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Se me escapó el chucho.

Old Soul

Poeta adicto al portal
Estoy preocupado, se ha escapado mi perro desde esta mañana, es de noche, y aún no ha vuelto. No es su primera fuga. Pero suele volver al cabo de unas horas, muerto de sed y de cansancio. Lo hemos buscado con el coche, hemos dado mil vueltas pero sin lograr encontrarlo. En un parque cercano, cada vez que veía corriendo a un perro parábamos pensando que era él en su característica y alocada carrera, pero eran otros. Me pregunto qué pasaría si ya nunca más vuelve...
Imagino que, en principio, la casa estaría más limpia y, además, nos ahorraríamos su fatigosa limpieza. Que dado a que la casa es enorme lleva limpiarla de pelos, entre dos personas, exactamente dos días. Por otro lado, ya que duerme conmigo en mi cama, mi cuarto dejaría de oler a jauría. No digo que ya no oliese, pues uno de los animales seguiría viviendo en él, pero ya no olería a ese olor intenso y rancio de un animal peludo que se ha tirado en cualquier lado. Pensando esto, además, me libraría de bañarlo, esa fatigosa tarea, pues nunca le ha gustado. Y es que el cabrón se me esconde como me vea con la manguera en la mano y, claro, hay que ir a buscarlo. Si se tiene en cuenta que la casa consta de cuatro pisos y que él es tan rápido como un galgo, pues exactamente es lo qué es, un tipo de galgo, se puede entender mejor la batalla que conlleva ducharlo. Pues sale corriendo y yo detrás, hasta que llegamos a alguno de los pisos inferiores, donde lo arrincono en algún lado. Allí siempre, e inútilmente, le pongo la correa y entre llamadas y ánimos trato de arrastrarlo. Cosa que consigo hasta llegar a las escaleras donde, irremediablemente, termino subiéndolo en peso y llevándolo hasta donde la manguera para allí encadenarlo y empezar su cánida tortura. Todo lo cual es harto fatigoso. Así mismo, si no regresase, me ahorraría el sacarlo. Que me salte encima, y de repente, mientras estoy tumbado en la cama para pedir que le saque. Clavándome las uñas de sus patas y dándome pellizcos con sus dientes, aguantando sus carreras y saltos hasta que, sin moral ni ánimo, lo saco. Digamos que más que una mascota es un pequeño tirano de cuatro patas y peludo que impone su gobierno del mal con total impunidad.
Dicho esto, y bien pensado, creo que voy a salir a buscarlo de nuevo con el coche, y, cuando lo vea... ¡Lo atropello!
 
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