Giovanni Pietri
Director Grafismo e Ilustración Eco y Latido
Resignación
He llegado al final de todas
estas estaciones donde mi alegría
truecase en relámpagos,
truenos del pantano
donde se estancan los sueños.
En esta mi hoguera, yo,
solía atizar el fuego,
para que no se apague la flama
del cosmos en tus ojos,
soplando con una triste vehemencia
en ella,
para avivar la candela
que chisporroteaba indecisa
sobre la brasa de tus dudas.
Abrevaderos en el norte,
donde cuatrocientos jinetes
al viento se reúnen,
son ángeles caídos que no volverán
a los intrincados sueños
de un hombre que ha esperado el amor
sin sentido.
Me cansé de la tristeza,
me cansé del sabor amargo de la hiel
de tu ingratitud,
me aburrí de esperar que fuera diferente,
y comprendí
que es así como el río siente
que fluye, solo y sin remedio,
hacia la enormidad del océano
que es la vida,
allí donde
se diluyen todas las emociones,
todos los sentimientos,
perdidos en la inconmensurable
masa acuosa,
allí donde unas lágrimas más
ya son menos
y donde se extinguen los torrentes,
donde es el morir
de todas las emociones, el destino,
donde el rumor de la corriente
que ha bajado de las montañas
se apaga para siempre.
He arriado mis banderas,
mis gonfalones he devuelto
a los profundos baúles del olvido,
jironados por tanto escaramuza y tanta batalla,
me he fatigado de luchar contra
la caballería de tu indiferencia eterna,
he depuesto mis armas en esta pírrica batalla
y he decidido, al fin…
¡olvidarte!.
He llegado al final de todas
estas estaciones donde mi alegría
truecase en relámpagos,
truenos del pantano
donde se estancan los sueños.
En esta mi hoguera, yo,
solía atizar el fuego,
para que no se apague la flama
del cosmos en tus ojos,
soplando con una triste vehemencia
en ella,
para avivar la candela
que chisporroteaba indecisa
sobre la brasa de tus dudas.
Abrevaderos en el norte,
donde cuatrocientos jinetes
al viento se reúnen,
son ángeles caídos que no volverán
a los intrincados sueños
de un hombre que ha esperado el amor
sin sentido.
Me cansé de la tristeza,
me cansé del sabor amargo de la hiel
de tu ingratitud,
me aburrí de esperar que fuera diferente,
y comprendí
que es así como el río siente
que fluye, solo y sin remedio,
hacia la enormidad del océano
que es la vida,
allí donde
se diluyen todas las emociones,
todos los sentimientos,
perdidos en la inconmensurable
masa acuosa,
allí donde unas lágrimas más
ya son menos
y donde se extinguen los torrentes,
donde es el morir
de todas las emociones, el destino,
donde el rumor de la corriente
que ha bajado de las montañas
se apaga para siempre.
He arriado mis banderas,
mis gonfalones he devuelto
a los profundos baúles del olvido,
jironados por tanto escaramuza y tanta batalla,
me he fatigado de luchar contra
la caballería de tu indiferencia eterna,
he depuesto mis armas en esta pírrica batalla
y he decidido, al fin…
¡olvidarte!.
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