Reflejo de realidad (en redacción)

Capítulo 38.

Apenas una semana después llegó aquel momento.
En la búsqueda de Amalia, Julián le hubo visto en Casa Pedro, pero también se sintió reconocido por
él, temeroso de que esto le hiciera volver a escapar, casi corrió a la casa de Amalia para dejarla al
cuidado del recién encontrado escritor; sin embargo no le acompañó la suerte, al volver con la chica
el mendigo se había vuelto a perder; pero Amalia, por su amistad con Pedro, le sonsacó que aquel
joven era asiduo a sus comidas, por lo que ambos sintieron que al fin lo volvían a tener controlado.
No pensó lo mismo Mario tras dos días en espera de verle. Se cumplía el tercero, cuando cansado de
esperar encaminó sus pasos hacia la plaza donde moría la calle.
Justo al girar la esquina lo vio, hacia él dirigía sus pasos mientras empujaba un metálico carrito, por
lo que temeroso de ser visto se introdujo en un oscuro portal, hasta verle cruzar con dirección al bar
dejado.
Lo siguió para ver como tras cargar su azul mochila entraba en casa Pedro.
Esperó unos minutos y también él entró divisándole en una arrinconada mesa, le comunicó al
gigantón que ocupaba el sitio libre en su mesa para compartirla con él, y a ese fin encaminó sus pasos.
Al llegar a su altura tomó asiento con un:
-Hola, creo que te conozco. -Sintió sobre sí la abotargada mirada del joven, que tras unos segundos
de fijeza, bajó de nuevo los ojos al humeante plato sin la mínima palabra
-¿No me recuerdas? -Preguntó de nuevo, aclarándole a continuación. –Mario, el del calabozo. -Y
ofreció el saludo de su diestra.
Nuevamente más detenidamente le miró, para tras una duda murmurar.
-Si, Mario. –Y volvió con tristeza al plato.
-Te he visto entrar y me pareciste el tal Miguelandro. -El escritor ausente de sus palabras seguía
degustando con ansias los humeantes garbanzos.
-Y ¿Qué tal te va? -Insistió nuevamente Mario, mientras solicitaba los servicios del gigantón, el
cual llegado a su altura dejó sobre la mesa un plato similar al que el escritor consumía
-Ya ves. -Contestó este a las insistentes preguntas de su acompañante.
Con la primera cucharada volvió a preguntar.
-¿Aclaraste aquel asunto? -Sintió de nuevo la perdida mirada del joven el cual parecía no entender
a que asunto se refería, ante su expresiva duda, insistió de nuevo.
-Si hombre, aquello de tu identidad. -Notó como su interlocutor parecía comprender y le encontró
triste al contestar.
-Bueno… -Con solo esa palabra, envuelta en profundo suspiro, expresó que todo seguía igual, cosa
que el joven amigo sabía perfectamente; sin embargo volvió a interrogarle para tratar de apartarle del
triste momento en el cual se hubo aposentado.
-¿Qué? -Pretendió con la insistencia que aquel joven reaccionara alejándose del mutismo en el
que quedase.
Lo consiguió, lo supo cuando el escritor con desafiante mirada contestó.
-Igual. -Y mantuvo por unos momentos sus taladrantes ojos fijos en él.
Sintió con ellos la rabia que a aquel mendigo consumía; temió cualquier reacción violenta y se tensó
en precavido. Aquella tensión fue rota por la llegada del gigantón Pedro, que nuevamente dejaba
sobre la mesa un segundo plato de tentadoras albóndigas. Volvió Mario a preguntar, arriesgándose al
estallido del individuo, pero con el refugio del mesonero, sobrados de fuerza para cualquier situación
-¿Dónde paras? -E insistió nuevamente al no obtener respuesta a su pregunta. -¿Dónde vives?
Esta vez si recibió la desganada respuesta de un:
-Aquí y allá. -Que contestó, sin la violencia esperada, en verdad le supo a humillación por ello, aun
sin pretender humillarle, concretó.
-En la calle vamos. -Se arrepintió de aquella frase, al notar como el joven hundido bajaba al suelo
su entristecidos ojos, sintió pena al comprobar lo que tanto él como el grupo habían hecho de aquel
hombre. –Eso tiene solución. -Agregó, y tomó una albóndiga del recién dejado plato.
-Te vienes a mi casa, no es gran cosa, es un local, pero oye al menos hay un techo. -Y se llevó
a la boca aquella pelota cárnica que debido a su ardor tuvo que devolver al plato con un:
-¡Hostia!. Mientras trataba de enfriar su boca con el abaniqueo de su mano izquierda.
La simpática situación, hizo brotar la risa del hasta ahora hundido personaje, y contagiado también
él rió. Después el joven llenó los vasos y alzándolos al aire brindaron.
-Por nosotros y gracias. -Dijo el mendigo, tras lo cual terminaron de consumir las ardientes
albóndigas.
Mientras tomaban el café telefoneó a Julián informándole de lo conseguido, este le indicó que
recogiese en su piso la llave de la aldeana casa donde pretendían retenerle.
Una vez en la calle; notó como el mendigo, trató de pasar inadvertido ante el aparcado carrito
colmado de miserias, comprendió su vergüenza y cayó por respeto; dijo solo:
-Negocios. Para justificar su llamada telefónica, y por influirle ánimo, agregó.
-Por cierto que me podrías ayudar.
-Puedes contar con ello y agradecido…
-“Tranqui” colega. -Finalizó Mario, mientras le ofrecía un cigarrillo; continuaron calle abajo hasta
encontrar un taxi en el cual dirigirse a su hogar.
Al entrar en él lo notó intranquilo, se percató de su acomplejado silencio motivado por las recelosas
miradas del taxista, el cual basándose en su indumentaria desconfiadamente le observaba a través del
retrovisor. En su deseo de animarle preguntó.
-¿Y de tu novela, qué?
Enfatizó la pregunta, para con ello realzar su humillada imagen ante los ojos del desconfiado
conductor.
-La he reescrito. -Contestó el joven enorgulleciéndose de su condición de escritor. –Y me gusta
el resultado; lo difícil es la edición, pero todo se andará. -Concluyó con una agradable sonrisa.
-Me la tendrás que dejar leer. -Finalizó Mario. Para comprobar en él el crecimiento del orgullo.
Tras unos segundos, llegados al suntuoso portal de Julián, abandonó por unos minutos el taxi,
para una vez de vuelta continuar el recorrido.
Al culminar el viaje, liquidó al taxista y con decisión se introdujo el su portal, seguido por los
indecisos pasos del escritor.
Se sintió feliz, había culminado con éxito la primera parte de su plan: ahora restaba el conseguir
fotocopiar aquel escrito e internarlo en la casa ofrecida por Julián, en la cual descansarían hasta que
su novela fuese publicada.
Bajaron varios peldaños para llegar al sótano donde tenia emplazada su vivienda y tras abrirla,
con un afrancesado “vuala” permitió la entrada a su recientemente invitado.
 
Capítulo 39

Al cumplirse la semana en la casa de Mario, aquel joven había reiniciado la pasada a limpio de su
manuscrito para recrudecer sus palabras. Aquellas descritas visitas a diversos parques bajo la sombra
de frondosos árboles mientras oía el trinar de pajarillos, le resultaba cursi; comprendió que aquellos
folios de los que se enorgullecía, con los que pretendía escribir su novela, nada tenían que ver con la
cruel realidad que experimentaba; eran una decepción, decidió por ello bajo aquellas letras, reescribir
su actual situación y exponer en ella una realidad de la que el escrito estaba falto.
Ahora los frondosos árboles más que verdosos, se mostraban melancólicos, de un frío gris que
entristecían el espíritu, y el trinar de los alborotadores pajarillos, le sonaban lastimeros; todo le
resultó absurdo ante aquella triste realidad que en extremo le embargaba, en el momento del extender
una pedigüeña mano junto a la iglesia, u ofrecer la apertura de la puerta en la entrada y salida al
supermercado, o el tener que prostituirse por proseguir la senda que desde el salir de su casa se le
había torcido, el obtener esas míseras monedas le avergonzaban, pero las necesitaba para conseguir el
pan amargo que a diario precisaba.

Como escape a aquella situación, aceleró cuanto pudo su escrito; siguió para ello los consejos de
Noelia, una joven correctora amiga de Mario, contratada por el editor para facilitar la terminación de
la novela, la cual alentó al autor y una vez dada por terminada le rogó se la dejara leer, aunque su
verdadera intención fue el fotocopiado de aquellos folio y su entrega a Ramón para la edición.
Cuando lo hubo conseguido, al ser innecesaria se pensó en anularla, principalmente al comunicar la
joven el haber sido descubierta por Miguelandro.
Para ello Mario, recreó una escena en la que ella interpretaría su propia muerte: no era actriz, pero
asesorada por el grupo aceptó aquella escena, con la que pretendían hacer partícipe al joven en una
muerte, por la cual retenerle hasta la publicación de su novela.
Ocurrió aquella tarde, Miguelandro se hubo mostrado huraño todo el tiempo, limitándose a releer su
escrito. Mario comprendió aquel silencio, según lo comunicado por Noe le había visto y seguido
aquella mañana.
Normalmente en esas horas no solía encontrarse en la iglesia, por ello a la joven no le importó pasar
frente a ella; su destino era el llevar los fotocopiados folios a Ramón, pero al cruzarse en su camino
con la escalinata miró hacia él y, aunque su indumentaria era distinta, supo que la había reconocido,
lo confirmó cuando una vez en el coche le vio a través del retrovisor correr hacia ella.
Tuvo justo un momento para huir y lo aprovechó, dejándolo desorientado en la vuelta de la esquina.
Luego, tras entregarle la novela al editor, el cual se sorprendió gratamente por el escrito más la
corrección realizada, telefoneó a Mario y al saber este lo ocurrido programó para aquella misma
tarde su muerte.
No se sintió capaz de tal actuación, sin embargo antes los ánimos de Julián y del mismo Mario,
decidió aceptar: le colocaron sobre el pecho una bolsa la cual ella habría de pinchar en el momento
de un disparo, para así hacer que surgiese el rojo de la sangre.
Siguió el guión dispuesto; tras abrirle la puerta Mario, entró presurosa y casi gritó.
-La policía, viene la poli. -La parsimonia reinante durante toda la tarde se aceleró.
Ambos personajes cambiaron sus tranquilos movimientos en rápida recogida y dirigieron sus pasos
hacia la acristalada puerta trasera. El escritor sin comprender los motivos, contagiado por el frenesí
de sus compañeros, le siguió con el escrito de su novela en cuya lectura se hubo ensimismado toda la
tarde. Salieron en el justo momento en que sonaba el timbre y tras la puerta se oía la portentosa voz
de un policía, después, un certero y fuerte golpe abrió de par en par la puerta para dejar recortada en
la entrada la silueta de dos uniformados. En el mismo instante Ramón gritó:
-Vámonos. -Y con fuerte golpe en su hombro le hizo reaccionar, e inició con ello una vertiginosa
carrera hasta los altos setos.
El miedo se instaló en su ser cuando tras el sonido de un disparo observó como el primero de los
policías caía al suelo del salón, desde el alto escalón en el cual se encontraba emplazada la puerta
por donde aparecieran.
Corrió despavorido para conseguir esquivar los disparos y el tumulto que aquella intromisión produjo;
con la respiración entrecortada descansó un momento sin saber qué camino seguir, los empujones de
Mario le forzaron a proseguir y en ese momento notaron que Noe quedaba rezagada, volvieron hasta
ella para intentar animarla a que continuase. Fue ese el instante que ella aprovechó para pinchar la
bolsa y conseguir que la roja sangre manchara su pecho, para con ello sobresaltar al joven que
incrédulo, la miró con insistencia, mientras ella desfallecida caía inerte al suelo.
-Nada se puede hacer. -Susurró su compañero mientras con fuerte empujón y con un. –Sigamos.
Le obligaba a continuar, mientras a su alrededor las voces y carreras le hacían acobardarse.
No supo el tiempo transcurrido en aquel incesante acoso, vio a Mario entrar en un vehículo y tras ello
ofrecerle la apertura de una puerta, absorto entró en el coche el cual con un chirrido de sus ruedas
inició rápidamente la huida.

Satisfecho por los resultados obtenidos, una vez fuera de la ciudad, Mario aminoró la velocidad del
vehículo relajándose en su conducción.
Notó el ensimismamiento del copiloto, y comprendió con ello que aquel joven había aceptado
plenamente su inverosímil guión, casi sonrió con tal comprobación; le miró un instante, y en sus ojos
notó desconfianza, no le importó, había conseguido su propósito, el apartarle de la ciudad para
conseguir así que no volviera a perderse.
Ahora precisaba el retenerle y ya lo había pensado, portaba en el maletero dos periódicos trucados
con sus fotografías, en los cuales les acusaban de haber asesinado a un policía, motivo con el que
mantenerle en aquel apartado lugar hasta saber por Julián si Ramón había completado la edición;
momento que ansioso esperaría para poder devolver a la realidad a aquel joven que, asustado
compartía su viaje.
Volvió de nuevo a mirarle apenándole su humillada figura.
-¿Qué tal? –Preguntó para intentar influirle ánimo.
-Bien. -Contestó el joven, aunque su acobardada imagen le desmentía.
-¿Qué ha pasado? Preguntó dubitativo.
-La pasma, que me quería quitar esto. -Aclaró al señalar la bolsa que durante toda la huida hubo
transportado.
-¿Qué contiene? -Preguntó interesado el escritor.
-Dosis de dinero. -Le contestó, y abriéndola le mostró en el interior transparentes bolsas de fingidas
drogas.
-Hay un pastón tío. –Concluyó; para dar un punto de verosimilitud a toda su estrambótica actuación.

En silencio avanzó el tiempo, la sombra de la noche oscurecía la carretera, y en ella, las desnudas
ramas en los árboles, aportaban lo siniestro de huesudos fantasmas al viaje.
Una repentina nube impregno de humedad el asfalto por donde raudo como el viento, corría el
automóvil, dejando a su paso sendos senderos de escurrida carretera; en él, cansados, ambos jóvenes
ansiaban llegar a su destino.
En la distancia pequeñas luces señalaban una diminuta aldea; estaban cerca. Según la explicación del
propietario, la solitaria casa se hallaba al final de la siguiente bifurcación la cual conducía al pequeño
pueblo, y a su vez un arenoso camino llevaba hasta la casa para morir en ella.
La iluminaron los potentes faros del deportivo, que tiñeron de luz la blanquecina fachada, frente a ella
frenó el vehículo en ya su lento rodar.
-Espera un momento. -Dijo Mario, para salir al exterior iluminado por los potentes faros.
Buscó un pequeño llavín con el que abrir la rojiza puerta, y una vez abierta encontró al tacto, según
lo explicado por Julián, el interruptor que iluminó el interior de la casa y salió al exterior por la
amplia ventada de celosía cubierta.
Satisfecho retornó sus pasos hasta el acompañante y con jubilosa voz concretó.
-Venga vamos.
 
Capítulo 40

Tras un generoso desayuno, saboreaba una copa de licor y entre caladas del cigarrillo hojeó los
periódicos que desde la ciudad hubo transportado.
En ellos rezaba la falsa noticia de un crimen inventado. Se recreó en primer lugar sobre las fotografías
tomadas en el seguimiento policial del que habían sido objeto.
Él se encontró bien en la fingida pose del descuido, por el contrario Miguelandro se veía difuminado
en la distancia, pero perfectamente reconocible.
-Esto le mantendrá recogido. -Se dijo a sí mismo, mientras releía las sabidas palabras que la
información aclaraba.
En ella se les acusaban del asesinato de un policía perteneciente al sector de antivicio, el cual en una
redada por droga había caído en acto de servicio.
Sobre la muerte de Noe ninguna palabra; no la hubo podido notificar, debido a, en último momento,
haberla incluido en el guión, una vez realizada aquella trama.
-No es necesario. -Volvió a decirse. –Él la vio morir. -Concluyó, y evocó la escena vivida.
Había estado muy convincente la roja sangre, más, el muy bien interpretado desfallecimiento de la
joven, detalle que para no ser actriz, había bordado; con ello el escritor quedaría convencido de su
muerte, por lo cual era en parte innecesaria la noticia al respecto.
Una vez terminada la copa y apurado el cigarrillo, salió del bar que era a la vez estanco y oficina de
correo, a las humedecidas callejuelas de la aldea, con el saludo a algunos viejos que con la distracción
de un juego de cartas, pretendían compensar sus aldeanas monotonías.

Se alegró de no haber sido acompañado en aquellos momentos, la negativa a acompañarle por parte
del escritor había facilitado su labor. Pensó en el momento de intercambiar su bolsa de imitada droga
al maletero del vehículo, para conseguir los periódicos guardados en este, sin con ello conllevar el
riesgo de que aquel joven se percatase del cambio, por lo que se sintió satisfecho, cuando el escritor,
justificándose en su cansancio ante la noche vivida, se negó a ir con él, aquello facilitaba un trabajo
que ahora realizaba.
El olor a pan recién horneado le condujo por estrechas callejuelas apenas asfaltadas en cuyas
humedecidas superficie, se reflejaba unas bajas casas de encaladas paredes; por ellas llegó a la
panadería donde aparte de una crujiente telera, consiguió la información de alguna otra tienda en la
que poder comprar diferentes comestibles, resultó estar cerca, en una carnicería, en la que además de
la carne, ofrecían distintos productos, desde pastas y patatas, hasta distintas conservas y frutas, para
llegar incluso a detergentes y lejías.
En ella consiguió lo imprescindible para los siguientes días, en los que tuviese que estar recluido en
tan desolado paraje.
Tras la compra volvió de nuevo al bar, donde los cuatros viejos de caladas boinas continuaban
al calor de una estufa su monótona partida. Consiguió en él, varias botellas de vino y algo de licor
con los que mitigar la larga espera programada. Finalizó con la prueba del un comarcal vinillo y tras
prender un nuevo cigarro volvió al vehiculo en el cual inició el retorno hacia aquella casa.
A su llegada le sorprendió encontrarla vacía.
-¿Dónde habrá ido? -Se preguntó, el desapacible día no invitaba al paseo, sin embargo lo nuevo del
lugar más las largas horas de espera, le pudo incitar a conocer las cercanías.
Con ese razonamiento, por unos momentos permaneció tranquilo, hasta que nuevamente se preocupó
y salió en su búsqueda; ante la duda de qué dirección tomar, decidió su vuelta, y nuevamente se
entretuvo en investigar un poco los rincones de una casa que a fin de cuentas no conocía, y que ante
cualquier situación podría demostrar al no conocerla, que aquella no le pertenecía.
Ya en la mañana hubo averiguado dónde se guardaban platos y cubiertos, o donde estaban las
sartenes y cacerolas, quería hacer creer al escritor, que al saber esos detalles la casa era de su
propiedad.
Sin embargo a través del tiempo transcurrido, y el descubrimiento de la falta de aquellos folios
de los cuales él era inseparable, se preocupó; de vuelta salió al descampado lugar, y anduvo por
aquellos parajes sin saber que dirección tomar u dónde buscarle; en su casi eterno caminar, el sonido
de cencerros llegó a su oído; tornó hacia ellos los pasos hasta llegar a la altura de un abrigado pastor
que con desconfianza le vio acercarse.
-Hola buenos días. -Fue su saludo, para recibir en contestación un alzamiento de cara junto a un
murmurar de palabras, mientras con amplia sonrisa tocaba levemente su negra boina. Él que no
entendió sus palabras, concluyó concibiéndola cómo, buenos días, aunque no pudo asegurarlo.
Ya una vez frente a él, preguntó.
-¿Ha visto usted a un joven?
-¿Por qué? -Contestó el pastor con su pregunta.
-Es un amigo que hemos venido a pasar unos días en la casa de Julián; y mientras he hecho unas
compras, cuando he vuelto no estaba; he pensado que habría decidido dar un paseo por lo que he
salido a buscarle.
-Pues no está el día para paseos, no señor; yo porque estas tienen que comer, que si no… -Le miró,
y sin darle contestación alguna continuó con su murmullo.
-No señor, no está el tiempo para paseos.
El joven, como ausente por el comportamiento del farfullante pastor. insistió en averiguar si le había
visto, mientras su dificultoso contertulio vociferaba a las ovejas y con ímpetu apedreaba y jaleaba al
incasable perro que en rápida carrera limitaba la expansión del rebaño.
-Sí. -Contestó a la insistente pregunta de Mario. –pero le vi esta mañana temprano. -Miró al nublado
cielo y calculó. –Hará dos horas, dos horas y media. -Aseguró, mientras balanceaba al aire la palma
de su mano; luego la apoyó en su alto báculo y esperó con descarada mirada la reacción del joven.
-¿Y hacia dónde fue? -Insistió este, un tanto exasperado por su interrumpida contestación.
-Fue para allá. -Señaló la dirección tomada por el escritor. –Para mí que iba hacía la carretera.
Finalizó la información, para volver de nuevo a su anterior postura.
Ya tenía señalada la dirección, podía irse, sin embargo en la inercia de la conversación mantenida,
volvió a preguntar.
-¿Y dice usted que harán dos horas?.
-Dos horas, dos horas y media. -Confirmó este; tras lo cual, el consabido gracias y adiós.

Aceleró su bajada de la ladera en dirección a la casa, en la cual hubo aparcado el vehículo,
preocupado por la nueva desaparición del joven, en su cabeza dudó el porque de esta nueva fuga
arrepintiéndose de no haberle obligado a acompañarle en su matutina compra; también dudó en
como decírselo al director.
-¡joder! -Exclamó contrariado por tal circunstancia y rogó al cielo el encontrarle.
Aceleró sus pisadas en la resbaladiza loma, hasta el punto de caer en el barroso terreno y un nuevo.
-¡Joder! Escapó de su boca, que resultó este aún más exasperante que el primero al haber caído.
Como pudo con algunas hierbas limpió las culeras de su pantalón, para conseguir así un tono
verdoso en ellos; con más cuidado completó el recorrido hasta la casa, volvió a sacar de ella los
productos recién comprados y almacenados en esta, dejándolo sin el menor miramiento en el
portaequipaje del coche para, tras su arranque, iniciar el camino hacia la nombrada carretera.
 
Capítulo 41

Se cumplieron dos semanas desde que recibiera el manuscrito, el cual con apenas corrección alguna
le sorprendió; era distinto a lo conocido de él, leyó palabras que le conmovieron al extremo del llanto
y otras divertidas que le aportaron risa a la boca; era una gran obra, digna competidora de máximos
halagos, rallaba en el arte de un best seller, quedó encantada con su lectura.
Esas fueron sus palabras al recomendársela a Ramón, el cual, interesadísimo la escrutó en rápida
leída. Desde las primeras páginas se encontró atado a ella, imposible de alejarse de la historia.
Al terminarla, una emotiva alegría de satisfacción inundó su ser obligándole a acelerar al máximo su
transformación en un libro de agradable proporciones: lo presentó en autentica piel de tonos ocres, en
los cuales incrustó la dualidad de un rostro, enviándolos luego a distinguidos eruditos de las palabras,
para recibir a su vez de ellos grandilocuentes críticas.
Henchido de satisfacción se lo había comunicado a doña Isabel, con la cual acordó en breve reunirse
para la presentación de tan formidable novela. Ella se alegró de aquel éxito que su hijo consiguiera,
aunque en su fuero interno le molestaba el tener que renunciar a la seguridad de su idea: verle al
frente de una empresa, de excelentes resultados económicos, con los cuales disfrutar de la desahogada
vida a la que siempre estuvo acostumbrado.

Despejo la ilusión de Ramón el ring del teléfono; jovialmente tomó el auricular sorprendiéndose
gratamente al oír al final del hilo telefónico, la profunda voz de Julián.
-Ramón, hemos convocado una reunión a la que quisiéramos asistiese.
-Por supuesto, así ultimaríamos detalles. -Contestó el rubicundo editor.
-En ese caso ya conoces la dirección; en el teatro. -Especificó. –Será el jueves sobre las ocho.
-Bien, allí nos veremos. ¿Si no hay nada más?... -remató la frase con un. –hasta el jueves.
Cuando hubo cortado la comunicación le pareció haberle notado dubitativo, pero al recordar las dudas
que sobre su persona tenían no se sintió extrañado, aunque en breve se solucionaría todo, se dijo a sí
mismo.
-Y según el fruto obtenido, agradablemente, -se confirmó, mientras atraía sobre él la embobada
mirada de Mercedes. Al notar en él los ojos de la joven, la miró para agregar.
-Cosas mías. Y consiguió con tal gesto la enamorada sonrisa.
-Deberíamos celebrarlo. –Dijo pletórico, con lo que atrajo de nuevo la mirada de la joven.
-¡¿Cómo?! -Preguntó ella sorprendida.
-No sé, salir, tomar unas copas, cenar. -A cada cosa que él proponía, la hacía embobalicarse, hasta
hacerla hundirse sobre su asiento, con baboso relax.
-¿Si quieres? -Contestó entregándose con ilusión a su deseada fantasía.
-Bien, si no tienes compromiso podríamos aprovechar que es fin de semana y salir a cenar, tomar
unas copas, bailar.
No se lo podía creer, su sueño se cumplía; lo que le proponía era una cita; ¡Oh por Dios!, cuanta
felicidad recorrió todo su ser, y con, aunque tímida, inaguantable sonrisa, aceptó.
-Vale, por mí de acuerdo.
Así iniciose la tarde. Luego vino la apartada mesa para dos, las velas y el pequeño ramillete,
deliciosas sensación tanto tiempo deseada; ahora, tras el vino de la cena, un exquisito rosado que
como ambrosía inundaba la garganta, el café y la copa; por último, el inicio del discotequero whisky,
en el bullicio de las luces y el sonido. Sin embargo en el ruidoso local, vislumbró en su rostro cierto
vahído.
-¿Qué tal? -Le preguntó.
-¡Bien! -Dijo alzando la voz. –Aunque mucho ruido. -Concretó el joven.
-Ven sígueme. -También ella alzó la voz y los pies hasta la punta de sus altos tacones, con lo que
estilizaba hacia él sus generosas formas.
Tomados de la mano condujo al dubitativo joven por el local para, tras cruzar un angosto corredor,
llegar a un enmoquetado y amplio salón donde sonaba amortiguada la música y les permitía las
palabras.
En pequeños taburetes, antes un grueso cristal por el que, aun viendo la pista aislaba su ruido,
tomaron asiento.
-¿Qué tal? -Volvió a preguntar ella, y el mismo.
-Bien. -Aunque en esta ocasión con la muletilla de. –Muchas gentes. -Contestó él.
Supo que tenía que despejarle con una conversación. Quería información de su persona y su astucia
de mujer buscó el solucionarlo.
Él era y había sido amigo de Miguel toda la vida, por lo que si pedía información de su amigo, cosa
que a él le agradaría, y a su vez ella concebiría con ello respuesta a las preguntas deseadas, por lo que
inició la conversación enfocada en su amistad con Miguel.

Por los halagadores detalles de ante una puerta ceder el paso. Detalles que en su romanticismo, a ella
le encantaba. Y que él, al burlarse de los del amigo, al considerarlos innecesario, ante la igualdad de
sexo que las mujeres reclamaban; supo que no era tan ideal como ella hubiese deseado.
Comprendió que no era nada romántico, algo que gustosa habría cambiado en él.
-¿Bailamos? -Preguntó el joven, y todas sus cavilaciones desaparecieron.
Alzó su figura, mientras dejaba en la pequeña mesa el esbelto vaso, con una higiénica servilleta
pegada a la humedad de su borde, y volvieron de nuevo por el estrecho pasillo, al bullicio de la
discoteca en sí.
Dejó abrazar su delgada cintura, con incontenible temblor recorriéndole el cuerpo hasta hacerle tiritar.
Sintió la presión del varonil pectoral sobre sus senos, y añoró el beso, deseosa de fundirse en él,
apoyó sobre su robusto hombro su candorosa mejilla, cerró los ojos y soñó.

Había dejado lo mejor de sus días, como ratón de biblioteca entre los libros, ahora con veinticinco
años, sentía añoranza de esos días, deseaba ser amada y sobretodo amar.
Desde los primeros momentos que inició con él su trabajo se sintió enamorada, tanto tiempo de
espera hasta aquel momento que ahora ilusionada vivía; abrazó su cuerpo contra el hombre que
tímidamente dejaba en su cuello la calidez de un beso, notó en su bajo vientre el calor y la hombría
de su compañero; y sintiéndose con ello totalmente dominada, levantó del hombro la mejilla
para permitir el beso buscado por su amado.
 
Capítulo 42

Dos eran las semanas de la iniciada segunda búsqueda, sin hallar referencia de él, en el espacio de
calle a la que ellos le destinaron.
Amalia, encargada del seguimiento en casa Pedro, solía mantener unas horas dedicada a sonsacar lo
que el gigantón supiera, sin mostrar especial interés en el personaje buscado para con ello no hacer
sospechar a Pedro por su interés.
Por él supo que justamente el día anterior al que ella apareciese, había estado allí con inmensos
paquetes de un amigo pintor.
La estrambótica Amalia, joven morena, de corte de pelo afrancesado y grandes ojos negros con
intensas miradas, llegó aquella mañana al bar, vestía amplias camisas y chaquetones o jersey que
apenas cubrían estrechas mallas de llamativos estampados.
Aun considerándose poetisa, se sentía totalmente atraída por el teatro, de hecho su vida era una
continua representación, con exageración de gestos y movimientos ficticios al hablar, los cuales
declaraban lo fingido en su vida. Luego en la noche, al ser solo vigilada por ella misma a través de los
numerosos espejos en lo extenso de la casa en que vivía, relajaba su comportamiento, hasta llegar a la
pena que le influía la soledad en aquella casa donde, tanto su madre, como ella, nacieron y habitaron
con viejos abuelos ya fallecidos. Ahora ella, tras la muerte materna, entre alucinaciones de drogas y
dosis de falsa alegría, malvivía.
En la mañana era tardío su despertar y con un leve descubrir del edredón en la desecha cama, de
nuevo la entrada a su interpretativo diario.

Aquella media mañana, mientras desayunaba un tibio café con magdalenas le vio, le llamó la atención
los numerosos y voluminosos paquetes antes nombrados por Pedro.
Un nombre no muy viejo pero envejecido, de fláccida y repeinada barba donde las primeras canas
iniciaban su aparición, al igual que en su escasa cabellera de profundas entradas, recogida en la nuca
por enmarañada coleta, que dejaba al descubierto sonrosados mofletes y henchido mirar.
-¿Quién es? -Susurró a Pedro, el cual pelaba blandas patata que en su mondar dejaban trozos de
lo carnoso del fruto.
-¿Ese?, el pintor.
-¿Es pintor?
-Eso parece, al menos así le llaman, pinta, trabaja y mendiga con su artesanía, lo conozco de años.
Concluyó aquella explicación el mesonero, que ahora exprimía en su mano lo podrido de una patata
dejándola en su mitad, la cual tras enjuagarla inició su pelado.
-A mi me gusta mucho la pintura. -Dijo con aparatosos movimientos la joven; que atrajo sobre sí
la mirada del pintor.
Continuó y completó su desayuno “esparramada” de brazos sobre la barra.
Su poco aparente pensar inició la idea del como tomar contacto con él, y en su deseo teatral, estando
como todos autorizada a improvisar cualquier escena, organizó la suya.
Con lento movimiento de sus largas piernas, llegó hasta la mesa que ocupaba el pintor.
-Hola. -Dijo dedicándole una extrema sonrisa.
-Hola.- Contestó el barbudo joven, con morbosa sonrisa al creerse deseado.
-Me ha dicho Pedro que pintas, yo adoro la pintura. -Dijo teatralmente, para tras ello tomar asiento
y apoyar lánguidamente sobre su frente el dorso de su diestra.
-¿Quieres comprar alguna? -Concretó el decepcionado artista, ante tan fingida actuación.
-No, no estoy interesada en ello, pero te cuento: trabajo para una empresa que trata de descubrir a
nuevos talentos, entonces si me gusta lo que haces, podría comunicarlo a mis jefes y organizarte unas
exposiciones. -Concluyó mientras dejaba sobre la mesa los codos de largos brazos que entre las
manos sostenía su pálida y angulosa cara.
-¿Cómo? -Dijo el sorprendido Julio.
-Pues eso. -Agregó con expresión de desden, mientras enderezaba y apoyaba en el asiento su
espalda, con los brazos delicadamente dejados sobre sus cruzadas piernas.
-Buscamos descubrir artistas, principalmente escritores; aun estando abiertos a otras artes. -Finalizó.
-Yo no escribo, yo pinto, pero tengo un amigo escritor, y buen escritor; conozco a algunos artistas,
como dice el refrán Dios los cría… -Concretó Julio al recordar a su amigo.
Había conseguido su objetivo: por Pedro supo de su amistad con el escritor, por él sabría como
localizarle.
-Y ¿Dónde vive?, como te he dicho tenemos interés principalmente en las letras. -Volvió a repetir y
trató de sonsacar cómo contacta con dicho amigo, donde encontrarle.
-No tiene sitio fijo, pero haré por verle, suele venir aquí a comer por lo que no me extrañaría que
apareciese en unas horas.
-Perfecto, yo tengo algo que hacer, pero volveré aquí por lo que si aparece espero verle, en cuanto
a ti, si quieres prepara algunos trabajos para mostrarlos a mi jefe.
-De acuerdo, -dijo el pintor, e ilusionado extrajo de una de sus bolsas, algunas cajas que la joven
examinó, y alabó con grandilocuentes palabras su trabajo, con ello consiguió enervar el ánimo del
artista.
Tras una exhaustiva observación de su labor, se despidió del joven entregándole una tarjeta con el
teléfono de Julián; con el cual poder contactar si localizaba a su amigo. Igualmente dejó otra a Pedro,
explicándole entre exagerada gesticulación lo hablado anteriormente con Julio, del cual con un.
-Hasta luego. -Se despidió, para tomar al salir la dirección de la plaza donde moría la empinada
callejuela.

Era triste el día: las calles vestían de frió viento y nebulosa oscuridad.
Aun sin pretenderlo, la estrambótica muchacha adaptó su caminar al contacto de fachadas que
bordeaban su camino, para intentar así resguardarse del desapacible viento, hasta llegar a la amplitud
de una plaza triangular, donde el ir y venir de personas era un trasiego.
Sin embargo en tal bullicio todo estaba controlado, cada esquina, cada arrinconada calle, mantenía su
cometido.
En uno de sus ángulos un punto de contacto con pequeños traficantes, la atrajo. Su intención era el
telefonear a Julián y darle las novedades, donde no le oyese y sospechase el gigantón del Pedro.
Sin embargo, la posibilidad de conseguir una dosis le pudo, y decidida se dirigió hacía el grupo.
No conocía a los componentes, sin embargo, con un leve toque en la nariz, o, por una mano cerrada
a la altura del pecho agitándose a ambos lados, supo que le ofrecían la droga, deseada por ella en
aquel momento.
Sin el mínimo pudor acercose a ellos para preguntar.
-¿Tenéis coca?
-¿Cuánto quieres?
-Un gramo. -Contestó, mientras buscaba en su bolsillo el precio estipulado y sabido por aquella
dosis.
Con el dinero en la mano recibió la novedad: una placa policial y un:
-Documentación.
-¡Hostia!. -Fue su respuesta y un tratar de huir de aquella plaza, topándose al girar con otro trajeado
agente, el cual sujetándola por un brazo, preguntó.
-¿Tienes prisa?
Después. Arrinconarla en la acera ante la mirada del transeúnte; momentos de coacción y de
vergüenza, que los policías aprovechaban para sonsacarle información.
El trajeado agente comprobó su identificación, y al conocer su historial decidieron detenerla.
En una redada anti-drogas, se buscaba la solución de una extraña muerte: en un descampado
derrumbe había aparecido un joven muerto junto a unas muletas, que según comprobara el forense no
precisaba, por pisadas en su alrededor, supieron que hubieron dos personas, pues encontraron tres
tipos de huellas, junto a la perpendicularidad de dos continuas rayas; y unos olvidados escritos donde
rezaba el nombre de Miguel Segura, a él precisamente buscaban cómo testigo de aquella muerte.
 
Capítulo 43

Torbellinos de hojas secas, bailaban en las calles. Un atípico otoño de calurosos principios, mostraba
ya en sus finales su verdadero rostro, y recorría las calles con rachas de fríos vientos, presagiadores
del pronto invierno.
En la estrecha callejuela, el iluminado farolillo indicaba la apertura del viejo teatro: en él, como
siempre, el semicírculo de sillas y en ellas al completo la compañía, inclusive la estrambótica Amalia,
la cual tras una breve detención fuera puesta en libertad.
Fue ella la que en parte preocupó a Julián, contándole su encuentro con Julio, motivo por el cual el
canoso director se encontraba ilusionado, y además toda la información recogida en comisaría sobre
una tal Juana y el autor de unos olvidados y desechados folios sobre la historia de un mendigo
escritor, con la firma de Miguel Segura.
Motivo por el que llegó la intranquilidad, si la policía descubría al joven podrían ellos estar también
en peligro. Nada le había dicho a Ramón respecto a la nueva fuga, por ello ante la noticia recibida y
el reinante temor, habría de informarle y asegurar por las restantes buenas noticias, que en breve
volverían a controlarle: se dirigirían a casa Pedro y no se separarían de allí hasta localizarle; eso fue
lo acordado en aquel medio círculo de personas, en cuyo centro como siempre, se sentaban Sara y
Julián; junto a él, Mario.
Tomó aprecio Julián a aquel chico, al que algunos momentos envidió. Le había resultado difícil el
llegar al lugar alcanzado, se reunía con personas muy normales, más bien simples, para sentirse por
ellos endiosado, junto a él, aquel joven brillaba con luz propia, una luz que a veces le cegaba y le
encerraba en la envidia; aunque los momentos con él resultara amigablemente, rozando incluso el
cariño; en eso divagaba su pensamiento, que fueron rotos por la llegada de Ramón.

Llegó melosamente encariñado con Mercedes, ella lucía un nuevo esplendor en su cara, mostrándose
toda ella con una relajada satisfacción que su mirada prodigaba en chispeo de alegría, pendiente
siempre, de los mínimos deseos del ser amado.
Él pavoneándose presumió gallardamente de su conquista y con gestos don juanescos, mostraba a
todos su nueva situación.
Ante tal felicidad, mostrada a borbotones en miradas y detalles, cómo cubo de agua fría cayó la
noticia; cómo era posible aquello, cómo aislado en pleno campo pudo escapárseles.
Tenía prevista la llegada de doña Isabel al siguiente martes, ¿cómo darle tal novedad y los invitados
a la presentación de la novela? concertada una semana después, ¿qué hacer si el autor no se
presentaba?
-¡Hoff! Bufó, llevándose las manos a la cabeza. La impasible Mercedes se alteró, cosa que a todos
sorprendió y dirigiéndose al grupo concretó.
-Y ¡¿Qué hacen ustedes al respecto? pierden el tiempo en tontas reuniones donde solo se divaga, en
vez de estar buscándole por la ciudad, son ustedes suficientes y bien pagados para ese trabajo, por lo
tanto búsquenlo. -Concluyó su parrafada, tras la cual tomó con mohín de enfado, asiento junto al
editor. Los demás sin nada que oponer ante las enérgicas palabras de la joven, en silencio se miraron
y comprendieron tan clara conclusión, tras carraspear, el director dijo:
-Bien, sabemos que a diario aparece por casa Pedro. -Miró a Jesús y Damian. Y casi ordenó.
-Una pareja se encargaran de esa guardia, el resto, individualicémosnos y busquémosle, conocemos
las zonas que suele frecuentar, por lo tanto repartámonosla y encontrémosle.
Con ese ímpetu iniciaron el reparto y la salida, con la que tranquilizaron a Ramón en la seguridad de
no parar hasta encontrarle.
Animados dejaron la reunión esparciéndose en distintas direcciones, solo Julián iba en compañía de
su ¿Mujer, esposa, compañera?. La exuberante Sara.

La zona que en suerte le hubo tocado fue zona conocida para él, en ella le vio por primera vez, en
ella fue donde le ofreciera el cigarrillo y donde se sintió descubierto por el joven: conversaba con
Sara apoyado en el auto, cuando esta le advirtió de sus miradas; luego el cabreo y el desconfiado
-¿De qué la conoces? -Del joven.
Si le hubiese dicho quien era ella, su amor, su orgullo como varón, en la que apoyaba sus dudas y sus
quimeras, aquella mujer que en estos momentos se alejaba de él incitándole con el contoneo de su
tentadora figura al paso de altos tacones; lo estrecho de su falda dibujaba su silueta, cual ramillete de
blancas azucenas revestidas por el armiño que solapaba el cuello de su corta chaquetilla, en la cual se
posaban sus rubios cabellos.
La observó alejarse hasta la pequeña tienda que aconsejase anteriormente al joven, con la idea de
comprar unos bocadillos mientras él vigilaba la concurrida plaza. Desde su punto divisaba
perfectamente el rincón de los oscuros, tras el suburbano, donde se reunían aquellos miserables;
uniformados policías de jóvenes aspecto, les vigilaban, prohibiéndoles incluso el consumir alcohol
en tierra de bebedores.
Le pareció que su amada tardaba y en su búsqueda continuó el camino iniciado por ella, absorto en
su fin, no vio aquel metálico carrito con el que a punto estuvo de tropezar, y junto a uno de aquellos
desarrapado que parecía atarse los zapatos. Continuó su camino hacia la tienda, y justo en el giro de
la acera la divisó; mordía tentadoramente un pequeño pan en su diestra, mientras el doblez de su
izquierda, soportaba el peso de una plástica bolsa donde se adivinaba unos refrescos.
Tomó de su mano la ofrecida bolsa, en el justo momento en que a su cabeza volvió el recuerdo del
agachado mendigo; analizó la figura que llegaba a su mente y al reconocer las grandes formas de
aquel hombre, supo que se había cruzado con él.
Giró enérgicamente sobre sus talones, e inició el regreso sin oír las preguntas de la rubia compañera.
El llegar al lugar y no encontrarle confirmó su sospecha.
-Ha estado aquí. -Le explicó a Sara mientras extendía hacia ella la mano en solicitud de la suya,
para no terminar perdidos en el tumultuoso lugar.
El primer sitio en que buscó fue en el rincón de los oscuros, sin resultados positivos en ello, trató de
acelerar el paso seguido de la extrañada compañera, abriéndose camino entre las gentes, hasta
alcanzar el inicio de distintas calles en las cuales no supo continuar.
-¡Joder! -Exclamó con furia y sacudió al aire su cerrado puño. –Lo he tenido así de cerca.
Explicó irritado, mientras una corta separación entre sus dedos señalaba la distancia.
-Separémosno y tomemos dos calles. -Sugirió Sara, tras ello, escogió la dirección de su derecha,
haciéndose en la lejanía borrosa su inmaculada silueta.
Él dirigió sus pasos calle abajo, hasta llegar a una bifurcación donde no supo cual seguir, anduvo y
desanduvo ambas, pero indeciso hubo de volver de nuevo a la plaza dejada; en ella, contrariado por
la oportunidad perdida, esperó a su amada la cual igualmente decepcionada, bajó por la acera antes
tomada. Bebía de un refresco que llegada a su altura le ofreció.
Él rehusó un tanto brusco; se sentía irritado por tal momento. La tomó por el brazo e inició un paseo,
esperanzado aún, en que la oportunidad perdida se repitiese.
 
Capítulo 44

Decaía de luz la tarde tiñendo de tristeza el ocaso del día. En los vaivenes que sobre el vehículo
el camino con sus badenes ejercía, se movían los cuerpos de aquellos hombres.
Habían tomado el camino indicado por Amalia, pero nunca pensaron que fuera tan complicado; para
colmo de males se interponía a su paso una escombrera, con restos de ladrillos y metales que
sujetaban el volar de plásticas bolsas.
Pararon el coche y en un suspiro se miraron.
-Aquí debe ser…, según Amalia, aquí se inicia el garito. ¡Es el único dato que tenemos!...debemos
hacerlo. -Concluyó Julián con sensación de cansado.
Abrieron las portezuelas y tomaron contacto con el suelo.
-¿Y bien? -Preguntó el joven Mario.
-Venga vamos. -Contestó el canoso director e iniciaron el caminar entre las derruidas piedras.
-Hostia tío, aquí habrá hasta ratas. -El canoso le miró con irritación y miedo.
Prosiguieron tratando de evitar la caída hasta la cima de aquel promontorio estercolero, donde se
divisaba ya la tierra, bamboleante similar al sendero dejado.
Sacudían los pies y los zapatos e incluso el mayor usaba para ello su pañuelo; mientras la tarde
oscurecía por momentos; y de pronto, desde unos arbustos, una luz.
-¿ustedes perdidos? -Dijo mal pronunciado, el hombrón que con la luz surgió de la espesa
arboleda.
-Hola. -Contestó Julián mientras enderezaba su figura. -Veníamos buscando a la “Fanni”.- Al hablar
conforme levantaba su cuerpo, fue alzando también su barítona voz, y, masticando en su boca las
palabras; además de tratar de mostrar la exquisitez en sus movimientos, ante el temor de no ser
entendido por aquel robusto extranjero.
-Bien hombre, venido a buen lugar. -Dijo el individuo, indicándole con el rayo lumínico de su
linterna el camino a seguir.
-¿Conoce usted a “fantin”? -preguntó Julián, con la continuación del masticar en sus palabras.
-Si, tú ver. -Contestó el gigantón apremiándole con el agitar del rayo de luz.
Al salir de aquel espacio de arbustos y rastrojos, divisaron algunos coches abandonados dispuestos en
dos filas que formaban entre ellos una calle a la cual desembocaban las abiertas, u rotas portezuelas,
para mostrar el interior de los vehículos; entre cartones y tableros que formaban desvencijadas
chabolas donde cansados cuerpos dormitaban.
-Tu ¿Qué querer? -Preguntó llegado a ellos el gigantón.
-Yo querer ver a “Fantin”. –Contestó y trató el canoso de imitarle en su pronunciación.
-Aquí no ver, aquí follar. -Aclaró el gigantón, mientras sacudía en su izquierda la linterna, que
recordaba con ello una porra policial.
-Yo, nosotros solo querer hablar con ella. -Solicitó el director con la humillación en partes de su
cabeza.
-Aquí no hablar, aquí follar. -Volvió a repetir aquel tipo, alzada para ello la voz; en breves
momentos otros dos hombrones, aunque en comparación con el gigantón resultaban miniaturas,
hicieron su aparición.
-¡Qué pesado! -Exclamó exasperado Julián. –Sí: nosotros querer follar con “Fantin”.
El extranjero sonrió, y mostró entre sus dientes, dos enfundados en oro.
-Tú venir. -Dijo, indicándole de nuevo el camino. Notó que solo le seguía Julián y volviéndose hacia
Mario inquirió. -Tú también venir; buenas mujeres, guapas, para lo que tú querer, para follar, comerte
rabo, lo que tú querer.
Mientras repetía su cantinela fue alzando o apartando cortinillas de encendidos colores, colgados
como puertas a desvencijadas furgonetas, donde entre trapos coloristas se ocultaban el moho de sus
metálicos esqueletos.
Sobre los suelos revestidos con restos de moquetas, residuos de unas mujeres que en un tiempo
fueron bellas, cómo fantoches de pintarrajeados rostros, entre huellas de barrosos zapatos y clínex
dispersados en un rincón, que mostraban provocativas poses de ofrecimiento sexual al visitante.
-Tú ¿que querer?
-Yo querer “fantin”, la Juani. -Recordó la explicación de Amalia.
-Si, la que acompaña al paralítico se llama Juani, pero se prostituye, con el nombre de “Fantin”,
según ella dice, por Fantina la de los miserables.
-Fantin, sí. -Dijo el tipo. Llevándole hasta una joven, casi una niña de rubios y relamidos cabellos;
la luz de unos ojos casi apagada tras largas pestañas, surcadas estas por la oscuridad de unas
profundas ojeras; se fijaron en él.
La “Fantin” sonrió, y con ello mostró sus desdentadas encías. A la mente del director vino entonces
el recuerdo del personaje de Víctor Hugo, en la escena de la venta de sus dientes; y comprendió con
ello el motivo de tal apodo; le inspiró pena aquella desvalida joven.
-Esta chupar muy bien, no tener diente y tragar todo… muy buena. -Aseguró el hombrón, para con
una sonrisa mostrar de nuevo el oro de sus enfundados dientes.
-Yo solo querer hacerle unas preguntas. -Trató de explicarse aquel hombre.
-¡Tú no preguntar, tú follar!. A ver sacar polla. -Ordenó el extranjero, y alzó en lo de sacar polla
portentosamente la voz; ante su reacción los dos fotocopiados, se personaron con intensas y
amenazante mirada en sus pupilas.
-Bueno vale. -Contestó el director, e inició el desabroche de su bragueta. -Yo solo quería hablar.
Y pudoroso mostró al exterior su fláccido miembro.
-Tú. -Dijo el hombrón, punzando con la linterna el frágil cuerpo de la “Fantin”. –chupar.
La “Fantin”, miro con ojos turbios el rostro de aquel hombre, y dirigió hasta él sus entreabiertos
labios.
Sintió sobre sí, la presión de un bocado de agradable y humedecido calor; se encontró intimidado
y culeó, ladeándose hacia aquel hombrón con el miembro colgándole entre las piernas, para tratar
de razonar con aquel tipo, y avergonzado dijo.
-Yo solo hablar. Yo pagar por ello. -Pronunció la palabra mágica: el proxeneta acarició su gruesa
barbilla y serenamente preguntó.
-¿Tú pagar? -Esperó unos segundos y concretó. – Venga, hablar. -Y espetó al director que iniciaba
la recogida de sus vergüenzas.
Él dirigiéndose a la “Fantin”, preguntó.
-¿Tú conocer a…? -Paró la pregunta y sacudió enérgicamente su canosa cabellera.
-Que ¿si conoces a un paralítico de nombre Dani?
-Dani. -Repitió la joven como en el despertar de su ensoñación. –Y el loco, el escritor. -Recordó de
pronto aquel despojo de mujer.
-Si, el escritor. -Casi gritó de sorpresa Julián.
-El Dani. -Repitió la joven que parecía bucear en sus recuerdos. -No, no. -Finalizó, y sujetó entre sus
manos los mugrientos cabellos que cubrían su rostro, con intenso brillo en sus pupilas.
Intentó varias veces el director, inútilmente hacerla reaccionar, llegó incluso a iniciar un zarandeó, a
lo que el fornido proxeneta se negó e interpuso entre ambos la portentosa linterna.
-Ya no más. -El canoso desistió y, el fornido extranjero dirigiéndose a Mario, concluyó. -Tú venir.
-¿Yo? -Preguntó el joven, dirigiendo hasta él sus tímidos pasos.
-Si tú, vamos, sacar polla.
 
Capítulo 45

Aun sin demostración ninguna por su parte, se sintió gratamente sorprendida cuando Ramón puso
en sus manos la editada novela, las proporciones le resultaron agradables y la presentación de portada
en tonos ocres, también; sin embargo, sin prestarle la mínima atención continuó con el recibimiento,
interesándose primordialmente por su hijo.
-¿Qué tal está Miguel? -Preguntó, mientras guardaba la novela en un gran bolso conjuntado en
marrón al igual que los zapatos y abrigo.
-Bien. -Concluyó tras una duda el editor –hablamos luego. -Finalizó para tomar las dos maletas de
ella y echar a andar hacia su aparcado vehículo.
Ese fue su recibimiento: luego llegó la pena de sentirlo perdido en una ficticia realidad que ella había
creado; se encontró triste y responsable por ello.
Ramón hubo dudado al comunicárselo, le quito importancia asegurándole que en breve lo
encontrarían por tener controlados a sus amistades.
-Siniestros seres de mal vivir. -Sentenció la madre. A Ramón no supo que decirle, habría querido
culparle a él, pero sabía que la única responsable era ella.
Él notó reflejada en su cara el arrepentimiento por la decisión tomada, supo que añoraba el verle tras
tanto tiempo y le inspiró gran pena, el comprobar cómo en tan poco tiempo se hubo demacrado a
extremo de cargarse de años.
Ella buscó informarse de su estado, a lo cual él restó importancia, negándole en verdad lo sabido en
relación a su amigo. Luego con una sombra de tristeza en la mirada la dejó en el apartamento el cual
tras ser usado por el grupo teatral, lo volvieron a restaurar en su anterior estado.

Ahora, instalada ya, tomó de nuevo la novela y tras enfocarla en distintos puntos de vistas se recreó
en la portada, en letras impresas de tonos beige con transparencia de canela, se leía.
Reflejo, bajo ella, el, de Realidad, en riguroso marrón franciscano; bajo las letras, la dualidad
de un rostro que aun sin ser su hijo le recordaba.
-¡Miguel! -Exclamó en un suspiro mientras su mente evocaba los momentos de una vida que quedan
grabados en toda persona.
Tras expeled el suspiro inició su abertura, todo estaba en orden respecto al derecho.
Después un escueto currículum del autor, en los que le recordaba a su tierra y los momentos de
rifirrafe vividos a cuenta precisamente de sus escritos.
Ramón le hubo encumbrado a título de obra; pero ella no confiaba demasiado en Ramón, al conocerlo
desde pequeño, sabía de él, y del aprecio que por su hijo le cegaba. Además, ella estaba totalmente
capacitada para que nadie le influyera.
Con solo el prólogo lloró amargamente. Siempre había sido mujer fuerte, y según su difunto marido
tozuda, cosa de la que ella, aun considerándolo defecto, se sentía orgullosa.
Esa tozudez, esa cabezonería, le hubo ayudado a superar tantos obstáculos a los que en la vida se
enfrentó, superándolos en su mayoría.
Sin embargo temía de especial manera, aterrándole el dolor hasta los huesos, la idea de la muerte de
su hijo. ¡Oh Dios! como lloró. Por ser aquella idea, lo que el prólogo exponía.
En el mismo lugar del asiento en que dejara el libro, tras cerrarse por lo novedoso de la edición,
quedó olvidado; presente continuamente en su recuerdo, pero negándose así misma el recordarlo.
Esa lucha interior la rompió el timbre de la puerta.
-¿Quién será? -Se preguntó a sí misma, y con un. -¿Quién puede saber que estoy aquí? -A sí
misma se contestó.
Dirigió sus pasos hasta la castellana puerta de gruesos gualderones, y oteó por la mirilla, para
descubrir tras ella, el sonriente rostro de un hombre; agudizó la mirada y buscó el conocerle, pues aun
sin saber quien era, su cara no le resultaba del todo desconocida.
-¿Quién? -Preguntó con voz altanera.
-Buenas tardes, soy Daniel doña Isabel
-¿Daniel?... dudó, y mostró la extrañeza en el arrugar de su cara, en especial en sus ojos de un
indefinido color. -¡Ah si calla!, es el conserje, ya decía yo. -Se dijo, y abrió a continuación la entrada.
-Buenas tardes, -repitió el conserje. –La vi. llegar y he querido saludarle, ¿Qué tal todo? ¿Todo
bien? –La atosigó con sus preguntas, mientras trataba de visualizar el interior.
-Bien todo, gracias…
-Y ¿Su hijo, el señorito Miguel?
-Bien también. -Contestó apoyándose sobre la puerta, con un leve vahído: por un momento también
ella se hizo tal pregunta. ¿Dónde estaría? tendría que hablar seriamente con Ramón e incluso el
denunciar el caso, pero temió ante la idea, pues esta la hubo iniciado ella, incluso consintió en la
anulación de su teléfono para impedir así que pudiese contactar con ella, por lo que la policía podría
acusarle, al ser la principal artífice de tan descabellada idea, sin embargo no le importó, lo primordial
era saber urgentemente del bienestar de su hijo.
El servil conserje, que centraba su pensar con el vano intento de acaparar con la vista el interior, con
una nueva pregunta la hizo regresar a aquel momento.
-¿La obra quedó bien?
-¿La obra? ¿Qué obra? –Se preguntó mientras miraba extrañada al servicial portero.
-Estuvieron aquí para grabar unas escenas.
-¿Grabar? ¡Ah calla! Los del teatro. -Recordó la explicación dada por el editor, pero que cargada de
preocupaciones más importantes, había olvidado.
-Los del cine. -Confirmó el empleado.
Tras los tres continuos si de doña Isabel, las respectivas preguntas de familias y los continuos gracias,
por ambas partes; después, el deseado adiós de Daniel.

De nuevo la soledad, y de nuevo los pensamientos, momentos vividos por ella en aquella y en la vieja
casa con su hijo, llegaron retrospectivamente hasta su mente, desde su niñez evocó los mejores de
ellos, la infancia hasta el fallecimiento de su padre, añoradas sonrisas curvaron sus labios; y en
deslumbrante flash, vio la imagen de su hijo creciendo en el recuerdo.
Sin embargo ahora nada sabía; sus humedecidos ojos tornaron a la novela y con temblorosa mano
la tomó para iniciar su lectura; con cada frase fue emocionándose, hasta pensar en nuevamente
apartarla, le producía infinita pena el saber que aunque exageradas, aquellas experiencias hubieron
sido vividas por él. Se apenó, pero forzándose a ello continuó leyendo.
 
Capítulo 46

La alegría y la dicha flotaban en el ambiente; inocentes canciones de paz e infantiles risas, llenaban
las calles, todo era un bullir, una algarabía de luz y sonidos.
El olor a lo dulce embriagaba la plaza de cuadrados soportales, que limitaba el escape del adoquín
con el cual estaba empedraba: en su centro, lo ecuestre en una escultura jalonada con pequeños
negocios, tenderetes donde los niños buscaban sorprender con distintas elecciones de lo expuesto.
El seguro pisar aun en el inestable suelo, de unos tacones atrajo su mirar, subió el recorrido de sus
piernas hasta el corto abrigo rematado en negra piel, el cual dibujaba sus líneas y moría la imagen en
alto moño, que estilizaba aún más su proporcionado cuerpo.
Con solo una mirada supo quien era.
-¡Noelia! -Alzó un tanto la voz por la distancia que le separaba de la chica, la cual volviéndose hacia
él, mostró su alegría en una sonrisa, mientras alzaba con el índice diestro su largo flequillo.
-¡Hola! -Fue su saludo, tras él, los besos y las repetidas pregunta del ¿qué tal?
Se conocían años atrás: al introducirse Ramón en el mundo editorial la hubo conocido; aparte de un
cuerpo escultural, poseyó siempre ese sexapil, que la convertía en deseada. Pero la verdadera
admiración hacia ella, era debido a su eficaz trabajo.
Siendo a su vez amiga del joven Mario, fue también propuesta por él; al saber de su efectividad en
la corrección de todo escrito, la contrataron para alentar en su trabajo al escritor, con consejos y
conversaciones que despertase en él la inspiración; fue ella la que fotocopió y entregó el manuscrito
de la novela, por la cual preguntó.
-¿Cuándo se presenta la novela?
-El próximo veintidós. -Concretó satisfecho el editor, orgulloso por su trabajo y, en especial de
Mercedes su acompañante, la cual acaparadora enlazaba su brazo.
Ambas se saludaron algo distantes: aunque pertenecían al mismo gremio laboral, los libros, en nada
se parecían; frente a la adorable belleza de Noe, ella solo poseía la típica imagen de una bibliotecaria:
tenía unos bonitos ojos de relajado azul y dibujados labios de carnosa sonrisa, en redondeado rostro
con sonrosadas mejillas; frente a ella una joven de dorada tez, en la que destacaba, junto a respingona
nariz, el atigrado verde de unas pupilas en el perfecto ovalo de un rostro de tentadores labios.
Derramaba sensualidad, principalmente en la delicadeza de un grácil cuerpo frente al suyo, de
generosas formas; tal vez, esa variación entre ellas sembrase la enemistad, principalmente en
Mercedes.
Ramón, aun habiéndole mandado invitación, aprovechó el encuentro para oralmente invitarla a la
presentación de la obra, en la que ambos contribuyeron. Justó en aquel momento Noe preguntó:
-¿Y Miguel? -Con sólo esas palabras consiguió que la cara del joven se descompusiera, para cambiar
de amable alegría a quejumbrosa y apesadumbrada inquietud.
-No sabemos dónde está; sabemos que está en la ciudad pero no le encontramos, está perdido.
Concluyó apenado el editor.
-¡¿Cómo que perdido?! Yo lo he visto.
-¡¿Cómo?! -Exclamó y retornó de nuevo a la euforia anterior, contagiando a su vez a Mercedes.
La cual como siempre previsora, indagó y tomó nota de lo dicho por Noe,
-Si. -Narró esta. –Me salió de entre dos coches, en un principio no le reconocí luego tras el susto
medité y supe que era él, di de nuevo la vuelta, pero ya no estaba.
Se volvió nuevamente exasperante la buena noticia recibida; sin embargo habría de darla rápidamente
al director, el cual debería centrar la búsqueda en una zona que aunque extensa, era conocida del
grupo. –Darían con él, -se confirmó a sí mismo, para tratar con ello de tranquilizarse.
Después, tras los besos y los adioses, comprobar los datos anotados por Mercedes y la continuación
del camino. En su pensar lo más urgente era contactar con Julián y dar notificación de lo hablado.
Consiguió en el circundante bullicio abrirse paso hasta un bar desde el cual hacer correr la noticia.

Avanzada ya la noche, programó un paseo cultural entre copas de vino y tapeo, sumergidos en la zona
bohemia en la que se encontraban. Fue ella la que anuló aquel programa, su propuesta fue una
tranquila cena en un humilde restaurante de la zona citada por Noelia; si además quería cultura,
visitarían garitos poéticos cercanos al lugar, donde aspirantes a poetas lanzaban versos al aire: fue
Amalia quien se los hubo recomendado; y además, podrían contribuir en la búsqueda del amigo.
Él analizó ambas opciones, y por la explicación dada por ella aceptó cómo positiva su idea, por lo que
decididos tomaron dicha dirección.

Después de la cena, decidieron pasear para contribuir en la búsqueda; patearon tranquilas calles
donde se robaron besos, era agradable la pareja, derramaban esencias de amor; llegaron en
acarameladas caricias a la recoleta plaza donde el trajín de personas se relajaba, solo el sonido ante la
apertura de algún bar, indicaba lo transitado en ella.
Decididos a una última copa, entraron en uno de aquellos bares, que por lo acristalado de su fachada
permitía desde su interior divisar toda la plaza.
Les atendió un joven de acnético rostro con largo y blanco delantal, al cual el editor preguntó tras
mostrar una fotografía sacada de su cartera.
-¿Conoces a este hombre? -Señaló con el dedo en la foto, la cara de su acompañante y amigo junto a
dos sonrientes jóvenes.
La miró un solo momento y contestó.
-No. -Sin embargo hubo en él una duda.
Mercedes al percatarse de ella, presionó,
-Puede estar cambiado de hecho lo estará, hoy por hoy es un mendigo.
Se topó con la dubitativa mirada de aquel chaval.
-La verdad es que al verle me acordé de un mendigo.
-¿Si?... Inquirió impaciente Ramón.
-Bueno la otra mañana. -Inicio el chico su explicación. –Estuvo aquí un mendigo al que mi abuelo
invitó, ahora viéndolo creo que es él. -Agregó, remirando de nuevo la pequeña foto.
-Estuvo en esta mesa y escribió unos folios.
-Es él. -Concluyó animado el editor – ¿Y dices que tu abuelo lo conoce?
-No. -Negó rotundo. -Mi abuelo solo le invitó a desayunar. -Aclaró, temeroso de involucrar a su
abuelo en la búsqueda de una persona de la que nada sabía.
-¿Podríamos hablar con tu abuelo? -Intervino la chica.
-Si. -Dijo tímidamente el chico, que hundió el cuello en el alzamiento de sus hombros, e indicándole
en la barra del bar a un viejo barman de plateados cabellos, hasta él le acompañó.
Tras preguntar al anciano, este le aclaró la situación del amigo.
-Si; le he visto en ocasiones, suele dormir en ese rincón. -Trató de señalar el exterior de su
acristalada fachada de mecánicas rejas, donde se iniciaba en sí, el rincón de los oscuros.
-Dentro de nada llegará, no le conozco de nada aunque me resultó agradable, pues aun siendo un
desgraciado tiene porte de señor, la lástima es que en vez de estar ahí tirado, no busque el nadar
contracorriente.
-Bueno, él esta haciendo un trabajo. -Aclaró Ramón en defensa de su amigo, iniciándose así, a
grandes rasgos, la narración de su aventura; la cual consiguió emocionar al viejo oyente.
Tras ello, el tiempo alargado de una nueva consumición les mantuvo en la espera de su llegada.
Pasado largamente el tiempo sin resultados: la vuelta a casa, en la que aun perteneciendo a
Mercedes, sentíase como en la propia.
 
Capitulo 47

Era el veintidós de diciembre, y la ilusión flotaba en la ciudad. Durante toda la mañana, un repetitivo
cántico infantil vibró en el corazón de las personas; momentos de sueños, rotos ahora en el tiempo de
comida.
Llegaban a casa, tras navideñas compras, y el insistente timbrazo del teléfono, aceleró sus pasos.
-¿Si? -Preguntó al coger el auricular.
-Hola, buenas, quisiera hablar con la señorita Amalia. Contestó una ronca y parsimoniosa voz.
-No, se ha equivocado; aquí no vive ninguna Amalia.
-Ya se que no vive ahí. –Contestó de nuevo la relajada voz.
Aquella contestación le hizo dudar por conocer a la nombrada, debido a ello en el camino de colgar,
tornó de nuevo el auricular hacia su cara y preguntó.
-¿A que Amalia se refiere usted?. Con la extrañeza en el rostro reflejada.
-Amalia una chica guapetona, vecina mía, me dio este número de teléfono para que llamara; llevo
telefoneando toda la mañana, para decirles que está aquí el escritor, ella me dijo que ustedes sabríais
que hacer.
Aquello del escritor le interesó. Sin dudarlo, ambos hablaban de la misma chica, algo excitado por la
parsimonia en la voz del que hablaba, trató de serenarse.
-A ver, a ver. ¿Usted quién es?
-No si a mi no me conocen,… bueno me conoce la señorita Amalia que me dijo..
-¡Bueno si!. Le cortó la explicación -¿Pero usted quién es? -Dudó aquel hombre, para concluir con:
-Bueno, no sé qué importancia tendrá eso, yo me llamo Pedro, Pedro Ruiz. servidor de usted.
Nada le decía aquello; le resultaba incomprensible el llevar minutos hablando con él y saber solo
que se llamaba Pedro Ruiz, que buscaba a Amalia y que sabía del mendigo.
Se desesperó y descaradamente preguntó.
-Usted se ha referido a un escritor. ¿Qué sabe de él?
-Pues que esta aquí, en mi casa.
-¿Cómo que en su casa? -Interrogó. A lo que su relajado interlocutor contestó.
-Mire usted. La señorita Amal…. -Y relató parsimoniosamente lo ocurrido con la joven.
Conclusión: tras largos minutos colgó el auricular, a sabiendas de donde encontrar al mendigo.
Telefoneó a los componentes del grupo, para encontrar entre algunos de ellos, al joven Mario, el cual
se ofreció a recogerle en su vehículo y ambos ir a buscarle, con la ilusión de recobrar al escritor.
El día triste y lluvioso se hubo recrudecido en incesante lluvia cuando entraron ambos en Casa Pedro;
este dejó por un momento la clientela, para dirigirse hasta ellos y contestar a su pregunta.
-Acaba de salir. -Les dijo, señalándole la diluviante calle.
-¿Y que dirección a tomado? -Preguntó contrariado el director.
Dudó un momento. -Si, hacia arriba. Concretó.
-¿Seguro? -Preguntó antes su duda el joven Mario.
Nueva duda y nueva confirmación. –Si, si, hacia arriba. -He querido retenerle pero no me ha echado
cuenta, lo he encontrado extraño. -Completó el calvo gigantón, para continuar tras la explicación de
nuevo con su rutina, ante las prisas dadas por los clientes.
El salir de nuevo a la calle les alegró: la lluvia caía a raudales y obligaba a todo el mundo a
resguardarse, incluso los previsores, que cerraban sus paraguas, inútiles ante aquellas rachas de
ventosa lluvia en la que se había truncado la temprana tarde.
Solo ellos rieron al recorrer el tramo que le separaba del aparcado vehículo, en el cual se refugiaron;
se alegraron de una lluvia que obligaba a todos a refugiarse, por lo que en las desiertas calles, solo
había que ojear los soportales; con lento rodar iniciaron la empinada calle, más pendiente en sí de
las gentes refugiadas, que del despejado camino donde transitaban.
Fueron quizás minutos, tal vez no llegase a media hora, el tiempo que duró aquella tormenta, que tan
generosamente regó la ciudad, lentamente buscaron entre los transeúntes la cara del mendigo sin
conseguir verle, tomaron la bifurcación de una calle que le llevó bajo un puente, desde allí le vieron
en la altura, asomado al largo barandal.
-Es él. -Confirmó Mario, al ¿Es él? Que el canoso preguntara.
La mañana hubo sido extraña, con lo gris del día se acentuó su agobio. La sensación de un fuego, le
había incendiado en sueños, se despertó con el grito de fuego… fuego, para pensar desde el primer
segundo en lo vivido en la celda con su ficticio personaje; recordó al joven, acurrucado en la sombra
con desencajado rostro por el sueño mantenido; no sabía si el sueño era el mismo, pero si causó en
él, el efecto que su recuerdo le mostraba.
Ahora le veía abocado a una resolución que su ingenio hubo creado. ¿Cómo poner el no en una
frase?, ¿Cómo anular aquel pasaje?.
Se entristeció por un momento, y la pena desmayó sus miembros. Seguidamente se activó el cerebro,
para buscar el reaccionar ante aquel reto.
Tomó con fuerza el volante, y tras rápido frenazo, que hizo un tanto derrapar al vehículo, giró sus
ruedas en el camino, invirtiendo la dirección para recobrar la dejada; rugió con fuerza el motor y
enfiló la cuesta que a aquella altura le llevara.
-¿Cómo había pasado? -Se preguntó. ¿Cómo había consentido aquel final?, ¿Cómo no lo previó?;
¿Porque asfixiar a tal extremo al personaje?, y ¿Cómo hacerlo con un hombre real sin preveer los
resultados?. Se sintió responsable de la muerte que iba a presenciar, juegos de coincidencias que le
forzaban a contemplar sus resultados.
En un nuevo giro enfiló la calle. En ese momento el joven, sobrepasó la barandilla para quedar en el
exterior agazapado.
-¡Oh Dios! -Se dijo a sí mismo y presionó con fuerza el acelerador. El automóvil ascendió cómo
saeta, sin poder evitar en su ímpetu, a un blanco y famélico perro que con fuerte ladridos defendía
un metálico carrito, contra el que fue estrellada su mísera existencia.
Hubo de frenar con el desecho hierro entre las ruedas; miró al joven que alzaba la vista al cielo
y gritó.
-No. -Bajó del vehículo para posar sus pies sobre la sanguinolenta maza del blancuzco animal, el
cual, aún movía sin fuerza el rabo, mientras una transparente nebulosa matizaban sus rubias pupilas;
de nuevo miró al joven, el cual elevaba su cuerpo.
-¡No! -Volvió a gemir con enturbiados ojos.
¿Que hacer?, ¿Cómo conseguir sujetar su intento?, ¿Que palabra buscar para despertar su sueño?,
¿Para mostrarle la realidad?.
Con grandes y rápidas zancadas corrió hacia él mientras su voz gritaba.
-¡¡Miguel, Miguel!!.
 
Epílogo.

Una pulcra y alargada mesa, de blanco y reluciente mantel, mantenía en su base, emplatadas
exquisiteces en forma de canapés, tentadores en elección.
En la sala, tras el murmullo de voces, flotaba un ritmo clásico de melodiosos violines: corro de
gentes de bien vestir, dialogaban entre brindis de cristalinas copas; y en bocas de todos, gratas
críticas sobre la novela motivo de tal reunión.
Junto a una amplia chimenea de rescoldos mantenidos, donde colocaran un teléfono, del cual no
apartaba los ojos impaciente Ramón, acompañado como siempre de la atenta Mercedes; a su lado
doña Isabel en el esplendor de elegante madurez.
-Es inconcebible. -Dijo la esbelta señora, y evitó con desdén el mirar al editor, que empequeñecido,
intentaba inútilmente pasar inadvertido.
En su interior bullía el deseo de una llamada. La de Julián; le había hablado horas antes, para
informarle que se dirigían a recoger a su amigo en casa Pedro. Era una contrariedad, apenas tendrían
tiempo de adecentarlo, se habría tenido que asear por no mostrar la imagen que si duda alguna
tendría; le preocupó; sin embargo según Mercedes, aprovecharían tal situación; le presentarían cómo
al personaje de su novela, un mendigo, pero no tenía porqué mostrarse sucio u oler mal cómo ellos;
por lo que tendrían que adecentarlo.
Luego le traerían hasta donde impacientes le esperaban. Había notificado la dirección y el teléfono
donde se celebraba el evento, e impaciente esperaba la llamada.
Preocupado principalmente, por el aspecto que tendría, pensó en Miguel, tras algo más de un año
como mendigo ¿Cómo estaría? miró a Mercedes sintiendo por ella verdadera admiración, le había
solucionado como siempre el problema, aportándole la idea de su mendiga presentación.
Su mente le nombró elocuentes palabras del discurso tan brevemente compuesto.
-No te preocupes. -Le dijo ella. -Aprovecha la situación: la novela trata de un mendigo, porque no
mostrar en el autor, tan desastrosa imagen, para alabar con ello el esfuerzo realizado al crear tan
singular obra.
Aquello le había agradado, antes del inicio de la presentación, entre ambos, improvisaron un discurso
de recibimiento hacia el amigo y autor; escribieron grandilocuentes frases de momentos vividos en su
grata compañía, admiraron su valor en tan arriesgada aventura, enfatizaron problemas a los que el
aventurero escritor debió enfrentarse, momentos mostrados en la novela. Para conseguir con ello
engrandecer su valor y su figura.

Doña Isabel, se había ido apartando, de la caldeada chimenea, hasta el frío cristal de una ventana.
A través de ella buscó en espera la llegada; una cortina de lluvia le cegaba pero ella contemplaba en
la nebulosa al amado hijo.
Vestía de un verde intenso, añorador de las pupilas de este; alta, sola y distante del pulular que la
circundaba.
Así se la mostró, con indicativo gesto de su cabeza, la observadora Mercedes; Ramón incapaz de
serenarse, impaciente por la tardanza, trató de tranquilizarse; dirigiéndose con la joven, tras haber
cogido unas copas de la blanca mesa, hacia doña Isabel.
Sin atreverse a mirarla le ofreció un vino, de oscuro color morado que en contraste con el verde
dejaba reflejos rojos sobre el vestido. En esos minutos cesó la lluvia, Ramón, tímidamente, con
humillada voz dijo.
-No se preocupe Isabel, han ido a recogerle,… tal vez con la lluvia… -Agregó, con la intención de
animarla ante las mismas dudas que a él le corroían.
Esperó el desplante de unos ojos que le taladraría, la dureza de unos gestos acusadores.
Al volverse ella, le mostró la agotada mirada de un llanto contenido, el temblor de la impaciencia en
los trémulos labios, con la semblanza de una conmovedora pena.
Tomó la copa, y con fingida sonrisa bebió de ella.
-Es atroz la espera. –Concretó, emitiendo un profundo suspiro. –Es agradable el ver la admiración en
ellos; finalizó tras unos segundos, y señaló con un gesto, al personal que colmaba la sala y en cuyas
bocas, se repetía el nombre de su hijo. Miguel Segura… Narváez. Miguel Segura.
-Ciertamente sienten… sentimos admiración por él. -Especificó Ramón, lo cual, doña Isabel con
sincera sonrisa, agradeció.
En ese justo momento, el ring del teléfono sonó sobresaltándola y de su mano resbaló la copa
estrellándose en la marmórea loza, para quedar cómo esquirlas de cristal, sobre el derramado charco
de un rojo vino.


Fin
 

MundoPoesía se mantiene gracias a la publicidad y al apoyo de nuestros Mecenas.

✦ Hazte Mecenas

Sin publicidad · Blog propio · Apoya la poesía en español

Atrás
Arriba