Afrika
Poeta recién llegado
Aún recuerdo el dulce olor a sudor limpio y reticente que emanaba su nuca; éramos dos piezas inamoldablemente perfectas debajo del edredón. Su coño era dulce y joven, y descubrir los secretos de su espalda fue una de mis más tópicas y pavorosas pasiones. Me encantaba molestarla riéndome de sus imperfecciones: granos, puntos negros... cualquiera era la excusa para tocarla un rato más y escuchar sus gritos aquejosos; torturarla era uno de mis juegos favoritos. Y sigue siéndolo, tan sólo que ahora es el silencio lo que nos mantiene vivas. Hemos abusado tanto de nuestras mentes y de nuestros cuerpos que tan sólo nos queda el vacio, mantener a cualquier precio el recuerdo de una vieja locura entre dos ex lesbianas con sed de enfermarnos una a la otra. Nos amábamos como se aman dos ratas en una jaula, mordiéndose por aburrimiento y durmiendo juntas concediéndonos el calor dentro de la inmensa soledad del frío metal. Sí, nos amamos. Tanto, que, en el fondo, ansiamos no vernos nunca más.