedad, le repugnaba estar junto al
que antes tuviera como amigo.
Ramón, por su parte, tomó algunos ejemplares de distintos formatos y con ello retornó a la mesa.
-Bien, dijo. -Quisiera mostrarle distintos formatos en los que podríamos edit….
-¡Ya vale!. -Le espetó a la cara. Se alzó con violencia del asiento, enfrentándose descaradamente con su amigo. -¿Qué pretendes?, ¿Qué intentas?, ¿Por qué ese comportamiento? -Zarandeó violentamente
al editor, que intimidado balbuceó.
-Perdón… ¿se encuentra bien?
-Si. Y como ves, vivo.
-Perdón, pero no comprendo. No sé qué quiere decir.
-Que soy yo. Miguel Segura, yo, el que te tenía por amigo, el que no sé por qué razón quieres anular,
yo… yo. Miguel.
-Con que es usted. -Fue la sorprendente contestación del editor. -Ahora comprendo, usted es el que
pretende ser mi amigo.
Le maravillaba la frialdad de aquel hombre, cómo podía seguir si reconocerle, cómo era posible tanta
falsedad.
-¿Cómo? -Preguntó alucinado por aquella reacción.
-Mire, me alegro de tenerle presente; vamos a aclarar de una vez por todas, este asunto.
Tras ello entró en el despacho contiguo, del cual retornó tras tranquilizar a Mercedes, con varios libros
en sus manos. En concreto tres ejemplares, que él reconoció como sus anteriores trabajos.
En ellos rezaba su nombre, Miguel Segura. Luego volteó los libros y mostró en ellos una diminuta
fotografía junto a la repetición de su nombre y un pequeño curriculum.
Justamente el nombre era el suyo, sin embargo, la foto mostraba a un hombre de rasgos finos, casi
afeminado, de larga y descuidada cabellera, intensamente negra y lacia, lo opuesto a su vigorosa
imagen, de cabellos agraciados en dulces rizos.
-Este es… era mi amigo, por ello no puedo comprender su actitud al asegurar ser él.
-Pero… -No supo que decir, se abandonó en su asiento y hundió en su pecho la ahoyada barbilla.
-¿Se encuentra bien?, Mercedes trae un poco de agua, oiga, ¿esta bien? -Volvió a preguntar mientras
zarandeaba su maltrecha figura.
En el justo momento en que la tímida Mercedes le ofrecía la refrescante bebida, se incorporó, y tras
recoger parsimoniosamente sus folios, se encaminó hacia la entrada; sin un adiós, sin ningún tipo de saludo, sin ninguna reacción, como ausente de esta atmósfera desapareció tras la puerta.
Ramón se mostró triste, suspiró profundamente y, en parte también hundido, se dirigió a su mesa.


Capítulo 6


Cuando el dolor te agobia, entras en la celda de la pena; el desconcierto te atenaza las sienes y
sientes como desde el interior, te atormenta el pensamiento; el pecho en forzado respirar te aprisiona
la garganta y notas un arañar en las órbitas de tus ojos. Hasta mover el mínimo músculo agota tu
cuerpo.
Esa era su sensación al dejar tras de sí, aquel momento. Con pasos dubitativos, consiguió llegar a la
recoleta plaza, cercana al despacho, donde tan cruda realidad le había herido; dolorido por la angustia
en su interior, abandonó su ser en duro banco de frío hierro y un vértigo de dudas le inundó; sin
apenas poder mantener su frente erguida, dejó caer la humillada cabeza entre sus manos, hastiado de
tantas y tales rarezas, no quiso pensar en nada, aborreció su existencia, pero a pesar del dolor, ni una
tímida lágrima humedeció sus verdes pupilas.

Herida su alma en la tristeza, buscó la esperanza en las alturas; quiso ser aire, y se sintió flotar en la
suave brisa de aquel paseo, embriagó su alma entre las flores; ausente ya de una existencia, que tan
amarga realidad le ofrecía; como muñeco de trapo se abandonó en el asiento, y su espíritu deseó volar
hacia otro tiempo; navegó sobre el aroma del romero y con ansia aspiró la madreselva, retozó, como
potro desbocado, entre floridos arriates, mientras recorría los ojos sobre las flores y ajada, dejaba su
vista sobre la arena.
Luego, después de revolotear como pajarillo, quebró su vuelo y deseoso del beber, buscó la plata de
una fuente cantarina, que en su centro, derramaba en frescura su voz dulce y serena.

Con destrozado cuerpo, ansioso de olvidar los últimos momentos, se incorporó y con torpe paso,
inició un dudoso camino, sin deseos de llegar a meta alguna; deambuló de acera en acera paso tras
paso sin cuidarse de vehículos, o personas, que con acelerado caminar dirigíanse hacia un destino.
Él sin prisa, en su lento caminar, jugó como de niño con las enlosadas aceras, esta no la piso por
estar torcida, de losa a losa posó sus pies y evitó el pisar entre sus juntas, giró a izquierda o derecha,
según la pendiente; se dejó guiar por los neones, que con sus llamativos encendidos, anunciaban
el final de aquella tarde. Giró sobre sus pasos y desanduvo el camino, sin fijarse en los acelerados
transeúntes que burlones le miraban; se descaró con ellos y alzando la voz casi hasta el grito, les
espetó con desafío.
-¿Qué pasa? ¿Qué? -Sin obtener respuesta a su pregunta, continuó su ruta, mientras analizaba
aquellas esquivas miradas, que temerosas huían de sus ojos. Se recreó en los niños, que inocentes
corrían las calles sin importarles el tropiezo, perseguidos en todo momento por los maternales
consejos de, con cuidado.
Un nuevo giro a sus pies, le hizo recobrar la dirección dejada, e irguió su figura ante el cristal de
llamativos escaparates, donde inmóviles criaturas, lucían colores y formas aconsejadas.
Anduvo y anduvo, sin saber, ni importarle hacia donde; no tenía sitio donde llegar, cualquier lugar
le era válido. Notó en sus tripas el rugir del hambre, pero nada tenía con que saciarla.
Recordó la frugal cena del refugio y la pequeña cama, donde tal vez su compañero se preparaba ahora
para el descanso. Tendría que volver allí, hoy le sería imposible, pero tras esa noche, habría de retornar
de nuevo a lo dejado y probablemente, buscar como su compañero un trabajo, de guarda jurado. No le
apetecía, nunca le gustaron los uniformes. Se entristeció y aun sin querer pensar volvieron a su mente
unos recuerdos que no pudo detener.
Sabía, ya demostrado, que no era quien siempre creyó; sin embargo le resultaba increíble su seguridad
en ello; debería llamar a su madre, necesitaba volver a su vida, pero eran tan grandes sus dudas. Notó
cómo nuevamente se hundía en la quimera y por desahogarse gritó.
En un principio un no, desgarrado, que hizo tornar hacia él miradas de temor y sorpresa. Luego fue
otro y otro no, cada vez más apagado, más para sí mismo, en silencio casi, pero cargado de amargura.
Apoyó su espalda sobre una fachada dejando resbalar su cuerpo hasta el suelo; y lloró amargamente,
sin importarle las miradas que curiosas unas, conmovidas otras, se posaban de pasada en su figura.
Alguien preocupado le preguntó.
-¿Se encuentra bien? -Entre lágrimas le miró, y avergonzado por su situación, bajo los ojos.
-¿Necesita ayuda? -Volvió a preguntar un hombre no mucho mayor que él; tristemente rió, mientras
en un murmullo repetía.
-Ayuda, ayuda. -Y sin motivo para ello la amarga muesca de una sonrisa lució en sus labios.
El interlocutor, aun sin obtener respuesta, le ofreció unas monedas, que al no recoger él, dejó sobre el
suelo. Comprendió su situación, con aquellas monedas, había pasado a ser lo que durante meses
pretendiera, se había convertido con tan simple gesto, en un mendigo.
Descorazonado, humillado, recogió las monedas y alzose con dificultad para iniciar de nuevo sus
indecisos pasos.
Anduvo sin rumbo fijo ni dirección, hasta que sus pies le condujeron a otra placita, pero en diferencia
a la dejada, esta estaba acordonada por fachadas de floridos balcones, su enlosado suelo de grandes
baldosa, se encontraba en su mayor espacio jalonado de veladores, donde al resguardo de amplias
sombrillas, parejas de enamorados y reuniones de amigos, contribuían al sonoro ambiente del
fortificado lugar.
Irguiéndose en la plenitud de su estatura, ojeo el bullicioso espacio, envuelto en el ensordecedor ruido
de diversas músicas, que desde los distintos locales, colmaban de sonidos aquella zona, donde el
personal, no dejaba de fluir entre el jolgorio de la diversión.

Los descubrió en el espacio más apartado de la plazoleta. Estaban allí; silenciosos, casi inexistentes,
observaban defraudados el disfrute del recinto, casi escondidos entre la boca del suburbano y un
destartalado quiosco de prensa. Ellos, los oscuros, casi mimetizados con el rincón donde estaban,
distinguiéndose con sus andrajosos ropajes, del luminoso colorido circundante; los mendigos, su
nuevo lugar en el escalafón social, escogido voluntariamente por él.
Hacia ellos encaminó sus pasos y al llegar a su altura, saludó, sin conseguir respuesta alguna, buscó
un arrinconado portal y tras limpiar de una resbalada pisada el pequeño escalón, tomó asiento en su
superficie.
Aun sin ver mirada alguna, se sintió observado. Poco tiempo después, sin haberse percatado de su
llegada, alguien junto a él preguntó.
-¿Nuevo? -Tornó hacia él la mirada y contempló a un sujeto, similar en estatura a la suya y aunque
con una edad indefinida, aparentaba ser mayor que él, al menos sus abundantes canas así lo
demostraban. Tras oír el si a su respuesta, ofreció en silencio un cigarrillo, que él gustoso aceptó,
después de aportarle fuego, aquel sujeto nuevamente preguntó.
-¿De dónde eres?
-De aquí. -Contestó, sin querer entrar en más explicaciones, mientras expulsaba el humo, de la
primera calada al cigarrillo. Después un largo silencio, que nuevamente rompió el sujeto aquel, con
una nueva pregunta.
-¿Tienes donde ir?
-No. -Fue nuevamente su rápida respuesta, que con una pregunta a su vez, la concluyó. -¿Por qué?
Una nueva calada al cigarrillo y con su expulsión, la respuesta.
-Porque por poco dinero puedes pasar la noche aquí cerca. -Una sonrisa triste se dibujó en sus labios,
tras ello.
-No tengo dinero, ¡bueno! -Recordó la limosna cedida anteriormente y sacándola del bolsillo,
concretó. -Tengo esto-. Mostró su extendida mano y tras cerrarla aclaró. -Pero prefiero comer algo.
Nuevamente un silencio, luego de lanzar con fuerza el apurado cigarro, otra vez habló aquel sujeto.
-Aquí a la vuelta. -Señaló.- Tienes una tienda donde te preparan bocadillos; después un silencio
y en el mismo sigilo que apareció, con un -hasta luego-, se separó de su lado.
Le vio alejarse, y en parte extrañado le analizó; sin duda era uno más de aquellos mendigos, su
andrajosa ropa así lo confirmaba; llevaba una arrugada camisa, ocultando esta, el trozo de cuerda que
como cinturón anudaba un ancho pantalón de pana, en pleno verano, aunque lo que más le sorprendió
fue destacar en él, sus lustrosos zapatos: cosa que tremendamente le extrañó.
Al quedar solo, decidió comprar algo y acercándose a la tienda indicada, consiguió un par de bollos
y una cerveza, que supuso casi al completo las tres monedas que le ofreciera el desconocido.
Gracias a lo cual, comería lo primero de aquel día que había ya pasado.
Tras ello, más relajado, se recreó en ver aquel tumulto de gentes, que poco a poco disminuía, e iba
dejando la pequeña plaza cada vez más solitaria. Cuando la mayoría en ella eran ellos, los oscuros,
un maquinal movimiento funcionó y mientras unos se separaban en distintas direcciones, otros entre
ellos él, se acomodaban sobre cartones y harapos para conciliar el sueño.


Capítulo 7


Triste fue el despertar, y no debido al amanecer que resultó esplendoroso en luminosidad. Los
primeros rayos de Sol, impregnaron de luz la recoleta plaza: los perros correteaban libres de las
correas, para buscar espacios donde dejar sus marcas: bandadas de pajarillos trinaban y en dura lucha,
buscaban residuos, donde la noche anterior estuvieron emplazados los poblados veladores, temerosos
de los juguetones perros que le forzaban a alzar el vuelo, para pasado el peligro, retornar a la laboriosa
búsqueda de su alimento entre los restos que alfombraba la plazoleta.
Desacostumbrado a dormir sobre la piedra, en la anterior noche le había costado conciliar el sueño,
que ya, a altas horas, terminó rindiéndolo, de ahí lo tardío de su despertar; añoró el albergue, por su
cama y en especial, por aquel vaso de leche que ahora tanto le apetecía; se incorporó y tras cargarse la
mochila, que en la noche le hubo aislado de la fría piedra, inició con desgana un lento e indefinido
recorrido.
Leyó en la distancia, las primeras páginas de los distintos periódicos, ordenados cuidadosamente sobre
un ridículo mostrador de baja altura, extendido delante del quiosco de prensa.
Después echó a andar, acercándose sigilosamente hasta una frutería, que con sus productos
expuestos en la puerta, invitaba a la tentación de comer de ellas. Dudó un momento, pero tras ver
cómo el frutero, se introducía dentro para sacar al expositor nueva mercancía, tomó con avidez una
manzana y agilizó su pisar para tras enfilar rápido la calle, girar en la primera esquina, por huir de las
miradas de quien le hubiera visto. Tomó la calle abajo llevándose a la boca el fruto de su robo; el
fresco sabor de aquella roja manzana corrió por su garganta, e inundó de dulzor su paladar.
Sabía que la acción no era digna de él, pero no podía pagar la necesidad de comer que tenía para
alejar de su boca el pegajoso sabor del sueño.
Tras aquella consumición se sintió más relajado. Llegó así a una gran avenida, donde amplio
acerado, de florecidos arriates y frondosa arboleda, invitaba a sentarse sobre uno de sus numerosos
bancos y entretenerse en ver el pasar del transeúnte y los numerosos vehículos, que aun ruidosos en
el centro de la calzada, parecían distante de aquella arboleda, que amortiguaba totalmente el rugir de
sus motores.
Ahuyentándose de su alrededor, centró su pensamiento en decidir qué haría en aquel día, en el que su
vagamundeo se iniciaba forzoso: su primera meta era la comida, por lo que debería buscar dónde
conseguirla; el desayuno lo hubo solucionado con aquel pequeño hurto, sin embargo, no debía
aficionarse a ello, por lo que tendría que buscar algún comedor de caridad, donde lograr al menos una
comida diaria. En cuanto a conseguir dinero, el mendigar le avergonzaba, pero no tenía otro remedio
que aceptar aquella nueva situación. Había observado a muchos mendigos, por lo que no le importaba
utilizar uno de sus folios, en el que lastimeramente expresar su necesidad y, como el que pesca,
sentarse a esperar los resultados. Mientras, trataría de repasar su escrito.
Estaba decidido y así lo haría. Sin embargo lo acuciante ahora, era conseguir informarse de un
comedor gratuito.

Quiso iniciar el retorno a la plazoleta en la que pensó, encontraría la información necesaria, sin
embargo, la idea de repasar su escrito fue creciendo en él, hasta convencerle plenamente.
Desde que lo empezara, lo había leído una o dos veces y normalmente, un trozo por adelantado, cada
vez que lo volvía a iniciar, por lo que estaría bien el leerlo. Fue dicho y hecho, colocó el folio
suplicante a sus pies y se enfrascó en su lectura; leyó lo que definió como primer capítulo y al
concluirlo, lo notó falto de fuerza, por lo que tomó el bolígrafo y comenzó la lectura, para reescribir
sobre las líneas, nuevas expresiones que a su parecer enriquecían lo anterior, se centró tanto en su
trabajo, que le voló el tiempo.
Tras bajar de la nube donde le subiera su concentración, se encontró con infinidad de hojas corregidas
para según su idea, mejor.
Después de apartarlo, agilizó sus manos con rápidos movimientos, para así, destensar el
agarrotamiento de sus dedos, e hizo girar en círculos sus manos y su cabeza, tras lo cual irguió su
espalda en un desperezo.
Miró el reloj y con ello se percató de cómo había pasado la mañana, recogió en la mochila los folios
y al hacerlo, descubrió el efecto de su escrito suplicatorio, en unas monedas que no supo cómo,
alguien dejó. Le hizo reír el comprobar, hasta que punto se hubo concentrado, que no logró ver a
quien o quienes, les habían dejado aquellas monedas, supo que con ellas podría comer algo y se
alegró aún más.
Tras recoger sus pertenencias, inició, la vuelta hacia aquella plazoleta que dejase en la mañana,
compraría algo de comida y, para compensar al frutero por el hurto, algo de fruta: tenía pocas
monedas, pero las creía suficientes. Continuó su camino y justo en ese momento, tuvo la sensación de
ser observado; se detuvo y buscó con la mirada a su alrededor, nada notó y continuó su caminar, pero
con la extraña sensación de que era vigilado.

En el camino de vuelta, encontró la tienda señalada la noche anterior, pequeña, pero bien surtida en
comestible, tras un mostrador de madera desgastada por los años y los fuertes limpiados dados por una
señora de cabellos plateados, con indefinible edad, pues aun mayor, se la veía fuerte y enérgica, de
amable y parlanchina voz, que le recibió y, demostró gran psicología, al prepararle un enorme
bocadillo, el cual debido al hambre que tenía, le pareció excelente junto a una cerveza.
También compró dos piezas de fruta y con ellas, se dirigió al rincón donde durmiera. En ese momento
vio al hombre que en la noche anterior le había hablado .
El canoso blancor de su cabeza, destacaba en la distancia y aunque inclinado sobre la ventanilla de un
coche, se apreciaba su figura. Por lo que le pareció, charlaba con una joven que le resultó conocida,
no sabía de qué, o de cuándo, pero sabía que la conocía; escrutó sobre ella la mirada y buscó el
recuerdo de aquella mujer; en ese momento, los ojos de la joven se cruzaron con los suyos y le pareció concebir nerviosismo en ella. Luego para conseguir huir de aquella situación, tras unas breves palabras
subió la ventanilla del vehículo, y desapareció calle abajo, pero dejó una sensación extraña en él.
Buscó en su pensamiento, por averiguar el por qué de aquella sensación.
No supo el motivo, pero la duda arraigó en su mente.
Llegado al rincón y aposentado en el frío escalón, engulló con avidez el bocadillo y una de las
manzanas, con la duda aún en su cabeza. Ensimismado en su pensar, no se percató de la llegada del
canoso desconocido, que nuevamente logró sorprenderle.
-Hola-. Fue el saludo que le sobresaltó, sacándole de su ensimismamiento.
-Hola. -Contestó, en parte sobrecogido.
-¿Escribes? -Le preguntó ofreciéndole un cigarrillo, que el gustoso aceptó, sorprendiéndole aún más
por la pregunta hecha.
-¿Cómo sabes?.. -Contestó y mostró con ello su extrañeza, mientras golpeaba sobre la uña de su
pulgar el cigarrillo.
-Te vi en el paseo y me pareció que escribías. -Concretó aquel sujeto mientras entre sus manos
cóncavas le ofrecía el fuego de un encendedor.
-¡Ah! -Exclamó él y a continuación confirmó. –Si, soy escritor.- Se enorgulleció con inaguantable
sonrisa de satisfacción en aquella afirmación.
-A mi me gusta mucho leer. -Aclaró el sujeto para a continuación explayarse en una verborrea
literaria, sobre escritores y estilos que en parte, a él le sorprendió; nunca hubiese pensado que aquel
tipo pudiese ser tan erudito; él siempre había creído que el mendigo, era un ser inculto, casi
analfabeto, al que solo le interesaba la vagancia y la continua borrachera, sin embargo aquel sujeto
venía a romper sus esquemas. Le observó ensimismado en su palabrería, aceptándole como un hombre
culto, al que tal vez las circunstancias le forzaron a mendigar, pensó en sí mismo y comprendió que al
igual que a él, pudo pasarle a otros. Él se veía ahora abocado a la calle, sin embargo antes tuvo una
vida, que sin comprender los motivos, le habían quitado, tuvo una casa…
Ese fue el momento, al recordar su casa acudió a su mente la imagen de aquella mujer, era la misma;
la que momentos antes viera que hablaba tan familiarmente con aquel tipo y la que se adueñara de su
casa, eran la misma mujer.
Una gran duda le invadió y mientras su contertulio seguía su intelectual cháchara, su pensamiento
divagó en lo visto anteriormente. ¿Quién era ese hombre?, ¿Cómo conocía a aquella mujer?, ¿Por
qué la mirada de ella al sentirse observada?, ¿Qué lazos de unión existían entre ellos? ¿Por qué?
¿Qué le ocultaba aquel tipo que tan amablemente le hacia compañía?, ¿Qué estaba ocurriendo?.
Absorto en tales ideas, se aposentó en su pensar la desconfianza, y no pudo coordinar las terribles
dudas que se apoderaban de él.
Sin un por qué, se incorporó del asiento y angustiado paseó frenéticamente por la enlosada plazoleta,
hasta extenuado volver al asiento. Mientras aquel hombre sorprendido, mostraba la incomprensión de
tan extraño comportamiento.
-¡¿Por qué hablabas con ella?! -Le espetó a bocajarro. -¡¿Por qué?!
-¿Cómo?- Preguntó a su vez aquel sujeto.
-La del coche. ¿Qué hablabas con ella? ¿De que la conoces?
Le miro fijamente, para mostrar extrañeza antes aquel tan raro comportamiento, después lentamente
contestó.
-No la conozco de nada, preguntaba por una calle. ¿Por qué crees que la conozco?
No supo qué decir, aunque recordó la sensación que había sentido de ser observado, ahora sabía de
quien provenía. Miró con desconfianza a su contertulio, y pensó que le mentía.
Recordó su imagen, apoyado en la ventanilla del vehículo y le pareció más familiar de lo que él
confesaba ahora. Algo extraño ocurría y tendría que averiguarlo.

Capítulo 8

Durante la noche pensó en su situación; no sabía qué ocurría y deseaba descubrirlo, sin embargo,
tras recapacitar, en su pensar supo que lo mejor, lo que debería hacer era desaparecer.
Quienes les habían degradado, hasta el momento en que se encontraba, parecían ser capaces de todo,
por lo que mejor sería apartarse del camino hasta saber más al respecto. Empezaría de nuevo su
búsqueda; en esta ocasión iniciaría su indagación por su madre, ella sin duda alguna, podría aclararle
la extraña vivencia que sufría.
Sabía quién era y, tras las rarezas ocurridas, estaba convencido de que algo había, recordó los libros
mostrados por su editor, en ellos no estaba su imagen, sin embargo él se sabía autor de ellos; así
que su nuevo camino sería el contactar con su madre; la llamaría y aun sin decirle quien era, pues
temía que lo dicho por su amigo fuese verdad y le tuviesen por muerto, callaría su nombre, ella por su
voz le reconocería. Una vez aclarado, de vuelta a su vida, vería los motivos que su editor tenía, para
no quererle reconocer como su amigo Miguel. Si, eso haría.

Con el ánimo resuelto, repuesto de energía, se alzó del suelo, cuando apenas las primeras luces del
alba, empezaban a despejar aquella delirante noche. Rascó con fuerza su poblada barba y alisó con
sus dedos la abundante cabellera. Su imagen hubo cambiado, de ir siempre impoluto, ahora su
aspecto era mugriento; hacia varios días que no tomaba una ducha, él, acostumbrado al aseo diario,
se hubo abandonado de tal forma, que poca variación existía con el resto de aquellos mendigos.
Tomó de la mochila la manzana sobrante y tras un fuerte bocado abandonó la recoleta plaza.
Su primer objetivo era el conseguir dinero, por ello, cuando hubo andado tanto, que las corvas de sus
piernas se negaban a llevarle; ante la puerta de una sucursal bancaria, se acomodó como pudo,
exponiendo sobre el suelo sus ruegos en aquel folio, que el día anterior le supuso la comida.
Tomó su escrito entre las manos y trató inútilmente de centrarse en su lectura, imposible, su obsesión
por conseguir brevemente las monedas necesarias para telefonear a su madre, acaparó por completo
su pensamiento.
Vio entradas y salidas de aquella oficina, pero sin resultado positivo a su necesidad. Momento tras
momento se fue encendiendo su furor, frente a la indiferencia del transeúnte.

Tras dos horas de paciente espera, se alzó del suelo y comenzó de nuevo su caminar a ninguna parte.
Las piernas le dolían y dificultaba sus pasos. –Tal vez, si fuese a su banco- pensó, pero nada
conseguiría; su documento señalaba otro nombre, no podía identificarse como Miguel Segura, por lo
cual, nada podría conseguir, aparte de que tras los días que llevaba en la calle, su imagen no era la
más adecuada, aun a su pesar, hubo de aceptar la idea de volver al refugio, que una semana atrás, con
la ilusión a flor de piel, abandonase; con un trabajo en las manos, que le hizo soñar en su
encumbramiento como escritor y que ahora, viviendo lo real, lo encontraba vano, fuera de una
realidad, que por momentos le asfixiaba, la idea del fracaso se acomodó en su mente y su cansado
cuerpo no pudo soportar peso tan grande.
Nuevamente se sintió humillado, despreciable y por primera vez, se arrepintió de haber iniciado
aquella aventura en la cual ahora se encontraba atado.
Recordó de nuevo su anterior hogar, mentalmente recorrió su casa, desde la cocina hasta el aseo,
desde el dormitorio al confortable salón. Pero su mayor goce fue el sentirse en su despacho, donde se
crecía su fantasía y viajaba en la ilusión de sus personajes; recordó su amplia mesa y le pareció sentir,
su pulida superficie bajo el tacto de los dedos. ¿Cómo era posible que tan claros recuerdos no fueran
realidad? ¿Quién era aquel Alejandro, que se adueñó de su vida y del que no tenía recuerdo alguno?
¿Cómo pudo ser? ¿En qué paso del camino perdió a su persona? ¿Cómo poder recobrarla?.
Infinidad de preguntas atosigaron su mente hasta el punto de sentirlas pulsar con fuerzas en su sienes.
Le siguió un penetrante dolor dentro del pecho, la mirada se le jalonó de vaho, buscó con ansias donde
aferrarse al sentirse de tal modo desfallecer. El débil tronco de un pequeño árbol, le sirvió de apoyo;
a él como a un bastón se agarró, con sus mermadas fuerzas y tomó con avaricia, bocanadas de aire
para su forzada respiración. Miró a su alrededor con suplicantes ojos, pero nula fue su petición de
ayuda. El mundo continuaba su ruta, sin que nadie se percatara de su extrema necesidad. - Debo
sobreponerme-. Se repitió mentalmente y trató de regular su acelerada respiración.
Poco a poco, sin abandonar el sostén del árbol, fue recobrando las fuerzas, casi perdidas momentos
antes, sintió cómo sus doloridas piernas recobraban el peso de su cuerpo y lentamente la angustia
vivida le fue abandonando; una brizna de alegría al encontrarse capaz, recorrió su cuerpo; en la
cercanía descubrió un banco donde descansar y trabajosamente, midiendo a cada paso la distancia,
caminó hacia él, para tras su llegada con fuerte suspirar, abandonarse en la piedra.

No calculó el tiempo pasado, pero sintiéndose en parte restablecido, trató de aportarse el ánimo
necesario, para continuar el camino. Sin idea fija de hacia donde ir, se alzó y con el dolor de piernas
cada vez más fuerte, penosamente anduvo. En su paso encontró una zona ajardinada, con un grifo,
del cual bebían acalorados críos, refrescó su garganta y aderezó su desordenada cabellera; hasta
encontrarse reconfortado, dispuesto de nuevo a seguir su recorrido.
Divisó unas niñas que reposaban en uno de los bancos, deleitándose con chucherías y llegado a su
altura, les pidió.
-¿Podríais darme un caramelo? -Ambas chicas le miraron con desconfianza, él agregó. -Por favor.
Aquel ruego pareció conmover a las pequeñas, que tímidamente le ofrecieron unas golosinas en sus
pequeñas manos. Él con mirada sonriente susurró.
-Gracias. -Luego, tras tomar aquellos caramelos, con sonrisa de agradecimiento, se sentó de nuevo
en uno de los bancos y saboreó con ansias las golosinas.
Apenas las hubo terminado, cuando de nuevo las niñas se le acercaron, con un pequeño bocadillo,
al parecer ofrecido por la mujer que a lo lejos las miraba; para demostrar con ello, comprender la
necesidad que como bandera, se reflejaba en su semblante. En la distancia le saludó, con una leve
inclinación de su rizada cabeza y a las pequeñas le dio inmensas gracias, con amable sonrisa entre los
labios.

Como la pólvora, corrió la noticia entre la chiquillería que, aunque por timidez respetaron la distancia,
desde ella le observaban, ocultándose rápida y tímidamente, cuando él, tras descubrirles mirándole,
fijaba en ellos sus ojos. Entre nerviosas risas de los críos y guiños tontos por su parte, pasó el tiempo.
Tras un rato, varios de ellos corrieron hasta él y con la alegría reflejadas en sus pequeños rostros, bajo
las atentas miradas de sus madres a lo lejos, le hicieron entrega de unas monedas, que a él le
conmovieron al punto de las lágrimas, se lo agradeció rozando levemente las pequeñas cabezas y con
una nueva inclinación, hacia las madres, como agradecimiento por aquella inesperada limosna, que
anteriormente ante la puerta de la sucursal bancaria, le denegaran.

A veces la alegría y la pena, se confunden en el pecho y con risa nerviosa se llora la pena, o con
lágrimas, se ríe la alegría, esos confusos sentimientos invadieron su ser, al ver alejarse a aquellos
pequeños, que en la distancia mostraban en alto sus pequeñas manos, en señal de despedida.
Luego: la soledad, la añoranza del cariño mostrado por aquellas criaturas, necesidad de un cariño, que
en algunos momentos todos sentimos.
Miró entre sus manos la caridad de unos críos, que aun en míseras monedas, significaron para él un
gran tesoro, la tristeza desbancó la ínfima alegría que la chiquillería le aportara.
De nuevo el caminar, el cansancio y de nuevo aquel dolor en el pecho, que le atenazaba en asfixia la
garganta.
En nueva necesidad buscó donde apoyarse y dubitativo, trató de acercarse al sostén de otro árbol; no
lo pudo conseguir, el dolor se intensificó oprimiéndole el pecho, trató inútilmente de superarlo,
pero por momentos se debilitaba.
Buscó, con desesperados ojos, ayuda entre las pocas personas que frecuentaban el recinto. Nadie le
miró. Intentó gritar auxilio, pero de su voz solo brotó un –aaah-. de queja; e inerte, sin fuerzas con
qué soportar su cuerpo, con un frío sudor, que recorrió su frente, cayó a tierra.
En un último esfuerzo, alzó del arenoso suelo la cara, divisó las miradas asombradas de algunos
transeúntes, que con acelerados pasos se acercaban a su persona. Un murmullo de abejas, susurró en
sus oídos, el grito murió en su voz y tras una cegadora neblina en la mirada, se abandonó a su suerte,
adaptándose inerte sobre la arenosa superficie.


Capítulo 9

La luminosidad de una luz indirecta encendía el blancor puro de las paredes, en contraste con la
semioscuridad, que, a través de la acristalada ventana, ofrecía la cerrada noche.
Despertó, sobre una tubular cama de blancas y olorosas sábanas; el monótono sonido de un artefacto,
de parpadeantes y pequeñas luces que, junto a su cabecera, se unía al cuerpo por finos cables de
distintos y llamativos colores, llamó su atención. En su brazo, una sonda de transparente plástico, que
le comunicaba a una también plastificada bolsa, desde donde el gorjeo de una gota, corría por el
tubular conducto a su antebrazo, unido a él, por la cruz de un esparadrapo.
Movió con dificultad su cuerpo, para tratar inútilmente de incorporarse. Tras el vano intento, se relajó
sobre las blancas sábanas, y aspiró en ella un fuerte olor a desinfectante; supuso sin saberlo
exactamente, dónde podría encontrarse. Los últimos recuerdos acudieron a su mente y le hicieron que
palpase su pecho, aún con un leve pinchazo del dolor soportado.
Justo en ese momento, sin el menor miramiento y con cierta brusquedad, se abrió repentinamente
la puerta, que frente a la acristalada ventana, era el acceso a la pequeña habitación; dando paso a
una mujer, de descomunal tamaño: una cara sonrosada de rojizos mofletes le sonrió y con voz
potente preguntó, dirigiéndose activa hacia la cama.
-¿Qué tal se encuentra? -Sin esperar respuesta, trasteó la sábana, para alisar enérgicamente su
superficie. Después, sin prestarle la mínima atención, sacudió la transparente bolsa, y golpeó con la
uña de su dedo índice, la unión con el conducto.
-¿Dónde estoy? -Preguntó él, intimidado ante tal derroche de energía.
-En San Carlos. -Fue la respuesta de la exuberante mujer, luego algo más dulce aún sin apartarse de
su brusquedad continuó. -Esta vez tuviste suerte, pero tendrás que cuidarte y lo primero que harás
será levantarte y darte una ducha-. Concluyó, para volver de nuevo a su activa brusquedad.
Tras ello, empezó con rápidos movimientos a desconectarle de aquel trasto, de parpadeantes
lucecillas; destapó la antes alisada sábana, para dejar al descubierto su desnudo cuerpo, cubierto
solo por una verde bata, anudada a su cuello y a la espalda de su cintura.
-Vamos. –Dijo; tras lo cual, pasó una fuerte mano por su cuello y de rápido movimiento, irguió su
torso sobre la cama; obligándole en cierta forma, a alzarse en ella. Luego siempre enérgicamente,
sosteniéndole por un brazo, lo condujo hasta una puerta blanca, en ángulo recto con la entrada y tras
abrirla, lo introdujo en ella, junto al rodante soporte de la plastificada bolsa, que era el único cable que
aún seguía en contacto con él, y del cual lo desconectó, para al salir llevarlo consigo.
-Y ahora dese un buen lavado, que aunque ya yo lo aseé un poco, todavía le queda suciedad y a ver
si no se deja tanto, no es bueno. -Las últimas palabras las dijo en un tono maternal, ilógico en cierta
forma, con su aspecto y actividad. Tras ello, salió de la sala, con la misma arrolladora actitud con la
que hubo entrado.

Disfrutó aquella ducha. No recordaba los días que habían pasado desde la última, fue un verdadero
alivio, el sentir correr por él la tibieza del agua y el aromático jabón, que inundó con su fragancia el
pequeño baño.
En mitad de ello, sin el menor pudor, arrolladora como siempre, entró aquella marabunta de mujer,
llegándole a intimidar su desnudez para colgar de un diminuto perchero, una nueva bata, tras recoger
la usada. Con los mismos rápidos movimiento salió, y encajó tras de sí, la blanca puerta.
Fue un respiro para él su salida, pues le había cohibido tanto, que avergonzado, trató de cubrir su
intimidad. Aun sin notar en ella, la mínima mirada.
Una vez restablecido, dejó el aseo, para de nuevo volver a la habitación en cuya mesita, la voluminosa
mujer, dejara un pequeño bol con algo de fruta en almíbar, junto a un vaso de tibia leche.
Ella estaba haciendo la cama con sábanas limpias y ante su llegada preguntó.
-¿Qué tal? -Y se aportó la respuesta con un: -¿Mejor no? -Luego tras señalar el bol le ordenó.
-Cómase eso. -Y concluyó aclarándole. -Luego vendrá la doctora, le traeré una maquinilla para que
se afeite. -Sin dejarle hablar, avasallándole con sus enérgicos movimientos, abandonó como una
exhalación la habitación, donde él quedó sumido en una infinita tranquilidad.
Comió aquellos trozos de dulce pera y bebió con avidez la leche, luego se echó en la cama, pero por el
temor a deshacerla y ante lo despejado que le hubo dejado el baño, al no tener sueño alguno, decidió
incorporarse: paseó por la habitación, e incluso abrió la puerta y observó el largo y solitario pasillo;
tornó de nuevo y sentado sobre la silla, apoyo para el visitante, se recreó en las blancas y vacías
paredes, mientras esperaba al alba.

Tras la ventana, se fue encendiendo el día, que desgalonó las anochecidas sombras, en las verdi-
blancas hojas de gigantescos álamos, reverdeciendo de esperanza su color. Trinos de alborotadores
pajarillos, cantaban al despertar y lentamente el día, se fue tornando en níveo blancor.
El vaho de su aliento nubló el cristal y con su dedo jugó sobre él, para dejar inconexo dibujo, que su
relajada mente le inspiraban.
Recordó a su madre, no había podido llamarla, tal vez desde allí pudiera. Pensó en pedir permiso a
aquella activa mujer, en la primera ocasión.

No supo que tiempo permaneció ensimismado en aquel amanecer.
Se inició el trasiego del hospital; el chirrido de ruedas, en el largo pasillo, se dejó oír, con el reparto
del desayuno. Llegado a la puerta de su habitación, introdujeron en ella una amplia bandeja, con
un humeante café y tostadas, junto a dos pequeñas porciones de mantequilla y mermelada, que él
gustoso degustó.
Después, una joven opuesta en todo a la voluminosa mujer de horas antes, le llevó su ropas, las cuales,
fueron lavadas y planchadas, cosa que en extremo agradeció. La joven de negra melena en trenza

recogida, le dio con tímida sonrisa, una bolsa de neceser, en cuyo interior, aparte de dos diminutos
botes de gel y champú, descubrió varias maquinillas de afeitar. Tras su entrega concretó.
-Me lo dio para usted, Encarna. - No supo quien era, pero pensó que sería, la voluminosa mujer de
horas antes.
Agradeciéndolo con una sonrisa, vio alejarse a la dulce enfermera de larga trenza. Luego, inició el
afeitado recomendado por la voluminosa Encarna y apenas terminado, una nueva y agradable mujer le
sorprendió.
Vestida de blanca bata, de corto y canoso pelo, sobre una enjuta cara de morena piel, entró la doctora,
acompañada por la dulce enfermera; portaba una carpeta, en la cual anotaba datos de los enfermos, en
su matinal recorrido, dirigiéndose a él mientras auscultaba su pecho, la canosa doctora con agradable
sonrisa le informó.
-Ha sufrido usted un amago cardíaco; gracias a que le cogimos a tiempo, lo ha superado, pero tendrá
que cuidarse, nada de tabaco, ni alcohol y tómese estas pastillas. -Finalizó extendiéndole una receta.
Él recordando a su madre le preguntó.
-Doctora, ¿podría hacer una llamada telefónica?
-Supongo que si, infórmese en recepción. -Y tras la seca respuesta, dejó la habitación seguida por la
joven enfermera del trenzado pelo.
Se vistió con la impaciencia de un crío, ilusionado en poder realizar la llamada deseada, esperaba que
todo saliera según su deseo.

En el amplio mostrador de recepción, donde también estaba enclavado un dispensario en el cual
conservar los diferentes medicamentos, le atendió una nueva enfermera, de hermosa figura, con
escandalosa melena rubia, aunque en la raíz del cabello, se apreciaba el castaño oscuro, de su
verdadero color. Tomó la receta de su mano y tras unos breves momentos en el dispensario, volvió
con una pequeña caja de pastillas y trató de explicarle cómo consumirla.
Él, cuyo único deseo era conseguir telefonear, explicó a la joven su intención. Sin embargo la rubia
enfermera, tal vez ofendida por sus prisas, le señaló el teléfono público, en la sala de espera. En parte
avergonzado, le confesó que no tenía dinero para ello; a lo que la rubia encogiéndose de hombros,
aseguró que lo sentía.
Una nueva decepción: sin embargo, en ese mismo instante, apareció como siempre acelerada la tal
Encarna, la cual al saber su problema, aceptó el ayudarle, le condujo dentro del dispensario, mientras
oía las continuas gracias que el joven le daba, en especial por la limpieza de su ropa.
Con una amable sonrisa le ofreció el auricular que él ansioso tomó de su mano, luego tras ella alejarse,
quedó en parte solo, mientras Encarna, como siempre frenética, preparaba sobre una bandeja dosis de
distintas medicinas.
Tras pulsar el número, esperó impaciente la conocida voz de su madre; no fue esa la que oyó, sino la
de otra mujer, para él desconocida.
-Dígame. -Dudó unos segundos, para luego pedir.
-Me pone por favor con Isabel Narváez.
-¿Cómo? Fue su respuesta.
-Isabel Narváez. -Masticó las silabas para a continuación oír la contestación.
-Perdone, creo que se equivocó, aquí no hay ninguna Isabel.
-¿Cómo? Ella es la dueña del negocio, la jefa.
-Perdone, esto es un particular. -Fue la respuesta.
-Pero… es el, -descifró el número, a lo que le contestaron.
-Si; pero como le he dicho aquí no vive ninguna Isabel.
Quedó atónito, sin saber que decir, durante todo aquellos meses había soñado ese momento, el hablar con su madre y recibir por ella la solución de aquella extraña vivencia, no comprendía nada,
desilusionado, con la mirada baja y sin despedirse de la frenética Encarna, que tanto bien le hubo
proporcionado, anduvo el largo pasillo con dirección a la salida.


En redacción.

Continúa...
 
Capítulo 10

Ni bien, ni mal; ni triste o alegre. La mejor definición del estado, en el que abandonó aquel recinto,
seria, la de vacío.
Puedes estar solo, pero lleno en tu interior, o estar en un tumulto y sentirse solo, único… vacío, vacío
de ilusión, de recuerdos, de ambición; esa fue su sensación a la salida de aquel hospital.
Ni pensaba, ni deseaba hacerlo. Como un autómata siguió paso, tras paso: la mirada baja, barriendo
con los ojos el suelo, lento y arrastrado el pisar, descolgado en su esqueleto; sin ánimo ni deseo que
iluminase su angustia. Solo, cómo perro apaleado, vagó de calle en calle, sin saber donde parar.
El mundo a su alrededor, giraba en el estrés de las gentes, raudos, sin frenos, inaguantables, en
contraste con ellos, él resultaba estático; se movía con lento y dudoso paso.
No quería pensar y en su mente se apilaban las ideas. Frenó su caminar y balanceó su cuerpo, quiso
espabilar su ser de lo absurdo de aquel sueño; no aceptaba la realidad en la que sin motivos se hubo
estacionado.
Una tormenta, entristeció el cielo que, con relampagueantes bramidos, pareció gritar su pena y,
grandes lágrimas de lluvia mojó su rostro, siempre, en todo momento de su tormentosa realidad, tuvo
la ilusión de su madre; como último recurso se aferraba a su recuerdo. Ahora, tras la llamada, nada
tenía. Hasta el calor de su recuerdo lo había perdido, nada le quedaba, para qué dejar seguir aquella
duda; para qué continuar, nada le ataba a sus recuerdos, era un ser nuevo, un tal Alejandro del que
nada sabía… ni deseaba saber. -Mejor sería morir-, pensó; mientras la tormenta, agrandaba su furia,
en gruesas y rápidas gotas.
Instintivamente se refugió de aquel diluvio, que por momentos se acrecentaba, cobijándose en un
sombrío portal, desganadamente observó cómo el agua al caer estallaba sus diminutas gotas sobre el
asfalto, coronándose en su contacto con ínfimas salpicaduras, de circulares formas, se embelesó en
observarlas, para tratar de escapar de su pensamiento. Absorto en ellas no se percató del hombre que a
su espalda, efusivamente le saludaba.
Había surgido desde el fondo del portal. En un principio no reconoció su obesa figura, pero conforme
fue su acercamiento, sus rasgos le delataron: se trataba de aquel compañero con el que compartió la
habitación del refugio, sin embargo, había cambiado mucho, siempre le resultó, en parte, repelente,
pero ahora resultaba aún más desagradable.
Era un ser esquivo, de los que sin mirarte están pendiente de ti; obeso y sudoroso, de cabellos
relamidamente peinados; poco agraciado, que en las clases altas se diría. Sin embargo lo que ante él se
presentaba, ni aquel calificativo merecería. Seguía siendo la misma persona, pero enfundado ahora en
mugrienta camisa descamisada, que cubría a penas su voluminosa panza de chorreados y escasos
bellos. Su mano izquierda sujetaba desvalida, la traslúcida botella de una cerveza, mientras que la
derecha, mantenía el tirar de un sucio carrito. Sobre sus ojos el grasiento pelo, hecho jirones y entre
ellos a escondidas sus esquivos ojos.
-¿Qué tal compañero? -Fue su saludo. Y abandonó el sujetar del carro para ofrecer su regordeta mano.
-Hola, ¿qué tal? -Fue su fría respuesta, al oprimir en parte la humedecida mano.
Una de las pocas miradas que aquel hombre le ofreció, se realizó en aquel momento; en contestación
a su qué tal.
Fueron unos fríos ojos los que sin hablar contestaban con un: -¿Tu qué crees?-.
-¿No estás ya en el refugio? Le preguntó el joven, mientras limpiaba instintivamente la palma de su
mano en el humedecido pantalón.
-¿Dónde paras ahora? -Contestó con su pregunta la que el joven le hubo hecho.
-De aquí para allá. -Dijo él con cierta tristeza.
-¿No vuelves al refugio? -Volvió a preguntar aquel individuo, escrutándole desde la penumbra.
¿Volver al refugio? -Pensó y renuncio de inmediato a aquella idea, sintió dentro de sí una extraña
vergüenza, no, no volvería a aquel lugar.
Su primer ingreso fue con orgullo, como un escritor dispuesto generosamente, a vivir sus personajes;
la salida, triunfal, pensó en aquel día en que su euforia fue destrozada, recordó su casa y aquel
calabozo. Bajó la mirada y se dijo a sí mismo. -Los recuerdos de Alejandro, estos son. -Ya quedó
poco del tal Miguel, era otra persona, miró con fijeza a su andrajoso amigo, viéndose reflejado en su
imagen como en un espejo.
Ese era su final. Se sintió tristemente hundido y apartó al suelo sus ojos humedecidos en tristeza.
No, no volvería a suplicar aquella cama, se quedaría en la calle, como perro callejero.
En el último tiempo los había visto, en sus cajas de cartones o cubiertos hasta las cabezas con
mugrientas mantas, en el cajero del banco y sobre los bancos tendidos, siempre habría un rincón para
él, aceptó su posición y decidió seguirla.
Aquel obeso hombre de esquiva mirada descubrió un momento su observancia, y pareció el haber
deducido su decisión; extendió hacia él la botella, ofreciéndole la celebración de un trago.
Tomó en su mano el cristal y sin repugnancia alguna, bebió un gran buche, tras el contestó.
-No, no creo que vuelva. -Y volvió a tomar un nuevo trago.
Se espesaron los minutos, viendo simplemente de llover, recreándose en el estallido de la lluvia contra
el suelo; esta fue cesando y en poco el agua, aminoró su caída, hasta finalizar en gruesos goterones del
edificio al escurrir.
-¿Hacia dónde vas?, - preguntó el orondo compañero.
-Pues… -Dudó unos instantes, tras los cuales concluyó. -Me da igual, hacia arriba, hacia abajo…
me da igual.
-Yo tengo un buen rincón, a unos pasos de aquí. -Notó en sus palabras, una leve invitación y tras
una pequeña duda, aceptó el seguirle.
Ambos, con la humedad reinante del agua caída, iniciaron un lento caminar por las aceras.
Ciertamente, como se dijese antes, a pocos pasos se encontró el rincón; en verdad estaba arrinconado,
era el solar de una obra, donde la unión de dos casas, formaban la esquina; en él, abandonados, cuatro
grandes trozos de tuberías de cemento, en cuyo interior se dormía, justamente en uno de ellos, se
apreciaban los diferentes cartones y restos de ropas que simulaban un colchón, al fondo más harapos
redoblados a modo de almohada.
Llegados a su altura ambos respiraron. El compañero acomodó el carrito, mientras él, derrotado, tomó
asiento en una piedra.
-Aquí es donde vivo; en esos tubos se duerme bien; además hay un perrillo que aparece por las
noches y duerme aquí; a mí no me importa, me da compañía y me defiende de las ratas.
Dicho esto, calló y miro furtivamente al joven.
Este aunque oía lo que hablaba permaneció ausente en la observación de su nuevo refugio, su
compañero sacó del carro un tetrabrik de vino peleón, sin estrenar y tras cortar una esquina, lo ofreció
al joven, escondiendo la mirada y con burlona risa, en sus salivosos labios. Mientras tanto, en el
descampado hizo entrada un famélico perro, de un blanco sucio, que se restregó contra sus piernas a
modo de saludo. Tras el roce de ambas manos y las palabras pronunciadas por su amo, el chucho se
apartó e inició en recorrido el límite periférico de aquel solar. Mientras ellos, iluminados ahora por una
recién encendida candela, bebían con ansia de aquel vino, que les atrofiaba su presente.
Tras consumir el vino a punto ya de borrachera, aquel obeso lloró. En un, -Hija de puta-, brotó su
llanto y en un apretar de dientes, terminó. Luego tocó al lagrimal, que derramaron su pena en gruesas
gotas, y que en silencio, tras brotar de sus ojos, corrieron por sus mejillas y rozaron la comisuras de
sus labios para terminar cayendo en su oronda barriga.
Le dio pena su miseria. Lentamente apoyó la mano sobre su hombro y por primera vez, el ver sus ojos,
le agradó.
Aquella persona regordeta y llorosa, le motivó la ternura de un niño grande; trató de consolarle, con el
roce de sus manos sobre la espalda y en silencio, aquella pena le dolió. Vio en ella lo que serían sus
próximos pasos.
Se apartó de él, mientras aquel hombre mascullaba, -Hija de puta-. Y sus regordetas manos afilaban
contra la piedra una vieja navaja.
 
Capítulo 11

La mañana se presentó complicada. Al despegar los parpados en la redondez del tubo, la oscuridad
del día y la opresión del cemento; le hizo daño a la cabeza, instalándose en sus sienes una aguda
punzada que lo forzó a cerrar los ojos; oprimió entre sus manos la cabeza, y arrastró hacia sus pies
todo su cuerpo, para lograr así, tras un esfuerzo, salir del encajonado lugar.
El gordo ya se hubo levantado, cosa que le sorprendió. He intentaba en inútil labor, ordenar sus
miserias en el carrito, para así con su trasteo, agudizar el dolor de sus sienes.
-¿Qué tal? -Preguntó a un joven indeciso, que entre los restos del derribo, dirigía sus pasos hacia una
tapia, con delimitantes colores de antiguas habitaciones; para en ella desahogar su vejiga, luego girar
sobre sus talones y dubitativo retornar, y en el tornar de los pasos, contestaba.
-Así, así. –Mientra balanceaba al aire la palma de su mano.
-Resaca. -Comentó aquel hombre, volviéndole la espalda con burlona risita.
El joven no quiso oírle; su voz cascada le dañaba el cerebro; tras sentarse en una roca, el obeso se
dirigió hacia él, con el tetrabrik de la pasada noche.
-Lo mejor para la resaca. Dijo, y lo extendió en ofrecimiento a que bebiera.
Con solo un primer sorbo notó como un despejar en la cabeza, por lo cual, brindó; para después,
devolver el recipiente al resbaladizo propietario. Este tras apurarlo, lo tiró en dirección a la muralla, de
recortados colores. A continuación inició el empujar de aquel carro, que entre trompicones con las
piedras, trotaba en dirección a la acera, donde cada mañana, iniciaba su vagar.

El joven le siguió, sin más reparo. Sin dirección o camino señalado, como autómata, incapaz de
razonar sus pasos. Solo tras un buen trecho, surgió la novedad, se presentó con un nudo en la barriga
y el moverse en su interior, como serpientes, las tripas.
-Huf. Fue su queja expulsando con fuerza el aire por su nariz. Tras dos pasos más, en el inicio de la
calle, se repitió.
-Hostia tío…, me cago. -Exclamó. El compañero paró un momento y volviéndose a él le dijo.
-Caga ahí. –y señaló el espacio entre dos vehículos.
-Prefiero un bar. -Contestó él, mientras buscaba con la mirada un luminoso.
-¿Crees que te dejarán pasar? …. -Le interrogó el gordo. -¡Caga ahí tío! -Le espetó y volvió a
señalarle aquel lugar
-Me vuelvo. -Dijo el joven -allí… -Calló al recordar la colorida tapia, que le pareció mas íntima.
-Te espero en la plazoleta. -concluyó el compañero, e indicó con la cabeza la dirección frenada,
luego continuó el empujar del metálico carrito, sin problema alguno, como propietario de un espacio
que en la calle le pertenecía. Después ya en la plazoleta, su voluminoso trasero se acomodó, sobre un
banco de madera que crujió bajo su peso, rebuscó en sus bolsillos, hasta encontrar la cajita en la que
conservaba unas colillas; prendió la más extensa de ellas, y concluyó expulsando de su boca la
humareda cónica de la primera calada. esperó con los brazos extendidos sobre el respaldo del banco,
hasta ver el llegar del joven, que con acelerados pasos, se acercó a él, sentándose con un
-Ya esta, -entre los labios.
Al ver el fumar del obeso, sintió la apetencia de un cigarro y al saberse sin ninguno, bajó la mirada al
suelo, para buscar en ella el desahogo de aquel deseo.
Fue su compañero quien tras abrir la cajita, le sorprendió con el ofrecimiento de una colilla, que el
joven con cierta repugnancia, escogió; al llevársela a los labios comprendió que no sería esa la última
que fumase.
Nada tenía: dos años atrás, llegó a aquella ciudad, desde su tierra norteña, desde una tierra de roca,
hubo llegado a ella. Su espíritu bohemio, tras los tres fracasos de sus anteriores novelas, buscó y
razonó en su cabeza, qué hacer; se decidió por el inicio de aquella historia. Dejó atrás su terruño,
para codearse en la ciudad con la flor y nata de la cultura. Después, Ramón y poco más, alguna que
otra chica, de las nombradas por él de cazadoras, pero pocos amigos, -¿A quién recurrir? -Se preguntó.
No quiso seguir aquellos pensamientos y, como a la bocanada de humo, sacudió la palma de la mano,
antes su cara, para alejar sus ideas. Luego una nueva calada. Algo más relajado miró a su compañero
que aun sin mirar, le hacia sentirse observado.
-¿Nos vamos? -Preguntó, y miró con descaro su obesa figura. -Sobre todo-. Pensó. -Es gordo de
barriga-. Y ciertamente así era: tenía el cuello grueso, pero resultaba ser de estrechos hombros; su
cara mofletuda y extremadamente blanca, apuntaba a un tono rosa y brillante, al igual que su
exagerado estómago sobre la flaccidez de la barriga: resultaba desagradable, pero él, antes que solo,
aceptó su compañía. Intentó recordar como se llamaba…. Francisco. Recordó, aunque en el refugio le
conocían por el “paco”. Paco el gordo, casi sonrió al recordar su nombre.
Este le sorprendió, levantándose con más agilidad de la esperada, e inició de nuevo el vagar: resultó
como si hubiese adivinado sus pensamientos. Él con armoniosos movimiento se incorporó e
inició de nuevo su caminar tras el obeso compañero.

En su camino: escalinatas de iglesias, la intención del abrir una puerta en oficina bancaria donde
extender lastimosamente la mano; fueron paradas obligatorias.
Las primeras veces le avergonzó, pero tras las primeras monedas se fue acostumbrando a aquella idea.
Eso era lo único que tenía, nada más. Añoró su coche, pensó en su casa y la casa de su madre, allá en
la costa, donde azota el aire contra las rocas.
¿Cómo podía él reunir esos recuerdos?, tal vez fue un sueño, una ilusión, tal vez siempre fue
Alejandro y, en algún momento, los lazos con Miguel se habían cruzado. Posiblemente cuando murió.
Por algún azar del destino, sus espíritus se cruzaron, y cambiaron sus recuerdos, él tenía los de Miguel
y este, al morir, arrastró con él los suyos.
No supo qué ocurrió, pero reconoció los resultados. Su realidad era que estaba solo: se entristeció.
Habían comprado con las monedas recogidas unas latas de conservas, que junto a trozos de pan,
devoraron, entre tragos de un nuevo tetrabrik del barato vino. Se habían apartado a un jardín de
escasos transeúntes y tras recortados arbustos, bajo la sombra de un arbolillo se adormecieron.
-Colea ya el verano. -Se dijo a sí mismo. -Dentro de nada las hojas secas y el viento. Su época
adorada.
Desde pequeño fue otoñal, probablemente las conversaciones con su madre le avanzaron en la edad.
Su madre, rió; tal vez aquella persona que nadaba en su mente no fuese en realidad su madre,
pertenecía a los recuerdos de Miguel, su otro yo.
Todo le resultó absurdo, trató de desalojar su pensamiento con un nuevo trago de aquel vino que toda
la mañana le había mantenido en una relajada ensoñación.
Su compañero, entre dientes rugía el nombre de aquella mujer, que en la cumbre de su edad, le hubo
dejado en la calle. Le observó, con la mirada baja y su inmensa papada, apoyada en el inicio de su
pecho, humillado como se sintiera él.
Fue la segunda vez que aquel individuo le inspirara lástima. Hacia si acaso un mes, que lo dejara en el
albergue, satisfecho con su puesto de trabajo como vigilante y la ilusión de dormir en cama propia, sin
embargo, en tan escaso tiempo, se hubo olvidado de su persona, a extremo de resultar aún más
desagradable.
Ahora, como animal herido, lamía sus llagas entre murmuración e improperios con el destino fijo
de su ex-mujer.
Volvió a su anterior postura y, tumbándose a la sombra del arbolillo, trató de conciliar algo de sueño.
 
Capítulo 12.

No habría pasado tres mes, cuando el día se volvió frío. Las hojas secas del otoño, eran balanceadas
por el viento en frenética danza, duros momentos para el mendigo, que ya, en la caridad o en algunos
contenedores de basura, habían buscado en trapos viejos sus miserables abrigos: desgarbadas
chaquetas y chaquetones en cuyos hombros se apoyaba raídas mantas, para llegar incluso, a modo de
capa, a arrastrarlas por el suelo, sin importarles la suciedad ocasionada por ello.
Apenas sí se movían en el espacio de arrinconadas aceras, donde se habían aposentado; ante ellos,
cualquier pedigüeño recipiente, en variante desde cajas de cartón, a temblorosos vasos de plástico,
donde recoger la limosna.
En el poco tiempo transcurrido había en exceso profundizado, a un mundo subversivo dispuesto a
cualquier entrega, por conseguir su sustento. Sin saber cómo, se sintió incorporado a una cadena de
mendigos dispuesto a todo por subsistir: entre ellos, los había en el menudeo de droga, en el timo y el
engaño, en la venta sexual. No importaba el cómo conseguir el mendrugo de pan, o aquel sorbo de
licor, en el que ahogar la pena.

Bastantes de ellos fueron “amigos”. Él había conocido a algunos, el que le resultaba más simpático era
Daniel. Un delgaducho jovenzuelo, enganchado a la cadena de la droga, que mendigaba como
paralítico; tenía tal destreza en apoyar los pies sobre el suelo, que sus delgadas piernas simulaban
fácilmente la enfermedad.
Otro de ellos era Julio “el pintor”, este vendía grandes cajas de cerillas en cuyas bases la musa le
inspirase algún dibujo; principalmente caras, para lo cual estaba muy cualificado, pues apenas en unos
trazos conseguía el parecido del actor o la actriz representada. Era en el entorno, el mejor situado.
Aunque entre pastillas y alcohol desperdiciaba sus días.
Estos eran los más íntimos. Luego había gentes, muchos más. Como aquel Paco el gordo, dejado
como tantos en el camino, gentes mugrientas de sentimiento, que, con sus lloros y penas, le hundía
cada vez más en su miseria.
Él los rechazaba, sin querer enemistad con ellos, en un día cualquiera, cuando se paraban, él seguía;
o en el camino se sentaba y dejaba seguir adelante a aquella persona que con sus penas, le agobiaba.
Ese era su mundo, embarcado en un vino peleón que, en tan breve tiempo, le había hundido, hasta
desfigurarle.
Del apuesto y vigoroso joven, apenas quedaba ya poco más que una piltrafa, las ondas de su negro y
enmarañado pelo caía sobre sus hombros, y cubría en parte un rostro de abotargada mirada con
turbios y enrojecidos ojos: su carne, debido a lo sucio, se hubo ennegrecido y uniéndose esto, a su
delgadez, la lozanía de su piel se había apagado, dando expresión de viejo a su rostro.
Ahora, como guiñapo, permanecía tumbado entre cartones, cubierto en su mitad con raída manta;
junto a él, un cartel solícito de ayuda y una caja pequeña de cartón, confundida en su color con
monedillas de cobre, que simulaban lunares.
A su espalda, un tetrabrik en su mitad de vino. Cansado se levantó y con indeciso paso, se dirigió a la
brecha de paso, entre dos coches, precisaba desahogar su vejiga. Se apoyó tembloroso a un capó y se
vio reflejado como en espejo, sobre un escaparate.
En un principio dudó, después, tras las coincidencias en el movimiento, se reconoció.
El golpe seco de dos muletas, le despejaron, sacándole del pozo de pena en el que se hubo mirado.
-¿Qué tal? -Saludó el Dani, incorporándose en el vehículo siguiente, con sus mismas necesidades.
Con curiosidad, analizó el miembro de aquel jovenzuelo, pues según él mismo decía:
-Lo que me falta de cuerpo lo tengo aquí. Y señalaba su bragueta, después con gracia agregaba, que
las venas de su miembro eran, como “matas de apio, verdes y gordas”. Con lo que conseguía las risas
de los restantes mendigos.
No era cierto lo de las venas, pero era verdad lo del cuerpo. Aquel delgaducho chaval tenía en verdad
exageradas proporciones, de ahí que, aparte de simular parálisis, estuviese inmerso en la prostitución,
en su caso masculina.
Visitaba cines pornos y saunas gay donde exhibir sus atributos, para conseguir a cambio de unas
caricias algún billete.
Además, resultaba agradable su trato, siempre jovial y sonriente, a excepción de cuando se cegaba en
el “caballo”. Sus agujereadas venas en la curva de sus codos mostraban la herida de un morado azulón,
que iba tiñendo su piel, debido a la inyección de la droga. En esos momentos, a veces se transformaba
en profundo conversador entre lagunas de olvido, en ciertas ocasiones era distinto, callaba, bajaba la
vista y golpeaba con furor las paredes con alucinante fuerza, inconcebible en tan delgados brazos,
también daba cortos paseos, para oprimir los pies contra el suelo, con apretada fuerza en los dientes
y por supuesto olvidado de aquellas muletas, que su labor en ocasiones requería.

Tras el desahogo ambos volvieron a su lugar, no sin antes buscarse en la imagen de su realidad, que
anteriormente el escaparate le ofreciera.
Se arropó en sus harapos y vertió en su garganta un trago de vino. En ese justo momento, su reflejo le
inquirió. -¿Qué haces?-. Gritó desde aquel escaparate, la imagen de sus formas. -¿Qué hago? Se
preguntó así mismo.
Todo animal ante el ahogo en el agua, trata instintivamente de nadar. Esa fue su sensación y con ese
ahínco, movió los brazos, consiguiendo con ello las risas del Dani, que desde su rincón le miraba.
-¿Qué tal tío? Le preguntó entre risas. Lo miró y en complicidad, sonrió. Sin embargo apenas le hubo
oído, enfrascado en su pregunta, ¿qué hago? Tomó sin prisa aquel envase y vació decidido su rosado
líquido contra el suelo; sin importarle el charco de vino que con avidez sorbía la manta que le
arropaba
-Tú fuiste el culpable, -murmuró y oprimió con fuerza el tetrabrik sobre la acera.
Ante tan insólita reacción, el jovenzuelo se acercó para preguntar extrañado, encuclillando ante él sus
delgadas piernas.
-¿Te pasa algo?
Le miró con el sarcasmo reflejado en sus abultados ojos y sonrió con sus verdes pupilas fijas en las
negras del joven.
-Nada. -Y abiertamente rió. Luego más calmosamente narró a groso modo su aventura: le habló de
Miguel, de sus sueños literarios, de su vida pasada y de sus gozos, de cómo aquella vida se truncó,
para emerger de ella aquel Alejandro, le habló de sus dudas, de aquella situación que aun sin quererla
se había unido a su persona.
Le mostró con orgullo los folios manuscritos, como prueba de su verdad, buscó en sus ojos con ahínco
la compresión de un amigo.
Este tomó asiento junto a él y aun conociendo en partes su historia, la cual le hubo aportado el apodo
del escritor, aunque apartado de su presencia le nombraban, el loco; se mostró como si fuese la vez
primera que oía dicho relato. Apreciaba a aquel borracho, pues en sus momentos de nublados,
encontró en él apoyo, fue el motivo de un sentimiento de verdadera amistad hacia aquel despojo de
hombre que ahora se le sinceraba.
-Me parece muy bien lo del vino. -Dijo, tras apoyar su espalda en la pared. -Debes levantarte-,
prosiguió. -Ese royo de la continua borrachera no mola…, tendrías… tendríamos que levantarnos.
Musitó bajando el tono de voz, con el pudor de reconocer sus propios errores, reflejado en sus palabras.
-¡¿Sabes qué?! -Afirmó, y en contestación a tal pregunta concluyó. -Si dejas de beber, te ayudo.
-Dejo de beber. -Prometió el joven, contagiado del entusiasmo de aquel chaval. Aunque al decir
beber dudó por un momento de tal promesa.
-Vale. -Decidió Dani. -Empezamos ya.
-¡Ya! -Exclamó él, en verdad sorprendido. Tras unos segundos aceptó con un: -Pero… ¿qué
pretendes hacer?.
-Tú sígueme. -Dijo aquel joven e imitando de nuevo al paralítico, como culebra se arrastró en la acera
hasta alcanzar sus muletas, tras ello se incorporó y con sonrisa en los labios, le inquirió.
-Venga vamos.
Se levantó lentamente envuelto en duda y sus atolondrados pasos, siguieron la agilidad de aquel falso
paralítico, que ya le aventajaba en varias zancadas. Logró alcanzarle y retuvo su agitado caminar.
-¿Qué intentas? -Le preguntó. Aquel chaval le comentó lo que iban a hacer.
Lo primero según él, comprarían lo necesario para adecentarse, jabón, peine y poco más, entrarían en
una sauna y tomarían un buen y largo baño. Y si caía algo… pues bien venido.
-¡No tío, no!. -Aclaró lo que quedaba de aquel borracho. -No, yo no me dejo tocar-. Confirmó.
-Pues no te iría mal, al menos por lo visto. -Confesó el paralítico. -No es lo mío. -Dijo con orgullo.
-Pero para lo que he visto no estás nada mal. –Concluyó, para con ello ruborizar en parte a su
oponente. Él por su parte rió y guiñó traviesamente un ojo.
 
Capítulo 13

Traspasaron la puerta de la entrada, ante la despreciativa mirada del portero; aunque se había
sacudido el chaquetón y peinado su pelo, la marca de mendigo le seguía; en parte intimidado, como
cordero dispuesto al degüello, anduvo hasta el vestuario. Dejó en la taquilla sus pertenencias, para
quedar así desnudo y descalzo, con solo una pequeña toalla, con que cubrir su pudor, además de una
blanca bolsa de largas asas, entregada por el despectivo portero, donde guardo el jabón recientemente
comprado. Se dirigió tras el Dani, que, desvergonzadamente desnudo, mostraba orgulloso su
exagerado atributo y, dirigiéndose a él, le alentaba a mostrarse, entre risas y toques inadecuados.
Después de las bromas le indicó las duchas, con el movimiento frontal de su cabeza y un:
-Ahora te veo. - Se separó de él, para dirigir sus pasos hacia un señor de canos cabellos, con fláccidas
carnes y lujurioso mirar.

En la ducha el vaho cegaba, apenas se vislumbraban unas entabicadas mamparas, que delimitaba el
espacio para cada sujeto.
Sintió con agrado, la temperatura del agua sobre su piel y enjabonó su cuerpo hasta la espuma; jugó
con el agua e hizo gárgaras en su boca hasta vislumbrar al sujeto que en aquella bruma sigilosamente
se le acercaba.
Temió al contacto con aquel tipo y se decepcionó, al no sentir con él roce alguno. De hecho, aquel
extraño quedó a unos pasos de distancia, acariciándose a sí mismo.
Aún sin poderlo asegurar, sentía sobre sí, la lujuriosa mirada del individuo y en el bramar del agua,
distinguió su agitada respiración, entre simulados quejidos de placer. Aquello le enervó, notó el calor
de la erección entre sus piernas y a aquel individuo que se acercaba a él. No demostró rechazo y
esto a aquel tipo le animó; extendió lentamente la mano, a su entrepierna y amoldó los dedos en su
ya erecto pene.
Tras unos pocos movimientos, consiguió descubrir por completo el rosado glande; la boca buscó
su boca para besarla, lo rehúyo, no quería trato alguno con aquel hombre, solo aceptaba de él, el
desahogo y las monedas que pudiera proporcionarle. El tipo no se preocupó por el rechazo y se
arrodilló ante su cuerpo, para dejar el beso y otras caricias en el erecto miembro, el cual tras breves
momento explosionó, y como prueba dejó, el chorrear de blanco semen en la cara del extraño.
Este luego rozó con la suya sus manos, para depositar en ella abundantes monedas.
Tras ello, en la misma nebulosa que apareciera, se difuminó, dejándole en placentero estado.
Agitó las monedas en sus manos y se sintió pletórico. Ante la incógnita de saber lo recibido, abandonó
con decisión aquellas duchas, desnudo, sin pudor a mostrar su bien proporcionado miembro, ahora
fláccido tras el placer recibido. Salió al concurrido lugar; y entonces le vio: era aquel tipo viejo, que
momentos antes devoraba con lujurioso mirar, la entrepierna de su amigo.
Ahora le miraba a él y, descaradamente, lamia sus dedos tras dejarlos correr sobre su rostro.
Aquello le intimidó y avergonzado por su acción, bajó la cara, para en desnudez proseguir su
recorrido.
Anduvo unos encajonados pasillos, donde diminutas puertas daban acceso a los reservados. En ellos
jóvenes y maduros, de aspectos dulces o picarescos, excitaban al viandante con el manoseo y
erecciones de sus miembros. Varios labios se le ofrecieron y libidinosas miradas le taladraron.
En especial los ojos de aquel hombre que, en el estrecho pasillo, le seguía. Dejó de caminar y esperó
a que su seguidor le rebasara, llegado ese momento, sintió en él, el roce de su cuerpo, por primera vez,
el deseo le resultaba agradable. Aquel tipo, era de aspecto juvenil, aunque portaba sus años.
Lo declaraban las insipientes canas, que plateaban sobre sus sienes en el cortado cabello ocre de su
cabeza. El cuerpo, algo más bajo de su estatura, con carnes prietas y bien formadas. Y en su cara,
unos hoyuelos, alegraban aún más su sonrisa, que junto a sus brillantes y melosas pupitas, en
almendrados ojos, le incitaba a la ternura.
Tras cruzarse con su cuerpo, se apoyó sobre la tapizada pared. Tomó de un pequeño bolso plastificado,
que solían entregar en la entrada, de larga agarradera, cruzado en bandolera sobre el pecho, en el que
guardar pequeñas cosas, en especial el tabaco o el dinero, puesto que la sauna tenía una barra pequeña,
para ofrecer un refrigerio y donde los más pudientes alternaban; tomó de dicha bolsa una cajetilla y,
tras coger un cigarro, le ofreció.
Tímidamente, aunque con expresión burlona, tomó el cigarrillo y el fuego de sus manos rozándolas
tiernamente con las suyas, sintió la presión de aquellos dedos deseoso de enlazarse con los suyos.
Se separó, temió el sentimiento que hubo despertado en su persona.
-Yo cobro. -Confirmó, para así huir de aquella sensación.
-Yo no pago. –Con el marcado de sus hoyuelos en la sonrisa, contestó aquel hombre.
El joven apartó la mirada y con cierta timidez, balbuceó:
-En ese caso… -Trató de iniciar de nuevo el pisar de su recorrido, decepcionado en parte por el
contacto fallido. Tras darle la espalda, oyó:
-¿Cuánto vales? -La pregunta le agradó, y tornándose hacia él contestó.
-¿Cuánto crees?
-Lo que yo. -Fue su respuesta. -Somos dos tipos que no estamos mal y nos apetece un “morreo”,
similar ofrecimiento es el mío al tuyo y yo no te cobro, por eso tampoco pago… pero por tratarse
de ti. -Buscó en la bolsa, dos pequeños billetes y tras liarlos en su mano, en forma de un canuto,
lo puso sobre su extendida palma y preguntó.
-¿Te vale?
-Gracias, lo necesito. -Dijo él a modo de excusa.
Su compañero se agarró a su mano y juntos se introdujeron en una cabina.
Lo primero que sintió fue la presión de su pecho y una boca desesperada que buscaba la suya.
Fácil, debido a su altura, fue esquivar aquel beso, que murió justamente en su nuez; después su lengua
humedeció en saliva el resto de su cuello y recorrió con besos, por su pecho, hasta lamer sus pezones,
prosiguió barriga abajo, sorbiendo el aire de su vientre y se recreó introduciendo en su boca hasta
rozar su garganta el erecto miembro.
Él sintió un tremendo placer y, pretendió en varias ocasiones, introducirse hasta cruzar aquel límite,
lo cual causaba en su compañero la sensación de fatiga, pero que a él le producía el máximo placer,
deseó eyacular, pero su anterior desahogo le había entorpecido la acción.
Se alzó su contrincante y con la mano en su hombro, le instó a agacharse.
-No. -Fue su respuesta, y trató de alejarse del calor de aquel cuerpo.
La reacción del hombre, fue girar sobre sí y ofrecerle la espalda.
No fue fácil la introducción, pero tras varios intentos lo consiguió. Al sentir sobre sí, la presión de
aquella estrechez se apasionó; y friccionó en ella su carne hasta el culminar de un placer, que le
debilitó, al punto de la caída. Se abrazó a la cintura de aquel hombre, que de pasión se agitaba ante su
abrazo y depositó sin fuerzas un beso en su espalda.
Tras agitada respiración.
-¿Qué tal? -Preguntó incorporándose su compañero.
En un profundo suspiro mientras pasaba por su frente el dorso de su mano, contestó.
-De puta madre. -A lo que ambos rieron.
Pasados unos segundos.
-Nos vemos. -Saludó aquel hombre, para abandonar tras ello sin más palabras, el habitáculo.
Tomó asiento en una especie de poyete y revivió lo vivido, con la duda sembrada por haberse sentido
bien. Se incorporó lentamente, y volvió a recorrer aquel pasillo, en esta ocasión, sin apetito alguno,
aquella relación le había relajado y ofrecido la oportunidad de una buena comida. Nada más
precisaba.
En el camino encontró a Dani, entre las rápidas manos de un “vejete”, con portentosa cadena de oro,
colgada al cuello, sin nada más que la pequeña toalla que ocultaba las arrugadas carnes de su bajo
vientre y el ridículo bolsito, colgado a un hombro.
-¿Nos vamos? -Preguntó al Dani, enfrascado en el frenar de manos de aquel vejete.
-¿Ahora? -Preguntó. -Es temprano, ¿donde vas tan pronto?... ¿Ya estás augustito? -Concluyó el Dani
con una irónica sonrisa entre los labios
El joven rió abiertamente y luego concretó.
-Yo me voy, te veo luego, ya vendré otra vez. -A lo que el vejete contestó.
-A ver si es verdad. -Con el deseo impregnado en sus palabras.
Anduvo en silencio hasta el vestuario, e inició el cubrir de su cuerpo con los harapos que componían
sus ropas.
Ante un gran espejo se vio reflejado y su imagen, aunque ajada, le agradó. Ya no se preguntaba
¿Qué haces? Había encontrado aquel día, el clavo ardiente al que aferrarse por conseguir salir de su
actual miseria.
No lo dudó, iniciaría aquel nuevo recorrido al que su necesidad le empujaba, pues gracias a ello,
gozaría del comer sobre una mesa. Se miró al espejo y tras sonreírse a si mismo, tomó con decisión el
camino de la salida.
 
Capítulo 14

Breves e intensos fueron aquellos días, fueron días para el recuerdo; del no tener nada, a poder
conseguir en un día, lo semanal: prodigioso. Fueron unos días, que a deshora de la sauna, tenía todo el
tiempo para escribir y corregir sus folios, empaquetados perfectamente, al fondo de su inseparable
mochila.
Lo primero en hacer, tras su primera entrada en la sauna, fue adecentar su figura, en la caridad de unas
monjas, halló un cobrizo traje de gruesa pana, que le aportó calor y el recuerdo de su tierra norteña.
Tal vez solo fueran recuerdos de Miguel, tal vez él, ni del norte fuera.., dejó aquellos recuerdos y
siguió con esos otros que en apenas unos meses le habían consumido.
Convivía con el Dani, cada vez más enganchado a su cadena y cada vez de ataques más agresivos.
Se había unido a una enganchada cómo él, del mismo bando, de esquelética figura acrecentada por
desdentadas encías y oscuras ojeras, que pasaba las horas sobre el cartón olvidada del tiempo.
De noche se refugiaban en cajeros del banco, del que él, aún consumida, conservaba la tarjeta, que
era la llave para cualquier cajero si pertenecía a sucursales de las mismas siglas.

Durante el día, tras su aseo personal en el servicio de estaciones de tren o autobús, andar calles, y
tratar de conseguir que le leyeran: buscó en editoriales, preguntó precios que no podría pagar, ansió un
mecenas que confiara en él. Después, comida en “Casa Pedro”, un pequeño restaurante, donde el tal
Pedro, un hombrón grande y bonachón, por pocas monedas, ofrecía dos platos de comida, según a él le
fuera bien, pan vino y postre o café.
Siempre estaba repleto de gentes humildes, pobres de primera clase, los que mantenían por herencia el
refugio de una casa pero le faltaba lo demás, hombres rudos de obras cercanas, míseros y miserables
comían en aquel bar, donde el calvo hombrón, cocinaba con productos a punto de ser caducado,
comprados por Pedro la noche anterior, en grandes superficies comerciales. De ahí que, según lo
recolectado, así el menú del siguiente día.
Sin embargo el sentarse en la mesa era su placer y más, tras tantas veces, apoyar el pan sobre el suelo.
Por ello gustoso, a diario y siempre a la misma hora, saludaba a aquel gigante de calva y brillante
cabeza, donde según decía, le era imposible ponerse el gorro, pues se le resbalaba fácilmente.
Todos los pelos que en la cabeza le faltaban, le sobraban en los hombros y pecho, bajo una camiseta
de tirantes y un color blanco, mucho tiempo atrás abandonado, además de en un gran mostacho que
por completo tapaba su boca.
Aquel día había invitado a comer al Dani, el cual tras sentarse llenó de vino su vaso y trató de hacer
lo mismo en el suyo.
-No. -Exclamó, tras interponer la mano sobre su vaso, Dani lo miró y sonrió.
A continuación, un primer plato de comida caliente y por regla general algo de carne como segundo,
más el café, que normalmente tomaban en la barra, para dar paso a distintos comensales.
En aquel día, se cruzó con alguien antes conocido, Se trataba de aquel hombre sigiloso, de cabeza
canosa, visto antes en la recoleta plaza.
Tras entrar, buscó a alguien que no encontró; salía cuando se cruzaron sus ojos, el joven se había
sentido reconocido, sin embargo el canoso concluyó su salida sin el mínimo saludo.
Estaba seguro que era él, aun yendo más bien vestido, sin embargo era él, además había notado
en su mirada, como también él había sido reconocido.
Olvidó el tema con el último sorbo de café, después junto a aquel paralítico, pues usaba las muletas,
aunque no tan teatralmente como al mendigar, sin prisas vagabundearon, sin destino fijo. Para la
sauna aún era temprano, por lo que callejearon hasta llegar al destino de un abandonado solar, entre
dos altos y suntuosos edificios.
Tiempos atrás hubo sido una vieja casa ajardinada, ahora solo un espacio de verde salvaje, donde un
derrumbe, marcaba el lugar antes habitado, conservaba aún algo de su techumbre, apoyada sobre un
muro, que formaba el hueco de una cuña, donde poder dormir.
En él, como atontada, la escuálida compañera del Dani. Fue el verlos llegar y temblorosa se incorporó,
el Dani le miró y una triste sonrisa marcó sus labios; sabía lo que ella necesitaba, pensó en lo que en
breves momentos ocurriría y aquello le alegró, pues también él conseguiría su dosis.

El joven tras la llegada, ordenó en su mochila lo imprescindible, para dejar tras ello aquel viejo carro
que había momentáneamente abandonado, con anulados escritos., que tiro en un rincón, cruzados con
dos rayas para anular el escrito. mientras, la pareja ansiosa buscaba el saciarse. Recorrió unos pasos
hasta Dani, el cual tensada entre sus dientes, mantenía aquella goma con que apretaba su delgado
brazo; buscó en la negruzca zona, el bulto de la vena, le miró desesperado al no encontrarla, solicitó
con sus ojos ayuda al joven, el cual, al comprender su necesidad, oprimió con fuerza sobre la goma,
hasta conseguir la ayuda solicitada.
Con sonrisa infantil lo agradeció el Dani, que tras soltar de su boca la elástica presión, inició el
bombeo de aquel veneno a su cuerpo. Su esquelética compañera sufría la angustia del vomitado.
Tras unos segundos en su bombeo, el Dani se agitó, infló en aire extremadamente el pecho y cayó
sobre su espalda; recorrido fue su cuerpo por densos temblores hasta, inerte, relajarse sobre el suelo,
mientras expulsaba por su boca, similar a un volcán, la biliosa baba del vomito.
Su compañera ausente sonreía, sin comprender apenas aquel suceso. Le miró con adormecidos ojos y
sin saber qué decir, limpió con el dorso de la mano restos de la saliva en su boca; después miró el
inerte cuerpo de su compañero, el cual estaba siendo golpeado en el pecho por el escritor, que
inútilmente trataba de impulsar a golpes su corazón.
Ante los blancos ojos del paralítico, los suyos se asombraron, comprendió al fin, lo allí ocurrido; y
al cerciorarse de que aquel sería su fin, amargamente lloró, mientras el hedor de la muerte se
adueñaba de aquel rincón.

A veces, al morir algún animal, sentimos pena, pero aún con el dolor por su muerte, aceptamos la
situación y abandonamos el cadáver. Eso fue lo que le ocurrió al joven, pensó, ¿que podía hacer?,
todo cuanto pudo, lo trató, había incluso tras limpiarle en partes la boca de aquella verdosa y
repulsiva baba, insuflarle su aliento, se había desesperado y llorado de impotencia, ante la muerte de
su amigo, nada más podía hacer. Después de largos minutos, ya más sereno, recapacitó sobre aquel
momento.
-¿Qué hacer? Se preguntó. ¿A quién informar? Lentamente se incorporó y dubitativo, tras mirar a la
llorosa chica, se dirigió hacia el carrito; incorporó sobre él la vieja mochila, e inició un lento caminar
hacia la calle.
-¿Dónde vas? -Preguntó la joven, mientras secaba con el filo del jersey el lloroso rostro.
-Trataré de comunicárselo a un policía, nada más podemos hacer. -Contestó él, que continuó con
lentitud el empuje de su carga.
-¿Y yo? -Volvió a preguntar la joven. Él como contestación, la miró indiferente, luego agregó.
-Será mejor que te vayas, por Dani no podemos hacer nada y no es conveniente mezclarse en ello,
avisaremos a la “poli” y continuaremos el camino. -Aquello último lo dijo con infinita tristeza
reflejada en la voz.
Llegó a una derruida valla, que en su derrumbe mantenía erguida una verja, de finos hierros, unido
entre si, por cruzadas filigranas, soldadas a sus verticales barrotes y conservando en ellos,
descascarillado, un verde estallido primaveral.
No necesitó cruzarla, la entrada estaba en el derrumbe de aquella tapia. Llegado a la acera, esperó
pacientemente el paso de la indecisa joven; esta llegó a su altura y la rebasó. Aferrada a la delantera
del metálico carrito, frenó firme su paso y sin apenas volverse, rogó.
-¿Se lo dices tú a la pasma? -Esperó hasta oír la confirmación del joven y continuó su paso de
juventud cansada. La observó alejarse, hasta que la lejanía difuminó su figura. Volvió los ojos con
dejadez hacia su amigo, tirado en la parte más aseada de aquel espacio; se fijó en su delgado cuerpo,
con la espina de una aguja clavada en su brazo. Pensó en quitársela, pero sucumbió a la idea. Aferró
con ambas manos el carrito y en el inicio de su empuje llegó a su mente la imagen del perro al que,
tras su muerte y con pena, abandonas al arcén de tu camino.
 
Capítulo 15

Fueron varios los días añorando su ausencia, extrañando sus gracias. Pero como todo, fue siendo
olvidado. Aunque el seguir prostituyéndose en la sauna, le hacía recordarle y empezó a cansarle el ser manoseado de tantas manos por la moneda, le desagradaba, se sentía sucio por sus convencimientos religiosos, tendría que dejar aquella situación. En ello pensaba aquella tarde, apoyados sus codos sobre la mesa donde el Pedro dejó un plato de humeantes garbanzos, guisados con acelgas y trozos desmenuzados de bacalao. Inició el comer de aquel plato cuando un comensal se sentó a su mesa, ni le miró, seria algún otro solitario, si embargo el comensal se sentó con un:
-Hola, creo que te conozco.
Miró al joven que tomaba asiento y no supo decirse quién era, recordaba su cara, pero no la instalaba en sus recuerdos.
-¿No me recuerdas? Mario, el del calabozo. -Concretó el joven, mientras tomaba entre las suyas la mano de su indeciso conocido.
-Si, Mario. -Respondió con tristeza a su amable saludo. Le agradó verle, pero nada le suponía, era solo el primer conocido de Alejandro, no pertenecía a sus recuerdos.
-Te he visto entrar, y me pareciste el tal Miguelandro. -Concretó el recién llegado, y mostró en sus finos labios una amable sonrisa. Él bajo los ojos y colmó la cuchara de aquellos garbanzos, y al
llevarlo a la boca.
-¿Qué tal te va? -Preguntó el joven, que con su brazo alzado, solicitaba a Pedro poder comer.
Mientras engullía el último bocado, miró al joven y aún con la boca llena, contestó con un:
-“Ya ves”.
Esas fueron sus palabras, pero en su cabeza bullía la pena, pena por el Dani, por la soledad en la que estaba, pena por el plato de comida que se llevaba a la boca, resultándole este, aunque de buen sabor, amargo como la hiel.
Pedro le distrajo con su llegada, para dejar sobre la mesa un humeante plato, similar al suyo, del cual el joven inició su degustación.
-¿Aclaraste aquel asunto? -Preguntó Mario. Él le miró entre los rizos de su cabello, que en cascada caían sobre su frente y le preguntó.
-¿Qué asunto? -Ante su dubitativa reacción, Mario aclaró.
-Si hombre, aquello de tu identidad.- Concretó.
-Bueno… -Contestó ausente, con triste ánimo en su voz, mientras avergonzado bajaba la mirada al humeante plato.
-¿Qué? -Inquirió el joven.
-Igual.- Aclaró él, y clavó con descarada y desconfiada mirada sus verdes pupilas en aquel joven,
que empezaba a exasperarle, y que traía a su mente tan desagradables momentos.
En espera del segundo plato, ya más relajados, nuevamente Mario, volvió a incordiar.
-¿Dónde paras?, ¿Dónde vives? -Repitió una pregunta, que le humillaba. Cómo decirle los sitios en que durmió, en los que tiritó de frío, en los que lloró de hambre, cómo decirlo. Se enturbio de pena el verde de sus ojos y una furtiva lágrima corrió por su mejilla. Con la cabeza baja, trató de ocultarse de su mirada, insinuó una amarga sonrisa en sus labios y musitó.
-Aquí… allá.
-En la calle vamos. -Concretó el descarado amigo, consiguiendo humillar aún más a su persona.
-Eso tiene solución-. Dijo Mario, mientras el gigantesco Pedro, cubría la mesa con dos platos de
albóndigas y patatas fritas.
Una vez se hubo ido, continuó con la explicación de una solución que tan clara veía.
-Te vienes a mi casa. -Decidió el joven. -No es gran cosa, es un local, pero oye, al menos hay un
techo. -Finalizó Mario, llevándose a la boca una albóndiga, que hubo de devolver al plato por lo
caliente.
-¡¡Hostia!! Casi gritó, mientras echaba aire a su boca con el abaniqueo de la palma de su mano.
Tan cómica escena despertó en ellos la risa. De su hundimiento ascendió a la alegría, con aquellas
palabras, todo lo aborrecido que hubo sido Mario, se tornó en cariño. Recordó los momentos vividos en aquel calabozo y supo, que desde un principio aquel joven le había agradado; aun así, le extrañó tanta generosidad. Aunque se habían visto, no tenían entre sí conocimiento alguno, él sabía lo de Miguel y él, que aquel joven se dedicaba al trapicheo de droga.
No le agradó la idea, pero antes su situación, aquello que Mario hubo dicho, era en verdad su mejor y única solución.
Qué buena le supo entonces la comida. -¿dormir en una cama? -Se preguntó en pensamiento.
Había dejado el vino, pero tal alegría debía ser celebrada, vertió vino en ambos vasos y alzándolo
en el brindis concretó.
-Por nosotros y gracias. -Sonrieron sus ojos al amigo y bebió con gusto del vino.
Tomaron el café sobre la barra y pagó al gigantesco mesonero, mientras el joven telefoneaba.
Una conversación que por lo poco oído le resulto extraña.
-Hola… si … soy Mario, si… si… aja…, si, por supuesto, a ver… somos profesionales.., pues claro..
que si... que si.., que lo tengo aquí.., pues claro hombre.., totalmente seguro…, si.., si.., tranquilo
que está en buenas manos.., no,,. que no, esta vez no lo consigue.., no te preocupes.., si.., de
acuerdo…, si, te llamaré…, de acuerdo.., sin problema.., adiós… no te preocupes, te tendré
informado.., adiós.., adiós. -Con el último adiós, colgó el auricular y se encaminó hasta él, al cual como justificándosele dijo.
-Un encargo. -Y juntos salieron a la calle.
En ella, aparcado un metálico carrito que no quiso recoger. Lo que le interesaba estaba en su mochila: unas mudas de ropas, productos de aseo además de una gruesa toalla cedida por la caridad de unas monjas y sobre todo, su escrito. Trató de disimular al pasar junto al carro, con vergüenza a que su nuevo amigo, comprobase su angustiosa situación y sin mirarlo, abandonó en él sus miserias.
-Negocios. -Le dijo Mario, al cambiar su seriedad al teléfono, por picara alegría, continuó con una verborrea explicativa que él no oyó. Y concluyó con un: -Por cierto que me podrías ayudar.
-Puedes contar con ello y agradecido… -Se ofreció él.
-“Tranqui” colega. -Cortó sus palabras y sonrió con unos labios finos, de insinuante sonrisa, a
continuación le ofreció un cigarrillo.
Anduvieron por callejuelas, hasta encontrar un taxi, montaron en él, y al hacerlo, notaron en el
retrovisor, la despectiva mirada del taxista. Mario le dijo una dirección en la que tendría que parar un momento, para luego continuar hacia otra; luego se apoyó en el respaldo y al notar al igual que él, el desprecio de aquel hombre, preguntó a su amigo, catalogándole como famoso.
-¿Y de tu novela qué?
-Bien. -Contestó enorgulleciéndose por la titulación de novelista. -La he reescrito y me gusta el
resultado, lo difícil es la edición, pero todo se andará. -Finalizó orgullosamente, al comprobar la
admiración despertada en el taxista.
-Me la tendrás que dejar leer. - Remató su amigo, con lo que aportó nuevo brío a su ego.
Tras un largo silencio, mientras observaba por la ventanilla las calles, llegaron a un elegante portal
de alfombradas escaleras, donde se introdujo su joven compañero y al que esperaron unos minutos.
Luego de nuevo el viaje, alejándose de un barrio suntuoso, de limpias y solitarias calles, con lujosos
edificios, hasta el bullicioso barrio obrero, donde multitud de criaturas, pisoteaban las hojas secas, del ventoso otoño.
Mientras Mario, liquidaba al taxista, cargó su mochila y se acercó al joven dispuesto a seguir sus pasos. Entraron en un portal de mármol verdoso, hasta el sótano, donde dos puertas oscuras daban entrada a dos locales, uno el de Mario, gracias a quien ahora tenía casa.
La imaginó y la vio algo triste, por lo lúgubre del sótano, sería oscura, de cama desordenada y
amontonadas ropas, pero con el calor de una casa; con un servicio donde desahogarse sin necesidad de apoyarse en vehículos. Se sintió feliz y todo por la generosidad de un chico, al que apenas conocía.
-“vualá”. Dijo Mario, ofreciéndole su casa.
Tras el abrir de la puerta, una portentosa luminosidad, inundó de claridad el oscuro rellano.
 
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Capítulo 16

Se sorprendió al llegar a su dirección. Era un local comercial acondicionado como loft. Una amplia
nave con un modesto sofá frente a un pequeño mueble, apenas adornado por varias figuras, y algunos
libros salpicados en diversos estantes; en su centro, un gran televisor.
Recoleta junto a la entrada principal. Pues constaba de dos entradas. Una cocina de amplio frigorífico
y pequeño fregadero, donde reposaban varios platos y cubiertos, empringados de comida; junto a ese
espacio, tras bajar unos amplios escalones, una cuadrada mesa de comedor, resguardada por cuatro
sillas de tapizado asiento. Entre esta y el sofá, dos puertas daban paso a dos habitaciones que junto al
aseo eran independiente a aquel amplio salón de lisas paredes, con solo una puerta metálica acristalada
en su parte superior, en la pared opuesta a la entrada, por la cual, se divisaba una zona ajardinada,
paralela a la calle principal donde estaba la entrada al edificio de lujoso mármol veneciano.

Dentro de aquel hogar se respiraba tranquilidad y un profundo silencio. Una vez en ella, Mario le
señaló la habitación en la que podría quedarse, era diminuta, apenas una cama y un pequeño armario
colmaban aquel espacio, sin ventana solo una celosía a modo de respiradero, comunicaba con la
habitación en la que dormía su compañero. Esta era algo más amplia, con luz natural proveniente de
una ventana, que a lo largo de la pared se adosaba al techo, y que, al cruzar la celosía, iluminaba en
parte su estancia. Tras dejar la mochila sobre la cama, volvió al salón donde Mario había dejado unas
cervezas sobre una minúscula mesa ante el sofá y puesto una agradable música, algo aflamencada
para su gusto, pero agradable, él se encontraba liando un cigarrillo.
-¿Fumas? -Le preguntó, a lo que él contestó.
-No mucho. - Pero aceptó, tomando el porro que su amigo hubo preparado.
Con las primeras caladas, bajando un tanto la voz, este le informó de algunas reglas: la primera y
principal era el no abrir a nadie si al sonar el timbre no daba cuatro sonidos. Era contraseña entre los
distintos conocidos que pudieran visitarles. A él le sorprendió un poco aquella actuación, nunca le
gustaron los subterfugios, no le inspiraban confianza, por lo que aun sin saber qué, supo que Mario
escondía algo.
Otra regla, el ayudarle en la limpieza de la casa, aunque no aparentase el esforzarse mucho en ello,
pues en verdad la encontró un tanto sucia, no tanto cómo lo imaginado momentos antes, pero sucia;
aunque al venir de la calle, le resultó un palacete.
También, y esto le pareció bastante lógico, procurarse algún trabajo, con el que colaborar en la
economía. Esas fueron las condiciones las cuales le parecieron justas. Aunque tras las primeras
caladas, apenas si le escuchó.
Años atrás, tardíamente, hubo probado el hachís, pero en las pocas veces que lo hubo hecho, no sintió
síntomas algunos; sin embargo en esta ocasión, tal vez por el tiempo transcurrido desde la última vez,
o por la cerveza que había bebido, el caso fue que con solo unas caladas, se encontró extraño: un leve
hormigueo recorrió su cuerpo mientras una placentera sensación le embargaba, el brillo de las luces se
abrían a sus ojos en multitud de llamativos colores, se sentía único, ligero; como en el aire flotaba su
cuerpo, envuelto en la música que le enervaba y le inspiraba un melodioso baile.
Se incorporó del sofá y sobre el suelo, en acompasado movimiento, sin pudor, giraba para buscar tras
de sí un espacio inexistente. Pensó que cuanto hacía era supremo. Observó la mirada de su compañero
y descubrió en ella admiración, e incluso una pizca de envidia, hacia la libertad que él demostraba.
Exultante tomó asiento en el sofá, con el placer reflejado en el rostro y una irrefrenable risa brotó en
su boca. Ambos rieron tontamente sin conocer el motivo, se encontraba bien, placenteramente, casi
tumbado sobre el asiento, feliz de encontrar a aquel joven que daba cobijo a su cansado caminar;
ahora, y gracias a él, tendría una cama donde reposar su maltrecho ser, y donde refugiarse de la lluvia.
Trató de revivir algunos momentos, pero en su cabeza corría un derroche de pensamientos, que se
agolpaban en su mente, divagó en ellos y, fogonazos de ideas le deslumbraron, entre ellas sin duda,
su mayor ilusión, su novela. Se sintió inspirado y deseó escribir, pero sus relajados miembros no le
obedecían.

Cuatro timbradas, tres continuadas y una distante, rompieron su fantasía, en la inercia del sonido sus
almendrados ojos miraron a la puerta, hacia ella fue Mario, que tras comprobar por la mirilla, la abrió
para permitir el paso a una joven de rubios cabellos sobre una hermosa figura, aunque, cómo él,
hundida en la miseria de la vida.
Por los amplios escalones bajo la sinuosa forma de aquella mujer enfundada en la maltrecha forma de
un pantalón vaquero gastado hasta el roto en sus rodillas y apretado en su cintura en una negra
camiseta con el escote suspendido de los hombros por una finísimas cintas, su figura despertaban los
mas tiernos sentimientos.
Mario le indicó un asiento junto al suyo, después aceleró sus pasos hacia la cocina que cerraba unas
puertas a todo el alto de blanca persianillas para tomar del frigorífico nuevas cervezas.
Mientras la joven, lánguidamente, dirigía hacia él una sencilla sonrisa y que con un tímido:
-Hola. –llegó a su altura.
Resbaló su cuerpo en el respaldo del butacón hasta posarlo suavemente en el mullido asiento, le
resultaron sus movimientos felinos, como los de una gata, o leona, derramando sexualidad; no era
fuerte ni poderosa, pero su estar sí lo era. Con una tierna sonrisa le miró mientras pulsaba hacia arriba
con su índice derecho el filo de su flequillo, cortos y sueltos cabellos, que escapaban de su alta coleta.
Aquel gesto le encantó. Se recreó con su imagen y una leve erección dio calor a su entrepierna,
fantaseó en aquella maltrecha camiseta, donde dos punzantes pezones provocativos le esperaban.
Ella se sintió deseada y se agrandó su sonrisa mientras intimidada bajaba al suelo los ojos con pupilas
como el infinito verde del mar, casi ocultas en la espesura de sus pestañas.
-Pon música, -exclamó Mario, agobiado por el espeso silencio que tras acabar el casset reinaba en el
local.
Los dos se miraron, pero fue él, quien tras levantarse se dirigió dudoso hacia el mueble y entre sus
cintas buscó, para descubrir que en su mayoría todas eran de su agrado. Puso el sonido romántico de
una italiana, tras lo cual volvió a su asiento, mientras la joven de soslayo le observaba.
Fue ella la que mientras se sentaba, le preguntó.
-¿También a ti te ha dado trabajo?... No le dio tiempo a contestar, cómo un resorte Mario le gritó
pisándole la frase.
-¡Noe! –Exclamó y por un instante perdió lo amable de su carácter. Él le miró sorprendido por el
inesperado e imperativo grito. Flotó unos segundos el silencio para a continuación con más agradable
tono volver a dirigirse a ella.
-Ven. -Dijo, tras lo cual se dirigió hacia su habitación seguido sumisamente por la joven. Al salir de
ella, una nueva mirada hacia el joven, con un hundimiento de su cabeza en sus hombros y una tímida
sonrisa de despedida.

Le dio la sensación que le ocultaba algo, no sabía qué, pero precipitadamente intentaba ocultar algo
en sus raídos vaqueros. Mario le acompaño a la entrada y cuando hubo salido, con una escrutadora
mirada le taladró.
-Era Noelia, esta un poco ida. -Señaló con giros de su mano sobre la sien, para expresar con ello la
locura, luego. -Mucho…. -E imitó la jeringuilla sobre su brazo.
-Es una pena. -Aclaró él. -Esta muy bien-.
-Por ahora. -Concluyó el joven, para volver nuevamente a su afabilidad.
A su mente llegó el recuerdo de Dani y se sintió triste por ella, recordó también a su famélica
compañera, y comparó su delgadez con Noelia. Era sin duda, mucho más, pero con similitud en su
apariencia: ambas tenían marcadas oscuras ojeras, profundo hundimiento en los pómulos y el juego
de los hombros, combados hacía adelante. Le apenó aquella joven, recordó su voz preguntándole.
-¿A ti también te ha dado trabajo? -Aquello le sorprendió. ¿Quién era aquel joven? Que se permitía
tener trabajadores y visitaba de incógnita suntuosos edificio, de poderosos barrios.
En su pensar arraigó la duda, ¿Quién era el tal Mario?
 
Capítulo 17

La mañana era espléndida. El invierno mediaba, pero aquel día le recordó la primavera. Cuando
alegre salió a la calle, la luz le cegó y por unos momentos, permaneció cerrados los ojos, ante aquel
deslumbrante sol que le anulaba la vista.
Siempre fue madrugador, era algo que su madre desde pequeño le había inculcado. -A quien madruga
Dios le ayuda. -Recordó la cantinela que desde pequeño, hubo escuchado, o la de: -Antes que correr
ve adelantado. -De ahí que se hubiese acostumbrado, a no remolonear en la cama y una vez despierto,
precisaba el levantarse.
Sin embargo en esta ocasión despertó tarde, tal vez por los porros fumados, o por lo poco
acostumbrado a la cama, al haber perdido en el tiempo dicha costumbre, o el haber estado hasta tan
tarde, oyendo en parte la historia de Mario, tan distinta a la suya; y que aun reconociendo su momento
como crudo, aceptó peores los narrados por su amigo.
Le habló de un reformatorio tras la muerte de su madre, como escapó de él y su vagar en las calles,
siendo aún un niño; comprendió el que tan joven acumulase tanta experiencia.
Él lo estaba pasando mal, pero a fin de cuentas eran solo ocho o diez meses, los que llevaba en esa
vida. Anteriormente todo fue cómodo, había sido un privilegiado, todos sus caprichos fueron colmados
y por supuesto, jamás pasó hambre.
Por ello, como su amigo y editor le dijese, estaba vacío de sentimientos. Aquella expresión le dolió,
pero ahora, tras oír las miserias de Mario y recordar las suyas propia, se percataba de que eran ciertas
las palabras que Ramón dijese; hoy que nada tenía, comprendía más a los mismos mendigos, a los que
antes menospreciaba, señalándoles como vagos y borrachos.
Esa sería la imagen que él, a su antiguo pensar, ofrecía actualmente. Ese recuerdo le conmovió;
¿Cómo pudo juzgar a nadie por su situación?, en parte odió el ser que tras de sí había dejado, ahora se
encontraba distinto, ya no le importaba ser Miguel o Alejandro, comprendió que fuese quien fuese,
era otra persona.

Con su mochila a cuesta, dejó tras de sí el elegante portal, ese día era festivo, por lo que decidió no
hacer nada, se dedicaría a pasear para conocer la zona donde, gracias a Mario, residiría, al menos
hasta completar su novela.
Se esforzaría en ello, pues era la única oportunidad de escapar de aquella situación: podría buscar
trabajo, ser un operario más, pensó, pero su intelecto se rebeló contra aquella idea, su ilusión desde
niño fue ser escritor y ahora en tan poco tiempo hubo madurado, se había colmado de experiencia y
se encontraba con más profundos sentimientos. Aquellos quinientos folios que con tanta ilusión
guardaba, ahora aun sin sobrarles, carecían de importancia, la idea la encontraba aceptable, pero las
cursis palabras que la componían, eran palabras vacías, nuevamente recordó a Ramón y de nuevo
comprendió, el porqué de su crítica.
La escribiría de nuevo, lo decidió instantáneamente; ahora le sobraba el tiempo, aunque, tendría que
conseguir algo de dinero, para contribuir con su nuevo amigo.
Buscó en sus recuerdos, estaba preparado para un buen trabajo, sin duda alguna, pero no podía perder
el día en una oficina por muy bien remunerado que esto fuera; necesitaba libertad, recordó las
primeras monedas conseguidas como limosna, de las que ni se hubo percatado al estar corrigiendo su
escrito y la idea le agradó, seria mendigo, mendigaría caridad en las iglesias y como último recurso,
acudiría a la sauna, o cine porno, donde ofrecerse por la moneda.
Vagamundeó por aquel barrio para conocerlo. Resultaba incómodo su andar, debido a la cantidad de
cuestas que formaban sus calles. Pensó en el suyo, de amplias y planas avenidas, le sorprendió en la
misma ciudad encontrar tanta variedad. La zona en la que él vivió desde su llegada a la ciudad era
confortable, de calles con anchas aceras, donde infinidad de negocios abrían sus puertas, y mostraban
orgullosos, en sus espléndidos escaparates, suntuosos géneros. En contraste, aquellas calles que ahora
pisaba le parecían otra ciudad, de empinadas y mal asfaltadas callejuelas, con estrechas aceras, donde
apenas oscuros bares de olor a rancio, abrían sus puertas.

Vagó y en la inercia de su recorrido, sus pasos terminaron por llevarle al lugar de su partida, en su
caminar vio una iglesia, supermercados y sucursales bancarias, donde poder ofrecer la gentileza del
abrir una puerta, con el objetivo de conseguir la limosna.
Programó cuál sería su recorrido a lo largo de las próximas mañanas, luego, en la tarde, sanear su
escrito para conseguir aquella ansiada meta, ser escritor; dejar para la posteridad su opinión sobre un
tema, en este caso la mendicidad: idea que cuanto más profundizaba en ella, aunque aborrecible, más
y más le absorbía.
Antes le hubo parecido una vida vana, inútil, vivida solo por gentes cobardes, que por huir del diario
problema que la vida ofrecía, se refugiaban en la pereza de un sin-vivir. Él, al igual que su madre,
precisaba de unos resultados, costase el esfuerzo que costase. Desde pequeño, esta idea le había
forjado en un hombre de los llamados serios, capacitado para conseguir todo objetivo, ahora, hundido
en la miseria de un momento voluntariamente escogido, el saber de esa fortaleza, le reconfortó; no le
importó ser Miguel o Alejandro, no quiso pensar en ello, siendo quien fuese, poseía ese hercúleo
poder: lo conseguiría.
En esa afirmación, sus labios se iluminaron con una leve sonrisa.
Aceleró sus pasos, mientras buscaba con ilusionados ojos, el suntuoso portal de su vivienda, pensó en
Mario y el agradecimiento hacia su persona le conmovió. Era buena persona, buena gente, como él en
su palabrería catalogaba. Por lo contado sobre su persona, lo hubo pasado mal, duro, según sus
convicciones y por lo sabido, era sin duda digno de admiración, era sabio y generoso, la vida con sus
durezas le impregnó de sensibilidad hacia lo injusto, comprendió desde el primer momento su
situación, le aconsejó llamarse Miguelandro y fue para él el mejor consejo, a raíz de ese día había
decidido ese nombre, también se mostró generoso al ofrecerle su casa, en la que en ese momento
decidido entraba.
Y demostró igualmente generosidad con Noelia. Aquella agradable criatura, encerrada en las
abandonadas formas de una mujer. Llegó a su mente una nueva duda, y por su cuerpo corrió un leve
temblor, que le hizo concebir aquella idea: se estaba enamorando. Justamente al abrir y cruzar el
postigo de la puerta de la casa en que la conociera, en ese justo momento, lo comprendió; su imagen
le inundó la mente, recordó sus lánguidos movimientos, al bajar los escalones que unían la entrada al
salón, donde se encontrara él; sintió la delicadeza de su cuerpo, mientras resbalaba sobre el brazo del
asiento y envidió al tapizado mueble, deseó haber sido aquel asiento y sentir sobre él tan adorado peso.
Recordó sus punzantes senos, y nuevamente tembló su ser, encrespándose el bello de su piel.
-Noelia. -Dijo en un susurro su nombre, y añoró su persona, deseó el beso de su boca, la necesitó en
ese momento, ansió apoyarse en su realidad y unido a ella fortalecerse. Presionó sobre su formado
pectoral con fuerza la presión de su diestra y la tristeza le invadió, necesitaba de aquella persona.
Poco le duró lo triste, pues supo que gracias nuevamente a Mario, en breve la tendría, trabajaba para
él, debido a lo cual…-Trabajaba para él. -Aquellas palabras se repitieron en su cerebro.
El recuerdo se evaporó, dando paso al análisis de su comportamiento.
Efectivamente estaba enganchada a la droga, aunque él le ayudaría a dejarla, no la consideraba tan
atada en aquel vicio, no tenía el doblez del brazo, del azul morado del de Dani y aquella adormecida
chica que fuera su compañera.
Pero su delgadez, sus ojeras y principalmente la caída de sus hombros, la delataba.
Recordó su imagen, llegó a su mente los felinos movimientos de aquella mujer, profundizó en ellos,
y acudió a su pensamiento el recuerdo de un paquete guardado con urgencia, sin querer ser
sorprendida en su esconder.
Trabajaba, según sus propias palabras para Mario, ¿por qué entonces aquella acción?, su jefe le dio
un paquete que tenía que entregar, ¿por qué entonces el esconderse a sus ojos? No comprendió nada,
pero las dudas le invadieron.
Debía por tanto, ante el enamoramiento por ella, desconfiar un poco, era todo tan raro, en primer
lugar, el ofrecimiento de Mario a acogerle, nadie mete en su casa a un mendigo desconocido, al que
apodan el loco.
Presentía en la atmósfera lo extraño, no sabía qué, pero algo había que le forzaba a desconfiar.
 
Capítulo 18

Los días fueron pasando en la misma rutina. Durante la mañana la puerta de la iglesia de amplios
escalones; la sonrisa del súper tras tirar de la puerta; la búsqueda de sitio donde aparcar el vehículo.
Para mendigar en todos una limosna.
La tarde, según fuera la mañana: si la mañana salió bien, la tarde la ocupaba en la búsqueda de
alguien que subvencionase la edición de su novela; si por el contrario, fue mal, lo compensaba en la
tarde, prostituyéndose.

En cuanto a su trato personal con aquellos compañeros se hubo acostumbrado a su monotonía.
Mario durante la mañana solía salir; llegaba tarde a comer, y dedicaba la tarde, sobre la encimera de la
cocina, a amasar y cortar droga, que a veces repartía entre algún que otro visitante, de aspectos
normalmente repelentes, que pulsaba cuatro veces el timbre.
Y Noe, sonriente y amable, con el “sexapil” a flor de piel, le alentaba con consejos su escritura. Según
sus propias palabras, le gustaba el escribir, he incluso se arriesgaba escribiendo algunos inocentes
sonetos, en los que expresar su apasionado amor
Ansioso por conocerla y temiéndolo a la vez, permitió su acercamiento; conversó amablemente con
ella, maravillado por las sorpresivas pupilas de sus bellos ojos. Sus carnosos labios, siempre
perfectamente dibujados en un rojo carmín, invitaban al beso. Supo por ellos que adoraba la lectura,
se mostraba sabedora de muchos libros, disfrutaba al recordar lo leído.
Fue una de esas tardes, cuando le rogó la lectura de su novela, detalle que enervó su ego. Gustosa lo
había leído y alabado su estilo, cosa que a él vanagloriaba y cada vez más embelesado, la oía, entre
sorbos de cerveza y caladas de “hachís “.

Sin embargo, esa tarde fue diferente, la mañana se le hubo dado bien y antes su innecesidad de salir,
quedó en casa, en espera de la llegada de Noe, estaba intrigado desde el momento en que la vio: era
distinta, pero era ella.

De mañana hubo llegado tarde para iniciar su recorrido, había dormido inquieto, tal vez abusó del
porro, de las cervezas o la cena, algo le causó un indefinido malestar, por lo que hasta altas horas de
la noche no concilió el sueño. Debido a lo cual, se levantó tarde, y llegó a la iglesia, empezada ya la
misa, motivo por el que, la dejó para más tarde; sabía que a las doce se iniciaba otra, por lo tanto,
cambió aquella puerta por la del súper, para variar así el recorrido, con la intención de nuevamente
volver a aquella escalinata, cercana las doce.
Ascendió los cuatro o cinco escalones, según tomase la escalera, en el desnivel de la pronunciada
cuesta. Desde su atalaya, divisaba perfectamente la calle, daban las primeras campanadas, y fue
entonces cuando la vio.
Abría la pequeña puerta dorsal a una viuda de oscuro ropaje, de velo, libro y rosario. Cuando a lo
lejos, cruzando la otra acera, la divisó. Era ella: la cubría sobre altos tacones y finas medias, un
gracioso abrigo negro, rematado en sus mangas, cuello y el bajo, con piel de pelo largo, igualmente
negro; en sus manos enguantadas, portaba un maletín ejecutivo, y la curva de su cuerpo, se había
tornado en brío, que mostraba en el pectoral el empuje de sus senos. Todo ello rematado por un blanco
pañolón, atado a su garganta, y el cabello rubio y bien peinado en la alta cola acostumbrada. Tan
distinta le resultó, que dudó que fuese ella, pero la graciosa presión de su índice derecho en el dorado
flequillo, le confirmó la identidad. Le retuvo, la puerta abierta que él sujetaba cediendo el paso a
aquella cacatúa de negro plumaje, que no completaba su pase.
Cuando lo realizó, el momento había pasado. Bajó los amplios escalones y enfiló cuesta arriba la
calle hasta el cruce de la siguiente, por donde ella había desaparecido. Volvió de nuevo a
contemplarla, mientras ascendía a un coche, conjuntado a ella en el negro, el cual con prisa arrancó
y avanzó calle adelante.
Esta experiencia le dolió, ¿por qué aquella bella mujer, se ocultaba a él en famélica drogadicta?, ¿a
qué era debido aquel radical cambio? ¿Qué le ocultaba?.
Evitó toda la tarde el trato con Mario; dedicose en su habitación a ordenar algo de ropa que una de
aquellas viudas beatas le cediera, mientras llorisqueaba la añorada figura de su difunto; de ella vino
también el grueso chaquetón que ahora le abrigaba.
Volvió a la parte del salón, para repasar el orden de sus folios; estaba en ello y mientras bebía una
cerveza ofrecida por Mario, y sonó las cuatro timbradas; cuando la puerta se abrió, con el rostro
desencajado entró Noe, que con agitados ademanes casi gritó.
-La policía, viene la poli-.
Mario aceleró sus movimientos en la recogida de unas bolsas. Sonó un nuevo timbrazo que a los tres
sobresaltó.
-Vámonos. -Gritó Mario. E instintivamente corrieron a la metálica puerta trasera; en el mismo
momento, la principal de un golpe se abrió, recortándose en ella las siluetas de dos policías.
Sonaron varios disparos, vio como un policía se desplomaba, y caía ensangrentado al suelo. Entonces
corrieron tras los recortados setos: abriendo el camino de la huida él, le seguía Mario, que arrastraba
de la mano a una entorpecida mujer.
Cuando tras una carrera, asfixiado por la adrenalina, pararon un momento; al recomenzar la huida,
Noe no les siguió; volvieron a ella y la hallaron sin fuerza, con la expresión del dolor dibujada en el
rostro, alzaron la ensangrentada mano con la que oprimía su pecho y como de un manantial, brotó la
sangre; quiso ayudarla, pero Mario aclaró.
-Nada se puede hacer, sigamos. -Y le empujó hacia adelante.
Asustados corrieron, hasta llegar a un descampado, donde abrieron un coche y en rápida carrera
abandonaron la zona.

No se le iban del pensamiento, los momentos vividos. El brote de sangre en el pecho de Noe se
cruzaba con la caída del policía, que salvaba la distancia de aquellos amplios escalónes en el cual
estaba enclavada la entrada al local y la pequeña cocina.
-Si no lo mató el tiro, lo remató la caída. -Se dijo a sí mismo y aun en el trance del momento, una
sonrisa floreció en sus labios. Sin embargo los recuerdos retornaron, martirizándole el viaje.
Cuando recobró en parte el resuello, se había oscurecido la tarde, se distinguían ya la luz de los faros
sobre el asfalto, mientras árboles y casas en la lejanía se cruzaban con su mirar.
Mario por su parte conducía, fija la vista y en silencio; al rato aminoró un tanto la velocidad con que
hubieron salido de la ciudad.
Le miró y le encontró, frío, distante, absorto solo en conducir; le extrañó aquel comportamiento.
En varios momentos de su convivencia con él, hubieron momentos de risas, momentos de profundas
conversaciones, que normalmente remataba con un chiste, una gracia para según él, destensar la
conversación sostenida: pero también hubo momentos especialmente vividos con Noe, en los que se
transfiguraba en alguien frío y manipulador, con arranques de ira.
Mario giró hacia él la vista, y con una leve sonrisa preguntó.
-¿Qué tal?
-Bien. -Afirmó él, con un cúmulo de dudas, que ocupaban al completo su cabeza.
-¿Qué ha pasado?-.Preguntó con extrañeza.
-La pasma, que me quería quitar esto. -Aclaró Mario, y señaló un bolso que en todos los momentos
vividos había portado.
-¿Qué contiene? -Preguntó él inocentemente.
-Dosis de dinero. -Contestó el joven, mientras mostraba en el interior de aquel bolso un colorido
de circulares y pequeñas formas, que apareció ante sus ojos, empaquetadas según su color, en
plásticas y transparentes bolsas.
Le miró un instante a los ojos para confirmar.
-Hay un pastón tío. – y volvió tras ello a la naturalidad de siempre.
Era raro aquel joven, pensó para sus adentros y ciertamente había rarezas en su persona, una de ellas
era el no saber qué tenía coche, las pocas veces que se desplazó con él, lo hizo en taxi, en suburbano u
autobús, nunca creyó que él tuviera el vehículo propio, que ahora conducía.
La noche era totalmente oscura, cuando los faros del automóvil, iluminaron la fachada de aquella casa.
-Espera un momento, -dijo Mario. Y tras bajarse guiado por la luz, llegó a una puerta de baja altura,
pintada de un rojo carruaje, oscurecido por el tiempo; introdujo en ella un llavín y abrió.
La casa se iluminó en una rústica ventana de dos cristales por hojas, reservados del exterior por una
celosía de carcomida madera. Mario se volvió hacia él, y con jubilosa voz le animó.
-Venga, vamos.
 
Capítulo 19

Las sábanas estaban heladas; la cama estuvo hecha no sabía qué tiempo, y cubiertas por un grueso
plástico, que le había aislado de la humedad de aquella casa: ellos solo agregaron un grueso cobertor
y se acostaron, nuevamente los pensamientos volvieron a su cabeza, desvelándole el sueño que tanto
precisaba para olvidar tales recuerdos.
Sin embargo estos volvieron aguijoneándole el pensamiento con la imagen de aquella adorable mujer,
a la que quiso querer, y que dejaron abandonada sobre el césped, bajo un ramaje, como animal herido,
con el temor a la jauría de gritos y carreras policiales.
Sintió pena por ella y a punto estuvo del llanto, un fuerte dolor anido en su pecho y todos los
momentos vividos con ella, inundaron su recuerdo, sus risas tornaron a sus oídos y la sensual mirada
de sus ojos, encendieron sus deseos, pero junto a ellos también acudieron aquellas dudas, y especial su
muerte aunque no era la única, estaba involucrado al menos en una muerte, e incluso en dos, se dijo
así mismo; al pensar en el policía.

Cómo había llegado a eso: desde que conociera a Mario, las cosas le salieron mal. Pasó por su
mente como flashes fotográficos, momentos vividos con Mario: El calabozo donde le encerraron
hacía casi un año, la comida en Casa Pedro; nada más. Analizó aquellos momentos, para llegar a la
conclusión de que aquel joven no le interesaba.
Y al igual que anulara a aquellos mendigos que le entristecían, olvidándoles en su camino, habría de
hacer con Mario; sin embargo, temió el hacerlo, no sabía cómo lo tomaría. -No le caerá bien el
quedarse solo. -Se dijo a sí mismo. Profundizó en el tema y siguió con cierto miedo: Mario según lo
visto era capaz de todo. Fue él, el que egoístamente, negó ayuda a una moribunda, y el que disparó al
poli, quien le aseguraba que no le disparase también a él. Se sintió en peligro, llegó incluso a pensar y
a sentirse rehén. Si en algún momento se enfrentaban a la pasma, según él los nombraba, no dudaría en
refugiarse tras su persona.
Tenía que escapar de allí, no sabía cómo, pero habría de escapar, no le convenía aquel amigo.
Rendido por las horas, procurando no moverse del espacio de sábana que había con su cuerpo
calentado, se adormiló.

Despertó con la claridad de un lluvioso día, avanzada ya la mañana; le despertó el trasiego de Mario
en la cocina y el olor a café recién hecho, se incorporó de la cama apenas deshecha y con los pies
desnudos, se encaminó al baño.
La casa constaba de un amplio salón, comedor, cocina, del cual dos puertas daban acceso a una
habitación, la que él dejara, por otra se entraba al aseo, y que a su vez ofrecía entrada al cuarto de
Mario. La de salida a la calle y aquella ventana de cuatro cristales, que la noche anterior se iluminara
estaban enfrentadas a ellas dando entrada a la casa.
Tras el aseo, tomó asiento en una redonda mesa, en la cual Mario, dejó una humeante taza de café
negro, más una caja de rancias galletas y se sentó frente a él, junto a una encendida estufa, que
aportaba calor a la húmeda vivienda.
-Ahora si quieres, vienes a comprar algo conmigo al pueblito. -Dijo Mario mientras dejaba sobre la
mesa el tazón de su café, una vez consumido.
-No sé. -Contestó él, llevándose a la boca una humedecida galleta.
-¡si quieres!. -Concluyó el joven.
Alejandro pensó brevemente, en que aquella era la mejor ocasión para escapar, pocas más se le
ofrecerían por lo que debía de aprovecharla. Con desgana contestó.
-Mejor no, estoy cansado, no dormí bien. -Tras lo cual siguió su desayuno.
-En ese caso iré yo solo, compraré algo de comida, aquí queda poco, habrá que comprar pan, algo de
carne, pastas: y siguió enumerando, mientras Alejandro, ansioso por la llegada de aquel momento,
solo pensaba en el escape.
No conocía la zona, pero saldría de ella, consideraba tener buena orientación y aunque se perdiese, era
preferible al riesgo que corría junto a aquel joven, por lo que decidió tras la salida de este, iniciar su
propia andadura; el tiempo no le acompañaba, por ello trató de buscar solución y la descubrió tras la
roja puerta, donde unas prendas de abrigo permanecían olvidadas. Cualquiera de aquellos capotes, le
serviría para cobijarse de la lluvia.
Pensó también y temió por su escrito, lo solucionó con viejas bolsas de plástico, en las cuales
cobijarlo; estaba solucionado. Se asomó tras los cristales, e imaginó una ruta, mientras esperaba
pacientemente la salida de Mario.
Este, tras la tranquila fumada de un cigarrillo, decidió moverse; tomó uno de aquellos capotes y, con
una breve despedida, recorrió los pasos que le separaban del auto. Luego se perdió tras la cortina de
fina e incesante lluvia.
Él abandonó a continuación la casa, arropado en gruesa pelliza y cubierta su cabeza por el gorro
improvisado con una bolsa. Olfateó el aire, por tratar de encontrar en él la dirección necesitada, se
decidió por la dirección opuesta a Mario. En el camino de ida, no recordaba haber pasado por ningún
pueblo, además en aquella zona, existía suficiente arboleda, donde mimetizarse con el paisaje.
Decidido echó a andar, buscando lo ascendente del camino, en espera de llegar a un altozano desde el
cual orientarse.

La fina lluvia hacia resbaladizo el camino obligándole a pisar sobre la hierba, procuraba así el no caer
en la empinada cuesta. Llegado a la cima del montículo, oteó el horizonte.
Un rebaño de ovejas en la loma vecina, con el pastor cobijado bajo un roble, de la incesante llovizna,
que si bien no era un aguacero, calaba hasta el hueso, nada más llamó su atención, siguió recorriendo
con la vista el paisaje, hasta encontrar en la lejanía, el corte ilógico de un pequeño monte, de ello
dedujo el corte regular de maquinarias, para permitirle el paso a la lengua de asfalto que forman las
carreteras; supo con seguridad que allí la encontraría y hacia allá encaminó sus pasos.
Conforme avanzaba, se le allanaba el camino; dejó en su andar bosquecillos arbolados, salió a una
superficie de tierra baldía, habitada de rastrojos secos y marchitos, bordeó tierras de labranza, donde
una gran extensión de tierra, acanaladas al largo, ansiosa, absorbían el agua de la lluvia.
En su mente solo una idea, llegar a aquel lugar. Llevaba más de dos horas andando, probablemente en
esos momentos habría llegado Mario y descubierto su ida.
¿Qué habría pasado?, ¿cuál habría sido su reacción?. Lo ideal desde su punto de vista sería, que al
igual que los mendigos, siguiera el camino, o quedase varado sobre un banco. ¿Reaccionaría así
Mario? Supo o imaginó cual habría sido su reacción, salir a buscarle, pero sin lugar a duda, iría en
coche. Sintió escalofrío de temor, a poder encontrarlo en aquella carretera hacia la que se encaminaba,
temió al pensar en la reacción de aquel joven, lo imaginó en uno de sus arranques de ira y no dudó en
que le disparase. Tendría que estar atento.
Con esa zozobra en la mente, continuó el camino hasta a lo lejos divisar la silueta de un vehículo, que
cruzaba el paisaje; era un coche, luego entonces estuvo acertado; aquello animó su andar incluyendo
algún salto para esquivar la encharcada tierra.
En pocos minutos distinguió el gris del asfalto y momentos más tarde, piso la grava de sus orillas.
Una vez en ella se sintió aliviado, aunque le asaltó de nuevo la duda. ¿Hacia donde ir?, ¿qué dirección
tomar?, nueva decisión y como siempre, la elección de la cuesta arriba. Aunque la carretera era
completamente plana, en unos de sus extremos el horizonte se alzaba hasta morir entre montañas. Esa
sería su dirección.
Desde pequeño, la que fuese su madre le inculcó siempre luchar contra la adversidad, escoger lo duro,
lo difícil, de ahí sus decisiones ante cualquier circunstancia, por lo que se decidió hacía aquella
dirección, que además pertenecía al arcén en el que se encontraba.
Varios coches pasaron, exprimiendo con sus ruedas el asfalto para expulsar hacia fuera la centrifugada
humedad en brote de salpicaduras. De todos llamó la atención, rogó con su dedo el ser llevado, fue un
fracaso.
El agua debilitó su caída y unos tímidos rayos de sol, se abrieron paso entre las nubes, que dibujaron
contornos de luz, sobre la extensa pradera.
Después, un coche, el chirriar de una frenada; alguien le había parado, corrió por el arcén hasta
ponerse a su altura, tras ello, la abertura de una puerta y un:
-¿A dónde vas?
 
Capítulo 20

Se quitó la gruesa pelliza y tras sacudirla, dobló la humedad en su interior; alisó sus cabellos, con la
bolsa ya tirada y entró en el vehículo; para junto a su:
-“Hola”. -Oír un:
-“No era necesario”. –Que dijo aquel hombre, ante su desabrigo.
Se acomodó en el asiento, mientras el coche iniciaba la marcha, incorporándose de nuevo a la
carretera.
-¿De dónde vienes? -Preguntó el conductor, que hubo por un instante, apartado sus ojos hacia él.
Tenía una mirada fría, de un gris metalizado, el rostro cuadrangular de formas y rasgos duro, bajo
unos repeinados y engominados cabellos, plateados en sus sienes.
-¿Qué contestar? -Se preguntó, e inició su excusa: Antes la necesidad del viaje, se encontró, con una
avería, por lo que según él, había iniciado el camino.
-No he visto ningún coche averiado en la carretera, -observó aquel hombre.
Se sintió un tanto cohibido, - ¿Cómo seguir?-. se preguntó. Y prosiguió su excusa, utilizando en parte
la verdad para ello.
-No estaba de viaje, estaba en casa; vivo cerca, tras cruzar un poco el campo se llega fácil a la
carretera, por ello me decidí y gracias a usted, inicio el camino. -Confirmó, con placidez en las
palabras.
El conductor volvió los ojos hacia él y en ellos vio reflejada la curiosidad.
Por unos momentos el silencio reinó, se relajó su mente y volvieron a ella infinidad de recuerdos, e
intercaladas preguntas. La principal de ellas, qué hacer tras su retorno, visitaría los antiguos lugares,
trataría de encontrar a los viejos conocidos, en quienes refugiarse. y sus recuerdos, como soñados,
pasaron ante él.
Despejó su ensoñación, la incorporación del vehículo, al reducir su rápida marcha, en una estrecha
salida, que conducía a una zona de descanso. Una vez en ella, aquel enchaquetado señor, bajó
diciéndole:
-Bajemos a tomar algo, aún queda un buen rato.
No supo qué hacer y por inercia salió del coche; al hacerlo, miró a aquel hombre, que se colocaba
bien la chaqueta, para dejar ver en el movimiento, la acerada forma de una pistola, aprisionada en
cartuchera sobre su costado izquierdo.
Se sintió sorprendido, había pensado de él, que era algún comerciante o empresario y aunque
inquisitivo en sus preguntas, una persona normal, sin embargo. -¿Aquel arma? ¿Quién era aquel
hombre? ¿A qué nueva vivencia le arrastraba la vida? O todo aquello, no eran más que alucinación
en la mente de un escritor. Tal vez seguía siendo Miguel y en algún momento, despertaría de aquel
terrible sueño.
Echó sobre sus hombros la desdoblada pelliza y se unió, un tanto rezagado, al paso enérgico de aquel
sorpresivo individuo, que con fuerte pisar, se dirigía a las acristaladas puertas, de un hostal de
carretera.
En el trayecto, al meter las manos en los bolsillos de la pelliza, hizo el descubrimiento: no tenía nada.
Aparte de unas galletas, cogidas en la casa y el paquete de su escrito, nada mas poseía.
La lógica según su convicción, en agradecimiento al viaje, sería el hacerse cargo de la cuenta, sin
embargo él, ni un café podía permitirse, ¿Qué hacer? Siguió sumiso a aquel hombre, que en vez de
hacia la barra, giró sus pasos hacia el comedor, donde montadas mesas en verde mantel, esperaban
dispuestas al comensal.
Le agradó la idea, de hecho la ideal disposición de aquellas mesas, despertó su apetito y las tripas
rugieron en su barriga. Pero él no podía permitirse aquello, ni consentir el gasto de aquella persona.
Tomaron asiento y un joven camarero, de largo y blanco delantal, les ofreció unas cartas, forradas en
cuero verde, combinado con las mesas y el ambiente de un acristalado espacio, con apabúllate verdor
de exóticas plantas.
Miró a aquel hombre, encontrándose con sus escrutadoras pupilas, de metálica frialdad.
-Yo… No pensaba. -Balbuceó con timidez.
El conductor le sostuvo unos segundos la mirada con una leve sonrisa, que a él le pareció despectiva,
para luego confirmar.
-Tranquilo, pide lo que desees, invito yo.
Aquellas palabras, le produjeron tranquilidad a su desasosiego y un tranquilo suspirar se escapó de su
boca aportándole la necesaria paz.
Abrió con decisión la carta e imaginó los platos en ella ofrecidos, corrió la vista por las verduras y las
carnes, en los que analizó sus precios. No le agradaba resultar abusivo a aquel hombre, que aún en su
extrañeza, tanto bien le acarreaba.
Se decidió por un cocido, dividido entre dos platos, compuesto el primero de garbanzos y verduras
cocidas, seguidas de la carne, tocino, embutido y hueso, que componía el segundo plato, o la “pringá”.
Por su parte el acompañante, pidió una ensalada y un buen trozo de asado de buey, era de los más
caros platos que la carta señalaba. Y todo lo regó con un aromático Rioja, que alegraba el paladar y la
garganta: tras ello, buen café y un cigarrillo. Satisfecho el estómago, entre volutas de humo, inició la
conversación.
-¿A qué te dedicas? Alejandro. ¿Me dijiste llamarte así? ¿No? -Tres preguntas que aturdieron su
pensar, y nuevamente la duda. ¿Qué contestar?, fantaseó con su sueño y orgullosamente confesó.
-Si, y soy escritor. -Dijo al señalar los folios posados en una silla. -He escrito una crítica sobre la
discriminación en esta sociedad…. Se arrepintió al momento, de haber pronunciado tales palabras.
No conocía a un hombre, según su apariencia, de gran poder, con una pistola encima, al que él le
hablaba de discriminación, no, no debería de haber dicho aquellas palabras que su ímpetu bohemio,
y su orgullo le hicieron pronunciar.
A su acompañante no pareció influirle su contestación y volvió a preguntar.
-¿Vives de ello? -Nueva pregunta inquisitoria, de aquel hombre, al que aun sintiéndose hacía él
agradecido, le empezaba a exasperar.
-No es el primer escrito… y entre unos y otros, se va tirando. -Mintió.
No podía ni debía explicarle a él, que lo que había recogido en la carretera, era un hombre sin destino,
destinado a vagar; cómo explicarle la situación en que vivía, cómo hablarle de aquel Miguel, dudoso
ya en su propio pensamiento.
Miró a los ojos a aquel hombre y con tristeza, sonrió.
-No soy muy lector. Aunque últimamente estoy interesado en ello-Confesó el otro, mientras sin
piedad oprimía el cigarrillo en el cristal del cenicero, dando así solución a su momento, después
continuó con un - ¿No conocerás tu a un escritor llamado Miguel Segura?.
Aquello le sorprendió, para que podía buscarle un hombre que usaba pistola.
-No contestó dubitativo.
-Quisiera encontrarlo.
-¿por qué?. Se atrevió a preguntarle.
-Bueno, se encontraron unos papeles escritos, junto a un cadáver, y estamos interesados en saber que
ocurrió.
-Estamos, repitió él, mientras en su mente afloraba el recuerdo del Dani.
-Nosotros la policía.
Se tensó sobre el asiento comprendiendo ahora el porque de la pistola y las incisivas preguntas de
aquel hombre.
-¿Nos vamos? – Dijo este y señaló la salida con la indicación de su cabeza.
De nuevo en el viaje, la misma carretera y similar paisaje. Apoyó su cabeza en el respaldo y giró la
mirada hacia la lejanía, mientras en su mente divagaba sobre la pregunta hecha. Porque le buscaba
aquel hombre, deseaba indagar sobre ello, pero temía el despertar su sospecha motivo por el que
prefirió callar.
-¿A qué parte de la ciudad vas? -Oyó preguntar tras largo silencio, al acompañante; con aquella
forma tan peculiar de querer informarse de su vida. ¿que le importaba? pareció gritar su pensamiento.
Contuvo el coraje de aquella respuesta y sumisamente contestó, tras girar hacia él con dejadez la
mirada.
-Me es indiferente, donde le venga bien, una vez allí, te desplazas fácilmente.
-¿Por dónde paras? -Preguntó de nuevo aquel incómodo compañero, nuevamente las ganas de
gritarle. ¡Déjame en paz! Y de nuevo lo humillado en su respuesta.
-En distintos sitios. Lo dijo con tristeza, mientras pensaba en aquellos lugares en que durmió.
-No tengo casa en la ciudad, resido en la de amigos. Mintió.
-Gentes de tu gremio, me supongo; escritores y poetas, gentes bohemias. -Solucionó con su deducir,
la respuesta, a lo que él burlonamente agregó.
-Y algunos editores. Pensando en las reuniones intelectuales de su amigo y editor, Ramón.
En silencio continuaron, hasta llegar a los primeros edificio de la gigantesca urbe, se aminoró la
marcha del vehículo y la tensión del conductor, en un estiramiento de hombros, contra el respaldo.
-Llegamos. Concretó con un suspiro, y acercó el vehículo a la acera, hasta sentir contra ella el roce
del neumático.
-¿Te va bien aquí? -Que dijo aquel hombre, al parar el coche antes una acera. Sonrió y a
continuación con un:
-Si gracias. Dejó el vehículo, con aliviado suspiro por la tensión mantenida, preocupado del porque
le podía buscar la policía, aunque no tenia problema, el se llamaba Alejandro
 
Llegado de nuevo a la ciudad, la tarde decaía, y tornaba por ventoso anochecer, la lluviosa mañana.
¿Hacia donde ir?, pensó un momento e inició de nuevo el pisar de sin destino, el vagar ya conocido.
Se encontraba cercano a las tubulares camas de Paco el gordo: dudó un segundo si tomar aquel
camino, no le apetecía volver a verlo, sin embargo ante su proximidad, concluyó por dirigir sus pasos
hacia aquella meta.
Encontró la escombrera, donde algunas noches descansara. Divisó desde la acera, varios mendigos,
a la luz y el calor de una hoguera; trató de identificarlos, sin conseguirlo, al menos la obesa figura del
gordo estaba ausente y ninguno de aquellos tres hombres le resultó conocido.
Aparte de la imagen, aferrada a sus personas como mendigos, el temor de no conocerles le impulsó
a renunciar aquel contacto: no le inspiraron confianza, por lo que distrajo la mirada, sobre los
enmarcados colores de la alta pared y continuó sus pasos con la intención de pasar inadvertido,
mientras pensaba dónde refugiarse de la incipiente noche, que, a agigantados pasos, cubría de
oscuridad las desoladas calles.
-Buscaré un cajero, -se dijo a sí mismo. -Aún conservo la tarjeta-. Se confirmó, y palpó en el
bolsillo trasero de su rubio pantalón de recia pana, el poco abultado volumen de su cartera. Tras
confirmarlo, siguió sin prisas su caminar, en el fondo disfrutaba del paseo. En su tierra norteña,
bregaba con el viento, desde pequeño se acostumbró a luchar contra él. El sentir frente a su pecho la
fuerte ventolera, el dominar su fuerza y sentir tensarse su piel con el esfuerzo, le agradaba, por ello no
le importó continuar adelante.
Se guió en las esquinas, por el aire que soplara, o las consabidas cuestas del terreno: anduvo y
anduvo, pasó cerca de la editora de Ramón y tomó por un momento asiento, en el mismo lugar, que
tantos meses atrás llorara su extrañeza. En él recordó la pequeña plazoleta fortificada de viviendas,
donde, lo recoleto del lugar y el bullicio del gentío que hasta altas horas la transitaban, aportaban un
cierto calor.
-Donde conocí al canoso. -Se dijo para sí.
Lo dudó un instante, no tenía por qué esconderse de aquel tipo, recordó el momento de la ventanilla
de aquel vehículo, conducido por la dueña de su casa, recordó su mirada en casa Pedro y se sintió
reconocido por un hombre que era el canoso, a exención de su adecentada vestimenta.
No se fiaba de él, pero no le tenía temor alguno, de hecho, como de muchos otros, pasaría plenamente
de él.
Aquello le produjo ánimo y alzándose se encaminó hacia la plaza, anduvo calles conocidas, piedras
ya pisadas que evocaron de nuevo viejos recuerdos.
En breve se cumpliría un año de aquellos momentos, pensó en la salida del albergue, creía haber
terminado la miseria conocida, durante casi otro año, para encontrarse sin casa, sin familia, sin amigo
e incluso sin identidad: y embarcado en la duda, sin apenas percatarse de ello, llegó a la plazuela,
que, como siempre, encontró abarrotada de personas que aun con lo desapacible de la noche iban de
bullicioso bar a otro más bullicioso aún. En el rincón acostumbrado, la oscuridad de los mendigos,
fijos sus ojos en el pisar de las gentes; distinguió entre ellos algunas viejas caras conocidas,
envejecidas más aún, a pesar del poco tiempo transcurrido; vio caras nuevas, relucientes, jóvenes, que
como las conocidas estaban destinadas a envejecer en poco tiempo. Tomó asiento en el mismo escalón
donde durmiera la primera noche, y echó en falta su mochila, en ella quedaron sus pertenencias,
viejas ropas cogidas en la caridad de las monjas, o entre contenedores de basura. Solo conservaba sus
empaquetados folios y la gruesa pelliza, con la que cobijarse del frío.
Tendría que buscar algunas mantas con las que abrigarse en las noches, pensó; lo intentaría al día
siguiente.
Se sentó sobre el paquete de su novela, aislándose así del suelo y alzó el cuello de piel de la pelliza
para cobijarse del frío, después se adormiló en un sueño duermevelas; cuando acababa el trajín de la
recogida plaza, en el entresueño de aquel que esta inquieto y el tiritar de su cuerpo por el frío, ansioso
porque llegara el alba de un nuevo día, pasó la noche y, al rayar la aurora, más relajado, se durmió.
Corto fue su descansar, apenas unos minutos; le despertó el metálico sonido de los cierres de
negocios circundantes, en concreto fue el de un bar, de acristaladas paredes, salvaguardadas por una
reja extensible, que en su recogida chirriaba con un silbido agudo que dañaba el oído.
Despertó sobresaltado hasta descubrir el motivo, posó sus manos en la cabeza y con sus dedos alisó
los negros bucles, miró con ojos lánguidos la calle y un aburrido bostezo le abrió la boca, relamió los
gruesos labios con la humedad de su lengua y le apeteció un café.
Sus bolsillos estaban vacíos, solo unas galletas “chonias”, por llevar un día fuera de su lata; con
pereza cogió una y trató, como ratón, de roer su crujir, no lo consiguió y con desborono al morder,
metió en su boca casi media galleta. Las luces portentosas del bar, iluminaron sus cristaleras, aquello
llamó su atención y el deseo de un café volvió a su boca, reseca más aún por la galleta.
-¿Dónde conseguir lo justo para un desayuno?. -Se preguntó. Y el tañido de una campana le contestó:
animó al indigente con su sonido, él reaccionó, y alzándose en vertical sobre sus pasos siguió el toque
de llamada a la primera misa, que guió su caminar a aquel destino. Contempló en el girar de la esquina
un alto portalón de tallada madera, donde angelotes y santos de envejecido roble le esperaban, hasta
ellos llegó, se apoyó sobre el quicio de la puerta para lastimosamente extender su rogativa mano.
Beatas de negros vestidos, cubiertas sus cabezas de negro y fino velo, desfilaron ante él, y dejaron
con miradas despectivas a su paso, las monedas del diezmo con que limpiar sus almas. Muchas fueron
las pecadoras, que incluso a regañadientes, dejaron su limosna, con lo cual, en aquella primera entrada,
ofrecieron-le las monedas precisas del tan ansiado café.
Desanduvo sus pasos, hasta el acristalado bar; y en él con cierto pudor, entró hasta la lustrosa barra,
donde un viejo barman le atendió y, a su ruego, le trajo el humeante vaso de un café con leche.
-Gracias. -Contestó el joven, tras lo cual dejó en el mostrador el cúmulo de monedas conseguidas.
-¿Le importa si me siento en una mesa? -Preguntó, avergonzado en parte por su mísera apariencia.
-Para eso están. -Contestó con amabilidad el viejo barman.
Tomó asiento en lo más arrinconado del bar, para tratar de buscar intimidad en un escaparate, y
sigilosamente sacó del bolsillo las galletas, devorándolas con avidez entre los sorbos.
Entraron rápidos clientes, en su mayoría obreros, que tras un tibio café y la degustación de algún licor,
se incorporaban con urgencia a sus trabajos, perdiéndose en la entrada del suburbano con destinos a
sus empresas.
La amanecida luz, rivalizaba, con la reinante del bar, haciéndose esta ya innecesaria.
Abrió el paquete de su escrito y ojeo en él, algunas frases, lo apretó con fuerza sobre el pecho, en un
abrazo de alegre fantasía; toda su ilusión se encontraba en aquellos quinientos folios, que tras su
repaso y anotaciones, había crecido en número; soñó con su edición y con la fama, deseó ser
reconocido y envidiado: feliz.
-¿Quiere otro café?, -preguntó un joven delgaducho, de rostro menudo cubierto de acne, y con una
redonda bandeja bajo el brazo, devolviéndole con su presencia a la realidad.
-No, no gracias. -Contestó con rapidez y temeroso de ser molesto, recogió con urgencia su escrito.
-Le invita el dueño. -Agregó el joven.
Sorprendido le miró y tras él, al viejo barman, que desde la barra le saludó con una inclinación de
cabeza y una amable sonrisa.
Le conmovió aquel gesto, probablemente aquel señor, le había visto llegar la noche anterior y en el
mismo lugar lo encontró en la mañana dormido, sabía que era un perro callejero y aun así acarició su
lomo, se sintió aunque triste, feliz y aceptó con un: –Gracias-. Tan gentil invitación.
Volvió el joven con un nuevo y humeante café en su bandeja, acompañado este, de un minúsculo
plato y en él, la masa frita de unos churros.
Nuevamente se sintió conmovido y con una tímida sonrisa, agradeció el gesto, engulló con avidez el
nuevo desayuno y sosegado se reclinó sobre la mesa.
Trascurridos unos minutos, con la resaca de aquella amabilidad, parsimoniosamente, recogió su
novela y tras un sincero:
-Gracias por todo. -Salió del bar.
 
Capítulo 22

Aquel día, decidió acercarse a editoriales, para buscar información de un mecenazgo, vagó por largas
horas en la ciudad, hasta descubrir la imitación de un mercado medieval, donde disfrazados
mercaderes ofrecían sus productos; algunos tan innecesarios ya, como la fragua, donde herrar un
caballo. Saltimbanquis y equilibristas, tragadores de fuego y de sables, de llamativos y coloridos
ropajes, aportaban calor al gélido día.
Recorrió distintos tenderetes, donde artesanos ofrecían, por algunas monedas, sus trabajos, entre ellos
descubrió y reconoció el trabajo de Julio, aquel llamado pintor, que en meses anteriores conociera, los
dibujos eran suyos, aunque en distintos formatos; ahora pintaba sobre blanqueadas cajas, endurecidas
por colas y de distintos tamaños, desde la típica caja de puro, hasta las cajas de calzado infantil,
adornadas con coloridas escenas o personajes; valoradas cada una según su tamaño.
Era Julio sin duda, lo buscó y lo halló mientras hablaba con un tipo barbudo, de amplio y bombacho
pantalón; alegre al ver a un conocido, se acercó y a su espalda saludó.
-¡Hombre! Pintor. -Este se giró sobre sí y le miró con vidriosos ojos, tras unos segundos reaccionó,
con un:
-¡Hombre! El loco. -Y abrazó efusivamente su figura, como a un gran amigo, al que no viera en
mucho tiempo.
Por el cambio realizado en él, sin duda alguna, parecía haber transcurrido mucho, en tres o cuatro
meses, había desarrollado una oronda barriga, más una barba olvidada, de pelo oscuro y repeinados,
que le cubría el cuello hasta el inicio del pecho, sobre ellos, las boqueras salivosas de un borracho y el
delatante encendido de su mirada.
-¿Y qué tal todo? -Preguntó el joven, deshaciéndose dulcemente del engorroso abrazo.
-Bien. -Dijo Julio, afianzándose difícilmente en su verticalidad. Luego corrigió su respuesta, con un.
-Bueno, como siempre-. Divagó tristemente. -Mis cajas, mi royo, lo de siempre-. Concluyó.
-Pues te veo bien. -Falseó el joven. -Más lustroso. –Bromeó y palmeó el gran abdomen del pintor;
para con ello, intentar levantar su ánimo, que momentáneamente se hubo entristecido.
A este pareció agradarle y con sonrisa en sus babeantes labios, lo tomó del brazo, para iniciar el
alejamiento del de bombacho pantalón.
-Me uní a unos hippy-pollas. –Dijo, y bajó para ello la voz. -Me enrollé en esto, vendo en baratillos,
en ferias como esta, en fin, en todo sitio que puedo-. Finalizó.
-¿Lo ganas bien? Preguntó inocentemente el joven y el pintor, mostrándose un tanto incómodo, trató
de justificar su trabajo y con voz exaltada, explicar lo complicado de su labor.
-Hombre tiene su trabajo, date cuenta que las forro por dentro, las blanqueo con emplaste y cola y las
pinto… que nada más eso tiene su precio. -Finalizó así su retahíla, aparentando ofensa.
-Ya, si, por supuesto que tiene su valor. -Dijo el joven, con la intención de sosegar el espíritu herido
de aquel artista. El cual crecido en su ego contó sus ilusiones; la de sacar volúmenes al emplaste,
según el dibujo, para conseguir realzarlo más.
Cortó su conversación, la siguiente pregunta.
-Y a los demás, ¿los ves? -A lo que como un resorte reaccionó el borracho.
-Se murió el Dani. -Declaró como novedad especial.
-Si, lo sé. -Aclaró el joven, mientras a su mente llegaba el recuerdo del paralítico amigo.
-Lo encontraron en un solar, con el veneno clavado en vena. -Siguió Julio su narración, como en la
ensoñación del recuerdo. Terminada su innecesaria explicación, calló ausente.
Alejandro, al querer olvidar sus recuerdos, se refugió en un:
-¿Y los demás?
Julio, tras aparentar volver a la realidad, fijó en él la mirada para después alzar al aire un dedo y
rubricar, (gesto muy común en él).
-¡Si, el gordo! -Aclaró. -A ese lo metieron en la cárcel, o en un manicomio. Mató a su mujer.
Dijo con una burlona sonrisa. -El tío se pasaba los día afilando una navaja, la dejó como una hoja de
afeitar. -Afirmó, luego continuó. -Un día en una esquina esperó a su ex, y le cortó de un tajo la
yugular, luego se sentó a su lado y esperó a ser detenido. -Dijo en el inició la risa. -Como una cabra. –
Aseguró, y remató la carcajada.
El joven quedo atónito, aunque aquel hombre no terminó nunca de agradarle, no le consideró capaz de
aquella acción.
-Por lo menos ahora, la comida y la cama la tiene segura. –continuó entre risas el pintor, y frenó con
tal sentencia al joven en su pensamiento. El sonoro sonido de la nueva carcajada resonó en la plaza;
atraída por la risa, una vieja señora, de traje gris claro, encorvada por la edad, se paró ante el
tenderete, para preguntar por el precio de unas cajas; Julio pareció serenarse de golpe e ilusionado en
la venta se dirigió hacia ella.
El joven sacudió su oscura cabellera, para intentar eliminar las ideas. –Huff-. Bufó y volvió así, a la
realidad de aquel mercado. Al ver enfrascado al pintor que discutía el precio de una caja, intentó
alejarse de él. Tocó el hombro del amigo y comentó:
-Bueno artista, te dejo.
El pintor le miró con sonrisa picarona al no saber como tomarse aquel “artista”.
-Espera. -Le contestó. -Si ya paramos para comer, ayúdame en un rato a desmontar y nos vamos
donde el Pedro a comer algo.
La idea le agradó, toda la mañana estuvo andando con nulos resultados; ello le había impedido rogar
algún sustento, seguía como en el despertar, sin un misero céntimo en los bolsillos; por lo que no le
importó el abusar de aquel amigo y aceptar su comida; en tiempos pasados también él compartió con
los demás su miseria.
Aprendió eso de la mendicidad, entre amigos se apoyaban unos a otros y lo de todos era de todos.
Miró con lástima a su amigo, el cual en ese momento, cobraba el precio discutido, con la repeinada
vieja del traje gris, la cual le aportaba dos billetes al pintor por su pequeña cajita. Julio muy afable la
entregó envuelta en un plástico. Tras coger el dinero le miró, y sus ojos al amigo sonrieron.
El bullicio de aquel mercado decayó, y en breves momentos solos ellos, y los disfrazados personajes,
quedaron en el recinto, además de algunos similares a Alejandro, que esperaba el desmontaje.
Como una orden telepática, recorrió las mentes y al unísono, similares a mecánicos robot,
desmantelaron al completo la plaza, cada cual se hizo cargo de sus cosas y en un adiós o hasta luego,
tomaron distintas direcciones.
Ellos se dirigieron a Casa Pedro, sobrecargados con una mesa abatible y dos voluminosos bolsos de
rafia plastificada, imitación de una tela cuadriculada, con larga cremallera como boca, que, aun sin
pesar, resultaba incómodo el llevarlas.
Nada más verlos entrar el Pedro se encaró con ellos.
-Nada de eso, aquí no cabéis con tanta carga.
-Qué tal Pedro, -saludó Alejandro entre las bolsas. El gigantesco calvo le miró y sus ojos se alegraron
al verle.
-¡Hombre!, -contestó amablemente y bromeó al preguntar.
-¿Qué?, ¿te ha cogido como burro de carga? -El joven no supo si reír o mostrarse molesto por sus
palabras, pero reconoció la autorización aun sin decirlo, al paso; luego vendría el que no podía ser, el
que si todos metían allí sus mierdas, tendría que salirse él, el que era la última vez y la nunca cumplida
amenaza de prohibirles el paso.
Se sentaron en un rincón, e intentaron ocupar el mínimo espacio para solicitar la comida, sin
importarle la sorpresa que esta les causase; aquel día la sorpresa fue: un arroz cocido con fritura de
verduras y huevo revuelto, chorreado con tomate también frito.
Devoraron el primero en silencio, y tras llenar los vasos de oscuro vino, le preguntó Julio.
-Y ¿Dónde paras? -Lo miró, y sinceramente contestó.
-Un día aquí. -El otro allá, lo repitieron a dúo.
-Hombre, yo no tengo sitio, duermo en una habitación estrecha, con una cama estrecha, donde yo
mismo a veces me estorbo; en una casa compartida con tres o cuatro hippy-pollas; en la que una
noche, aunque no durmamos bien, te podría recoger, pero no más. -Se balanceó sobre la silla y alzando
el dedo al aire, decidió. -Así que si quieres, hoy te puedes quedar conmigo.
Él agradeció el gesto del amigo y aceptó, mientras Pedro dejaba un segundo plato de salchichas,
huevo y patatas fritas en rancio aceite. Tras ello, un café y la copa de licor ansiada por Julio; después,
nuevamente la carga de las voluminosas bolsas y el camino hacia la casa del pintor.
 
Capítulo 23.

Tardaron en dormir. Julio, apartado un tanto del pastillaje, se hubo encerrado en la bruma del alcohol.
En todo sibarita, poseía, el perfilado cristal de una bonita botella, en la cual su interior, por días, tenía
distintos colores, según el licor que contuviese; junto a ella, el cónico cristal de un pequeño vaso,
ornamentado con un dorado aro en su filo; ambos recipientes sobre plateada bandeja, marcada con
los diferentes círculos de los reiterantes movimientos que estos dejaron. Buscó en un ridículo, por
pequeño, armario, un vaso idéntico al suyo y ambos los llenó de un transparente licor, con visos
verdosos; ofreció uno al amigo y con un leve toque del fino cristal, brindaron.
No pensó en nada ni en nadie, no emitió siquiera palabra alguna, simplemente alzó junto al pintor el
pequeño vaso y tras ello, absorbió de un golpe aquel chupito de alcohol.
El sabor que el olor del estiércol produce, llenó su boca. Huff. Bufó, y sacudió la cara en ambos lados.
-¿Qué es? -Preguntó, con la voz quemada en la garganta.
-Absenta. -Dijo el pintor, con la placidez reflejada en el rostro. -Es bebida de artistas-. Prosiguió.
- Lo usan para pintar… - Tras ello, paró sus palabras en la morriña de la borrachera, y sonrió.
-Pues es fuerte, -Agregó el joven, mientras su bohemio compañero rellenaba los vasos. Tomaron uno
más y otro siguiente, rieron al recordar viejos tiempos, principalmente vividos con Dani; cayeron en
profundas conversaciones, sin respeto de palabra al oponente, hasta que borrachos, cegados sus ojos y
cansados sus cuerpos, cayeron desplomados sobre la cama.

Le resultó raro el despertar, la agudeza de un dolor punzante hería las orbita de sus ojos, bajo los
entrecerrados parpados, su cabeza, en blanda y arrugada almohada, sintió la aguda punzada; se
encontró inmovilizado en su parte izquierda por el infantil abrazo del compañero; del cual al querer
desprenderse de su peso, consiguió con ello desvelar el sueño del amigo, para que en un giro de este,
su cuerpo fuese empujado consiguiendo expulsarle de la estrecha cama.
Se apoyó sobre su diestra y evitó así la caída, para encontrarse sentado sobre un suelo enmoquetado
en rojizo; se alzó tambaleante y apenas sin abrir los ojos, salió de la reducida habitación, con el deseo
de desahogarse y adecentar su maltrecha figura.
Cuando volvió, Julio aún echado en la cama, habíase incorporado un tanto, para reponer la dosis de
aquel veneno.
-Para la resaca, -dijo, mientas alzaba en horizontal el dedo, con dirección al cabecero. Luego, un
nuevo sorbo y su turbia mirada sonrió. Le ofreció su mismo vaso a él, que alzándolo de un trago hacia
su boca lo consumió. Tomó asiento en los pies de la cama y tras un cariñoso roce sobre la pantorrilla
de pintor, le dijo:
-Me voy.
-¡¿Ya?! -Preguntó el ya borracho compañero.
-Sí. -Confirmó. -Tengo cosas que hacer, quiero ir a las monjas, para encontrar algo de abrigo y tratar
de conseguir principalmente, la entrada a la sauna, ahí puedo tener una seguridad y después…, aún
conservo la tarjeta del banco. -Le explicó un tanto triste al amigo. Este se incorporó trabajosamente de
la cama para quedar como él, sentado en ella, apoyó sus brazos en las rodillas y musitó.
-Loco… poco tengo, pero ya sabes… lo mío es tuyo. -Se alzó de los codos a las manos y concluyó.
-Dinero no puedo, pero ahí tengo algo de ropa y abrigo. -Señaló con dubitativo dedo, el ridículo
armario.
Dejó la casa, con una de las bolsas que había llevado, pero vacía, portaba solo en ella un jersey de
gruesa lana, una toalla y el paquete de su escrito.

De la caridad comió un bocadillo, tras mantener una cola de veinte o treinta minutos; consiguió
también la gruesa manta que acaparó el espacio al completo de la bolsa. Luego anduvo y con la mirada
gritó socorro a las gentes, suplicó misericordia y en apenas cinco horas, lo consiguió.
Obtuvo suficiente para la sauna, en la cual consiguió más, lo justo para una buena comida; además
de la entrada del siguiente día. Pensó en cenar en un pequeño restaurante, por el disfrute de ser
servido, pero en el pensamiento se cruzó el recuerdo de Julio, la imagen, aunque desastrosa de su
amigo, no le pareció tan desagradable; el pintor siempre se había buscado bien la vida, siempre le
recordó feliz y sonriente, principalmente cuando coincidía con Dani, incluso ahora, encerrado en la
cárcel del alcohol, resultaba sonriente, feliz.
Y llegó la tentación: disfrutar del ser servido una noche, o buscar el reír del amigo; dudó, no sabía
hasta qué punto volver a la situación anterior y al igual que en la ornamentada botella del pintor, los
colores del licor, cambiaran en su interior. La justificación: aquel alucinante líquido que inclinaba
hacia el arte al espíritu; eso pudo con él, y con la intención como escritor, de mejorar su arte,
sucumbió a la tentación, para decidir así, parte de aquel dinero, invertirlo en absenta.
Tras la sauna, se movió por la ya concurrida plaza donde amaneció, y después de terminar de consumir
la segunda cerveza, que en agradecimiento a la generosidad demostrada en la anterior mañana, había
pedido en el acristalado bar en que fuera invitado; buscó la pequeña bodega, donde antes compraba el
vino, por ver de conseguir en ella, el licor deseado: Justo en la más alta estantería, cubiertas de polvo,
la encontraron; tras limpiarla, aquella mujer grande de cabellos plateados, se la entregó envuelta en un
papel, con picarona sonrisa en la mirada. Pocos pasos dio y consiguió desenroscar el tapón, sorbió de
ella, y notó el calor correr por su garganta hasta su pecho.
-¡Ooooh!. Exclamó y alzó su boca hacia el cielo después con un. -¡Oh!. Seco, bajó la cara al suelo.
Anduvo y desanduvo la plazoleta, colmada ya de bulliciosa personas, se recreó en las felices caras,
trató de imitar sus risas y alegrías, rehuyó la mirada del rincón de los oscuros, e intentó inútilmente
codearse con las felices personas, que a su dudoso andar, apartaban sus pasos, permitiéndole así la
comodidad del balanceo con que su cuerpo se movía.
Aun en su sensación de ausente, se sintió seguido. Buscó al productor de aquella impresión y
descubrió la figura de un hombre, de cabellos totalmente blancos y arrugado rostro, le sonó su cara,
aun sin saber relacionarlo; y envuelto en el movimiento de un nuevo trago, apartó la mirada, casi
cegada ya por la bebida.
Siguió su deambular, sintiéndose por momentos agobiado del gentío, que aún permitiéndole el andar,
había dejado ya de mostrar el espacio de respeto que momentos antes le ofreciera.
Buscó por ello, el frescor de las calles más apartadas y se introdujo en estrechas callejuelas apenas
transitadas. En ellas la sensación de ser seguido volvió de nuevo a él y nuevamente al buscar halló la
macilenta cara del seguidor, que al sentirse observado, toqueteó con morbo su entrepiernas, mientras la
lengua recorría sus resecos y arrugados labios.
Comprendió aquella contraseña y la aceptó, esperó que se acercasen a él los pasos de aquel hombre,
pero este lo dudó y giró su cuerpo hacia un costado, e introduciéndose en un portal, agitó de nuevo su
bragueta.
Dubitativo se dirigió al portal, recordando en el trayecto la cara de aquel viejo, era el mismo que en la
sauna, tocaba con ansias al Dani, recordó su desnudez y en partes le repelió, pero el pensar en su
gruesa cadena de oro, le animó: sin duda alguna, podría conseguir un buen dinero, por lo que decidió
con la máxima prontitud conseguida, entrar tras él en el oscuro portal. Con el consentimiento en la
excusa de conseguir la gruesa cadena, acepto su insinuación, y tras eyacular en el calor y la humedad
de su boca; después de tirar de ella, con dudoso paso corrió hacia la calle, y tras unos instante,
extrañado en parte de no ser seguido, se escondió en otro portal desde el que oyó las aceleradas
pisadas, y las llamadas de auxilio de aquel repulsivo viejo.
Fue al salir, con satisfecha sonrisa entre los labios, después de muchos minutos escondido, cuando
ocurrió aquello: ansioso por orinar, se resguardó en la unión de dos vehículos y se desahogó, mientras
salpicaba de orina los perniles del pantalón, no le importó, ya se habían mojado, por lo que era
innecesario preocuparse por ellos; subió con dificultad la bragueta y en el movimiento, desequilibrado
por el voluminoso bolso, su cuerpo se balanceó hacia adelante, trastabillándole un pasó, que para no
caer hubo de dar, en el justo momento en que el frenazo de un coche rechinó.
Enderezó su cuerpo hacia atrás, mientras el vehículo cruzaba ante él, al pasar la cara enfadada de una
mujer le gritaba, miró sus ojos y al momento la reconoció, era ella. El corazón se le aceleró por la
sorpresa y el inicio de la alegría, quiso reír en sus gruesos labios.
-Cómo es posible. -Se preguntó a sí mismo. No podía ser ella, pero lo era: él la había visto en puertas
de una muerte segura, recordó el brotar de la sangre en su pecho y el apagar de su mirada; no podía
ser; aquella joven que se había cruzado con él, era ella, Noelia, cómo era posible.
El flash de su mirada, se hubo alojado en él: todo el pensamiento, se centraba en ello, no podía
creerlo, pero sabía que lo era. -¿Como pudo salvarse?-. Se preguntó. Y la burbujeante sangre sobre su
pecho, le cegó. No comprendía.
Recordó el haberla visto anteriormente, subir a aquel coche, aquello también fue una rareza, tal vez
aquella joven nunca murió, quizás todo fue fingido, pero por qué motivo, no tenía nada, no era nada,
por lo tanto, por qué ofrecerle aquella muerte. Sacudió sus largos cabellos, en la suplica de olvidar
aquellas duda, su cuerpo se balanceó, pero aun en su estado de embriaguez, trató de reaccionar.
Suspendido en la idea de no caer, se apoyó en un vehículo y así consiguió recuperar el equilibrio,
quiso volver a recordar lo recordado, pero su cansada mente no reaccionó, buscó algún lugar donde
resguardarse y dormir, y procuró alejarse de aquel portal en el cual, a un viejo enjoyado se hubo
entregado.
 
Capítulo 24

Despertó en un día gris y lluvioso. Recordó su niñez tras los cristales de una ventana, sobre la vista de
una campiña de intenso verdor; fueron desapacibles ambos días, pero al igual que de pequeño, le
apeteció correr por la pradera. Aquella mañana estaba contento, en la bruma del recuerdo buscó el
sueño mantenido, había soñado con laureles y gloria, con el triunfo, le cegaron los flashes y le
aturdieron las entrevistas, le habían concedido los mayores premios, mantenía culturales tertulias
donde en máximo respeto era oído y admirado: fue feliz.
Se apoyó para alzarse sobre la botella y tras conseguirlo, tomó de los pocos sorbos que le quedaban,
pensó en Julio y comprendió sus borracheras. Vagó por las calles e intentó resguardarse de la lluvia,
refugiándose y en torpes carreras de portal en portal; en su recorrido encontró la amplia entrada de un
supermercado, donde, a parte de cobijarse, podía conseguir algún dinero. Abrió puertas y sostuvo o
ayudó con las cargas, consiguió algunas monedas por las que al guardarlas, descubrió en el bolsillo la
gruesa cadena de oro; se sorprendió sin saber cómo la había conseguido, no supo cómo, pero lo
importante era el tenerla; similar a fogonazos de luz, su mente reflejó la imagen de una cadena de oro
sobre el cuello de la canosa cabeza con que jugara: le asqueó aquel recuerdo.
El agua decaía su fuerza y decidió irse. En aquel momento una señora empujaba un carrito, al que él
ayudó a llevar a un cercano coche aparcado, no buscó propina por su gesto, no necesitaba dinero, sin
embargo aceptó la moneda extendida hacia él y la que el carrito portaba, al dejar a su elección el
devolverlo.
Por no necesitar aquella moneda y precisar dejar de cargar el voluminoso bolso, eligió el quedarse
el carrito e inició su vagar acompañado por su chirrido. Pero alegre al pensar el dinero que la cadena
podía proporcionarle.

El sueño con la fama tornó a su recuerdo y enfatizó su ánimo para erguir su figura, desde pequeño
había soñado con ella, lo descubrió a la edad de tres años, estuvo distrayéndose, con historietas
infantiles, una de ellas fue la que despertó en él aquel deseo, fue el ver cómo un crío pintarrajeaba
sobre una pared un monigote, éste cobró vida y perseguía al niño por las paredes.
No sabía si lo leyó o simplemente con la visión de aquellos dibujos, comprendió la idea y esta le
fascinó, el poder crear con sus manos algo de vida, le encantó, fue aquel día cuando le dijo a su madre
que quería ser artista, con una voz inocente que apenas pronunciaba bien, en contraste la voz segura
de su madre.
-Pues te morirás de hambre, porque los artistas triunfan tras su muerte. -Recordó las exactas palabras
y el, su muerte, como un eco, se le repitió en el cerebro.
-Tal vez era cierto. -Se dijo a sí mismo. -Tal vez debiera morir, para alcanzar el sueño mantenido.
En solo un momento, el pensar egoístamente en no disfrutarlo, el no sentirse admirado, e incluso
envidiado, no le agradó, todos aquellos años, deseó ser reconocido y no poderlo gozar le decepcionó,
desechó por ello aquel. -Hasta que no muere-, que su madre predijera.

Una racha de viento despejó su mente, era finales de un otoño, frío y ventoso, presagiador de un crudo
invierno. La próxima navidad hubo adornado ya los escaparates de coloridas luces, y los cantos
navideños dejaban ecos en el aire. Él, más que andar paseó por las calles, entre sorbo y sorbo de la
repuesta botella; entre los cantos y algarabía, sintió como se apoderaba de él, el espíritu navideño y
la nostalgia familiar le atormentó. Retazo de momentos, detalles recordados a través del tiempo se
fraguaron en su mente, el recuerdo de unos tíos y primos, de carreras y juegos, solemnes y simpáticos,
se mantuvieron en él por momentos, nada guardaban entre sí, a excepción de que todos pertenecían a
Miguel; sus recuerdos, eran los suyos, no pertenecía al tal Alejandro del que ahora se vestía. Los
primeros recuerdos de este eran aquellos en que perdió su identidad, pensó en su casa y comprendió
que, ciertamente, la casa había cambiado, sin embargo, la vista de su ventana no, allí estaba el mismo
jardincillo con el retorcido olivo en su centro, los mismos techos y fachadas que siempre vio, su casa
había cambiado… pero no su ubicación: esos fueron los primeros recuerdos de Alejandro.
Sus sentidos, aún en extrema borrachera, se estacionaron en aquel día, evocó la semblanza del
conserje, la de los dos trajeados policías, recordó el brillo de sus placas y, por último, aquella mujer
que le cediera el paso en su propio hogar, luego la detención y cuando uno de aquellos policías
secretas le devolvió el documento.
-Ahí fue el cambio. -Se dijo, embobado por su deducción. -Pero ¿por qué?, con que intención.
Discurrió en su razonamiento, y llegó a sólo una salida: un rapto, ¿pero quién?, todo el tiempo fue
libre, nadie le retuvo; además el dinero lo pedirían a su madre. ¿Cómo contactar con ella?, de ser
cierta su existencia; podría intentar volver a su tierra, aquella patria chica, de viento y piedra donde
se criara, ¿pero cómo volver?, ¿con qué costearse tan largo viaje, sin estar seguro de los resultados?;
tal vez siempre fue Alejandro y en algún momento, en algún tropiezo, perdió su pasado; sabía que no
era quien creía, lo había visto con sus propios ojos, al dorso de aquellos trabajos, que pensaba suyos.
-Ohhh. Clamó en un suspiro al cielo, con el ruego de olvidar aquel momento.
Lo olvidó momentáneamente, recreándose en varios sorbos de la botella; pero terminados estos,
nuevamente le aguijonearon.
¿Cómo escapar de ellos?, ¿cómo sacudir tan angustiosa locura?. Se apoyó en el tirador del carro y con
la mirada clavada en el suelo dejó caer sin fuerza su cabeza entre los brazos, no supo cuanto tiempo
estuvo así, ni le importó nada del trasiego circundante; cuando se incorporó, se le incrustó un pesar
en ambas paletillas, el dolor corría por su cuello y en su espalda por la columna, haciéndole más
difícil el empujar del chirriante carrito.
Anduvo con rumbo fijo hacia la plaza y al llegar a ella se cruzó con el canoso, él no había sido
visto, por ello, sin saber bien por qué, se agachó tras el carrito, e impidió así que este le viera.
Los recuerdos de aquel personaje le atosigaron; la imagen de su conversación con la dueña de su casa,
después, en casa Pedro, donde sus ojos le reconocieron y lo extraño de su vestimenta, sin llevar el
raído y sucio jersey junto al mugriento pantalón, aquel tipo desde un principio no le hubo agradado
y ahora, al aunar sus momentos, le resultó sospechoso: no debía verle.
Escondido estuvo hasta observarle desaparecer tras el cruce de una calle. Ese fue su momento: se alzó
y aceleró su dudoso paso, para tomar la dirección opuesta a la cogida por el canoso.
Pensó, algo más sereno de su etílico estado, por la sofocación pasada; y en la intención de olvidarle,
bebió con ansias un gran trago, que hasta a toser le obligó.
Luego en el mecánico movimiento de sus pasos, decidió buscar aquellos tubos donde, junto a Paco
el gordo, varias noches durmiera.
Llegado a estos encontró vacío el solar, solo un sucio y blancuzco perro recorría su perímetro; el cual
al verle, corrió con alegría hasta su persona, con nerviosa agitación en su rabo.
Una vez en los tubos, en el mismo lugar del obeso, aparcó sus pertenencias y en la misma piedra del
primer día volvió a sentarse, recordó haberse visto reflejado en él y comprobó que ahora lo era, solo
le faltaba el eterno afilar de la navaja y el hija de puta, mordido entre los dientes.
Se dio pena y tras sentir en su hinchada mano el lamer de aquel perro, acarició sin asco el sucio lomo
para embarcándose en la pena desesperadamente llorar.
También el animal pareció entristecerse y alzándose de patas, apoyó las delanteras en él, mientras
dejaba escapar un triste y largo aullido.
 
Capítulo 25

Llevaba veintidós días, veintidós días de diciembre, recobrado de nuevo por la miseria.
Hundido en el fondo de un pozo, donde, cada vez el agua asfixiaba más su boca; abocado a una muerte
segura, sin escape alguno.
Desde su incorporación de nuevo a aquella vida, tras dejar al insistente policía, hubo caído otra vez en
las garras de la ciudad, sin remisión, se dejó llevar hasta ese veintidós día; en el cual por primera vez
en la calle, durmió profundamente; le despertó el monótono soniquete de la lotería nacional, supo que
la navidad había llegado, ese seria su último día. La anterior noche fríamente lo pensó y decidió poner
fin a su existencia: lo decidió repentinamente, tal vez por ello su profundo dormir.
La idea del suicidio se barajó en su mente algunas veces, rechazadas todas: no podía o no quería
renunciar al reconocimiento de su labor; ahora, al aceptar la imposibilidad de editar su obra,
intentaría dar el paso decisivo para que fuera leída; despreciaría los laureles que a él pudiera
proporcionarle; como su madre de pequeño le dijera, eso se alcanzaba tras la muerte, por lo que no le
importó en absoluto tan trágica decisión.

El famélico perrillo, asociado a él, varias noches anteriores, desenroscó su cuerpo, a los pies de su
cama, en el tubular cilindro y tras un estiramiento de su cuerpo, saltó al solar, permitiéndole así salir
con cierta dificultad de aquel encierro.
Mientra expandía generosa meada, en la colorida tapia, escribió sobre ella, aquí vivió y firmó y
rubricó como, Miguel Segura.

Lluvia de millones prometía el día, no para él, la suya era otra lluvia, aseguradas por negros
nubarrones que cristalizaban de gris esa mañana.
Ató con cuerda al chucho en el carrito. Apuró el absenta en un sorbo, recordó al pintor y brindó al
aire, con un. -Por la resaca- entre los labios. Desenredó con tirones su enmarañado cabello, repeinó
y alisó con los dedos su espesa barba, tornó al carrito y tras lacónico recorrido visual de sus dominios,
inició con decisión sus pasos finales.
Era inconcebible la sensación de seguridad que le embargaba, sorprendiéndose en parte a sí mismo,
con aquella sensación vagó las calles. Poseía algunas monedas, de la mal vendida cadena, destinadas
desde el día anterior a reponer el licor, sin embargo él, tras aquel brindis, no compraría otra botella;
prefirió recorrer los lugares conocidos y sin despedirse de ellos decirles adiós.
Trató de buscar a Julio en primer lugar, anduvo la plaza en la que anteriormente estuvo el medieval
mercado, ausente ya del lugar, sin encontrar al único amigo; se despidió de aquel otro, al pasar por el
solar donde muriera, y, la imagen del Dani tirado sobre una piedra le apenó, entristecido por el
recuerdo siguió el vagar; intentaba aportarse ánimo, cuando se encaminó hacia Casa Pedro, en la
que comería, como condenado, su última cena, y daría su adiós al gigantón.

Aquel hombre, en el que despertaba una cierta admiración, como siempre le recibió amablemente,
aunque extrañado en esta ocasión por su temprana llegada, le preguntó tras el.
-Hola, ¿cómo por aquí tan temprano?.
-No es tan temprano. -Contestó con languidez. -De hecho es más bien tarde-. Concretó, con lo que
sembró la extrañeza en el mesonero.
Este le dejó tomar asiento y continuó con su labor, colocando plásticos manteles sobre las distintas
mesas, y dejando sobre ellas vasos y cubiertos, labor solo interrumpida para tras la barra, en la cocina,
remover grandes ollas de la que escapaba en su vaho el aroma reinante de aquel bar; pasados unos
momentos preguntó.
-¿Un vino?
-Luego, con la comida. -Contestó él, que, como en distinta atmósfera, miraba la empinada calle a
través de los turbios cristales que el clima interior calidamente nublaba.
El gigante llegó a su mesa y dejó con gran sonido una botella en ella, despertándole así de su mutismo:
luego, tras llenar el vaso, volvió a preguntarle, mientras con su gigantesca mano empujaba hacia él el
rebosado vaso.
-¿Qué pasa?
-Como que ¿qué pasa? -Contestó como respuesta a su pregunta, y procuró en ello mostrar extrañeza.
Aquel “tiarrón” grande, de calva cabeza, desafió su mirada, hasta hacerle apartar la suya, luego entre
dientes musitó.
-Algo pasa, no sé que es, pero algo pasa. -Limpió con bayeta el plástico del hule, y se alejó hasta la
barra, para depositar en ella la botella; luego tomando una tarjeta, trató inútilmente de contactar al
teléfono.
El joven tomó el vaso y bebió de él, susurrándose luego.
-Por la resaca.
Había comido y bebido gratamente con la convicción del condenado al tomar su última cena.
Después, conservando aún en la boca el sabor del café, dejó sobradamente pagada la comida, con
cuantas monedas poseía, y tras ello, salió a la calle, desoyendo las palabras del gigantón que le
invitaba a seguir en su casa, soltó al perrillo y le ofreció los huesos de unas alas de pollo consumidas,
e inició el empujar de aquel carrito, como siempre, cuesta arriba, despreocupándose del animal que
devoraba con avidez los rechupados huesos; tras conseguirlo, corrió en pos del que como dueño
hubo aceptado.
Anduvo hasta que el rugir de un rayo le señaló el momento: a continuación el agua a raudales regó
la ciudad; resguardado en un portal dejó pasar el tiempo hasta ver disminuida su caída.
Salió a la calle y enfiló sus pasos hacia un lugar ya escogido: un alto puente, famoso por el número
de suicidas que en él murieron.
Durante la intensa lluvia, la atmósfera se colmó de nebulosa neblina, un silbante viento de fuertes
rachas helaba el cuerpo. En una desvencijada calle de lúgubre silencio, alargada a contra luz, surgió
su sombra; sinuosa, sobre el humedecido asfalto, rompía la silenciosa noche con el arrastrar de unos
pasos en dudoso camino, tras los cuales, una andrajosa figura giró la esquina, luciendo sin pudor
sucios harapos.
El devenir de sus pasos rítmicamente seguía, el chirriante girar de las ruedas de un carrito de compra
sustraído de algún supermercado, colmado en su espacio con plásticas bolsas, que anudaban en ellas,
las pertenencias de tan siniestro personaje.

Llegaban las navidades, tiempo feliz que le agobiaba, él no tenia derecho a esa felicidad, pensó,
acompañado solo por el mecánico crujir de las ruedas del carrito que penosamente empujaba, y,
la alargada sombra de un famélico perro que unió a aquel camino su fiel pisada.
El asfalto humedecido por la llovizna, servia como espejo a la ciudad que en él se reflejaba. A lo largo
de sus pasos hubo visto: casas invertidas, nubes de negros presagios como suelo, paredes de movibles
colores que se ofrecían a su vista. Solo eso, y el silencio. La calle se le inclinó, obligándole a forzar su
lento paso y en la acera se reflejo la barandilla de un puente. Había llegado. Siguió su penoso vagar
hasta lo más alto de aquella superficie, justamente el centro, donde más altitud le separaba de aquel
mundo que tanto le dañaba.
Tenia que huir de él y aquel era el mejor modo. Se apoyó en la baranda y observó sin miedo la
distancia; pensó en la caída sin importarle. Sintió en su pecho el vértigo al caer, sin miedo alguno.
Solo el golpe final le preocupó. Notó el quebrar de sus huesos por el impacto, sus recuerdos se
agolparon en él y un dolor asfixiante anidó en su pecho, haciéndole sentir como marioneta sobre un
charco; derramándose en sanguinolento calor.
Aquello le preocupó. Sus folios se ensuciarían de sangre e impediría su lectura, -no- eso no podía
suceder. ¿Cómo solucionarlo?.
Aceleró su quietud hacia el carro y buscó en su miseria la utilidad. Tenía que estar allí. Tras un
acelerado trasiego, al fin respiró; lo había encontrado. Se trataba de un rollo de precinto con el
que atar en una bolsa su escrito. Quinientos folios manuscritos, con los que realizó un contundente
paquete que adosó a su cintura, en un último giro de la adhesiva cinta.
Tras ello, volvió de nuevo a la barandilla aferrándose al frío hierro; la humedad por lo llovido lo había
convertido en resbaladizo, pero no le importó y tras mirar con soberbia al cielo, lo traspasó, para
quedar en su exterior agazapado.
Los deslumbrantes faros de un potente vehículo le iluminaron junto al chirriar de unos frenos.
En el momento de su abandono, alguien saltó del automóvil y en frenética carrera gritó su nombre:
-¡¡ Miguel, Miguel!!
 
Capítulo 26

El seco sonido del teléfono rompió el reinante sosiego de aquella sala. En ella, la pareja leía y releía
distintos manuscritos. Una tímida joven, de lacia y cobriza melena, corregía uno de ellos, marcaba
con rotulador palabras y frases que una vez corregidas, anotaba al margen del escrito.
El hombre de rubios cabellos, y mofletudo rostro, que agraciaban su juvenil aspecto, a su vez,
repasaba las ediciones recibidas y aconsejadas por ella.
Tras el insistente sonido dejó sobre la mesa el libro mientras su diestra tomaba el auricular.
-Ramón Esteban al aparato, dígame. -El oír la voz al otro extremo le extrañó, hacía apenas una
semana que hubo hablado con ella.
En las cortas vacaciones pos navideñas la visitó. Más concretamente visitó a su hijo Miguel, amigo
desde la infancia, para el que hubo realizado algunos trabajos; en su visita también a ella la había
visto y nada le había dicho.
Nunca fue muy habladora, aun considerándola correcta siempre la encontró, ausente, fría, enfrascada
entre papeles y escritos; la imagen de su recuerdo era siempre el de una despistada señora con algún
papel entre las manos; además, en todo momento se sintió por ella despreciado, incluso de pequeño
cuando para los juegos se reunía con su amigo, nunca la encontró amable, llegó a pensar por ello que
no era por ella bien recibido.
Su amigo la excusaba aclarándole que aquel era su carácter, pero que él sabía que le apreciaba.
Con el tiempo lo comprobó: tras su salida del pueblo con destino a la ciudad, notó en ella cierta
admiración, cada vez que en sus vueltas al terruño visitaba al amigo, era bien recibido, alentado en su
trabajo, aconsejado, y en más de una ocasión invitado a su mesa: se interesaba por su situación en la
ciudad de la que él contaba satisfecho.
Llegó con la idea fija de establecerse y lo había conseguido. Ahora, tras cinco años se sentía a gusto
en ella, había logrado crearse una buena reputación como editor, y, a través de ese tiempo, consiguió
una cartera de autores entre los cuales estaba su amigo Miguel, hijo a su vez de la mujer que ahora le
llamaba.
-Ramón, te llamaba para saber si mi hijo te ha comentado su última locura. -Dijo decepcionada un
tanto por la resolución por este tomada. -Intenta vivir como mendigo…
-Si, me lo comentó. -Aclaró el joven, pisándole la explicación a tan respetada señora, luego,
queriéndole consolar agregó. -Pero no se preocupe, a mi me pareció positiva tal decisión, le servirá
para dar más profundidad a sus novelas…
-Pero es una locura.- Decidió ella, anulando la explicación del editor. -No podrá vivir en ese mundo
necesitado de todo.
-Bueno. -Dijo el joven. -Según me comentó llevará un tope de dinero con el cual hacer más fácil la
aventura.
-Y ¿Qué conseguirá con ello?, si quiere escribir sobre la necesidad, ¿cómo podrá hacerlo con las
suyas cubiertas? es absurdo. -Concretó sumergida en su maternal preocupación.
Aun sin haberlo demostrado, apreciaba al joven; por ello, y por la amistad con su hijo, recurrió a él.

Admiraba a aquel joven empresario capaz de dejarlo todo atrás para alcanzar una meta. A ella le hubo
pasado lo mismo tiempo atrás en el que con un pequeño y lejos de su tierra sureña, llegada al norte
por un amor que duró pocos años, quedó atada a una pequeña empresa destinada al fracaso, por la que
luchó, y de la que ahora, gracias a su esfuerzo, disfrutaba su bonanza.
A aquel joven le sucedería igual con su salida del pueblo en pos de una ilusión, de la que ahora
empezaba a disfrutar su esfuerzo. Tras unos segundos recapacitó y contradijo su pensamiento.
Eso era lo que su hijo pretendía y ella no aceptaba; negándose su propio pensar rompió el silencio
con un:
-Bien. ¿Sabes por qué te he llamado?, por Miguel. Sé que con él no podré, por ello recurro a ti, he
pensado algo, ya que quiere ser mendigo puede serlo… pero auténticamente; cuando sepa lo que es
eso, volverá a mis condiciones: él se ha dado unos meses, yo le daré un año. -Se relajó la tensión de
sus palabras con un sonoro suspiro, luego. -He pensado en ti por lo que lees, sabes las historias de
muchos libros, como aquel conde de Montecristo o aquel capitán de un “Nautilus”; debido a lo cual
podrías inventarle alguna historia.
-¿Una historia? -preguntó el joven arrugando en extrañeza su respingona y sonrosada nariz.
-Si. -Confirmó autoritaria la voz de la mujer. -Inventarle una historia en la que él sea el personaje y
vivirla o interpretarla ante él, gentes que a sabiendas, creen una atmósfera a su alrededor que le
mantenga retenido, buscar detectives que le sigan, lo que haga falta. -Casi ordenó, y prosiguió con un
-Me cueste lo que me cueste tengo que realizar mi idea. Así cuando el la viva, se dará cuenta de la
seguridad que en la empresa tiene. Luego, tras amables saludos, con el agradecimiento hacia una
ayuda que le había casi obligado a aceptar; entre gracias y adioses cortó la comunicación.

Él giró hacia atrás y a un lado la cómoda silla y miró al techo. ¿Qué había pasado? ¿Cómo había
aceptado semejante locura? ¿Cómo crear un personaje? eso era cosa de escritores; él era solo editor
¿Por qué entonces hubo aceptado aquella idea y cómo llevarla a cabo? ¿Cómo convertir a su amigo en
nada menos que el conde de Montecristo?
-¿Qué te ocurre? -Preguntó Mercedes, con el manuscrito erguido sobre la mesa y jugando ausente
con el rotulador entre los dedos.
La miró con las manos aún enlazadas en su nuca y casi musitó.
-¡No me lo puedo creer! -Giró hacia ella la silla y apoyó ambos brazos sobre la mesa. -La madre de
un amigo. -Dijo mientras señalaba con su índice el teléfono. -¡increíble! Exclamó y alzó
nuevamente la vista al techo.
-¡¿Qué?! –Preguntó impaciente la joven tras unos segundos de espera.
-Me acaban de pedir, que me invente una historia. ¡A mí!. -Concluyó en tono irritado. -Quiere que
le haga creer a mi amigo… su hijo; que es otra persona. Y se quedo estático al finalizar la frase,
para expresar con ello lo absurdo de tal situación.
-Fácil. -Dijo Mercedes y volvió a la rutina del manuscrito.
-¡¿Qué?! -Exclamó él tras romper lo escultural de su postura. Volvió los ojos a ella que los bajaba al
escrito e irónicamente preguntó.
-¿Qué? ¿Cómo as dicho? -Y agregó. -¿Lo ves fácil?
-Si. -Confirmó ella, y mostró una tímida sonrisa.
-¿Cómo? -Preguntó desesperado el editor.
Ella casi ausente afirmó.
-Cambiándole los papeles. -Y trató de seguir su trabajo.
-¿Cómo? -Se desesperó el joven. Volvió ella a alzar la vista y llevándose a los labios el extremo del
amarillo rotulador le miró con total parsimonia, para entrar tras ello en la explicación.
-Bueno verás. -Dijo. -Yo en tu caso haría lo siguiente: -Mordisqueó inocentemente el rotulador
girándolo entre sus blancos dientes; él mientras se desesperaba más y más. En su impaciencia,
concluyó por animarle a hablar mientras apresurado decía.
-Si, si.
-¿Has dicho que es escritor? .Preguntó ella tranquilamente, sin pretender con ello exasperarlo.
-Si. -Contestó, y trató inútilmente de acelerarla.
-Se supone que tiene algo editado. -Su oyente se derrumbó sobre el asiento comiéndose los nervios
por aquella intranquilidad que la tranquilidad de la joven le producía.
-Pues bien, una cosa sería mostrarle su libro con el nombre de otro. –Concluyó ella inocentemente.
La miró atónito; en su mirada se notó la duda ante tales palabras, pero tras recapacitar sobre ellas
concluyó.
-¿Con el nombre de otro? No…, pero si con la cara de otro. -Dijo animado, luego, la duda.
-Claro que tendríamos que hacer también el cambio en su persona.
-Fácil. -Agregó ella. A lo que él a extremo del desespero exclamó.
-¡¿Cómo?! – Y recordó en ello los momentos anteriormente vividos.
Mercedes alzó hacia él la mirada e inició feliz la explicación.

Adoraba a aquel hombre y el poder ayudarle le llenaba de alegría, desde el primer momento en que le
conociera se sintió atraída por él, no sabía que vio en tan vigoroso joven, si el aire jovial de sus
movimiento, la fuerza de su decisión u aquella seguridad en sí mismo que ella nunca tendría, no sabía
qué era, pero algo en él la cautivó y desde el primer día supo que su destino era el servirle; reconocía
y le dolía, los pocos desprecios que le aceptó reconocer, pero todo era culpa suya se decía a sí misma,
debía estar más atenta y se conformaba en la espera a que algún día él, se diera cuenta de cuanto le
necesitaba y le confesara su amor.
Por ello aquella afabilidad al exponerle sus soluciones a cuantos problemas este le presentaba.
Él había tomado en sus manos un bloc y en maraña de palabras iba desarrollando la idea, encadenó
nombres y hechos hasta fraguar una historia.
Al fin, tras aproximadamente dos o tres horas, el editor se relajó en su giratoria butaca, miró el reloj y
al comprobar el tránsito del tiempo, preocupado comentó.
-¡Jo! se nos pasó la hora, deberíamos de estar ya en casa comiendo.
-Es igual, entramos más tarde. -Dijo con indiferencia la joven. Pasaron unos segundos mientras
ambos ordenaban un tanto sus respectivas mesas, cuando Ramón dijo unas palabras que a la joven
ilusionaron.
-Mejor sabes qué, comamos juntos. -Tras un largo silencio la miró y con amabilísima sonrisa
preguntó.
-¿Que desea comer la señorita? Ella tímidamente rió escondiendo su risa tras el cuello solapado del
abrigo.
Salieron de la oficina, él con la semblanza más seria de lo acostumbrado, ella con la ilusión de unas
manos cogidas sobre el mantel.
 
Capítulo 27

Largo y diluvioso hubo sido el invierno, y, acrecentada en sus finales la inestabilidad.
Una intensa lluvia impregnaba la tarde de nebulosa oscuridad, que imposibilitaba los pasos en la
angosta callejuela; en ella las siluetas de una pareja enfundadas en largas gabardinas intentaban
inútilmente no pisar sobre los numerosos charcos que la incesante lluvia hubo formado, sobre la mal
adoquinada superficie: sobre la acera se reflejaba su caminar presuroso bajo la difuminada sombra
del amplio paraguas.
Llegados a la altura de la fastuosa fachada de un viejo y destartalado teatro, con la pared pintada de
un rojo carruaje desteñido por el tiempo; tomaron la estrecha calle de varias puertas con las que
jalonaba su estrecha acera: permanecían todas cerradas a cal y canto, excepto, en uno de los extremos
donde lucía un rojo farolillo con el que indicaba su abertura.
Allí un hombre viejo y envejecido, de diminuta figura; con rostro ajado y marcado de profundas
arrugas, que lucía sobre sus finos labios la rectitud de un bigotillo al igual que su pelo, teñido en
descarado negro; era quien permitía la entrada tras anotar los nombres de todo solicitante.
La noticia hubo corrido como la pólvora entre los componentes del clausurado teatro.
La pareja, una vez llagada a la puerta, sacudió con fuerza del paraguas el agua que en él se
acumulaba, y, tras apoyarlo en el paragüero repleto ya de otros tantos, aquel hombre de cana cabeza
dirigiéndose al viejo portero preguntó.
-¿Vinieron todos?
-Casi. -Contestó el vejete alargándole un folio en el cual rezaban los nombres de los concurrentes a
aquella convocatoria. Después inició el cierre de la pequeña puerta, agregándose en seguimiento a la
recién llegada pareja.

Recorrieron un lineal pasillo de puertas enfiladas, con distintas estrellas de distinción en sus
cabeceros; que concluía en unas bambalinas las cuales daban paso a un iluminado escenario. En
él, una cadeneta de sillas en semicírculo ocupadas por distintas personas; en las dos centrales
tomaron asiento los recién llegados.
Tras los saludos, alzó las manos aquel hombre, un señor trajeado de aproximadamente cincuenta
años; para con ello solicitar el silencio del murmullo que su llegada había producido en la docena de
personas, que en espera de una explicación, aceptaron la invitación que les convocara en el viejo
edificio.
Una vez conseguido el silencio, la profunda voz del hombre se dejo oír.
-Bueno. -Inició la palabra aquel señor de canosa cabellera. -Os he reunido para proponeros un
trabajo que probablemente se alargue dos años: tenemos una obra entre manos que nos supondrá al
menos a algunos de nosotros, el sustento de ese tiempo; no tenemos guión alguno, es un libreto que
entre todos hemos de improvisar. Pero ha sido una idea, que al menos a mí me agradó, y que me
gustaría realizáramos.
Calló un momento, por tratar inútilmente de averiguar los pensamientos de aquellos expectantes
rostros, que prestaban muda atención a sus palabras. Tras unos segundos prosiguió.
También quisiera aclararos desde el principio la situación, y me gustaría lo pensaseis un momento.
Nuevamente calló, y por segunda vez trató de averiguar el pensamiento de sus oyentes; para tras
breves momentos proseguir con:
-La obra en si es comprometida, no exenta de un cierto riesgo, por lo que como os he dicho, debéis
pensar la aceptación; para ayudaros a decidiros os diré solo que es algo ilegal…., de ser descubiertos
nos podría ocasionar ciertos problemas.
Un murmullo recorrió a los asistentes. El canoso esperó unos segundos hasta saber sus decisiones.
-¿Qué tipos de problemas? Se alzó una voz al extremo del semicírculo de butacas.
-Si controlamos al personaje principal ninguno, si algo fallase podría suponer incluso la cárcel.
Aclaró aquel hombre que parecía llevar la dirección de tan extraña obra.
-¿Quién encarnará a ese personaje? Volvieron a preguntar.
-Ese personaje es real. -Contestó. -Aun sin él saberlo formará parte del elenco.
-¿Dónde se representará? no será en este teatro, se cae a trozos. -El canoso sonrió y tras ello aclaró.
-No se representará en ningún teatro.
-¡¿Cómo?! -Fue la expresión general que de boca en boca corrió.
-Un momento. -Dijo aquel hombre alzando los brazos en solicitud de silencio. -Todo quedará claro
en su momento; por ahora lo que nos interesa es saber con quienes podemos contar; por lo tanto, si
alguien tiene dudas y quiere retirarse, ahora es el momento. -Calló unos segundos en espera de saber
si algunos de los asistentes renunciaban a la realización de aquel proyecto. Tras un respetuoso y largo
silencio prosiguió. -Lo que quisiera pediros es que guardéis silencio con respecto a ello.
Nuevamente esperó, y, al no oír novedad alguna, aquel hombre continuó. -Bien. -Dijo paseándose
lentamente sobre el amplio escenario. -La obra se trata de lo siguiente: tendremos que realizar un
secuestro. -Esperó unos instantes debido al murmullo de extrañeza que recorrió por las butacas.
-¡¿Cómo?! -Surgió una voz y otras le siguieron. -Cómo que un secuestro, eso es ilegal. -Fue la
deducción general de aquel murmullo, o al menos eso concretó aquel hombre, que desde el escenario
como si desde un púlpito se tratase alzó sus manos hacia arriba agitándolas hacia delante en reclamo
de silencio.
-Un momento… por favor… dejad que os lo explique. -Solicitó inclinándose al respetable. El
silencio se restableció y la barítona voz del canoso explicó. -No se trata de un rapto y casi sí: hay
un hijo de mamá con ganas de ser escritor, para conseguirlo, ha decidido vivir como vagamundo,
bueno. –Concretó, mientras con los dedos entrecomillaba la palabra expresada, luego aclaró dicho
concepto.
-Se ha puesto un tope de dinero para al menos la comida tenerla segura. -Sonrió por la idea que
aquello representaba, y prosiguió. -Nuestra labor: cambiarle la vida, convertirlo del estirado niño de
mamá en mendigo auténtico; según el cliente, para despertar su inspiración. No debemos intervenir,
solo como actores hemos de representar una farsa e incluirle a él como personaje; conviviremos con
él si fuera necesario, pero en ningún momento hemos de decirle nada. Cobraremos un buen dinero por
ello con solo una cláusula, no advertirle a él; si incumplimos esta regla habremos de devolver todo lo
conseguido hasta dicho momento. A ello nos comprometemos al firmar este contrato. -Concluyó,
mostrando varios folios en su diestra.
Las miradas de extrañeza recorrieron las butacas, formándose ciertos grupos que discutían sobre lo
oído, muchas fueron las dudas presentadas, que aquel hombre trató de aclararles, tras lo cual, la
mayoría de los reunidos aun sin comprender totalmente aquella idea aceptó. Los que no lo hicieron,
acompañado del viejo portero abandonaron el destartalado teatro.
Cuando el vejete volvió, los allí reunidos habían firmado el contrato mostrado, y aceptado así aquella
fingida obra, tras lo cual, nuevamente el hombre canoso habló.
-Bien, por lo que se ve aceptamos el encargo, tenemos tiempo suficiente para realizarlo, aunque no
se trata solo de interpretar, ya la persona que nos encargó esta entrecomillada obra, y yo, hemos
señalado las bases de nuestra actuación, por ahora lo que quisiera es presentároslo para que él os
explique lo acordado.
Guardó silencio mientras el viejo portero encendía las luces en el patio de butacas, en ellas, un joven
de rechoncha figura e incipiente calvicie se incorporó, y acompañado de una tímida chica, avanzaron
hasta el escenario, una vez en él, el canoso le presentó al resto como Ramón Esteban García.
Este tomó la palabra para concretar la oferta hecha por el canoso.
-Poco puedo agregar a lo dicho por Julián. -Aclaró, mientras señalaba con su diestra al de baritona
voz, que había tomado asiento en el centro del semicírculo.
-El caso es que tengo un amigo desde la infancia, al que siempre le atrajo la escritura. A su madre
nunca le agradó la idea. Ha escrito algunas mediocridades, por lo que ahora para dar fuerza a sus
personajes, ha decidido tener sus vivencias; su madre que quiere decepcionarlo para que olvide su
deseo, me ha pedido que le demos un escarmiento para así hacerle dejar esa afición. Yo no sabía qué
hacer, pero aquí Mercedes se le ocurrió la idea: hacerle caer en la realidad que él mismo había
escogido y la mejor forma de conseguirlo, contar con actores que hiciesen realidad esa ilusión. Por
ello el pensar en ustedes.
Esperó un momento alguna pregunta pero ninguna se ocasionó, por lo que el editor continuó
exponiendo su idea.
 
Capítulo 28

Un día de marzo el ventoso, le señaló el momento. Eso era lo más agradable para él, los días de
viento eran sus días ideales, disfrutaba de ser empujado y de luchar por vencer la resistencia del
huracanado aire; por ello, aquella mañana en que al salir sintió el empuje de un fuerte viento que en
su niñez él catalogaba como huracán, supo que su momento había llegado.
Compuso su equipaje en barata mochila recién comprada, en ella guardó doblados jersey junto a
distintas mudas de ropa interior y calcetines, dos pantalones y camisas, concluyó poniendo en un
bolsillo dorsal de cierre con cremallera, su cartera con documentación y entre ellas, la tarjeta de
crédito en la que su madre prometió mensualmente reponer una cantidad; algunos billetes sueltos, un
juego de llaves y distintos bolígrafos y lápices, con los que escribir sobre varios paquetes de folios
guardados finalmente en la mochila.
En el bolsillo del pantalón un nuevo juego de llaves para entregar a su amigo, que quedaba al cuidado
del apartamento comprado años antes por su madre. Adaptó a su robusta espalda la carga e inició el
andar.

Su amigo y editor lo recibió sonriente, aunque su sonrisa se cortó al observar la mochila; comprendió
con ello el momento; tras el saludo y recoger de él la noticia de su partida más el juego de llaves, con
un abrazo le dijo:
-Bueno, suerte. -Después separándose continuó con un: –Perdóname un momento; tengo que hacer
una llamada, además antes de irte tomaremos una copa. -A lo que su amigo contestó:
-De acuerdo. -Y tomó asiento en una tapizada silla de la salita contigua al despacho. Desde ella oyó
a su amigo disculparse ante una cita.
-Hola, soy Ramón, si, es para decirte que te veré en una hora, quiero desayunar con un amigo, si,
bueno es que se va de aventura y queremos celebrarlo, si, si, aja, de acuerdo. -Y colgó el auricular
para tras despedirse de Mercedes salir de la editorial cogido al brazo de su joven amigo.
El desayuno fue rápido, un café con leche y unos churros: se entretuvieron más al saborear un coñac,
en este caso un napoleón, en honor a la locura de su amigo; se relajaron con el fumar de un cigarrillo
que dio pié, principalmente a los consejos; le cedió tarjetas con números donde recurrir según fuera
el caso.
Momentos en ocasiones cortados por la llegada del camarero, o algún saludo, uno de ellos, a un
detectivesco personaje con amplio bolso, el cual al saludar con el toque al ala de su sombrero pareció
sobresaltar al editor; notó algo raro en su amigo, pero sin darle más importancia reanudaron
seguidamente su afable contacto.
Tras aproximadamente media hora en el bar, ambos se despidieron en distintas direcciones, su amigo
hacia el suburbano, él de vuelta hacia su editorial, mientras miraba de soslayo al detectivesco
personaje, el cual tras guardar el sombrero en el bolso y entregarlo al camarero, inició el alzar de su
pequeña figura.
Sin más dilación siguió su camino y dejó de mirar a aquel hombre que tras levantarse iniciaba el
camino a la salida, mientras con enérgicos movimientos, ilógicos para la edad representada, cambiaba
el color de su reversible gabán.
Al salir a la calle, la alta estatura del joven le resultó fácil de seguir, su debilidad de miembros de
poca dimensión le hacia pasar inadvertido entre el gentío, distinguiéndose solo por el fino bigote
sobre su minúscula boca, aportándole junto al negro lacio, de sus cortos cabellos, la imagen
detectivesca que inspiraba. Siguió al joven de la mochila por los recónditos pasillos del suburbano; se
codeó con él en los vagones, le siguió y le persiguió, hasta que de nuevo respiraron el aire exterior.
Dejó que se distanciase unos metros y en la distancia le siguió vigilando. Cuando lo vio entrar
en una cafetería se dijo a sí mismo.
-Pues empiezas bien tu vida de mendigo, veremos a ver cómo termina. -Y enderezó su pisar en la
dirección del establecimiento, en el cual al entrar, vio al joven acomodándose en apartada mesa.
Pidió un “carajillo” para combatir el frío, bebida típica a base de café y coñac o anís, según el gusto.
Él lo pidió de coñac y lo saboreó entre las caladas de un cigarrillo; mientra miraba al joven a través
de un espejo: le vio sacar de la mochila unos folios que desempaquetó de un celofán, el cual le
resultó difícil arrugar para dejar sobre la cuadrada tapa de la ocupada mesita.
Terminó por dejarlo en uno de sus ángulos, fijó un momento la vista en el enderezamiento de aquel
papel, para luego, en la blanca superficie del paquete de folios iniciar su escrito.
-¿Qué escribirá? -Se preguntó mentalmente el individuo. Y en su afán por saber buscó cómo
informarse.
No podía ocupar la mesa contigua a la suya con todas las demás vacías; no le interesaba el
descubrirse; vio entonces que los aseos quedaban en aquella dirección, y que según iniciase su
camino entre las mesas podría acercarse.
Decidido y hecho, casi saltó del alto taburete y dejó sobre la barra el humeante “carajillo” luego se
dirigió con sigilo a su objetivo. Se sorprendió cuando el joven fijó en él, sus aceitunadas pupilas, y
agitó ante su cara la cerrada mano con más presión entre su pulgar, corazón e índice, en solicitud de
fuego para el cigarrillo que mantenía entre los labios.
Le ofreció prendido un encendedor y mientras el joven encendía, desvió su mirada hacia lo escrito, en
grandes letras leyó. Reflejo de realidad.
-Gracias. -Dijo el joven mientras retiraba hacia atrás su ensortijada cabeza y mostraba su
agradecimiento en generosa sonrisa.
El hombrecillo sonrió algo nervioso, y al hacerlo, enfiló en horizontal su ridículo bigote. Luego
continuó sus pasos hasta el servicio para tras unos minutos volver a reaparecer, en esta ocasión con
dirección opuesta, al llegar a la barra, con un ágil saltito subió al taburete y encaramado en él,
mientras calentaba sus manos con el café, siguió a través del espejo su observación.

Analizó fríamente a aquel joven, ensimismado en su tarea, que formaba en su derredor una atmósfera
artística apartándole esta de la realidad. Le vio con visos de alegría, con las prisas de una idea mientras
trataba de centrarse en su rápido escrito, con el emborronado de palabras en ágiles movimientos, y
mordiéndose la risa ante los buenos resultados.
El verle enfrascado en tal tarea le causaba honda impresión.
Se veía absorto en su idea y como todo artista, lejos del mundanal ruido, fijo en el desarrollo de las
imágenes que cruzaban su cabeza; respiraba libertad, y, en las muecas de su rostro se reflejaba lo
bueno y malo de lo escrito, se descubría por sus amplias sonrisas o por el crispar de sus cejas, en lo
incómodo del error.

El joven, tras consumir un vaso de café con leche, dejó aparte la fantasía de su escrito, y con pereza
recogió y guardó lo utilizado. Luego se levantó para con un:
-Con Dios. -Dicho a su altura, dejar al encaramado personaje intranquilo en su taburete.
Al verlo salir apuró de un sorbo el “carajillo” que ya hubo pagado y desprendiéndose del gabán
doblándolo en su izquierda, se dirigió también hacia la salida, mientras buscaba en su chaqueta beige
una bufanda y gafa oscura que se colocó antes de salir a la calle; una vez en ella, se alzó sobre sus
punteras en la estela del camino que el joven dejara.
Fue fácil reconocerle por su altura y la azul mochila sobre su espalda; anduvo calles y calles tras él,
deseoso que este se parase para poder descansar. Lo consiguió cuando aquel joven llegó a un destino
en partes buscado, una estación de autobuses.
-¿Dónde pensará este irse? a mi no me dijeron nada de viajar. -Murmuró para sus adentros, pero al
entrar lo vio dirigirse al servicio y al encontrar unas banquetas desde donde se divisaba la entrada al
urinario, gustoso tomó asiento.
Poco duró su alivió, minutos más tarde apareció el joven; se recortó su silueta en el cerco de aquella
puerta con intención de dejarla.
-¡Hostia otra vez! ¿Qué dirección tomará? a coger un autobús no estoy dispuesto.
Todas estas cavilaciones cruzaron su cabeza, pero gracias a la decisión del joven no fue necesario
levantarse de la silla, pues justamente frente a él tomó asiento. Se sintió cohibido, aunque al recordar
su último disfraz tomó en sí confianza, no tenía porqué reconocerle, sin embargo desde frente a él, el
joven le miraba con un movimiento en zigzag de su mano que ya conocía.
-¡Hostia!. -Repitió en voz baja, para alzándose recorrer los pasos que le separaban
encontrándose en mitad de su tránsito hacia él, al joven con el cigarrillo en su diestra. Al tomar del
fuego los verdes ojos le taladraron con una duda reflejada en sus pupilas.
-Me ha conocido, -Pensó el individuo que rápidamente volvió a su asiento sin atreverse a levantar la
mirada hacia el joven.
 
Capítulo 29

Se ultimaban los detalles de aquel montaje, con el destacar de un joven actor. Habían fraguado la
historia entre todos y entre todos la realizaban; necesitaban el atrezo para el personal creado:
distintos disfraces, barbas y pelucas, para personajes en los que cobijarse, uniformes policiales por
haber incluido a estos en la obra, para tratar de conseguir así el cambio de su identidad; pensaron
hasta encarcelarle, para obtener el cambio de sus documentos.
Fue Mario el artífice de la mayoría de la historia, por lo cual entre todos, adquirió fama de gran
improvisador.
Alquilaron un local junto a una comisaría, el cual, al entrar por el garaje distorsionaba el sentido de
orientación, haciéndole pensar que estaban en ella. Dentro del local montaron la imitación de una
oficina policial, con un largo mostrador en el cual distinto uniformados realizaban labores policiales;
en otra zona, a base de enrejados, había construidos varios calabozos de oscurecida luz, y, en una
tercera estancia, a la que se llegaba por un laberíntico corredor, una sala judicial donde habría de
aceptar su nuevo nombre, finalizaron con un almacén para mantener reuniones y guardar sus enseres.
Programaron por falta de personal, un casting, en el que aspirantes a extras realizarían unas pruebas,
que a su vez a ellos, les solucionaría el trasiego de una comisaría. Con todo montado en espera del
desarrollo de la acción descansaron.

También en su casa habían cambiado muebles y paredes, hubo un ajetreo en la zona que
intranquilizó al conserje el cual llamó al editor preocupado. Este le informó que estaba cedido para
una película, debido a lo cual instalaron camufladas cámaras en la cercanía, y consiguieron con ello
preocupar más aún al conserje, el cual hasta no saber por boca de la madre, la dueña al fin y al cabo
del apartamento, que en efecto pensaban grabar una película en la que seguramente hasta su puesto
sería ocupado, aunque con la idea de remunerarle unos días de vacaciones, de lo cual él, se alegró y
esperó con ansias aquellos momentos.
Mientras los actores continuaban con la finalización de los preparativos para la culminación de tan
extraña obra, el organizador de ello, siempre en contacto telefónico con Ramón, era el tal Julián, un
maduro actor que en los últimos tiempos se decidió por la dirección y aunque también, de ser
necesario, realizaba pequeños papeles, su preferencia era dedicarse principalmente a la dirección.
A él llegaba toda la información e ideas del grupo, el cual con la ayuda de su compañera sentimental,
eran los responsables de la organización de la obra.
Ella era una despampanante mujer de sinuosas curvas, las cuales atraían las miradas de los demás
compañeros, en especial la de los varones, en los cuales sembraba la tentación, cosa que la enervaba
a extremo de la placentera risa.
En pocas ocasiones sus ideas eran rebatidas, aunque, en vista de que entre todos habían fraguado la
obra, todos tenían el mismo derecho a aportar o improvisar, nuevas ideas que tanto Julián como Sara
su compañera, confirmaban.
El escritor en sí había sido seguido por la ciudad; aquel detectivesco personaje fue uno de los
encargados de su seguimiento, cambiando continuamente de aspecto según el disfraz que usase, se
vistió de viejo, con pelucas canosa y con diferentes calvas, usó barbas y perillas, e incluso le
obligaron a vestirse como decrepita vieja, cosa con la que no estuvo muy satisfecho, por tener que
afeitarse tan pintoresco bigote. Desde que se retirase de las tablas dedicándose a otras tareas teatrales
lo conservaba, y después de tantos años, se encontraba desnudo al perderlo, lo sustituyó con otros
varios bigotes que le aportaban distintas apariencias, permitiéndole así pasar inadvertido a los ojos del
perseguido joven.
También fue destinado a su persecución, el que más tarde sería encargado del cambio de su
documentación con el disfraz de un trajeado policía secreta; y junto a ellos, un hombrón grande y
rubio de aniñados rasgos, fueron los tres actores encargados del seguimiento de aquel joven que
despreocupadamente continuaba su vagar por la ciudad, para tomar nota sobre sus folios, de los
momentos de observaciones en sus diarios paseos. Solía comer mayormente bocadillos, sentado en el
primer banco que en sus visitas a parques y jardines encontraba; en la noche dormía en baratas
pensiones, las cuales tras los primeros meses, con la llegada del buen tiempo, cambió por cualquier
rincón en solitarias calles. Se codeó con personajes en su mayoría mendigos, a los cuales sonsacar sus
vivencias con la sutil invitación de una cerveza o algún que otro cigarrillo.
Por la ilusión de dicho beneficio, varios mendigos trabaron amistad con él y era efusivamente
recibido por estos.
Había mantenido entrecomillada amistad con algunos, pero aun considerándoles buenas personas, no
terminaba de fiarse; la desagradable imagen que estos poseían le repelía a punto de la desconfianza, y
aunque trataba en lo posible de ayudarles, mantenía entre ellos las distancias.
Por estos conoció lugares de caridad donde entre empujones conseguir un bocadillo que algún día
también él pidió, casas de baños públicos donde por pocas monedas, adecentarse bajo una ducha
programada en un tiempo u donde conseguir caritativas prendas con que cubrir sus cuerpos.
Hasta entonces él no lo hubo necesitado a excepción de las duchas públicas. Para lo restante, poseía
una tarjeta de crédito en la cual su madre se encargaba de, mensualmente, ingresar la cantidad
acordada con que proseguir su subsistencia.

En esta rutina pasaron los meses, hasta que una tarde pasado ya el verano, Julián, en sus novedades,
recibió una noticia que le resultó agradable: el perseguido en las calles se hubo estacionado en un
albergue.
Durante el día seguía su recorrido por la ciudad, pero al atardecer buscaba el refugio en la caridad de
un asilo donde varios mendigos, aun siendo las noches agradables, se refugiaban. Lo aceptable de
aquella noticia fue el saberlo fijo en un determinado lugar, por lo que su seguimiento fue dejado de
lado y de aquellos tres perseguidores, el número pasó a uno, recayó en Doroteo, el joven grandón de
aniñado rostro al que se le encargó dormir en el mismo alberge, y trabar con él la suficiente amistad
para conseguir con ello una más exacta información sobre su avanzado trabajo tras tres ó cuatro
meses escribiendo.

Por su parte Ramón mandó hacer una nueva edición, con algunas unidades de sus anteriores trabajos,
y cambió en la contraportada la fotografía de su amigo, por un tipo delgado y mal encarado opuesto
en todo al auténtico autor.
También su madre al ser informada por el editor, pareció tranquilizarse. El saberlo, al menos en la
noche en lugar seguro, le relajó de aquella inquietud que hubo despertado en ella la decisión de su
amado hijo.
Sin embargo se equivocaba en cuanto a seguridad, aquel albergue era un lugar donde malencarados
personajes pernoctaban, con la resaca de todo un día de vagar en la miseria, gentes por regla general
amargada, capaz por tanto, de los máximos extremos en sus tormentosas vidas.
Normalmente eran tempranas sus recogidas, pasaban la tarde-noche reunidos en el gran patio que
formaba la entrada, jugaban juegos de mesa, lavaban sus míseras ropas en lavadora del asilo, o se
limitaban sin pudor ninguno a prepararse la dosis de sus diferentes vicios.
En aquel mundo como ausente un joven grandote, algo retrasado, observaba desde su mental lejanía
los diferentes grupos que en el patio se formaban, con preferencia a acercarse al grupo de fracasados
intelectuales, soñadores de un mundo imposible de realizar.
A este grupo era asiduo el gigantón joven que, con sus remates a profundas y alocadas conversaciones
se granjeo la simpatía de los reunidos.
Se llamaba Doroteo, aunque le llamaban Doro, y era el encargado de controlar los movimientos del
escritor e informar de sus avances al grupo de actores de los que formaba parte.
Por él se supo de los ires y venires del joven autor, que aun codeándose con miserables resultaba
señorial; por todos era respetado y en él, volcaban gustosos sus experiencias, el cual, adaptándolas
a su personaje hicieron prolífico en capítulos aquella novela.
Capítulos que en especial al Doro, gustaba tanto de oír.
 
Capítulo 30

Se sentía alegre por la decisión tomada, en breves meses aquella novela avanzó vertiginosamente,
por primera vez soñó con la gloria y los laureles, esas fueron sus confidencias a los íntimos de aquel
miserable lugar.
Fue aquella la noche en que un nuevo mendigo entró en el centro. Era como un perro apaleado,
inspiraba lástima y repulsión: deforme en su obesidad, permanecía cabizbajo en un banco de rústica
madera, adaptado a la pared donde se iniciaba una amplia escalera que desembocaba su recorrido
en largos pasillos, de los cuales, distintas y numeradas puertas daban entrada a habitaciones ocupadas
por dos o tres camas, según los mendigos que en ellas durmieran.
Aquel nuevo sujeto, humillado, hundido en su miseria, sufrió aún más al oír los comentarios
despertados en los asiduos de aquel albergue, los, carne nueva y entre risas los, y generosas, en burla
a su gordura.
Solo el escritor y algún otro se sintieron interesado por él, en especial el Doro que al notar el
despertado interés del joven, trabó con babosas risotadas amistad con el gordo.
Por el Doro supo que aquel individuo se había separado recientemente, y había quedado como
indigente en la calle, su mujer, según sus propias palabras, se lo hubo quitado todo y para colmo de
males había sido recientemente robado, por lo que buscó refugio en aquel albergue.
También supo del número de cama que le asignaron y, por tal número, que era su nuevo compañero
de habitación.
Tal vez el saberlo, hiciera crecer el interés del joven por aquel nuevo sujeto, durante toda la cena
consistente en una sopa, que los más ordinarios del lugar catalogaban de agua sucia, y un par de
salchichas junto a un huevo frito; le observó detenidamente, mientras consumían dichos platos, los
ojos, entre guiños y alegres brillos juguetearon; todos excepto los del nuevo que no alzaba la vista
del mantel.
Por su parte el joven escudriñó al sujeto, aunque por la expresión de su rostro, demostraba no sentirse
satisfecho de tenerle por compañero; no le agradó la idea, no le gustaba aquel hombre, era una
persona que debido a su esquivez inspiraba desconfianza.
Tras la cena, algún cigarrillo con los más trasnochadores del lugar, gentes de mentalidades extrañas
que en su egoísmo pretendían imponer sus ideas; y como siempre, el Doro, imitando necedades que
servían de disfrute a los restantes indigentes.

Innumerables fueron los días en los que todos intranquilos esperaban. Dispuestos ya a la
interpretación, con el atrezo completo y realizados los decorados, esperaban expectantes su entrada
en la función.
Su punto de reunión: la recreación de la sala de un juzgado en la cual el viejo portero, llamado
D. Enrique, destinado a ejercer como juez, que aun sin necesidad momentánea, siempre ocupaba la
presidencia; los restantes ocupaban asientos por apetencia, y que por respeto dejaban la mesa de la
defensa para Julián y Sara. En dicha sala pretendían confirmarle al joven escritor su nueva identidad.
La idea de dicha situación surgió de Mario, un joven actor incorporado últimamente a aquel elenco,
dicha idea consistía en que falsos agentes le detuvieran, con intención de cambiarle un falso carnet
en el cual mostrarle otro nombre, eso le haría discutir, hecho por el cual sería detenido y llevado al
escenario policial, situado justo al lado del decorado judicial que ahora ocupaban.
La ocasión, el momento: cuando tratase de volver a su antiguo domicilio.
Este movimiento lo iniciaron al saber por el Doro que estaba cercana la finalización de aquella
novela, la cual el joven tonto disfrutaba tanto de oír en la voz de su autor, que a diario halagado, le
resumía lo último escrito.

En espera de que en breve apareciera el escritor en su antigua vivienda, fue sustituido el auténtico
conserje por Manuel, un actor de nombre muy español, aunque con semblanza extranjera; debido
principalmente a lo rojo de su cabello y lo grande y aparatoso de su imagen. Sustituyó al autentico
conserje por varios días, hasta que en una noche informados por el Doro, le comunicasen que en la
siguiente mañana habría de representar su personaje.
Según lo previsto ocurrió; le vio tras la reja de entrada y supo quién era, solo le había visto por
fotografía, pero aquel joven que tan dirigente entraba en el recinto, era sin duda alguna su objetivo,
dejó la pequeña garita e interponiéndose a su paso le preguntó.
-Perdón ¿va a…? -Dejó en suspenso su pregunta dando pie a que el joven le contestara.
-Voy a mi apartamento, el 4-B. -Tras ello intentó proseguir su paso, cosa que él no debía permitir,
por ello interponiéndose de nuevo en su recorrido, concretó.
-Perdón pero no le conozco ¿Visita a…?. -Dejó nuevamente la frase inconclusa en espera de su
respuesta.
-No visito a nadie, voy a mi casa. -Contestó el joven que tras mirarle con ojos despectivos intentó
proseguir.
Manuel frenó su caminar cruzando ante él sus gigantescas formas, notó cómo el joven se acobardaba
y con cierto descaro le miraba; luego bajó un tanto la mirada sonrió y nuevamente dijo.
-Vivo aquí, sólo que llevo varios meses fuera y tal vez por ello no me conoce, pues he observado
que es usted nuevo.
Tenía fama de buen improvisador, pero ante aquella respuesta no supo reaccionar, tardó unos pocos
segundos, mientras miraba con descaro al joven en espera de saber qué contestarle.
-Lo siento. -Inició su respuesta y de pronto toda una frase surgió en su mente. -Pero creo que se
equivoca-. Prosiguió. -Llevo tres años en esta comunidad y nunca le he visto. -Notó cómo el joven se
sorprendía ante su respuesta y continuó. -Además en el apartamento 4-B vive una señorita la cual no
creo le conozca.
-Mire señor el equivocado es usted, permítame pasar y se lo demostraré. -Concluyó el joven, y
extrajo de su bolsillo un pequeño llavín mostrándoselo, para indicar con ello que podría abrir la puerta
de dicho apartamento.
-Un momento. -Fue la respuesta, e introduciéndose de nuevo en la garita tomó el teléfono, para
avisar por él de aquel altercado, dando paso con ello a dos nuevos compañeros, cuya labor era
representar a dos policías.
Desde ella preguntó al joven dando con ello más credibilidad a su acción.
-¿Cómo se llama?
-Miguel, Miguel Segura, del 4-B. -confirmó el joven.
Después dirigiéndose al teléfono, explicó lo allí ocurrido. Tras colgar el auricular volvió de nuevo
al joven repitiéndole que no vivía en aquella casa. Notó cómo aquel joven se encendía de furor,
e intentaba nuevamente aclararle una y otra vez, quien era y donde vivía, para tratar de conseguir con
ello su entrada.
Tuvo que interponerse en su camino y gracias a su corpulencia frenar a aquel joven que vociferaba
ya, y trataba de conseguir pasar hasta su apartamento.
Se alegró al ver aparecer a sus dos compañeros, camuflados como policías secretas ante los cuales
el escritor pareció relajarse.
Aquellos policías tras su llegada e identificarse, le pidieron su documentación, a lo que el joven
entregó su carnet e inició su explicación del caso. El agente tras oír ambas versiones, decidió visitar
el apartamento y hacia él se dirigió en compañía del joven, siendo ambos seguidos por el conserje.
Llegados a la puerta, con el llavín antes mostrado trató de abrir, nulo fue el intento, al no conseguirlo,
les miró y extrañado con voz apenas audible musitó.
-Yo vivo aquí. -E intimidado bajó la vista al suelo sin saber cómo continuar.
Ambos acompañantes se miraron inseguros ante lo apenado del joven, fue el agente el que tras unos
segundos reaccionó para pulsar el timbre y esperar en silencio unos minutos, hasta que la exuberante
Sara abrió la puerta.
-Perdón señora. -Dijo. -¿Conoce usted a este hombre?
Aquella mujer de rubia melena y escultural figura, miró con curiosidad al escritor y tras unos
segundos contestó.
-No, nunca le he visto.
-No estoy loco. -Gritó el joven. -Y se lo demostraré. -Concretó el escritor, dirigiéndose
principalmente al conserje, el cual con un dedo en su sien giraba enérgicamente la mano. Luego rogó
al policía. -Puedo demostrárselo explicándole como es mi casa, aquí a la derecha esta el despacho…
enfrente esta el salón… en el fondo…
-Un momento. -Cortó su explicación el agente y dirigiéndose de nuevo a la mujer preguntó.
-¿Podríamos pasar señora?
-Por supuesto. -Aceptó la joven apartándose de la puerta para permitirles el paso.
Entró primero el joven seguido del agente, hasta lo que según él dijera era un despacho, al entrar en
él, quedó paralizado con la extrañeza reflejada en su libido rostro, recorrió con la vista la habitación
para a continuación en la duda concretar.
-No puede ser, -dijo dudoso el escritor al encontrarse con la nueva decoración practicada. –Es
imposible, no se qué pasa pero esta era mi casa. -Concluyó, abandonándose abatido en uno de los
butacones.

Sus dos acompañantes se miraron y entre ambos incorporaron al joven, para abandonar tras ello la
casa, entre los dos le llevaron hasta la entrada, una vez en ella el segundo policía le preguntó.
-¿Por qué dice vivir aquí? Alejandro. En su documento marca otra dirección. -Finalizó
extendiéndole el documento acreditativo. Al no ver reacción en él, prosiguió.
-A ver, contéstame, ¿Por qué dice que vives aquí?
-Por que es así, -contestó el joven. –He estado unos meses fuera documentándome para escribir una
novela, soy escritor y vivía aquí. -Concluyó al borde de las lágrimas, impotente ante tan extraña
situación.
-A ver Alejandro, ¿Qué has fumado?, ¿De qué vas? -Miró al conserje al creer que era a él a quien
preguntaba, hasta comprender que la interrogación iba dirigida a su persona, aun llamándole por otro
nombre.
-No me llamo Alejandro. -Contestó violento el joven. –Me llamo Miguel. Miguel Segura, no
Alejandro.
-¿Seguro? -Contestó el policía devolviéndole el carnet, en el que rezaba junto a su foto un nuevo
nombre, luego dirigiéndose a su compañero concluyó. –Llevémonoslo hasta que se le pase la “pea”.
-No estoy borracho, ni drogado, me llamo Miguel y vivo aquí en el 4-B, suélteme.
Y luchó vanamente entre los policías, que tras esposarle lo introdujeron en la parte trasera del
vehículo en la cual, hundido y con intenso brillar en los ojos, el conserje le vio partir.
 
Capítulo 31

De un atontado y babeante personaje, Doroteo cambió su imagen en un gigantesco uniformado.
Sobrecargó las hombreras de su chaquetilla y agregó altura con botas a su cuerpo, cubierto por el
uniforme policial; ocultó sus rubios cabellos bajo una peluca de engolillada y negra cabellera y
con un exuberante bigote igualmente negro, desfiguró la imagen anteriormente ofrecida en el
albergue. Junto a él, un joven de aspecto aniñado se dejó coger fuertemente por el brazo y juntos
cruzaron el umbral de aquella puerta.

Varios meses antes, habían organizado aquella escena; buscaron para ello un local en alquiler,
colindante a una comisaría policial, para con ello, al tener la entrada por un garaje, desorientar
al joven que momentos antes habían detenido; cuando surgió aquella idea se encontraron con el
problema de no poder completar el personal de la simulada comisaría, por lo que, Mario, el artífice
de aquella idea, pensó en solucionar lo escaso de personas con unas pruebas cinematográficas para
escoger actores; explicó a los solicitantes una escena a rodar para la cual como extras todos
estuvieron de acuerdo: solucionaron así el problema que le ofrecía una comisaría vacía de personal.
Con la trama montada, se dejó llevar por el uniformado Doro hasta los simulados calabozos donde
hubo sido encerrado el escritor momentos antes.
Tras la apertura de la metálica puerta, ambos entraron en la semi-oscuridad de un largo pasillo.
-Oiga. -Oyeron una quejumbrosa voz procedente del fondo; mientras se aproximaban a ella
nuevamente se oyó. –Agente… oiga…quisiera hacer una llamada. -A nadie vieron hasta que tras
acostumbrarse un poco a aquella oscuridad, descubrieron al joven que alzándose desde el suelo les
había hablado.
El Doro, después de encerrar a Mario, se dirigió a él preguntándole.
-Y tú, ¿Qué quieres?
-Quiero hacer una llamada, tengo un amigo que confirmará mi declaración.
El Doro fijó en él su despectiva mirada, y tras un:
-De acuerdo- Parsimoniosamente abandonó el calabozo.
Segundos después, acostumbrado ya a aquella oscuridad, Mario y él se distinguieron, y con un tímido
hola se saludaron.
Pasaron unos minutos cuando nuevamente el Doro hizo su aparición, llegó como siempre tranquilo
y tras abrirle el calabozo solicitó.
-Bueno ¿Qué?, ¿no querías llamar?
Con una repetida afirmación dejó el habitáculo siendo llevado del brazo por el gigantón Doro.

Había salido con la alegría reflejada en el rostro; volvió hundido, humillado, se limitó a tomar asiento
sobre el camastro de mampostería y permaneció en silencio, ausente de aquel espacio.
Aquel trance conmovió a Mario que buscó distintas formas de acercarse a su persona, trató
inútilmente de hablarle para hacerle salir de aquel mutismo en el que se encerrase, no lo consiguió.
Apareció nuevamente el Doro con algo de cena que él ni miró, se limitó a continuar apesadumbrado,
con la cabeza sujeta entre las manos, hasta que tras horas en la misma postura la rompió para echarse
sobre el duro camastro y de cansancio quedar dormido.
Mario lo observó bastante tiempo, preocupado por el daño que le estaban haciendo, hasta que también
cansado se adormiló. Le despertó el pavoroso grito de:
-Fuego, fuego.
Aquel desgarrador grito le sobresaltó, lo primero que temió fue que aquel local, colmado de
materiales que en su mayoría podía ser inflamable, hubiese prendido, y sobre todo a unas horas en la
que probablemente ellos eran los únicos que se encontraban en él, y, encerrados en una cárcel que
aun siendo prefabricada, tenía la suficiente consistencia para impedirles el escape, por ello su
despertar fue sobresaltado, luego, al observar al autor de aquellos gritos, acurrucado en la oscuridad
de su celda, comprendió la situación sintiéndose en partes aliviado, miró al acobardado escritor y en
su afán de animarle preguntó.
-¿Qué ha pasado? -Al no obtener contestación volvió nuevamente a preguntar. -¿una pesadilla?
-Sí. -Contestó su compañero sobreponiéndose del reciente susto. –Soñé que había un incendio y que
las llamas me abrazaban.
Mario aliviado pretendió influirle ánimo con una broma.
-Eso es bueno, soñar con fuego es dinero, lo mismo te toca la lotería. -Pretendía con su broma
hacer reír al asustado joven. –Si, dicen que soñar con fuego significa dinero. -Repitió. –Lo
chungo es soñar con agua sucia. -Y nuevamente rió, para conseguir con ello tranquilizarle. Tras
unos segundos viéndole más relajado, pasó su mano por los barrotes mientras le decía su nombre.
El joven estrechándola, dudó unos momentos para finalmente concretar.
-Miguel, Miguel Segura. -A lo que él contestó.
-Encantado, -y sin dejar escapar aquella situación le interrogó. -¿Y por qué ha sido…? -Al no
recibir respuesta nuevamente preguntó. -¿Qué por qué te han detenido? -Trató inútilmente de
ganarse su confianza, para ello se inventó una realidad. –A mi me cogieron por droga. -Le miró
y vio en él el interés despertado; eso le agradó y continuó con aquella historia. –según ellos por
negociar con droga, “amos” como si uno tuviera una tienda de ropa. -Sin saber como continuar
calló un momento hasta que de nuevo su inventiva le hizo improvisar y continuó con un.
-Hijos de puta, por trapichear unas posturitas me enchironan y al que me lo pasa, si le cogen,
no le pasa nada, ni lo traen aquí, claro como hay “moni” por medio, hijos de puta. -E imitó el
agobio por su injusta situación.
-Si yo te contara. -Le sorprendió el escritor con un inicio de confianza que en principio le agradó,
luego, al notar que el joven volvía a encerrarse en su mutismo, le incitó a que siguiera hablando.
-¿Por qué te han cogido?... ¿También por droga? No, tú no tienes pinta de eso. Fijó en el joven sus
ojos y notó por su expresión que aquellas palabras le agradaron.
-No, no es por droga, es peor… Dijo tras lo cual guardó silencio,
-¿Por robo? -Volvió a preguntar e intentó con ello que aquel joven se sincerase con él. -¿Por
asesinato? -Concluyó con una bajada del tono de voz.
-No, qué va, por nada de eso. -Concluyó sorprendido su interlocutor y poco a poco fue narrándole la
historia que él tan bien conocía, por junto a sus compañeros haber contribuido a crearla.
Una vez concluida, trató en parte de aliviar lo apesadumbrado del compañero, aclarándole.
-Hostia tío, eso es fuerte. -Y remató simpáticamente con un. -Pues di que te llamas Miguelandro.
Y rió, para conseguir con ello contagiarle algo de su fingida alegría. Luego mostrándose interesado
preguntó:
-¿Y que piensas hacer?
-No me daré por vencido, demostraré quien soy. -Aseguró. -Le explicaré al juez y el comprenderá.
-Negro lo llevas. -Sentenció Mario. -Como le vayas con ello al juez te encierran por loco, no, no,
para nada, estas gentes no se andan con pamplinas, lo mejor es que aceptes al tal Alejandro si
quieres salir de aquí, si no, te lo juro, esta gente no le importa nada, te meten en un manicomio y
te pudres dentro, seguro colega. -Trató con estas palabras de asustarle, para conseguir su objetivo,
el que aceptase la nueva identidad. Lo consiguió al oírle decir.
-Tienes razón.
-Y tanto. -Concretó satisfecho Mario. Y para afianzar su concreción finalizó con.
-Una vez fuera, investiga al editor, a mi me suena que no es trigo limpio.
-Cuando Miguelandro asumió la duda por él sembrada, la puerta de entrada se abrió dando paso al
Doro que con un:
-Pito pito gallinitas, a desayunar, pito, pito. -Hizo su aparición.
Cuando descubrió lo ofrecido la anterior noche, entre burlas le preguntó al escritor si estaba
desganado, también a su vez Mario preguntó.
-¿Cuándo llega el juez? -A lo que el Doro burlón contestó.
-Tranquilo gallinita, el juez os verá en un ratito. -Y con escandalosa risotada se alejo sin escuchar
el hijo de puta que entre dientes le dedicaba Mario. -¿Qué? -Preguntó al sentirse observado por
el joven.
 
Capítulo 32

Un encajonado pasillo con recovecos a distintas manos, rincones, o simulados pasillos que a ningún
sitio conducían, desorientó su cabeza. Ese era el objetivo.
En el amplio local lo montaron; un pasadizo de falsa mampostería, con diferentes puertas, que
simulaban entrada a distintos despachos, por la que entraban y salían algunos extras convocados a
unas pruebas que en verdad solo eran, para hacer creer al escritor, que se encontraba retenido en una
comisaría con sala judicial, la cual poseía las llaves de su libertad o su locura.
En dicha sala ficticios personajes ocupaban distintos asientos; uno de ellos ya conocido, camuflado
en un juez de cabeza cana, con blanca y fláccida barba que aportaba grandiosidad a sus diminutas
formas y tras la que se ocultaba, el menudo y arrugado rostro con fino y negro bigotillo, del
irreconocible D. Enrique.
Fue alabado en abogadas bocas por caridad impuesta; lo justificaron como indigente, pero contra
el que nada tenia la justicia, lo expusieron como modélico ejemplo que por circunstancias de la vida
fue echado a la calle, motivo por el cual, en un momento y según siquiatras, perdió su identidad
creyéndose por ello otra persona, rogaron y suplicaron por su libertad, hasta conmover el justo
corazón que le juzgaba.
Fue este quien le ofreció la salida, con la condición de aceptar un nombre y una vida que no era la
suya. Firmó distintos papeles con falso nombre, en los cuales por distintas ventanillas, firmaron y
rubricaron con el seco sonido de un tampón.
Le fueron devueltas sus propiedades sus distintos documentos falsificados con nueva identidad, un
tal Alejandro Suárez, del que nada sabía. Y fue puesto en libertad atado a la cadena de un nombre
falso y a la vigilancia de un sujeto que desde la distancia le observara.

Tras pasear largo rato, en el inicio de la soleada tarde tomó asiento en un banco de recia madera.
Se le apreciaba hundido, como pajarillo herido sin tener dónde posarse; emanaba lástima su cuerpo,
de haber penetrado en su mente, se pensaría el porqué de aquella rareza que en él se volcaba. ¿Cómo
vivir la vida de otro nombre?, ¿Por qué camino salir de aquel sendero que le llevaba recto al destino
de la miseria?. De oír su voz se escucharían los porque, los que hacer, la ayuda y el reclamo de Dios,
incluso el suspiro y el brote del llanto: apenaba su imagen.
Interminables minutos se cumplieron con los rizos de su pelo enredados en temblorosas manos, con
los codos clavados en sus rodillas y las manos abrazando su cabeza encumbrada de dudas, la mirada
baja y perdida con el brillo del llanto en sus ojos; esquivando el mirar de las gentes, huidizo, como
queriendo escapar de sus ojos, arrinconado en el rústico banco de una alameda.
Tras muchos minutos se alzó su cuerpo, cargó sobre su espalda la azul mochila, sucia y rota del vagar
de tantos meses arrastrada por los suelos; e indeciso, dubitativo, inicio el paso.
Su vigilante también se alzó y pensativo le siguió.

Aquel joven bohemio que quiso ser escritor vagó en las calles, y lo decidido de sus pasos indicaron
una meta.
-¿Hacia dónde iría aquel sujeto? -Se preguntó tras sus pasos el vigilante.
Poco tiempo después lo supo; vio al escritor perderse en la multitud de una estación ferroviaria con
dirección al servicio de caballeros en el que decidido entró.
Con cortos paseos entre columnas de mármol dejó pasar los minutos, impacientándose al cumplirse
el tiempo suficiente para orinar y no verle aparecer. Pesó qué hacer, podía perfectamente entrar y
debería de haberlo hecho tras él, ahora corría el riesgo de cruzarse en su entrada con el temor a
descubrirse al tener sin entrar, que volver sus pasos para no perderle en la bulliciosa estación.
-¿Qué hacer? -Se preguntó, arrepintiéndose de no haber entrado en su seguimiento; en estas
cavilaciones se desesperó su paciencia y decidido se dirigió seguro al urinario.
Ya en la misma entrada lo distinguió frente al espejo con el torso desnudo y aseado ante un lavabo,
mantenía el cuello estirado frente al espejo, para afeitar su enjabonada barba.
El perseguidor se limitó con cierta paz a orinar y tras el desahogo con satisfecha sonrisa volvió de
nuevo al paseo entre las altas columnas.
Al verle salir nuevamente inició el seguimiento, tras él cruzó un jardín de acristalado invernadero
que enamora al paseante dando entrada a la estación, en él, altos bordillos de piedra se utilizan como
asiento en los cuales descansaban, el cansado viajero, el achacoso viejo, o la joven doncella cuidadora
de niños, además del borracho y los llamados mendigos.
Con todos se cruzó en el continuo vigilar de su objetivo.
Salieron a una rotonda de calurosas aceras con gigantescos álamos de tupida sombra, que daban
frescor a veladores donde el viandante se reponía de los calores del avanzado verano, con refrescos y
espumosa cerveza.
Tras él, entró en un amplio bar de larga y acerada barra, donde ágiles barman te ofrecían generosos
bocadillos por poco dinero.
Mientras llevaba a sus labios el refresco solicitado, le oyó pedir una cerveza con un pincho de tortilla
excusándose por faltarle unas monedas, el camarero lo aceptó con una sonrisa y le ofreció la generosa
ración de tortilla de patatas que con ansias él devoró.
Después relimpiándose excesivamente los gruesos labios sus miradas se cruzaron en el justo
momento en que el seguidor extraía un cigarrillo, en dos zancadas llegó hasta él con un ruego:
-Perdón, podría por favor darme un cigarrillo. -Pidió con lastimera sonrisa entre los labios.
-Si hombre. -Fue su contestación al ofrecerle la cajetilla.
Le vio coger un cigarro y con él en los labios tomar fuego del encendido mechero que entre sus
cóncavas manos le ofreciera.
Sintió lástima por aquel joven, y cuando entre el cono de la humareda expulsada, le daba las gracias,
volvió a ofrecerle la cajetilla con los dos o tres cigarrillos restantes más un:
-Para luego; tengo otro paquete. -Y devolvió la sonrisa que el agradecido joven le ofrecía.
Entre volutas de humo y tragos de cerveza trascurrieron los minutos, hasta dejar el consumido vaso
sobre la acerada encimera del mostrador. Después sus pasos se dirigieron hacia la salida tras un
agradecido saludo a su seguidor, el cual segundos más tarde también inició el camino colocándose
una blanca gorra y bajo su visera la oscura gafas de sol, que ocultaba su mirada.
Seguido fue su caminar esta vez algo más repuesto después de haber comido, hasta verle volver a
sentarse en otro banco que en esta ocasión era de hierro fundido, pintada su filigrana con negro mate.
En él, apoyó la descargada mochila y sacó de su interior los empaquetados folios que, igualmente tras
observarlos un momento apoyó sobre el asiento; a un transeúnte, por el movimiento realizado por
este, preguntó la hora, el cual tras mirar su muñeca pareció contestarle para seguir después su camino;
el joven tomó un cigarrillo y alzándose del banco volvió a contactar con el viandante, en esta ocasión
en solicitud del favor del fuego; luego, extendió los brazos sobre el respaldo y plácidamente disfrutó
de aquel cigarro.
Toda la tensión antes sostenida parecía haberse evaporado, al menos eso creyó el tipo de blanca gorra
que apoyado en una esquina permanecía pendiente de todos sus movimientos.
Al final de un buen rato consumido ya el cigarro, tranquilamente recogió sus pertenencias y tomó la
suave cuesta de la calle donde Ramón tenía la editorial.
 
Capítulo 33

Repiqueteaban las uñas de sus dedos sobre la pulida tapa del escritorio, desaforándose así de los
nervios que desde la mañana le dominaban; se lo contagió la llamada recibida sobre las doce, fue
Julián quien le informó. Como director de aquella farsa coordinaba todos los momentos.
-Lo dejamos salir. -Secamente dijo, luego más serenamente y explicativo concluyó.
-Confiamos en que contacte contigo, al menos eso le aconsejamos y según Mario, quedó
convencido; por lo que pensamos que su objetivo inmediato eres tú, así que, como ya convinimos,
tranquilo, todo saldrá bien. -Se recreó en florituras que adornaron en extremo sus frases. Pero la
esencia de aquella conversación fue la conclusión de, tranquilo.
Y él, encendido de nervios, repiqueteaba sin ritmo ni son alguno, en la pulida superficie del escritorio,
las uñas de sus dedos.
Mercedes, trató inútilmente de conseguir captar el ritmo de su amado, exasperada al no conseguirlo,
casi en el grito suplicó.
-¡Basta ya!, deja por favor el tamborileo, me vas a poner nerviosa. -El quedó instantáneo, casi
parado en el tiempo. La miró con los dedos aún rígidos sobre la mesa y, avergonzado bajo los ojos al
suelo, cosa que a Mercedes debilitó; de buenas ganas hubiese corrido hacia él y hubiera abrazado su
humillada cabeza; no lo pudo controlar y pidió perdón por ello con sencillas y explicativas palabras.
-Perdona, no he querido molestarte, solo pretendía que te tranquilizaras.
-¡Si! -Exclamó él.- ¿Pero cómo? -Preguntó.
-Bebe un poco de agua, respira como Julián te indicó, muévete pero sin nervios, según dijo: es el
miedo del actor, pero que en la primera frase, se acaba; por lo tanto tranquilo. -Finalizó con el mismo
tranquilo que Julián, en el mismo tono, con la misma convicción, sin embargo él no estaba seguro de
poder tranquilizarse.
Fue en ese momento cuando el ring telefónico le cortó los pensamientos, en el extremo del hilo la ya
conocida doña Isabel; y como siempre las preguntas de rigor, la lógica preocupación como madre,
junto al convencimiento de estar en lo justo.
Él por su parte la mantenía informada sobre los mínimos movimientos de su hijo, irritada a veces,
como cuando supo que había ingresado en un albergue, aunque ello le tranquilizara, le resultó
difícil el aceptarlo.
-Entre chinches y piojos. -Fue su expresión.
Entre recuerdos y palabras oyó el timbre de la puerta, ninguna cita tenía programada en la tarde, solo
podía tratarse de él. Cruzó la mirada con Mercedes cuando esta dejaba su mesa en dirección a la
entrada, no hicieron falta palabras, ella le trató de alentar con una leve sonrisa, mientras él envidiaba
su entereza. Le oyó tomar asiento en la contigua sala e incluso se imaginó su respirar.
Con los consabidos, de acuerdo y los por supuestos que mecánicamente repetía a aquella madre, en
un. -Adiós, adiós, terminó la llamada.

Había llegado el momento: interiormente los nervios agitaban sus carnes, sin embargo al exterior su
porte resultaba sereno; lo confirmó en el reflejo de la isabelina puerta acristalada, que cerraba
aquellos estantes colmados de libros.
Eso le animó y tras pasar por su pelo las palmas de sus manos se dispuso a la escena dirigiéndose a la
sala contigua, la cual era en sí su escenario.
-Hola, soy Ramón. -Y extendió hacia él la mano.
Se sorprendió; tras esa primera frase, sus nervios se alejaron y el aplomo de un señor hizo acto de
presencia; Julián se lo había repetido infinidad de veces, él las dudó todas, pero era cierto, se sentía
fuerte, seguro.
Con tal seguridad tomó asiento frente al amigo, sacó de su bolsillo la cajetilla de cigarros, para
ofrecerle al joven enfrentado a él; el cual, mientras aceptaba el cigarrillo le taladró con la mirada.
-Bien usted dirá: me comentó que tenía un escrito que deseaba editar. -Dijo a su deslumbrado
amigo, que entre la espesura de sus pestañas tenía en él fijas las verdes pupilas.
Se acomodó en el asiento y tomó una calada del cigarro, se relajó sobre la silla y lentamente expulsó
el humo como un azulado cono por su boca, mientras esperaba pacientemente la reacción de Miguel.
-Si, se trata de una novela sobre la mendicidad. -Contestó este y masticó lentamente la palabra
mendicidad.
Tomó de él lo escrito, ojeó algunas hojas, para encontrar algunas frases que aun frías para tal
personaje, eran agradables, tenían musicalidad, le hubiese gustado profundizar en él pero tendría
para ello tiempo sobrado. Por lo que dejó en la circular tapa el escrito, y miró con una leve sonrisa
al contrincante.
-Bien, hablemos claro. -Notó la sorpresa reflejada en su rostro y prosiguió en la perorata repetida a
tantos otros escritores, tales como la encuadernación, el tipo de tapa, el color, el formato, palabras
tantas veces repetidas; le mostró ediciones ya realizadas, y justamente cuando le mostraba aquellos
libros oyó decir a su amigo.
-Ya vale. -Casi le gritó a la cara desafiante. No le temió, conocía a su amigo y sabía de su nobleza,
por nada del mundo le atacaría si antes no era atacado por él, y él no estaba dispuesto a ello.
-¿Qué pretendes? ¿Qué intentas? ¿Por qué ese comportamiento? -Y con cada frase se sintió
zarandeado de la camisa. Pretendió tranquilizarle con el balbuceo de:
-Perdón ¿Se encuentra bien? -Prodigioso se dijo a sí mismo, se había creído a tal extremo la fingida
historia, que al hablar a su amigo no hizo el tuteo comúnmente entre ellos. – prodigioso, se repitió.
-Si, y como ves vivo. -Contestó este.
Bien sabía él que estaba vivo, aquello era solo una obra de teatro, y él era uno de los protagonistas.
Por lo tanto a actuar. Pareció decirse, y, tras mirar a Miguel, actuó.
-Perdón pero no comprendo, no sé que quiere decir. -Y esperó la reacción del joven.
-Que soy yo, Miguel Segura, yo, el que te tenía como amigo, el que no sé por qué razón quieres
anular, yo… yo… Miguel. -Con el Miguel, soltó la camisa, para volver con desganas a sentarse.
-¡¿Con qué es usted? ahora comprendo, usted es el que pretende ser mi amigo. -Repitió las frases
tantas veces estudiadas para decirlas justamente en el momento en que le dijera quien era. Le salió
perfecto, se enorgulleció como actor.
-¿Cómo? -Preguntó su joven amigo, dándole pie a su escena principal.
-Mire, me alegro de tenerle presente; vamos a aclarar de una vez por toda este asunto. -Entró en el
despacho y, tras tranquilizar a Mercedes, tomó de la mesa los tres ejemplares preparados, y dejado
sobre ella desde aquella mañana: había hecho copias de sus novelas anteriores pero adaptó a su
curriculum distinta fotografía., fue su mejor idea, aunque como siempre surgió de Mercedes; la miró
con simpatía y tras una triunfadora sonrisa, salió de nuevo a escena.
-Este es… era mi amigo. -Fingió perfectamente aquella duda enorgulleciéndose de ello, y
sintiéndose seguro continuó. – Por ello no comprendo su actitud al asegurar ser él. -Finalizó, y dejó
sobre la circular tapa las antes nombradas novelas.
- Pero… -Musitó su amigo, hundiéndose humillado sobre la silla. Le preocupó.
-¿Se encuentra bien? -Nuevamente se sorprendió, pues con la situación suscitada siguió hablando de
usted a aquel joven que aun siendo su amigo, era su contrincante el las tablas.
-Mercedes trae un poco de agua. -Pidió a la joven, recuperándose del susto que el hundimiento de
Miguel le produjera. -¿Se encuentra bien? -Volvió a preguntar y exageró en parte su actuación.
Vio cómo él recogió sus folios tranquilamente, luego sin palabra alguna, sin un adiós o hasta luego,
dejó la sala. Justo en ese momento una nube de tristeza cruzó su mente; le apenó el momento pasado
por su amigo, pero su soberbia artística volvió a él: aquella tristeza reflejada en Miguel, había sido
creada por él; y aun a pesar de la lástima que le inspirase, se sintió feliz de haber interpretado
perfectamente tan desagradable escena.
Retornó a su mesa para tomar de ella el teléfono, tras el marcaje de un número la espera de tres
timbradas y el hola inconfundible de doña Isabel.
Después el consabido, soy yo, la información de, ha estado aquí, el, ya ha salido, y entre ello su
conformidad para continuar con la magistral obra; el adiós o hasta luego; y el clic al cortar la
comunicación.
 
Capítulo 34

Varios eran los días que en desmantelar el montaje del local llevaban invertidos. El grupo casi al
completo en ello se empleaban. La función hubo terminado; había que desmontar y empaquetar el
decorado utilizado.
Mientras esa tarea se realizaba, mantenían reuniones donde los encargados de vigilar al escritor
informaban de los menores movimientos que este realizaba. Aquella noche, mientras descansaban,
mantuvieron una reunión en la cual Julián informó de no poder seguirlo; según su opinión, había sido
descubierto por el joven.
La primera noche estuvo bien. Recordó su llegada a la plaza, Damián con su gorrilla blanca se lo
Indicó; lo había conocido por foto donde le resultó agradable, recordó el haberlo comparado con un
galán cinematográfico. Ahora al natural, aunque reconoció su buena talla, lo encontró sumiso, aquella
orgullosa estampa de sus fotos nada tenia que ver con su aspecto actual.
Le inspiró lástima el verle abrir su mano con el máximo contenido de tres monedas, su voz apagada
con el susurro de: –tengo esto. – Y su pena en la mirada le dolió.
Por primera vez dudó si lo que aquella mujer hacía era lo correcto; no comprendía que una madre
hiciese pasar al hijo tan cruel momento.
Se arrepintió de haber aceptado aquel trabajo; pero ahora no podía renunciar. Se encontró atado, y
después descubierto, así lo comunicó al grupo.
Expuso incluso sus dudas, a que al igual que al perseguido, también ellos formasen parte de un
complot, sin poder explicar el porqué de su sospecha.
Pero no era ese el motivo de la reunión: el motivo era el haber sido descubierto por el joven.
Al verle con Sara le preguntó insistente por ella. Él lo había solucionado de una forma inocente, con
las que temió no haberle convencido, por lo que debía dejar de inmiscuirse en ello, dedicándose solo
a la coordinación de los demás actores. Por ello renunció para depositar su seguimiento en Damian y
Jesús: los que cómo trajeados policías, le habían detenido.
El seguiría con la dirección desde la sombra, y solo en caso verdaderamente necesario, intervendría.
Los nuevos designados empezarían esa misma noche.
Era noche de viernes, noche de fiesta y más aún en aquella plaza de tan divertido bullicio.
Motivo por el que tanto Damián como Jesús, aceptaron gustosos.
Al concluir la reunión, ambos ilusionados partieron a su destino; elucubraron con chicas y copas,
decidieron pasar una noche de diversión, preocupándose en parte de un mendigo que, por lo sabido
hasta el momento, había puesto en la plaza su residencia.
Relevaron a Amalia, una joven morena de agradable ver, aunque de exagerados movimientos
escogida para aquella entrecomillada obra, entre los extras últimamente contratados, pero que
ninguno en verdad conocía, nadie del grupo trabajó antes con ella.
Amalia les señaló al individuo arrinconado entre los numerosos mendigos, al cual tras apenas una
semana, les costó reconocer, solo su gran estatura lo denunció.
Luego, una vez controlado, tomaron unas cervezas en compañía de Amalia, charlaron y pasearon,
hasta que en un momento de la reunión, la joven les sorprendió con un:
-¿Os apetece un porro? -Ambos se miraron y con maliciosa sonrisa al unísono contestaron.
- Vale. -Y los tres rieron por la coincidencia al contestar.
Tras observar al mendigo, el cual ya se había echado sobre un gran cartón, con la tranquilidad de que
no se movería, dejaron la plaza para calle arriba buscar la soledad de la noche.
Sin preocupación alguna, por los escasos transeúntes; la mujer inició la rotura del cigarrillo, mientras
Jesús, con un trocito de cartón confeccionaba un filtro.
Fue gusto al encender el mechero y puesto a calentar en hachís, cuando aquellos dos sujetos se le
acercaron; ambos mostraron en su izquierda una chapa policial, y los tres se miraron con el susto del
momento reflejado en sus caras.
-Documentación. -Dijo uno de ellos, que por sus pintas, parecían más estar de viernes que de
servicio. Los tres sacaron la documentación mientras el segundo poli les pedía.
-Vaciaros los bolsillos y dejarlo todo aquí. -Señaló el capó de un coche, luego agregó.
-Todo, os vamos a cachear y si encontramos algo os arrepentiréis.
En silenció y por momento temblorosos vaciaron sus bolsillos: fue Amalia la única que llevaba unos
trozo de droga y el empezado porro que ya el primer policía le había decomisado.
Este tras tomar la numeración de su carnet, les devolvió solo la documentación. Cómo después dijera
Amalia, el chocolate lo querían para fumárselos ellos. Una vez que los camuflados polis les dejaron,
dijo Damián.
-Alucinante tío, cuando el grupo se entere de que lo mismo que nosotros le hicimos al escritor nos lo
han hecho estos.
-Se partirán de risa. -Concretó Jesús, luego dejaron aparte la iniciada risa, y la duda se reflejó en
sus rostros. - Pero es curioso que nos haya ocurrido lo mismo. -Agregó. -Es raro; a ver si va a ser
cierto lo que cree Julián. -Y los dos hombres se miraron fijamente mientras en su cabeza se iniciaba la
duda.
-Tíos estáis alucinado. -Dijo enfadada Amalia para después agregar. –Los bastardos se lo llevaron
todo. -E inició un rápido caminar hacia la plaza seguida de los asombrados hombres.
Antes de llegar a ella continuó diciendo con irritada voz. –Me voy a casa, ya me han cortado la noche.
Tras ello, el adiós o hasta mañana, los amigables dos besos en las mejillas y por los hombres el.
“no te preocupes”, el,” tranquila” y el, “hasta mañana” o “adiós”.

Al quedar solos, nuevamente las dudas sobre los momentos vividos y lo dicho por Julián.
-Analicemos el asunto. -Dijo Jesús. -Podría ser cierto el que estemos siendo utilizados. -Miró a su
colega y concluyó. -Julián en un principio habló de un rapto…
-Cierto, sus palabras exactas fueron: se trata de un rapto. -Ambos intensamente se miraron y aun sin
saber por qué temieron.
-Y que podríamos ir a la cárcel.
-Tenemos que hablarlo porque ¿Qué podría ser?
-Podríamos ser los que hacen el trabajo sucio, podríamos ser los que realizaran el rapto del escritor
y otros se llevarían el beneficio… pero ¿para que copiar los mismos movimientos que nosotros
hicimos con el escritor?
-Podrían estar filmándonos, para coincidir con lo ocurrido y por si algo saliese mal culparnos a
nosotros.
-¡Hostia tío! Tenemos que hablar con Julián rápidamente. -Ratificó Jesús.
A pesar de la tensa situación; tal vez como desahogo a la situación vivida, un recuerdo cruzó la
mente de Damián; el cual con escandalosa risa comentó.
-Verás cuando se enteren.
-¿De qué? -Preguntó sorprendido por la estrepitosa risa Jesús.
-Al saber que policías detuvieron a policías, es rocambolesca la situación. -Y ambos rieron hasta
llegar a la plaza.
Una vez en ella, notaron en tan pocos momentos cómo la concurrencia de personas había decaído.
Apenas despistados transeúntes con la resaca de la noche sobre sí, tomaban el retorno a sus hogares.
Solo ellos y el grupo de mendigos acumulados en el rincón, iban quedándose solos; buscaron con la
mirada al corpulento joven sin encontrarlo, sus ojos se reflejaron en ellos mismos y por sus cabezas
rondó la preocupación.
-Ven. -Dijo Damián, e indicó con su cabeza una dirección.
Ambos expectantes, cruzaron en su camino al grupo de indigentes como basura amontonados en el
rincón de los oscuros, asegurándose con ello lo ya temido.
Efectivamente no estaba; en el breve tiempo de la detención aquel sujeto había desaparecido
habiéndoles ellos dejado una hora antes, en las puertas del sueño.
Una extrañeza más; un punto más con el cual aferrarse a la idea de estar siendo utilizados.
 
Capítulo 35

La penumbra envolvía las blancas paredes del largo pasillo adosado a ambos lados con puertas en
partes acristalada, en las cuales distintos letreros de negras letras señalaban el destino de aquellas
oficinas desmanteladas en partes, como el ya usado decorado.
Acelerados pasos crujían sobre el entarimado suelo hasta llegar a una entreabierta puerta, por la cual
escapaba un haz de la luz reinante en su interior.
La pareja tras cruzar el umbral, descubrió al grupo de personas que inquietas deambulaban en su
interior, personas con distintas apariencia aunque con una misma labor.
A su llegada, el silencio reinó unos segundos y todas las miradas quedaron fijas en ellos, algún que
otro saludo sonó entre alzamientos de cejas o leves toques de sienes.
En el centro una gran mesa de pulido nogal español, sobre la cual caía en vertical el suave aire de un
ronroneante ventilador de grandes aspas; tras la mesa, un confortable sillón de muñido asiento
en cuero tapizado.
En él tomó asiento el canoso Julián, enfrentándose a un semicírculo de sillas donde expectantes
reposaban sus compañeros.
Tras los primeros segundos de silencio, sonó el carraspeo de aquel hombre con el cual inició sus
palabras:
-Bien, os reuní con la intención de informaros sobre el trabajo para el cual os escogí; como sabéis
se trataba de fingir una situación, programada por un cliente, Ramón. -Y corrió sus ojos por los
expectantes compañeros. Continuó con unas series de dudas. -Por detalles ocurrido. -Y enumeró las
rarezas observadas con la que había llegado a la conclusión, de que a parte de ellos, otros más
dirigían los hilos de aquella historia.

El primero en la sospecha de la mayoría fue Ramón: a excepción de ser el que propuso la idea, nada
más sabían de él; había dicho en reuniones que era editor, tenían un número telefónico al que
recurrir, y había aportado unos pagos, pero nada más.
Otro de los que en aquella reunión despertaron sospecha, fue Amalia, por aquella noche no haberse
presentado, siendo participante en una de aquellas extrañezas, y entre los interviniente en la obra,
poco o nada conocida, motivo por lo cual despertó desconfianza.
En superfluas conversaciones terminó la reunión mantenida, con un concepto claro.
Momentáneamente, tres grupos se encargarían de seguir y controlar a los tres sospechosos actuales:
uno de ellos indagaría sobre el tal Ramón, otro a la desaparecida Amalia, y tanto Damián como Jesús
y el Doro, por ser los que más le habían tratado, tendrían que buscar al mendigo.
Los tres se quejaron por ser labor difícil el recorrer la ciudad. Julián les recordó que eran los que
mejor sabían los lugares donde aquel infeliz podría refugiarse; y aun pareciéndoles justo, a
regañadientes aceptaron.
Al concluir la reunión se disolvió el grupo: aquella pareja en dirección a su casa.
Al ser ellos los destinados a esclarecer el asunto de Amalia, debido a que, como el director del grupo,
poseían un pequeño curriculum, y en él, dirección y señas de todos los actores, decidieron al día
siguiente visitarla.

Así se cumplió: recorrieron el típico barrio de adoquinadas cuestas, donde el bullicio de razas era
extremo; jóvenes chinos, sudamericanos e hindúes, transportaban voluminosos bultos; ruidosas
músicas de innumerables instrumentos ensordecían las calles, y un ajetreo continuo limitaba el paso;
cruzaron enlosadas plazoletas, donde negros y árabes, descaradamente trapicheaban drogas, se
cruzaron con obreros de sucios y polvorientos monos laborales, que colmaban bares en horas del
desayuno.
En este bullicio llegaron a la dirección ofrecida por Amalia.
Un destartalado portal daba entrada a un amplio patio jalonados de corredores, que en su altitud se
unían entre sí por largos cordeles de recién lavadas ropas.
Macetas de flores adornaban su perímetro. Y dos cansadas ancianas de recogidos moños sobre bajas
sillas, tomaban el Sol junto a la escalera por la que ascender a los distintos pisos.
Hacia ellas dirigieron sus pasos y llegados a su altura preguntaron por Amalia. Ambas les miraron
con arrugadas caras de finos y casi inexistentes labios.
Una de ellas agudizó con su mano cómo pudo el oído, mientras la otra, fija descaradamente en la
pareja preguntó.
-Óigame, ¿son ustedes policías?
Ambos se miraron en partes sorprendido.
-No, no, no somos policías. ¿Por qué? -Contestó Julián, que dejó como coletilla su pregunta.
-Porque como viene en busca de la “Malia”
-¿A quien buscan? -Preguntó la otra vieja, mientras ahuecaba más aún la mano sobre su oído.
-A la “Malia, Buscan a la “Malia”, -Alzó la voz su compañera, mientras abría para ello en extremo
su desdentada boca.
-A la “Malia”. -Contestó su sorda amiga. –Y ¿“pa” qué? -Terminó por preguntar la sorda. La otra,
como si de una traductora se tratase, dijo a la pareja.
-Que “pa” qué la buscan ustedes. ¿Son policías? -Repitió de nuevo la pregunta.
-¿Qué desean ustedes? Dijo a sus espaldas una gruesa vecina, atraída por las voces de las dos viejas.
Se giraron, y quedaron de cara a una mujer de mediana edad, con voluminosas formas ocultas tras
un blanco delantal, fue Sara la que preguntó.
-Queríamos solo saber dónde vive Amalia.
-En el tercero D. -respondió la mujer, para concluir con un: -Pero ahora no está.
-¿Sabe usted dónde podríamos encontrarla? -Casi rogó Julián.
-Ella para en Casa Pedro, al inicio de la calle, pero como le ha dicho la abuela ayer tarde se la
llevaron.
Julián supuso que se refería a la policía, por ello volvió a preguntar.
-¿Sabe usted los motivos?
-Anda que no, las drogas, esa loca esta muy “enganchá”, a “ca” dos por tres se la llevan, ya ha
estado en la cárcel, una buena menda que es la Amalia. -Su nombre lo repitió con envidioso
desprecio. - Pero ustedes ¿Qué querían de esa? -Nuevamente en el esa, se notó el cariño que aquella
vecina le tenía. No supieron que contestar, se miraron y Sara se adelanto para decir.
-Es para un trabajo.
-¡¿Esa trabajar?! -Aclaró la gruesa vecina, con las miradas de las dos viejas fijas en ella.
-Esa vive del cuento… la actriz. –Concluyó, para a continuación enfatizar la profesión de su
envidiada vecina.
-Bueno volveremos en otro momento. -Finalizó Sara, para salir tras ello de aquel patio de vecinas, y
huir en partes, de las soliviantadas preguntas que aquella vecina, en su interés por saber, les hacía.
Al igual que llegaron dejaron la casa, sin haberla localizado, pero con explicaciones que le hicieron
recapacitar: no deberían haber aceptado a personas sin cerciorarse de quienes eran.
Aquella chica, aun sin aparentar lo que ambos sospechaban, podía ocasionarles problemas, pues
según parecía su asiduo trato policial podía encerrar muchas cosas: desde acarrearles problemas con
la droga, a que chivatease lo sabido sobre la obra.

En estas dudas estaba, cuando calle abajo divisaron el bar antes citado. Cruzaron hacía la vieja puerta
de madera con postigos acristalados junto a una amplia ventana, por la cual se divisaba al completo el
local; sobre la puerta un letrero con el nombre de Casa Pedro; se miraron entre sí y decididos
enfilaron sus pasos hacia él.
Al entrar un fuerte olor a cocina rancia les hizo dudar, tras acercarse a la barra pidieron café para
después preguntar al propietario si conocía u había visto a la tal Amalia.
Por él supieron que le era conocida, pero que hacía varios días que no le visitaba. Sin otras noticias,
decidieron tomar asiento junto a la amplia ventana desde la cual se divisaba el destartalado portal del
patio dejado.
 
Capítulo 36

Varios fueron los días que el trío de perseguidores buscaron al indigente sin poder localizarlo;
preguntaron a mendigos, recorrieron en la ciudad lugares en los cuales se refugiaban, anduvieron
albergues, comedores, donde por caridad aportaban bocadillos, portalones de iglesias, entradas a
supermercados, sin lograr localizarlo.
Pero sin embargo aquella noche, en la que un temprano frío otoñal azotaba las desiertas calles, en fin
de semana, cuando los tres se hubieron reunido solo, para pasarlo bien y tomar unas copas, les asistió
la suerte.
Se habían reunido, con la idea de procurarse una noche de ocio entre copas y diversión, sin intención
alguna de localizar al mendigo motivo de su búsqueda; llevaban en sí solo una idea, el estar de bares
y discotecas, procurándose así el relajado descanso de tan absurda labor; sin olvidar que gracias a la
cual se podían permitir aquel asueto; pero aquella noche sería de disfrute; sin embargo al pasar junto
al derrumbe de un local el Doro con voz potente, gritó.
-¡¡Para!! -Los falsos policías detuvieron el vehículo y retrocedieron en su marcha, para mirar con
extrañeza al Doro. El cual agudizó la vista, tras lo cual concretó.
- A ese le conozco. -Y señaló unas grandes tuberías de cemento, donde un grueso personaje
restregaba sus manos sobre la piedra que cómo asiento ocupaba. Escudriñó la mirada y tras unos
segundos exclamó.
-Si, es él.
-¿Quién? -Preguntó un falso agente, y buscó en el derruido solar, el motivo por el cual el Doro con
su repentino grito le obligara a parar el automóvil.
-Es el gordo. -Ambos se miraron sin comprender. – Si, este le conoce; estuvo en el albergue
cuando yo.
Tales palabras en nada les aclararon la situación, se le veía solo, era un mendigo más, sin embargo
¿por que no preguntarle?, al conocerle podría saber de él; y aceptando la corazonada del compañero
se decidieron a preguntar a aquel sorprendente personaje: tal vez por el simple hecho de no buscarle,
la suerte le ofrecía la oportunidad de saber de él.
-¿Crees que sabrá algo? –Preguntó Damian.
-Es posible, al menos le conoce y al estar como él en la calle igual le ha visto.- Razonó el Doro.
-Por preguntar nada perdemos. -Aclaró Jesús, y maniobró el vehículo hasta aparcarlo.
-Pregúntale. -Dijo al Doro, pero este se negó.
-No, bajemos los tres; daros cuenta que este me tiene por tonto. -Aclaró. – Por lo que mejor será que
le preguntéis ustedes. -Concluyó, mientras alborotaba sus rubios cabellos para con ello ofrecer la
imagen con que el gordo le conocía, dejó escapar de sus labios una saliva, que chorreó en las
comisuras de sus labios y desabrochó su gabán volviéndolo a abotonar en desorden, luego y tras bajar
del coche, recogió sobre su pecho la diestra y con indeciso y torpe paso se dirigió hacia las tuberías
seguido de sus compañeros, los cuales al contemplar su transformación le admiraron.
Al llegar a su altura, el obeso dejó su laborioso afilado y con apenas una mirada reconoció al Doro, ni
sonrió ni mostró reacción ninguna, solo le miró y tras él a sus acompañante, a través de la cortinilla de
un sucio y grasiento cabello.
-Hola Paco, -saludó el Doro babeando las palabras - ¿Cómo lo llevas? –Terminó por preguntar.
A lo que el gordo reaccionó mirándole con desconfianza y en especial a sus trajeados acompañantes,
después con desgana dijo.
-Bien. ¿Y tú? -Contestó, sin apartar la mirada entre los enmarañados cabellos, de sus acompañantes.
-Tirando. -Dijo el babeante amigo, para a continuación preguntar. –¿Has visto al Alejandro?
-¿Por qué? -Contestó a su pregunta el gordo, y desvió su mirada de los compañeros para fijarla
descaradamente en el inocente personaje.
-Estos hombres son editores y buscan a un novelista, contestó entre fingida y babeante risotada.
-Podría saber algo. -Finalizó Paco, y con sus palabras insinuó que ciertamente tenia alguna noticia,
pero que no estaba dispuesto a ofrecerla gratuitamente.
Tanto Damian como Jesús, comprendieron ilusionados la situación, posiblemente aquel día que no se
habían propuesto trabajar, conseguirían finalizar la labor, palparon sus bolsillos y buscaron en ellos el
peso de unas monedas. Movimiento que al no pasar inadvertido hizo sonreír al obeso personaje.
-Lo buscan estos hombres, para hablarle sobre su novela. -Repitió el Doro, mientras tomaba junto a
él asiento y cariñosamente le pasaba el brazo por los hombros.
El gordo, volvió a mirar con insistencia a los trajeados y les preguntó.
-¿Tenéis unas monedas? Dando a entender con ello que solo hablaría por el interés de algún dinero.
Jesús le entregó unas monedas, a lo que el gordo contestó descaradamente.
-¿Solo esto? -Obligándoles así a darle algo más.
Fue Damián, el que tras sacar su cartera, le entregó un pequeño billete e insistió en la pregunta antes
realizada.
-¿Sabe algo de él?
-Si. -Contestó el Paco tras guardar rápidamente el dinero en un sucio y estrecho abrigo, que debido
a su voluminosa barriga no podía abrochar el botón que a dicha altura caía. Luego volvió de nuevo al
afilado de su navaja, mientras concretaba.
-Estuvo unos días conmigo, pero después se fue; ahora anda con un paralítico enganchado al caballo,
mal personaje el tal Dani, pero no se donde están, pasan las noches en cajeros y en derrumbes de
casas, pero no se más. -Finalizó, y agudizó con recobrado brío el afilado, dando de esta forma la
conversación por terminada.
El Doro, al comprender aquel fin concluyó.
-Bueno Paco, si le ves dile que lo estoy buscando.
-Si. -Agregó Damián. -Que nos llame a este teléfono, estamos interesados en su escrito. Concretó
alargando hacia el gordo una tarjeta, que este sin mirarla guardó en el mismo bolsillo donde antes
dejara el dinero.
-Adiós. -Se despidió cariñoso el Doro, uniéndose al paso de sus compañeros, hasta alcanzar de
nuevo el automóvil; desde él miró con lástima al gordo, el cual dejaba su labor, para saludar a un
blanco y raquítico perro de nervioso y agitado rabo.
-Como pasa el tiempo. -Se quejo aquel joven, mientras limpiaba sus babeantes labios y ordenaba la
botonadura de un militar chaquetón. –Cuando le conocí ya era gordo y repelente, pero en tan poco
tiempo esta tan cambiado, que de no ser por su gordura no le abría reconocido.
-Estas gentes se abandonan. -Concluyó despectivamente Jesús, con lo que puso fin a la triste duda
que en la cabeza del Doro reinaba.
Luego entre bromas de sus acompañantes dijo.
-Bueno, sabemos que lo acompaña un paralítico al que llaman el Dani y que es drogadicto, por lo
que será más fácil localizarlo.
Tras ello, continuaron el camino con la idea de tomar la copa programada anteriormente; y ahora
motivado en celebración de tan inesperada noticia.
 
Capítulo 37

Extraordinaria fue aquella reunión, principalmente por ser la última celebrada en el desmontado
escenario, debido a que a continuación entregarían el local donde se hubo desarrollado la detención
del joven escritor, el cual seguía desaparecido; el grupo tenía a su favor la información de que andaba
en compañía de un paralítico, lo cual les hizo creer que su búsqueda les resultaría más fácil.
Contactaron con asistentes sociales, los cuales socorrían la necesidad de aquellos indigentes, en un
vano intento de refugiarles en albergues que la mayoría rechazaba, u aportarles la ayuda que desde su
punto de vista necesitaban. Pensaron que con la información obtenida sobre su compañía les resultaría
fácil localizarle, labor inútil; pues aunque un paralítico podría ser fácilmente reconocido, nadie supo
decirle nada al respecto; por lo que tras una semana de búsqueda, aún seguía desaparecido.

También lo extraordinario se debió a que Ramón fuese convocado a dicha reunión, los encargados de
su seguimiento poco pudieron averiguar sobre él: dedujeron que su situación económica era crítica,
pues sus retiradas bancarias eran ínfimas cantidades y laboralmente, ningún escritor en aquellas largas
semanas, había solicitado sus servicios, por lo que las dudas sobre él persistían, e incluso se
acrecentaban, motivo por el que decidieron hablarle claro con la sutil amenaza de dejar aquella
inquietante situación.

Y finalmente el caso de Amalia, la cual había trabado amistad con Mercedes, debido a la admiración
despertada en esta por su, aun alocado comportamiento, respirar o aparentar una libertad, la cual
ella admiraba al considerarse incapaz de ello.
Habían tratado de localizarla y averiguaron que estuvo detenida, motivo por lo cual las sospechas
sobre ella persistían, la joven propuso ser apartada de la obra, y aseguró guardar silencio sobre lo
sabido; aquel detalle de nobleza gustó a Julián por lo que la mantuvo en el grupo. Nos podrá ser
necesaria por conocer los bajos fondos, los cuales ella hubo confesado, y que el paralítico Dani
frecuentaba. Por lo que aquella desgarbada joven podría resultarles importante. Es lo que pensó el
canoso director.

La conclusión: centrarse todos a excepción de Mario, en la búsqueda del mismo objetivo, encontrar
a aquel joven y organizar la forma de que no volviese a ocurrir un nuevo escape; en esa labor se
centraría Mario.
Julián se lo hubo confiado a aquel joven que tiempos atrás solucionase su cambio de identificación,
ahora debía recuperarla; Damián había presentado el problema al preguntar.
-¿Qué ocurriría, si como a nosotros, -señaló a los componentes de su equipo-, en una redada, la poli
descubre la falsedad de sus documentos?
Aquello resultaría un verdadero problema. Por ello había que crear la forma de recobrar la falsificada
documentación. Mario ya hubo mostrado agudeza y en él confiaba el grupo; los demás se forzarían
en encontrar al mendigo huido, tenían ilusión en el paralítico señalado de drogadicto. Motivo por el
cual Julián hubo aceptado la continuidad de Amalia.
Ramón, antes la duda despertada sobre su persona, se mostró extrañado, no daba crédito a las palabras
de Julián cuando se negó a proseguir aquella farsa, no aceptó el que el grupo en pleno se negase a
proseguirla, y les recordó el contrato firmado, el cual les obligaba a continuar, o por el contrario,
devolver el dinero hasta ese momento conseguido.
Eso les hizo dudar, por lo que todos estuvieron dispuestos a proseguir, aunque en sus íntimos
pensamientos seguía instalada la desconfianza, pero aceptaron continuar, con la sola condición de
que, doña Isabel se personase antes ellos y le confirmase el encargo que por mediación de Ramón les
había hecho.
De ella solo sabían su nombre, por los datos que constaban en la documentación del hijo; pero
necesitaban conocerla y que fuese ella quien confirmase el encargo de aquella idea.
La respuesta del editor fue el comunicárselo, sin asegurarle los resultados, a cambio ellos habrían de
localizar al hijo, pues no podría decirle a ella que con aquel número de personas se le había perdido
el rastro; por lo que lo principal hasta que ella aceptase el comparecer, sería buscarle: si para ello era
necesario más personal, que este fuese contratado; pero su amigo había de ser encontrado.
Esa fue su respuesta, preocupado principalmente por haber cometido el error de no habérselo
comunicado a doña Isabel.
El grupo tras haber aceptado el proseguir mantuvo hacia él la duda, y aunque seguirían en el encargo,
no dejarían de indagar lo que pudieran respecto a su persona.

Al concluir la reunión, cuando ya todos partían, Julián con dos dedos de su diestra señaló a Mario que
se acercara. Llegado a su altura le tomó del brazo y empezó junto a él un lento caminar, después tras
aminorar el torrente de su voz trató de susurrarle.
-Quiero hablar contigo. -Dijo al joven. -Sé que tienes ingenio para ello, por lo cual, quisiera que
buscases el modo de retener a ese escritor; tenemos que conseguir fotocopiar su trabajo y hacer
desaparecer su documentación, él ya esta convencido de ser Alejandro y poco le importará tener o
no documentos.
-¿Y si al perderlo los solicita de nuevo?, podría descubrir el engaño.
-Ya, pero no creo que lo haga, si apenas tiene para comer, ¿por qué iba a preocuparse de solicitar
algo por lo que tendría de pagar?, no lo creo, pero si pienso que aunque sea difícil, si interviene la
poli y descubre la falsedad de sus papeles, podrían llegar hasta nosotros, por lo que hemos de quitarle
esos documentos; sé y confío que pensaras algo para conseguirlo, y a la vez retenerlo, para que no
pueda escapársenos otra vez.
-Como no me lo lleve a mi casa. -Contestó con cháchara el joven.
-No estaría mal. -Concretó, olvidando por el ímpetu y la idea el tono susurrante de su voz.
-Si fuese necesario, no sería mala idea, a ti te ha tratado con buenos resultados, por lo que te sería
fácil el conseguir su aprecio.
-Pero en mi casa podría salir a la calle y… claro que. -Guardo silencio y despertó con ello el interés
del canoso, el cual intrigado preguntó.
-¿Claro que? ¿Qué?
-Pues que necesitaríamos una casa apartada, en el campo, a ser posible aislada.
-¿Y por qué motivo lo llevaríamos a ella? eso si sería un secuestro.
-No si le obligamos a refugiarse en ella. -Confirmó el joven.
-¿Y por qué podría ser? -Volvió a preguntar el ahora animado director.
-¿Un crimen? -Propuso Mario con maliciosa sonrisa.
Julián, al contemplar la imagen que el joven ofrecía, supo que ya había empezado a fraguar una idea,
por lo que se alegró y confiado en él concretó.
-Lo que haga falta, y si precisas de un sitio apartado cuenta con él, tengo la casa de mis padres en
una aldea que nos podría servir, yo suelo hacer a ella alguna escapadas, si la necesitas.
Se ofreció así al vivaracho joven. Él cual sin abandonar la sonrisa aceptó la encomendada misión con
un:
-De acuerdo.
 

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