Luis Rubio
Moderador ENSEÑANTE/Asesor en Foro Poética Clásica
Miembro del equipo
Moderadores
Moderador enseñante
El vendedor nos dijo, en el vivero,
que la planta necesitaba espacio
para crecer y dar tomate raf:
pequeñas cuentas verdes o encarnadas
ungidas con aceite de Cúllar, extra virgen,
maridando con queso de la Nucía.
Te tomaste la responsabilidad
de acomodarla en el balcón
para que viera nuestro mundo,
hecho de las ventanas de los rascacielos
la luz del mar y el agua del grifo.
Te acompañaba en cada desayuno
medrando desde el suelo hacia el fan coil
cada vez más espesa, más arbusto,
sin respetar la luz de los geranios,
imitando a las flores del hipérico
y haciendo sombra sobre las petunias.
Era tu planta, nuestra tomatera,
una invitada ingrata que exigía
su propia dote, su tarjeta de crédito
su café con leche, sus meriendas,
con el grito del hijo que no se va de casa.
¿Se metió en nuestra cama alguna vez?
Se agostaban sus flores sin dar fruto
y los tomates del supermercado
bromeaban desde el frigorífico
con una risa gaseosa.
Unas tijeras oxidadas fueron
ese puño de Abraham sobre el altar
y nuestra hija fue sacrificada
sin que el aloe vera o el cilantro
hicieran signo de abogar por ella.
Nos pusimos la mano sobre las sienes
y nos preguntamos si seríamos capaces
de hacer lo mismo con lo nuestro.
que la planta necesitaba espacio
para crecer y dar tomate raf:
pequeñas cuentas verdes o encarnadas
ungidas con aceite de Cúllar, extra virgen,
maridando con queso de la Nucía.
Te tomaste la responsabilidad
de acomodarla en el balcón
para que viera nuestro mundo,
hecho de las ventanas de los rascacielos
la luz del mar y el agua del grifo.
Te acompañaba en cada desayuno
medrando desde el suelo hacia el fan coil
cada vez más espesa, más arbusto,
sin respetar la luz de los geranios,
imitando a las flores del hipérico
y haciendo sombra sobre las petunias.
Era tu planta, nuestra tomatera,
una invitada ingrata que exigía
su propia dote, su tarjeta de crédito
su café con leche, sus meriendas,
con el grito del hijo que no se va de casa.
¿Se metió en nuestra cama alguna vez?
Se agostaban sus flores sin dar fruto
y los tomates del supermercado
bromeaban desde el frigorífico
con una risa gaseosa.
Unas tijeras oxidadas fueron
ese puño de Abraham sobre el altar
y nuestra hija fue sacrificada
sin que el aloe vera o el cilantro
hicieran signo de abogar por ella.
Nos pusimos la mano sobre las sienes
y nos preguntamos si seríamos capaces
de hacer lo mismo con lo nuestro.