REIVINDICACIÓN DEL SILENCIO
Transgredir los inviernos con amapolas insólitas
alterar las primaveras con cánticos de difuntos
ascender a las remotas nubes
desde la núbil esperanza del graznido.
Se ausentaron ya los ruiseñores
y las canoras alondras habitaron el silencio.
Este es el desolado campo de batalla que me ofreces.
Y sin embargo la huella de tu desnudez morena
quedó como nube o como beso en la arena de la playa
y las olas arrullaban tu presencia.
Se desgranaron ya las últimas campanadas de la tarde
y clamorosos vencejos arreciaron sus chillidos
buscando amortiguar sus ecos
en las piedras sedientas del verano.
Eran la catedral o su sueño y las esfinges doloridas
bultos renegridos ocuparon como pneumas sin latido
las lluvias sonoras escritas en los pergaminos.
Eran los tiempos desangrados que volvían la espalda a dios
y tú eras mi abundancia y mi desierto
oh ave canora y consumida.
Salvajes mariposas entonaban sus salmodias
desde las hiendas deslavadas de los muros
Eran el llanto de la piedra
y los sahumerios de incienso
escapaban como espíritus angélicos
en busca de tus caricias que eran mías.
Aves lejanas volvían convocadas por los cálidos incendios
que eran tus ojos entonces.
Eras apenas horizonte o refugio y así te quería yo.
Cuerpo como alma y alma volátil
que me arrastraba hacia los mares del sur
hacia el ocaso opalescente
hacia esa conversión en foque o gavia
donde las áridas maromas eran tus amagos de caricia
Velero inmemorial
anclado en los puertos más oscuros de mis noches
ofrecida sentina como reino o como cárcel.
¿Qué crujidos nocturnos me habitaban
como límpidos relámpagos siseantes?
Como los basaltos renegridos por los hielos y las distancias
son fecundados por la sangre de los héroes
me disolveré yo en las últimas llamaradas del volcán y del deseo.
Era la encrucijada irreverente en la que querría ser crucificado
era tu cuerpo en cruz tendido sobre las palmas de mis manos
como un ala o una ofrenda suntuosa
era el gemido postrero, elixir del ansia última.
Así como la roca se disuelve en olor de eternidad
la palabra del hombre, mi palabra,
pierde sus ecos, vigorosos al inicio
y se apaga, amorosamente se extingue...
Y yo reivindico el silencio.
Ilust.: Pierre Soulages. “Más allá del negro”.
Transgredir los inviernos con amapolas insólitas
alterar las primaveras con cánticos de difuntos
ascender a las remotas nubes
desde la núbil esperanza del graznido.
Se ausentaron ya los ruiseñores
y las canoras alondras habitaron el silencio.
Este es el desolado campo de batalla que me ofreces.
Y sin embargo la huella de tu desnudez morena
quedó como nube o como beso en la arena de la playa
y las olas arrullaban tu presencia.
Se desgranaron ya las últimas campanadas de la tarde
y clamorosos vencejos arreciaron sus chillidos
buscando amortiguar sus ecos
en las piedras sedientas del verano.
Eran la catedral o su sueño y las esfinges doloridas
bultos renegridos ocuparon como pneumas sin latido
las lluvias sonoras escritas en los pergaminos.
Eran los tiempos desangrados que volvían la espalda a dios
y tú eras mi abundancia y mi desierto
oh ave canora y consumida.
Salvajes mariposas entonaban sus salmodias
desde las hiendas deslavadas de los muros
Eran el llanto de la piedra
y los sahumerios de incienso
escapaban como espíritus angélicos
en busca de tus caricias que eran mías.
Aves lejanas volvían convocadas por los cálidos incendios
que eran tus ojos entonces.
Eras apenas horizonte o refugio y así te quería yo.
Cuerpo como alma y alma volátil
que me arrastraba hacia los mares del sur
hacia el ocaso opalescente
hacia esa conversión en foque o gavia
donde las áridas maromas eran tus amagos de caricia
Velero inmemorial
anclado en los puertos más oscuros de mis noches
ofrecida sentina como reino o como cárcel.
¿Qué crujidos nocturnos me habitaban
como límpidos relámpagos siseantes?
Como los basaltos renegridos por los hielos y las distancias
son fecundados por la sangre de los héroes
me disolveré yo en las últimas llamaradas del volcán y del deseo.
Era la encrucijada irreverente en la que querría ser crucificado
era tu cuerpo en cruz tendido sobre las palmas de mis manos
como un ala o una ofrenda suntuosa
era el gemido postrero, elixir del ansia última.
Así como la roca se disuelve en olor de eternidad
la palabra del hombre, mi palabra,
pierde sus ecos, vigorosos al inicio
y se apaga, amorosamente se extingue...
Y yo reivindico el silencio.
Ilust.: Pierre Soulages. “Más allá del negro”.