Alejandro jaramago
Poeta recién llegado
Te elijo,
como se elige el destino que no se puede cambiar
con la resignación sagrada de los que han amado sin retorno
con la fe ciega de los locos que caminan directo hacia el incendio
con una sonrisa en los labios y el corazón desnudo.
Elijo tu piel —jardín sagrado y herido—
Tierra donde germinan mis besos como flores breves
hermosas y sentenciadas que nacen sabiendo que han de morir
bajo el sol implacable del deseo. Y aun así florecen
porque hay besos que prefieren la gloria breve del fuego
antes que la seguridad del hielo.
Allí, en ese territorio donde el tiempo se detiene
donde mi boca se convierte en oración y en condena
mis labios cometen diariamente el milagro y el crimen:
te besan para darte vida y te besan para perderse en ti.
Porque hay amores que no buscan la eternidad
ni el refugio de lo duradero, sino la intensidad
del instante que arde y se extingue
como un relámpago enamorado del abismo
como una llamarada que sabe que su belleza reside en su fugacidad.
Y aun sabiendo que cada beso muere después de nacer
que cada caricia es una herida luminosa en la memoria.
Te elijo.
Te sigo eligiendo,
en el silencio perpetuo de mi deseo
en las horas donde no estás y, sin embargo, ardes
en cada rincón del cuerpo donde tu nombre se pronuncia sin sonido.
Te elijo,
aunque el mundo se derrumbe o pase de largo
aunque la vida siga su curso indiferente a esta locura que me habita.
Te elijo en cada sueño que no confieso
en cada poema que no firmo
en cada gesto que guardo como un relicario invisible.
Te elijo,
no porque no pueda elegir otra cosa
sino porque en ti —y sólo en ti—
todo tiene sentido, incluso lo que duele.
como se elige el destino que no se puede cambiar
con la resignación sagrada de los que han amado sin retorno
con la fe ciega de los locos que caminan directo hacia el incendio
con una sonrisa en los labios y el corazón desnudo.
Elijo tu piel —jardín sagrado y herido—
Tierra donde germinan mis besos como flores breves
hermosas y sentenciadas que nacen sabiendo que han de morir
bajo el sol implacable del deseo. Y aun así florecen
porque hay besos que prefieren la gloria breve del fuego
antes que la seguridad del hielo.
Allí, en ese territorio donde el tiempo se detiene
donde mi boca se convierte en oración y en condena
mis labios cometen diariamente el milagro y el crimen:
te besan para darte vida y te besan para perderse en ti.
Porque hay amores que no buscan la eternidad
ni el refugio de lo duradero, sino la intensidad
del instante que arde y se extingue
como un relámpago enamorado del abismo
como una llamarada que sabe que su belleza reside en su fugacidad.
Y aun sabiendo que cada beso muere después de nacer
que cada caricia es una herida luminosa en la memoria.
Te elijo.
Te sigo eligiendo,
en el silencio perpetuo de mi deseo
en las horas donde no estás y, sin embargo, ardes
en cada rincón del cuerpo donde tu nombre se pronuncia sin sonido.
Te elijo,
aunque el mundo se derrumbe o pase de largo
aunque la vida siga su curso indiferente a esta locura que me habita.
Te elijo en cada sueño que no confieso
en cada poema que no firmo
en cada gesto que guardo como un relicario invisible.
Te elijo,
no porque no pueda elegir otra cosa
sino porque en ti —y sólo en ti—
todo tiene sentido, incluso lo que duele.