AIBAEZA
Poeta adicto al portal
No escogió una dulce vocación de isla
ni el cerco vaporoso de una esquina
donde mirar sin ser vista la espalda
umbría de los ángeles. Pero nunca
nace la soledad si la pensamos
con el cuello girado hacia lo oscuro
aunque los pies laceren el camino.
Aquella noche envió las postales
que había imaginado en veinte años
de cárcel gloriosa. Miró su sombra
y los cúmulos de días sin techo
ni manos le devolvieron la vida.
Supo de pronto que la identidad
de los árboles ancianos no tiene
otoños, sino raíces como frentes
que no se doblan ante los vientos.
Sólo el agua pudo llegar al centro,
como al corazón, que creyó dormido,
el vértigo blanco de una lágrima.
ni el cerco vaporoso de una esquina
donde mirar sin ser vista la espalda
umbría de los ángeles. Pero nunca
nace la soledad si la pensamos
con el cuello girado hacia lo oscuro
aunque los pies laceren el camino.
Aquella noche envió las postales
que había imaginado en veinte años
de cárcel gloriosa. Miró su sombra
y los cúmulos de días sin techo
ni manos le devolvieron la vida.
Supo de pronto que la identidad
de los árboles ancianos no tiene
otoños, sino raíces como frentes
que no se doblan ante los vientos.
Sólo el agua pudo llegar al centro,
como al corazón, que creyó dormido,
el vértigo blanco de una lágrima.