Capítulo 38.
Apenas una semana después llegó aquel momento.
En la búsqueda de Amalia, Julián le hubo visto en Casa Pedro, pero también se sintió reconocido por
él, temeroso de que esto le hiciera volver a escapar, casi corrió a la casa de Amalia para dejarla al
cuidado del recién encontrado escritor; sin embargo no le acompañó la suerte, al volver con la chica
el mendigo se había vuelto a perder; pero Amalia, por su amistad con Pedro, le sonsacó que aquel
joven era asiduo a sus comidas, por lo que ambos sintieron que al fin lo volvían a tener controlado.
No pensó lo mismo Mario tras dos días en espera de verle. Se cumplía el tercero, cuando cansado de
esperar encaminó sus pasos hacia la plaza donde moría la calle.
Justo al girar la esquina lo vio, hacia él dirigía sus pasos mientras empujaba un metálico carrito, por
lo que temeroso de ser visto se introdujo en un oscuro portal, hasta verle cruzar con dirección al bar
dejado.
Lo siguió para ver como tras cargar su azul mochila entraba en casa Pedro.
Esperó unos minutos y también él entró divisándole en una arrinconada mesa, le comunicó al
gigantón que ocupaba el sitio libre en su mesa para compartirla con él, y a ese fin encaminó sus pasos.
Al llegar a su altura tomó asiento con un:
-Hola, creo que te conozco. -Sintió sobre sí la abotargada mirada del joven, que tras unos segundos
de fijeza, bajó de nuevo los ojos al humeante plato sin la mínima palabra
-¿No me recuerdas? -Preguntó de nuevo, aclarándole a continuación. –Mario, el del calabozo. -Y
ofreció el saludo de su diestra.
Nuevamente más detenidamente le miró, para tras una duda murmurar.
-Si, Mario. –Y volvió con tristeza al plato.
-Te he visto entrar y me pareciste el tal Miguelandro. -El escritor ausente de sus palabras seguía
degustando con ansias los humeantes garbanzos.
-Y ¿Qué tal te va? -Insistió nuevamente Mario, mientras solicitaba los servicios del gigantón, el
cual llegado a su altura dejó sobre la mesa un plato similar al que el escritor consumía
-Ya ves. -Contestó este a las insistentes preguntas de su acompañante.
Con la primera cucharada volvió a preguntar.
-¿Aclaraste aquel asunto? -Sintió de nuevo la perdida mirada del joven el cual parecía no entender
a que asunto se refería, ante su expresiva duda, insistió de nuevo.
-Si hombre, aquello de tu identidad. -Notó como su interlocutor parecía comprender y le encontró
triste al contestar.
-Bueno… -Con solo esa palabra, envuelta en profundo suspiro, expresó que todo seguía igual, cosa
que el joven amigo sabía perfectamente; sin embargo volvió a interrogarle para tratar de apartarle del
triste momento en el cual se hubo aposentado.
-¿Qué? -Pretendió con la insistencia que aquel joven reaccionara alejándose del mutismo en el
que quedase.
Lo consiguió, lo supo cuando el escritor con desafiante mirada contestó.
-Igual. -Y mantuvo por unos momentos sus taladrantes ojos fijos en él.
Sintió con ellos la rabia que a aquel mendigo consumía; temió cualquier reacción violenta y se tensó
en precavido. Aquella tensión fue rota por la llegada del gigantón Pedro, que nuevamente dejaba
sobre la mesa un segundo plato de tentadoras albóndigas. Volvió Mario a preguntar, arriesgándose al
estallido del individuo, pero con el refugio del mesonero, sobrados de fuerza para cualquier situación
-¿Dónde paras? -E insistió nuevamente al no obtener respuesta a su pregunta. -¿Dónde vives?
Esta vez si recibió la desganada respuesta de un:
-Aquí y allá. -Que contestó, sin la violencia esperada, en verdad le supo a humillación por ello, aun
sin pretender humillarle, concretó.
-En la calle vamos. -Se arrepintió de aquella frase, al notar como el joven hundido bajaba al suelo
su entristecidos ojos, sintió pena al comprobar lo que tanto él como el grupo habían hecho de aquel
hombre. –Eso tiene solución. -Agregó, y tomó una albóndiga del recién dejado plato.
-Te vienes a mi casa, no es gran cosa, es un local, pero oye al menos hay un techo. -Y se llevó
a la boca aquella pelota cárnica que debido a su ardor tuvo que devolver al plato con un:
-¡Hostia!. Mientras trataba de enfriar su boca con el abaniqueo de su mano izquierda.
La simpática situación, hizo brotar la risa del hasta ahora hundido personaje, y contagiado también
él rió. Después el joven llenó los vasos y alzándolos al aire brindaron.
-Por nosotros y gracias. -Dijo el mendigo, tras lo cual terminaron de consumir las ardientes
albóndigas.
Mientras tomaban el café telefoneó a Julián informándole de lo conseguido, este le indicó que
recogiese en su piso la llave de la aldeana casa donde pretendían retenerle.
Una vez en la calle; notó como el mendigo, trató de pasar inadvertido ante el aparcado carrito
colmado de miserias, comprendió su vergüenza y cayó por respeto; dijo solo:
-Negocios. Para justificar su llamada telefónica, y por influirle ánimo, agregó.
-Por cierto que me podrías ayudar.
-Puedes contar con ello y agradecido…
-“Tranqui” colega. -Finalizó Mario, mientras le ofrecía un cigarrillo; continuaron calle abajo hasta
encontrar un taxi en el cual dirigirse a su hogar.
Al entrar en él lo notó intranquilo, se percató de su acomplejado silencio motivado por las recelosas
miradas del taxista, el cual basándose en su indumentaria desconfiadamente le observaba a través del
retrovisor. En su deseo de animarle preguntó.
-¿Y de tu novela, qué?
Enfatizó la pregunta, para con ello realzar su humillada imagen ante los ojos del desconfiado
conductor.
-La he reescrito. -Contestó el joven enorgulleciéndose de su condición de escritor. –Y me gusta
el resultado; lo difícil es la edición, pero todo se andará. -Concluyó con una agradable sonrisa.
-Me la tendrás que dejar leer. -Finalizó Mario. Para comprobar en él el crecimiento del orgullo.
Tras unos segundos, llegados al suntuoso portal de Julián, abandonó por unos minutos el taxi,
para una vez de vuelta continuar el recorrido.
Al culminar el viaje, liquidó al taxista y con decisión se introdujo el su portal, seguido por los
indecisos pasos del escritor.
Se sintió feliz, había culminado con éxito la primera parte de su plan: ahora restaba el conseguir
fotocopiar aquel escrito e internarlo en la casa ofrecida por Julián, en la cual descansarían hasta que
su novela fuese publicada.
Bajaron varios peldaños para llegar al sótano donde tenia emplazada su vivienda y tras abrirla,
con un afrancesado “vuala” permitió la entrada a su recientemente invitado.
Apenas una semana después llegó aquel momento.
En la búsqueda de Amalia, Julián le hubo visto en Casa Pedro, pero también se sintió reconocido por
él, temeroso de que esto le hiciera volver a escapar, casi corrió a la casa de Amalia para dejarla al
cuidado del recién encontrado escritor; sin embargo no le acompañó la suerte, al volver con la chica
el mendigo se había vuelto a perder; pero Amalia, por su amistad con Pedro, le sonsacó que aquel
joven era asiduo a sus comidas, por lo que ambos sintieron que al fin lo volvían a tener controlado.
No pensó lo mismo Mario tras dos días en espera de verle. Se cumplía el tercero, cuando cansado de
esperar encaminó sus pasos hacia la plaza donde moría la calle.
Justo al girar la esquina lo vio, hacia él dirigía sus pasos mientras empujaba un metálico carrito, por
lo que temeroso de ser visto se introdujo en un oscuro portal, hasta verle cruzar con dirección al bar
dejado.
Lo siguió para ver como tras cargar su azul mochila entraba en casa Pedro.
Esperó unos minutos y también él entró divisándole en una arrinconada mesa, le comunicó al
gigantón que ocupaba el sitio libre en su mesa para compartirla con él, y a ese fin encaminó sus pasos.
Al llegar a su altura tomó asiento con un:
-Hola, creo que te conozco. -Sintió sobre sí la abotargada mirada del joven, que tras unos segundos
de fijeza, bajó de nuevo los ojos al humeante plato sin la mínima palabra
-¿No me recuerdas? -Preguntó de nuevo, aclarándole a continuación. –Mario, el del calabozo. -Y
ofreció el saludo de su diestra.
Nuevamente más detenidamente le miró, para tras una duda murmurar.
-Si, Mario. –Y volvió con tristeza al plato.
-Te he visto entrar y me pareciste el tal Miguelandro. -El escritor ausente de sus palabras seguía
degustando con ansias los humeantes garbanzos.
-Y ¿Qué tal te va? -Insistió nuevamente Mario, mientras solicitaba los servicios del gigantón, el
cual llegado a su altura dejó sobre la mesa un plato similar al que el escritor consumía
-Ya ves. -Contestó este a las insistentes preguntas de su acompañante.
Con la primera cucharada volvió a preguntar.
-¿Aclaraste aquel asunto? -Sintió de nuevo la perdida mirada del joven el cual parecía no entender
a que asunto se refería, ante su expresiva duda, insistió de nuevo.
-Si hombre, aquello de tu identidad. -Notó como su interlocutor parecía comprender y le encontró
triste al contestar.
-Bueno… -Con solo esa palabra, envuelta en profundo suspiro, expresó que todo seguía igual, cosa
que el joven amigo sabía perfectamente; sin embargo volvió a interrogarle para tratar de apartarle del
triste momento en el cual se hubo aposentado.
-¿Qué? -Pretendió con la insistencia que aquel joven reaccionara alejándose del mutismo en el
que quedase.
Lo consiguió, lo supo cuando el escritor con desafiante mirada contestó.
-Igual. -Y mantuvo por unos momentos sus taladrantes ojos fijos en él.
Sintió con ellos la rabia que a aquel mendigo consumía; temió cualquier reacción violenta y se tensó
en precavido. Aquella tensión fue rota por la llegada del gigantón Pedro, que nuevamente dejaba
sobre la mesa un segundo plato de tentadoras albóndigas. Volvió Mario a preguntar, arriesgándose al
estallido del individuo, pero con el refugio del mesonero, sobrados de fuerza para cualquier situación
-¿Dónde paras? -E insistió nuevamente al no obtener respuesta a su pregunta. -¿Dónde vives?
Esta vez si recibió la desganada respuesta de un:
-Aquí y allá. -Que contestó, sin la violencia esperada, en verdad le supo a humillación por ello, aun
sin pretender humillarle, concretó.
-En la calle vamos. -Se arrepintió de aquella frase, al notar como el joven hundido bajaba al suelo
su entristecidos ojos, sintió pena al comprobar lo que tanto él como el grupo habían hecho de aquel
hombre. –Eso tiene solución. -Agregó, y tomó una albóndiga del recién dejado plato.
-Te vienes a mi casa, no es gran cosa, es un local, pero oye al menos hay un techo. -Y se llevó
a la boca aquella pelota cárnica que debido a su ardor tuvo que devolver al plato con un:
-¡Hostia!. Mientras trataba de enfriar su boca con el abaniqueo de su mano izquierda.
La simpática situación, hizo brotar la risa del hasta ahora hundido personaje, y contagiado también
él rió. Después el joven llenó los vasos y alzándolos al aire brindaron.
-Por nosotros y gracias. -Dijo el mendigo, tras lo cual terminaron de consumir las ardientes
albóndigas.
Mientras tomaban el café telefoneó a Julián informándole de lo conseguido, este le indicó que
recogiese en su piso la llave de la aldeana casa donde pretendían retenerle.
Una vez en la calle; notó como el mendigo, trató de pasar inadvertido ante el aparcado carrito
colmado de miserias, comprendió su vergüenza y cayó por respeto; dijo solo:
-Negocios. Para justificar su llamada telefónica, y por influirle ánimo, agregó.
-Por cierto que me podrías ayudar.
-Puedes contar con ello y agradecido…
-“Tranqui” colega. -Finalizó Mario, mientras le ofrecía un cigarrillo; continuaron calle abajo hasta
encontrar un taxi en el cual dirigirse a su hogar.
Al entrar en él lo notó intranquilo, se percató de su acomplejado silencio motivado por las recelosas
miradas del taxista, el cual basándose en su indumentaria desconfiadamente le observaba a través del
retrovisor. En su deseo de animarle preguntó.
-¿Y de tu novela, qué?
Enfatizó la pregunta, para con ello realzar su humillada imagen ante los ojos del desconfiado
conductor.
-La he reescrito. -Contestó el joven enorgulleciéndose de su condición de escritor. –Y me gusta
el resultado; lo difícil es la edición, pero todo se andará. -Concluyó con una agradable sonrisa.
-Me la tendrás que dejar leer. -Finalizó Mario. Para comprobar en él el crecimiento del orgullo.
Tras unos segundos, llegados al suntuoso portal de Julián, abandonó por unos minutos el taxi,
para una vez de vuelta continuar el recorrido.
Al culminar el viaje, liquidó al taxista y con decisión se introdujo el su portal, seguido por los
indecisos pasos del escritor.
Se sintió feliz, había culminado con éxito la primera parte de su plan: ahora restaba el conseguir
fotocopiar aquel escrito e internarlo en la casa ofrecida por Julián, en la cual descansarían hasta que
su novela fuese publicada.
Bajaron varios peldaños para llegar al sótano donde tenia emplazada su vivienda y tras abrirla,
con un afrancesado “vuala” permitió la entrada a su recientemente invitado.