Bajo la luna callada
tu piel buscó mi latido,
y en el temblor de la noche
nos desnudamos del frío.
No era prisa lo que ardía,
era un fuego contenido,
una sed que en el silencio
se nombraba sin decirlo.
Tus manos, suaves mareas,
recorrieron mi destino,
y en cada roce dejaban
un verso recién nacido.
Y se entreabrieron los labios
como quien guarda un suspiro,
y en ese leve temblor
se nos volvió el mundo íntimo.
Yo me perdí en tu cintura
como en un cáliz bendito,
mientras tu aliento en mi pecho
dibujaba el infinito.
No hubo más ley que el instante,
ni más verdad que el instinto,
ni más patria que tu cuerpo
ni más frontera que el mío.
Y así, entre sombras y luces,
entre lo eterno y lo efímero,
hicimos de este deseo
un acto puro… y divino.
tu piel buscó mi latido,
y en el temblor de la noche
nos desnudamos del frío.
No era prisa lo que ardía,
era un fuego contenido,
una sed que en el silencio
se nombraba sin decirlo.
Tus manos, suaves mareas,
recorrieron mi destino,
y en cada roce dejaban
un verso recién nacido.
Y se entreabrieron los labios
como quien guarda un suspiro,
y en ese leve temblor
se nos volvió el mundo íntimo.
Yo me perdí en tu cintura
como en un cáliz bendito,
mientras tu aliento en mi pecho
dibujaba el infinito.
No hubo más ley que el instante,
ni más verdad que el instinto,
ni más patria que tu cuerpo
ni más frontera que el mío.
Y así, entre sombras y luces,
entre lo eterno y lo efímero,
hicimos de este deseo
un acto puro… y divino.