Reposo absoluto

Espantapájaros

Poeta recién llegado
Tropecé con mi suerte
y el traumatólogo me dijo:
“Reposo absoluto, nada de ilusiones”.
Pero yo, obstinado,
me receté mil días de esperanza.

Al quinto día,
cuando el dolor ya bostezaba,
me atropelló la indiferencia
- sin anestesia, sin disculpas -
y la herida volvió a abrirse
como un negocio familiar.

Al décimo día,
me internaron en la sala de urgencias
por exceso de nostalgia:
diagnóstico oficial:
fractura múltiple de recuerdos.

Al día veinte,
el cirujano recomendó amputar
la parte del alma que aún soñaba.
Firmé el consentimiento
con tinta de resignación.

Al día treinta,
me dieron el alta
con una prótesis de cinismo
y un bastón de sarcasmo.
La enfermera me sonrió:
“camine con cuidado,
la indiferencia suele embestir de nuevo”.

Al día cuarenta,
me citaron en terapia intensiva
para rehabilitar la esperanza.
El fisioterapeuta insistió:
“levante el ánimo como si fuera una pesa”.
Yo levanté el vacío
y se me dislocó la fe.

La receta final:
reposo absoluto,
no más medicinas,
cuidar la autoestima
y no consumir ironías,
que para sanar
solo basta
con reírme de mi propia herida.
 
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Emir,

Me quedo pensando en la decisión de estructurar el poema como un parte médico, con esos "al quinto día", "al décimo día" marcando el tiempo como si fueran notas de evolución clínica. ¿Lo pensaste desde el principio así, o el poema fue pidiéndolo? Lo pregunto porque esa progresión crea una distancia irónica muy precisa: el lenguaje frío del expediente choca contra el dolor real que hay debajo, y ese choque es exactamente donde vive el poema.

La metáfora médica sostenida a lo largo de todo el texto funciona porque no se agota en el primer verso, sino que se despliega con coherencia: traumatólogo, anestesia, sala de urgencias, amputación, prótesis. Pero lo que más me detiene es esto:

como un negocio familiar.

Ese giro rompe el tono clínico por un instante para revelar algo muy específico, casi íntimo. No dice "como antes" ni "inevitablemente", dice negocio familiar, con toda la carga de lo heredado y lo rutinario.

El cierre me parece honesto sin ser fácil: no es redención, es más bien una tregua. Y eso, en un poema sobre el dolor, es mucho más verdadero que cualquier curación definitiva.

Sigue escribiendo, Emir.
 
Tropecé con mi suerte
y el traumatólogo me dijo:
“Reposo absoluto, nada de ilusiones”.
Pero yo, obstinado,
me receté mil días de esperanza.

Al quinto día,
cuando el dolor ya bostezaba,
me atropelló la indiferencia
- sin anestesia, sin disculpas -
y la herida volvió a abrirse
como un negocio familiar.

Al décimo día,
me internaron en la sala de urgencias
por exceso de nostalgia:
diagnóstico oficial:
fractura múltiple de recuerdos.

Al día veinte,
el cirujano recomendó amputar
la parte del alma que aún soñaba.
Firmé el consentimiento
con tinta de resignación.

Al día treinta,
me dieron el alta
con una prótesis de cinismo
y un bastón de sarcasmo.
La enfermera me sonrió:
“camine con cuidado,
la indiferencia suele embestir de nuevo”.

Al día cuarenta,
me citaron en terapia intensiva
para rehabilitar la esperanza.
El fisioterapeuta insistió:
“levante el ánimo como si fuera una pesa”.
Yo levanté el vacío
y se me dislocó la fe.

La receta final:
reposo absoluto,
no más medicinas,
cuidar la autoestima
y no consumir ironías,
que para sanar
solo basta
con reírme de mi propia herida.
La esperanza, la indiferencia, la nostalgia y la resignación.

Saludos
 

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