Refugio de los barriles, en el Elbrus.
Buenos versos, charlie, me gusta tu recuerdo de la rubia, tu charco, tu diluvio, tu carro ochentero diseñado para la nieve, tu cuadra tercermundista, tu asfalto destartalado, tu valentina tereshkova, tu fango y tu basura, tus misiles, tu espacio y tu país extranjero.
Es tuve en Rusia hace ya unos veinte años y vi mujeres rubias, vi charcos, vi diluvios, vi carros ochenteros diseñados para la nieve, vi cuadras tercermundista, vi asfalto destartalado, vi a una mujer que se llamaba Valentina, pero nunca supe su apellido, vi fango y basura, vi misiles, vi el espacio y vi un país extranjero.
Vi las mismas cosas que citas en tu poema, y al igual me gusta verlas en tus versos.
Estuve en este país extranjero admirando sus mujeres rubias, sus charcos, sus diluvios, sus carros ochenteros diseñados para la nieve, sus cuadras tercermundistas, su asfalto destartalado, su mujer con el nombre de Valentina, su fango, su basura, sus misiles y su espacio en aquel país extranjero.
Fui a hacer alpinismo y vi la nieve, los carros ochenteros preparados para ella, las cuadras tercermundistas, el asfalto destartalado, a una mujer con el nombre de Valentina que trabajaba en un aeropuerto, el fango, los misiles en una base militar en la que hicimos escala desde el aeropuerto de Moscú, y vi el espacio desde la cima del Elbrus en aquel país extranjero donde disfrute de temperaturas de cincuenta grados bajo cero.
Quise subir al Shkhara y al Ushba pero no pudo ser porque en el Elbrus sufrí unas pequeñas congelaciones que provocaron que se me cayeran las uñas de los pies y la necrosis estropeó el tejido, hoy; veinte años después voy al podólogo a que me corte las uñas porque quedaron muy mal, y a que me haga curas porque se me clavan en los pies. Me atendieron unos médicos a los que llamaba paracemol y aspirina porque no tenían otra cosa, me hicieron unas curas a base de sumergir los pies en un balde con yodo y agua a treinta y nueve grados sobre cero, llevaba una bota plástica mala válida para zonas como los Pirineos, y había un viento de cien kilómetros por hora que soplaba a partir de los cuatro mil metros, las dos cosas juntas me provocaron las congelaciones... si hubiera tenido unas Koflach hubiera sido otra cosa pero llevaba unas viejas Scarpa.
No estuve en el Refugio once, a más de cuatro mil metros, ya se había quemado, estuve en el refugio de más abajo; el de los barriles, también a una buena altura, al final salí de allí en un viejo helicóptero militar de la época soviética y acabé en una clínica privada de Zaragoza donde me hicieron unos buenas curas y unos raspados, tenía seguro pero aún así me costó una pasta.
Un abrazo, chalie, me alegro de volver a leer tus versos, gracias por la lectura.