Ansel Arenas
Poeta que considera el portal su segunda casa
Siempre de tarde a las seis...
Tras la sombra del árbol
que abrazaba tu ventana
inicio nuestro romance
al roce de tus manos,
tus manos deliciosas,
tibias como promesas
que cada noche volvería
a tocar, así me creció
el deseo de amarte
con la urgencia
del que muere de sed,
por eso pedí me dieras
agua y no era esa mi sed,
mi afán era mirarte
y cuando me mirabas
saciaba mi avidez.
De verte y encontrarnos
en media primavera,
jugando al escondite
siempre de tarde
a las seis, ardió la hierba
mora en mi silvestre lecho
y el juego, se nos hizo
necesidad; sin acordar
mirarnos llegaste
al pinabete donde se cruza
el río, los que nos conocían
dijeron que te robe,
pero en verdad huimos
de las habladurías y el amor
de pájaros en celo
se nos salio del pecho
y echamos a volar
por paisajes urbanos
donde las aves del monte
no pueden anidar,
por eso regresamos
a tu lugar de origen,
que nos dio su cobijo
como si nunca
nos hubiéramos ido
de esta añosa casa,
donde al salir el sol
en el balcón de mi alma
las mañanitas florecen
para ti.
A nuestro alrededor todo
ha cambiado, pero hay cosas
que celebramos sigan aquí:
el bosque de la vuelta,
la calle solariega,
la casa de mi sed
grabada en sus adobes
y de lo que extrañamos
nos hace mucha falta
la risa familiar
de los que migraron
a otra realidad
y la banqueta del afilado
juicio, de los viejos del barrio
en la cual a los maníacos
de amores, solían reprender.
Envejecemos lento,
aunque el invierno apure
sus ganas de llevarnos,
no dejamos
que a nuestras vértebras
se adose,
lo correteamos como ave
de corral… queremos
que nos dure la hierba
de los años
hasta la primavera final.
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