He aquí el oasis(no hay palomas negras,
ni sangre ni caballos con músculos azules).
Esperar a que las águilas bajen del sueño,
a que las lágrimas del animal nos revienten los pómulos.
Lo que yo veo son picos que liman
las esdrújulas con crisantemos de azabache.
Y manos robotizadas que deambulan
entre la culpa ajena y las pupilas.
En el palacio de la medialuna
las flores estiran sus cuellos,
hacen jardín
y apadrinan orgullosas ovejas de látex.
Yo te invito a mi ojo de diamante.
La gran boca masculla incienso
o roba el cáliz que atornilló el papel.
Queda la sinfonía mecánica
de los ogros dormidos, las palabras que viajan
en labios sin corola.
¿Qué número es el nuestro, a qué carretera
pertenecen estos trajes arrancados al dolor?
Es un día sin columnas, una mañana agujereada
o ametrallada
por el asombro de lo posible.
Hoy escucho a los pendientes del lince orinar en la sombra.
Nombres, fechas, ciudades, vaticinios condenados al púrpura
de las edades astilladas.
Llegará el parpadeo de los insectos, la memoria
que se escucha a si misma.
Todo semeja ser un bosque que ha perdido
poco a poco su sendero gris.
Ya no hacemos otra cosa que quemar relojes,
escoger látigos, pronunciar sílabas mientras el ojo
se cierra sobre un párpado sin nombre.
No llames nunca al licor de los versos encendidos.
La edad es un retrato sobrescrito en la noche.
ni sangre ni caballos con músculos azules).
Esperar a que las águilas bajen del sueño,
a que las lágrimas del animal nos revienten los pómulos.
Lo que yo veo son picos que liman
las esdrújulas con crisantemos de azabache.
Y manos robotizadas que deambulan
entre la culpa ajena y las pupilas.
En el palacio de la medialuna
las flores estiran sus cuellos,
hacen jardín
y apadrinan orgullosas ovejas de látex.
Yo te invito a mi ojo de diamante.
La gran boca masculla incienso
o roba el cáliz que atornilló el papel.
Queda la sinfonía mecánica
de los ogros dormidos, las palabras que viajan
en labios sin corola.
¿Qué número es el nuestro, a qué carretera
pertenecen estos trajes arrancados al dolor?
Es un día sin columnas, una mañana agujereada
o ametrallada
por el asombro de lo posible.
Hoy escucho a los pendientes del lince orinar en la sombra.
Nombres, fechas, ciudades, vaticinios condenados al púrpura
de las edades astilladas.
Llegará el parpadeo de los insectos, la memoria
que se escucha a si misma.
Todo semeja ser un bosque que ha perdido
poco a poco su sendero gris.
Ya no hacemos otra cosa que quemar relojes,
escoger látigos, pronunciar sílabas mientras el ojo
se cierra sobre un párpado sin nombre.
No llames nunca al licor de los versos encendidos.
La edad es un retrato sobrescrito en la noche.
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