Carrizo Pacheco
Moderador Global.Corrector.Miembro del Jurado
Miembro del equipo
Moderador Global
Miembro del JURADO DE LA MUSA
Corrector/a
Director de concursos
Equipo Revista "Eco y latido"
SUCIDIO SAGRADO
Ryan decidió que esa sería su última noche. Asomándose a la ventana de su cuarto elevó la vista al omnipotente cielo estrellado y lunático. Pensó un instante en el sol y en la inevitable circunstancia de que ya nunca más volvería a verlo. Al menos alcanzó a despedirse de la más bella oscuridad.
Sentado frente a su escritorio, tomó la estilográfica y una hoja para darle inicio a su sentencia de muerte. Una hora más tarde concluyó su tarea con un punto final expandido por una lágrima. Luego se recostó dando incontables giros hasta quedarse dormido. Su respiración agitada superaba el protagonismo sonoro del monótono reloj que administraba la madrugada desde la sombría mesa de luz. Poco después la fatiga del diafragma halló en una honda expiración el alivio definitivo. Sobre el escritorio, como una explicación, quedaron estas palabras en aquel papel sagrado (carta leída por su destinatario omnisciente): “Dios…” El resto sacrílego –repugnante catarata de injustos insultos– no puede transcribirse.
Ryan decidió que esa sería su última noche. Asomándose a la ventana de su cuarto elevó la vista al omnipotente cielo estrellado y lunático. Pensó un instante en el sol y en la inevitable circunstancia de que ya nunca más volvería a verlo. Al menos alcanzó a despedirse de la más bella oscuridad.
Sentado frente a su escritorio, tomó la estilográfica y una hoja para darle inicio a su sentencia de muerte. Una hora más tarde concluyó su tarea con un punto final expandido por una lágrima. Luego se recostó dando incontables giros hasta quedarse dormido. Su respiración agitada superaba el protagonismo sonoro del monótono reloj que administraba la madrugada desde la sombría mesa de luz. Poco después la fatiga del diafragma halló en una honda expiración el alivio definitivo. Sobre el escritorio, como una explicación, quedaron estas palabras en aquel papel sagrado (carta leída por su destinatario omnisciente): “Dios…” El resto sacrílego –repugnante catarata de injustos insultos– no puede transcribirse.
Ariel Carrizo Pacheco
(1994)
(1994)
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