kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
ROSA
Un chaval de veinticinco años
que casi acaba de acabar con su vida durmiéndose al volante
jadea su renacer sentado al borde
de una pequeña carretera
allá donde el Navia comienza su profunda incisión.
Una niebla de resina de caucho y hojas de roble
envuelve la inminencia rosicler de la aurora
que se estrena en la mirada viva
de aquel joven poeta,
de aquel joven poeta…
Y mírate ahora, a lomos de tu arrogante micromónada
masturbándote en tu habitación de pánico
hasta eyacular sobre los tabiques estancos de tu existencia.
Levanta la mirada de tu ombligo, compañero.
Todo el puto día hablando de ti en tus poemas;
que si ya basta de tanta queja,
que si hay que empezar por uno mismo,
que si somos jodidos robots, que si tal, que si cual…
Pero no valen los versos deshonestos
que no predicas con tu ejemplo;
es cierto que podrías ser honesto en tu deshonestidad
pero no es el caso de estos versos
que son la pura delicia para publicarse
en la sección motivacional
junto a las melosas recetas del Pronto.
No te enfades conmigo…,
somos compañeros de cuerpo
y tenemos que llevarnos bien.
No digo que no tengas poesía dentro de ti,
lo que digo es que debes levantar la mirada de tu centro
y compartir esa belleza cruda que envejece en tu costado.
Solo te pido que no apagues la luz de nuestro cuerpo,
y es que ya sabes, compañero, que nunca
fui capaz de soportar
Ayer, antes de dormir, me maravilló la secuencia
que brillaba en tu hemisferio…
Un sueco recién jubilado con su corona de flores malvas
sentado sobre una lengua de granito
contempla en la madrugada de su soledad
el vuelo rasante, preciso y silencioso
de una bandada de patos
abanicando el celaje de una noche de San Juan.
Una niña juega a lanzarse con su lámina de madera
por una cuesta adoquinada de un barrio de Estambul
mientras su madre, sin perderla de vista,
cuelga una colada rosa frente a un pequeño ventanal.
Un niño madrileño de unos cinco años
con sus mejillas de amaranto
sale acompañado de la residencia de menores
y camino del colegio se acerca al padre de un amigo suyo,
lo agarra de la mano, lo mira, y lo llama «papá».
Un chaval Senegalés de catorce años
que acaba de cruzar a nado el Bidasoa
corre ladera arriba hasta llegar a una senda
cubierta por el manto coral del otoño.
El chico se detiene ante una pareja —«Bonjour messieurs»
y antes de desaparecer como un corzo entre los castaños
alza feliz la mano en señal de victoria
adentrándose en el oscuro coto de caza
de este inmundo primer mundo que no conoce la veda.
¡Esta simple pureza es lo que yo quiero de ti!
¡La belleza nos habla por sí sola!,
y eso, un poeta, ¡qué digo un poeta!,
el ser humano, lo debería saber.
El misterio nos atraviesa
y en el cedazo de nuestro tejido sensitivo
queda reverberando el parpadeo
de una belleza casi descifrada y tangible.
Y a pesar de ese brillo que nos une
nos estamos matando como nunca.
Y es que los 7,9 billones de personas
que existimos en este frenético gerundio
somos potenciales receptores poéticos
a la par de potenciales hijos de puta.
Esa potencialidad poética debe convertirse en acto
o nuestro aparato digestivo insaciable y caníbal
terminará por devorarlo absolutamente todo.
¿Qué tiene en común la humanidad
si no es esa capacidad por estremecerse
ante el poder incontestable de la belleza?
La poesía es la raíz inmutable del alma.
Y aquellos que han renunciado a ella te dirán,
mientras colocan al trasluz su copa de certezas
y entornan la mirada altiva al santo grial,
que los poetas somos los más peligrosos
por manifestar esa gilipollez ingenua de que la belleza
es un arma de construcción masiva.
Y tras finalizar su refinada reflexión visual,
y mientras agitan circularme la copa de sus dogmas,
se dirigirán a ti como si fueras un imbécil funcional y te dirán
que un buen poema (?) de tiernas mariposas seguro que hace frente
a la piñata que afila sus colmillos en el vientre de una ojiva nuclear.
Y finalmente hundirán sus narices
en los vapores atómicos del licor verdadero
mientras aprietan sus labios en un gesto de aprobación,
dando por terminada su clase magistral
acerca del devenir de la humanidad.
Pero todos ellos, quieran o no,
fueron, son y serán potenciales poetas,
porque no solo de la hijoputez
vive la condición humana.
Tienen al poeta arrinconado, sí, pero lo tienen.
Hablo, por ejemplo, de ese hombre de mirada triste
que carga con su hija sobre los hombros
y que discute por el móvil sobre quién se quedará con la casa
mientras la niña ríe y se agarra a la exigua melena de su padre
como si fuera un poni.
O como ese chico trajeado que camina
con la decisión de un orangután en celo
con su deslumbrante cartera negra
mientras grita por su ipods
que le han nombrado subceo del subdepartamento
hípercreativo del futuro metaverso.
Todos ellos, todos, a pesar de su renuncia,
son atravesados por la poesía
que enhebra el mundo.
Así que vuelve, querido, al verso que te vio renacer
en aquella carretera asturiana...
Hace falta la «inutilidad» de la belleza
en este mundo consagrado a la utilidad de lo matérico.
Hace falta, aunque ya sea tarde,
hace falta.
Decía aquel griego que el rosa de una rosa
proviene tanto de la rosa como
de la paleta de dios.
Pues lo mismo sucede con la belleza.
Allá en las profundidades de la caverna del humano
brilla, paciente, la llama del asombro…
La poesía nos une, ¡maldita sea!,
¡nos une!, aunque no nos demos cuenta,
¡nos une!, aunque seamos incapaces
de obrar
No, ya no habrá milagro,
y la rosa ya no será rosa…, ¿para qué?
Solo te pido que cuides de la llama
que sostiene nuestro cuerpo
y es que ya sabes, compañero, que nunca
fui capaz de soportar
Kalkbadan
Madrid, 25 de octubre de 2022
Un chaval de veinticinco años
que casi acaba de acabar con su vida durmiéndose al volante
jadea su renacer sentado al borde
de una pequeña carretera
allá donde el Navia comienza su profunda incisión.
Una niebla de resina de caucho y hojas de roble
envuelve la inminencia rosicler de la aurora
que se estrena en la mirada viva
de aquel joven poeta,
de aquel joven poeta…
Y mírate ahora, a lomos de tu arrogante micromónada
masturbándote en tu habitación de pánico
hasta eyacular sobre los tabiques estancos de tu existencia.
Levanta la mirada de tu ombligo, compañero.
Todo el puto día hablando de ti en tus poemas;
que si ya basta de tanta queja,
que si hay que empezar por uno mismo,
que si somos jodidos robots, que si tal, que si cual…
Pero no valen los versos deshonestos
que no predicas con tu ejemplo;
es cierto que podrías ser honesto en tu deshonestidad
pero no es el caso de estos versos
que son la pura delicia para publicarse
en la sección motivacional
junto a las melosas recetas del Pronto.
No te enfades conmigo…,
somos compañeros de cuerpo
y tenemos que llevarnos bien.
No digo que no tengas poesía dentro de ti,
lo que digo es que debes levantar la mirada de tu centro
y compartir esa belleza cruda que envejece en tu costado.
Solo te pido que no apagues la luz de nuestro cuerpo,
y es que ya sabes, compañero, que nunca
fui capaz de soportar
la oscuridad.
Ayer, antes de dormir, me maravilló la secuencia
que brillaba en tu hemisferio…
Un sueco recién jubilado con su corona de flores malvas
sentado sobre una lengua de granito
contempla en la madrugada de su soledad
el vuelo rasante, preciso y silencioso
de una bandada de patos
abanicando el celaje de una noche de San Juan.
Una niña juega a lanzarse con su lámina de madera
por una cuesta adoquinada de un barrio de Estambul
mientras su madre, sin perderla de vista,
cuelga una colada rosa frente a un pequeño ventanal.
Un niño madrileño de unos cinco años
con sus mejillas de amaranto
sale acompañado de la residencia de menores
y camino del colegio se acerca al padre de un amigo suyo,
lo agarra de la mano, lo mira, y lo llama «papá».
Un chaval Senegalés de catorce años
que acaba de cruzar a nado el Bidasoa
corre ladera arriba hasta llegar a una senda
cubierta por el manto coral del otoño.
El chico se detiene ante una pareja —«Bonjour messieurs»
y antes de desaparecer como un corzo entre los castaños
alza feliz la mano en señal de victoria
adentrándose en el oscuro coto de caza
de este inmundo primer mundo que no conoce la veda.
¡Esta simple pureza es lo que yo quiero de ti!
¡La belleza nos habla por sí sola!,
y eso, un poeta, ¡qué digo un poeta!,
el ser humano, lo debería saber.
El misterio nos atraviesa
y en el cedazo de nuestro tejido sensitivo
queda reverberando el parpadeo
de una belleza casi descifrada y tangible.
Y a pesar de ese brillo que nos une
nos estamos matando como nunca.
Y es que los 7,9 billones de personas
que existimos en este frenético gerundio
somos potenciales receptores poéticos
a la par de potenciales hijos de puta.
Esa potencialidad poética debe convertirse en acto
o nuestro aparato digestivo insaciable y caníbal
terminará por devorarlo absolutamente todo.
¿Qué tiene en común la humanidad
si no es esa capacidad por estremecerse
ante el poder incontestable de la belleza?
La poesía es la raíz inmutable del alma.
Y aquellos que han renunciado a ella te dirán,
mientras colocan al trasluz su copa de certezas
y entornan la mirada altiva al santo grial,
que los poetas somos los más peligrosos
por manifestar esa gilipollez ingenua de que la belleza
es un arma de construcción masiva.
Y tras finalizar su refinada reflexión visual,
y mientras agitan circularme la copa de sus dogmas,
se dirigirán a ti como si fueras un imbécil funcional y te dirán
que un buen poema (?) de tiernas mariposas seguro que hace frente
a la piñata que afila sus colmillos en el vientre de una ojiva nuclear.
Y finalmente hundirán sus narices
en los vapores atómicos del licor verdadero
mientras aprietan sus labios en un gesto de aprobación,
dando por terminada su clase magistral
acerca del devenir de la humanidad.
Pero todos ellos, quieran o no,
fueron, son y serán potenciales poetas,
porque no solo de la hijoputez
vive la condición humana.
Tienen al poeta arrinconado, sí, pero lo tienen.
Hablo, por ejemplo, de ese hombre de mirada triste
que carga con su hija sobre los hombros
y que discute por el móvil sobre quién se quedará con la casa
mientras la niña ríe y se agarra a la exigua melena de su padre
como si fuera un poni.
O como ese chico trajeado que camina
con la decisión de un orangután en celo
con su deslumbrante cartera negra
mientras grita por su ipods
que le han nombrado subceo del subdepartamento
hípercreativo del futuro metaverso.
Todos ellos, todos, a pesar de su renuncia,
son atravesados por la poesía
que enhebra el mundo.
Así que vuelve, querido, al verso que te vio renacer
en aquella carretera asturiana...
Hace falta la «inutilidad» de la belleza
en este mundo consagrado a la utilidad de lo matérico.
Hace falta, aunque ya sea tarde,
hace falta.
Decía aquel griego que el rosa de una rosa
proviene tanto de la rosa como
de la paleta de dios.
Pues lo mismo sucede con la belleza.
Allá en las profundidades de la caverna del humano
brilla, paciente, la llama del asombro…
La poesía nos une, ¡maldita sea!,
¡nos une!, aunque no nos demos cuenta,
¡nos une!, aunque seamos incapaces
de obrar
el milagro.
No, ya no habrá milagro,
y la rosa ya no será rosa…, ¿para qué?
Solo te pido que cuides de la llama
que sostiene nuestro cuerpo
y es que ya sabes, compañero, que nunca
fui capaz de soportar
la oscuridad.
Madrid, 25 de octubre de 2022
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