camicho
Poeta asiduo al portal
Bóveda clásica de antaño.
Olor a madera se hace presente.
A media luz
columnas reforzadas con hierro
son el esqueleto,
soportan los barriles
en cúmulos de alambiques.
El perfume de varias frutas,
se mezclan.
Dan la bienvenida al viajero
como al mismo dueño.
Concentrada una muchacha,
en los almacenes pisa uvas.
Labios entre dientes,
agita el busto,
se observa entre el escote.
Comprime los frutos
alzando la falda,
muslos tersos,
se ven firmes,
presos del ejercicio.
Paño verde, sostiene un ramo
de cabellos negros.
Ondulan sobre el rostro
otros sobre los hombros.
Un sendero recto
limitado por hermosas
y sudorosas colinas.
Lleva sin tropiezo hacia su ombligo
Lo veo cuando la moza se inclina.
Sabe que la miran,
mueve las caderas.
Busco su mirada,
camino hacia ella.
Retiro de la cabeza
el sombrero de paja,
me inclino, le hago una venia.
Paso el excedente de saliva,
una voz ronca me escucho
cuando la saludo.
Hojas verdes cuelgan de maderos,
lo primero que veo.
Ascendiendo las escaleras
a la puerta trasera de la bodega.
Manos en la vid
para empezar la cosecha.
Más de uno labora con prisa.
Los cestos de mimbre
repletos con uvas.
Los varones, todos
dirigen las frutas
hacia la musa
de este poema.
Llegada la noche
se decora con estrellas;
los músicos son grillos;
algunos insectos hacen los bajos
con su zumbido,
curiosos se acercan
a la luz que proyecta
la lámpara de mi litera.
Una hamaca sucia y vieja
me espera.
Mesa de madera y dos sillas
dividen el cuarto
con mi vecino.
Tal compañero yace dormido.
Una roca plana.
Cercana a la habitación
me seduce más que esa hamaca.
Me siento en ella,
relajo los hombros.
Una chispa se hace llama,
la cubro enseguida del viento,
tirita de frío.
Enciendo con ella un cigarrillo,
descarto el cerillo,
mientras enhebro los astros
con el humo que exhalo.
Una voz femenina
solicita mi cigarrillo.
De inmediato le ofrezco uno nuevo.
La observo es un rostro conocido,
dedos livianos sujetan el tabaco.
Le busco con prisa un cerillo.
Un lunar en el centro
del muslo izquierdo noto,
luego que rápidamente
lo descubre de su falda.
Una liga cerca al cúmulo de melanocitos
aprisiona un aparato con una mecha,
lleva grabado un nombre
supongo que de su dueña, dice ZIPO.
Me dice gracias, con una sonrisa.
Se alza de inmediato
corre por el sendero
que une las cabañas
en las que duermen los peones.
La oscuridad es su cómplice,
mientras oscilan sus caderas,
la pierdo de vista.
El día se vuelve grato
luego del cansancio,
Su apellido lo repito
una y otra vez
para no olvidarlo.
Algo que rime con ZIPO.
Justo llega a mí el hipo.
Pienso en el breve instante
tendido sobre la hamaca;
en la dama piel de durazno,
labios de fresa.
Mirada cándida.
Ojos grandes color avellana.
Cabellos con olor a canela.
Ensalada de fruta perfecta
sin sumar los melones
ni el agua de coco
que tomaría de entre sus muslos.
Largas noches desde aquel día,
la veo con frecuencia en la hacienda.
Coquetea con quien la mira.
Celos, lo admito, me produce
su actitud beligerante
con esos sujetos.
Mi objetivo no es fraternizar con el grupo.
Ni para averiguar su nombre,
porque ya he aprendido su apellido.
Termino mis quehaceres con prisa
para ir a las duchas
y entre las rendijas verla.
Como el agua le salpica
sobre los hombros y recorrer su espalda.
Perderse por un instante
entre el valle de sus nalgas.
Cuestionaba antes mi actitud lasciva,
la avalo ahora
por el sentir que me provoca.
Corre entre los maizales
con otras mozas a la tarde.
Juega a esconderse,
la busca el capataz.
¡Ese! Que cree ser su dueño.
Luz del astro capturo entre mis dedos,
ya ha amanecido.
Calzo mi hojotas, me visto con prisa.
Corro para dejar una cala,
en la puerta de mi amada.
Como ya es hábito
por más de diez lunas.
Aun no le digo nada.
Escucho algunos ruidos:
Voces agudas. Metal friccionado, rechina.
El dolor me mata.
Entre los maderos observo
cuerpos desnudos.
Reconozco a mi jefe.
Su sombrero negro en la mesa.
Es quien prueba mi ensalada de frutas.
Compadezco de mí, por tal evento.
Toda la jornada sobre la hamaca,
rehúso mi suerte.
Nada me anima por toda una semana.
No se si esta semana se baña
o corre desnuda entre los cultivos.
Es incluso Domingo,
día en que le hacia el amor
a la suma de sus recuerdos.
La personificaba en sus bragas,
calzas o vestidos sobre mi cuerpo.
Un grito nos despierta a todos,
es la mujer del capataz .Doña Inés.
Quien, con algunos peones,
ha encontrado el cadáver de su esposo.
Con una antorcha, la curiosidad me ha llevado.
Mi jefe en el piso, con el cráneo partido
y todo regado con sangre.
Llevamos, algunos de los presentes,
el cuerpo aun tibio
a la casa del dueño para ser velado.
Luego del entierro,
el médico del pueblo ha concluido
que un objeto contuso duro
le produjo la muerte al tipo.
Podría ser una herramienta, quizá como un pico.
Todos dieron las condolencias a la viuda
menos uno.
Yo me acerque a la amante.
La abracé con fuerza,
sentí su busto suave, su corazón latir.
Al oído le aseguré
guardarle el secreto.
Pasaron algunas lunas,
ya todo parecía olvidado;
incluso por la viuda
que con mas de un peón
ya se ha acostado.
Incluso me siento aliviado,
de las imágenes, que mi corazón apuñalaron.
Retomé el trabajo arduo,
propio del campo.
Hurto aun las cosas que ella toca,
hasta la esponja
con la que su sudor seca.
Sueño despierto o dormido haciéndola mía.
Medito mi amor como insano
cuando me entiendo lejano.
Ya lo he decidido,
han pasado algunos años.
Esta noche iré
donde está su camarote
para hablarle de mi ilusión
y me acepte como amante.
Sábado, terminado el jornal,
aun hay sol. Me acerco a ella.
De pronto me dice, le invito un trago.
Asiento la cabeza, quedo mudo.
Como a las nueve,
me recoge en mi cabaña.
Agrega.
Desapareciendo cual fantasma.
La hora pactada.
En su cabaña, con cala en mano,
toco su puerta.
Sale aquella mujer tan deseada.
Le entrego el presente,
lo ve, sonríe con agrado.
Andamos por un sendero de piedra
camino a la taberna.
Algunos minutos pasaron
no dijimos nada.
Entramos al recinto,
antes algunos escalones.
Mesas largas de madera
cubiertas por manteles de tela
y todas las velas protegidas del viento
por capullos de cristal.
Nos sentamos cerca del cantinero.
Pide algunos vinos tintos
luego una botella de Pisco,
bebida típica de estos valles.
Me comenta que se llama Malena,
mientras enciende un cigarro,
con el aparato que lleva su apellido impreso.
Le confieso que nunca supe su nombre.
Me conformé con saber que era la señorita ZIPO.
Inmediata carcajada suelta.
Sonrío para no sentirme relegado.
Aun así, me explica
que no es así como apellida.
Cuenta de su vida
y de la mía en la hacienda.
Lo que comentan:
todos creen que soy raro.
No hablo mucho, no me relaciono con nadie.
Ya han pasado horas,
me animo luego de unos tragos,
contarle mis sentimientos.
A la vez que observo muy próximo
el sendero donde termina ese escote.
Sólo ríe nuevamente,
esta vez de mi oferta.
Dice gracias,
pero no está
interesada realmente.
Camino a su cabaña,
presa del alcohol,
retira sus prendas,
Corre hacia un pequeño lago
entre los cultivos.
La persigo, espero no esté lastimada.
Cada paso que me adentro tras ella,
luz para mis sueños, los siento realizados.
Desnuda de rodillas,
la noto llorando y con flores abrazando.
Pregunta por que esta noche le di una cala.
Si no sé, que el capataz, también se las regalaba.
Corrijo su idea,
confirmándole que soy quien se las llevo
desde que he arribado.
Su expresión ha cambiado,
sólo grita y me maldice.
Huye camino al lago.
La noto confundida, no entiendo nada.
Corro en busca de ella.
Ha tropezado, grita pidiendo que no me acerque.
Solo quiero ayudar,
repetidamente se lo digo.
Me dice asesino.
Ella recuerda una cala sobre el lecho de su amante.
Afirma, recogió
antes que la viuda lo encontrara.
La sujeté con prisa
ocluyendo su boca,
para impedir más gritos.
Pues alguien puede escucharla
y podría culparme.
Muerde mi mano,
aun así soporto el dolor.
Su cuerpo desnudo y entre mis brazos.
Podría ser un sueño o una pesadilla.
La lujuria por su cuerpo
y sus gritos que me excitan.
Suelto el cinto que sujeta mi pantalón.
Me hundo en ella,
le hago el amor como nunca.
Degusto de sus senos
cual postre de membrillos.
Aun con tanto amor hay resistencia.
Nada que unos golpes no resuelvan.
La sujeto del cabello en cubito ventral,
ahora es contra natura,
como la penetro.
Bella ninfómana,
se que disfrutas.
No me engañan tus lágrimas.
Mi postre de fruta.
Recojo sus prendas
luego que ajusto el cinto.
Veo que huye llorando.
Me acerco a ella.
Se asea al pie del lago.
No entiende cuando le digo que la amo.
Me ve y ataca con una rama,
evito el impacto.
Con un revés de mano, queda noqueada.
Despierta junto a una fosa.
Ve la caja de madera a mi lado.
De la cual saco un sombrero negro,
que fuera de otro dueño.
Lo calzo en mi cabeza,
le pregunto si ahora le agrado.
Responde, que no le haga mas daño.
Intenta levantarse.
Rápidamente saco un pico ensangrentado,
de la misma caja.
Su pierna, con esta herramienta, engrapo al piso.
Una vez que está fija, solo grita.
Aun con dolor, habla,
pide por su vida.
Hace eco en la madrugada.
Nuevamente
asesto un golpe directo a la tráquea.
Por fin cesó tanto ruido.
Con las manos presiona su cuello,
evita desangrarse.
Con un pie basta,
para empujar el cuerpo
al fondo de la fosa.
Antes de enterrarla,
le mando un beso volado.
También huelo sus bragas.
Observo que aun guarda
ternura su mirada.
Convulsiona su cuerpo,
le lanzo sus prendas y el pico;
manchado con sangre de su amante,
ahora con la de ella.
Todos extrañan a Malena,
nadie sabe donde está esa perra.
Me siento sobre el mueble de piedra.
La recuerdo cada noche
cuando enciendo cigarrillos con su ZIPO