Luis Libra
Atención: poeta en obras
HIPOPÓTAMO
Tenía un hipopótamo en el living
y no se acordaba desde cuándo
porque de niña había ido a un colegio de monjas
lo que le ocasionó problemas de vejiga.
Claro que si unimos cada acto
aunque mínimo
y en el principio de la ecuación
ponemos la infancia
ésta erosiona los otros factores
y es muy difícil después articular palabra adulta.
Ella, no sólo su infancia, ella toda,
de tan díscola,
no quería comprender que la intensidad de la lluvia
había superado lo previsible
y, que en estas condiciones,
no sería nada extraño
compartir su casa con un animal acuático.
Lo peor de todo había sido irse
con un colombiano a Noruega
y ahora, de nuevo aquí,
sola,
en un Buenos Aires inundado,
con tres meses de embarazo
y un poema rondándole el cerebro.
El paquidermo tal vez estuviese
desde el diluvio anterior
como un regalo incómodo de sus ancestros
o, entrados a conjeturar,
quizá fuese una metáfora de su abuelo.
El niño le nacería en septiembre,
ella lo montaría en el animal
y esa sería su cuna
hasta que cumpliera los treinta y cinco años.
Las mujeres saben lo que hacen,
sólo habría que traer algunos pájaros,
de esos que rascan a los hipopótamos
porque, de volverse histérico,
se convertiría en ruido molesto para los vecinos
como cuando ella pone música del Caribe
a todo volumen.
Lo cierto es que cuando se produce algo
parecido a un diluvio
no es cuestión de atenerse a una lógica
demasiado estricta
y es casi mejor como figura paterna
un gordo mamífero que algún delgado bífido.
Si alguien le dijera
que su hijo iba a ser irremediablemente
un drogadicto
porque tenía un padre colombiano
ella contestaría:
“pero si ni siquiera lo reconoció"
Era más probable que,
ante el río que patrullaba las calles,
su hijo le saliera valiente,
para decirlo de otra manera
con agallas,
para decirlo de otra manera
un pez.
Claro que la inquietaba un futuro
en el que se encontrara viviendo
con un hipopótamo y un surubí,
los tres formando una familia tipo porteña
de estos tiempos que corren.
Y no podía echarle toda la culpa a las monjas
o a la sociedad de consumo
o al cartel de Medellín
o al gobierno
o a la lluvia
aunque nadie puede negar que siempre
alguna culpa tienen.
______
OBEDIENCIA
Mi padre era el ser más obediente que pisó la tierra.
Se casó con mi madre porque ella le dijo:
"Casémonos"
Tuvieron hijos porque ella le dijo:
"Reproduzcámonos"
Él mismo me contó que en la escuela primaria
había ganado fama de violento
porque sus compañeros,
para divertirse, cuando lo castigaran,
le decían: "Péganos" y él les pegaba,
"Empújanos" y él los empujaba.
Fue militar porque su padre le dijo:
"Quiero que seas militar"
En la época de la represión
le ordenaron torturar y matar, él torturó y mató,
y fue beneficiado por la ley de Obediencia Debida.
No es extraño que naciera en la calle Nazca
y aún seguiría viviendo
ya que no hay una calle que se llame Muera
si no es que yo, a manera de cándida eutanasia,
después de una acalorada discusión,
le dijera al genocida:
"Morite"
______
CORAL
Germinó tu novela coral en el bolsillo
de mi campera gris.
Tu alegría de amarnos hizo que solo la pobreza
de los otros
tuviera el sabor de la pobreza.
Las frutillas en tu boca, las blusas cibernéticas,
las cuentas a pagar, los pies helados.
Recuerdo cuando quisimos adoptar un niño
y no admitieron nuestro amor sin papeles.
Imbéciles.
Yo sé que todo es relativo,
hasta la relatividad.
Pero son absolutas las frutillas de tu nombre
en el delirio de mi campera
cuando las notas de las cuentas a pagar
se han dormido
y la alegría coral de tus blusas cibernéticas
invaden el silencio de la espera del niño
que no adoptamos, etc.
______
Jorge Luis Estrella (Argentina 1944-2014)
Tenía un hipopótamo en el living
y no se acordaba desde cuándo
porque de niña había ido a un colegio de monjas
lo que le ocasionó problemas de vejiga.
Claro que si unimos cada acto
aunque mínimo
y en el principio de la ecuación
ponemos la infancia
ésta erosiona los otros factores
y es muy difícil después articular palabra adulta.
Ella, no sólo su infancia, ella toda,
de tan díscola,
no quería comprender que la intensidad de la lluvia
había superado lo previsible
y, que en estas condiciones,
no sería nada extraño
compartir su casa con un animal acuático.
Lo peor de todo había sido irse
con un colombiano a Noruega
y ahora, de nuevo aquí,
sola,
en un Buenos Aires inundado,
con tres meses de embarazo
y un poema rondándole el cerebro.
El paquidermo tal vez estuviese
desde el diluvio anterior
como un regalo incómodo de sus ancestros
o, entrados a conjeturar,
quizá fuese una metáfora de su abuelo.
El niño le nacería en septiembre,
ella lo montaría en el animal
y esa sería su cuna
hasta que cumpliera los treinta y cinco años.
Las mujeres saben lo que hacen,
sólo habría que traer algunos pájaros,
de esos que rascan a los hipopótamos
porque, de volverse histérico,
se convertiría en ruido molesto para los vecinos
como cuando ella pone música del Caribe
a todo volumen.
Lo cierto es que cuando se produce algo
parecido a un diluvio
no es cuestión de atenerse a una lógica
demasiado estricta
y es casi mejor como figura paterna
un gordo mamífero que algún delgado bífido.
Si alguien le dijera
que su hijo iba a ser irremediablemente
un drogadicto
porque tenía un padre colombiano
ella contestaría:
“pero si ni siquiera lo reconoció"
Era más probable que,
ante el río que patrullaba las calles,
su hijo le saliera valiente,
para decirlo de otra manera
con agallas,
para decirlo de otra manera
un pez.
Claro que la inquietaba un futuro
en el que se encontrara viviendo
con un hipopótamo y un surubí,
los tres formando una familia tipo porteña
de estos tiempos que corren.
Y no podía echarle toda la culpa a las monjas
o a la sociedad de consumo
o al cartel de Medellín
o al gobierno
o a la lluvia
aunque nadie puede negar que siempre
alguna culpa tienen.
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OBEDIENCIA
Mi padre era el ser más obediente que pisó la tierra.
Se casó con mi madre porque ella le dijo:
"Casémonos"
Tuvieron hijos porque ella le dijo:
"Reproduzcámonos"
Él mismo me contó que en la escuela primaria
había ganado fama de violento
porque sus compañeros,
para divertirse, cuando lo castigaran,
le decían: "Péganos" y él les pegaba,
"Empújanos" y él los empujaba.
Fue militar porque su padre le dijo:
"Quiero que seas militar"
En la época de la represión
le ordenaron torturar y matar, él torturó y mató,
y fue beneficiado por la ley de Obediencia Debida.
No es extraño que naciera en la calle Nazca
y aún seguiría viviendo
ya que no hay una calle que se llame Muera
si no es que yo, a manera de cándida eutanasia,
después de una acalorada discusión,
le dijera al genocida:
"Morite"
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CORAL
Germinó tu novela coral en el bolsillo
de mi campera gris.
Tu alegría de amarnos hizo que solo la pobreza
de los otros
tuviera el sabor de la pobreza.
Las frutillas en tu boca, las blusas cibernéticas,
las cuentas a pagar, los pies helados.
Recuerdo cuando quisimos adoptar un niño
y no admitieron nuestro amor sin papeles.
Imbéciles.
Yo sé que todo es relativo,
hasta la relatividad.
Pero son absolutas las frutillas de tu nombre
en el delirio de mi campera
cuando las notas de las cuentas a pagar
se han dormido
y la alegría coral de tus blusas cibernéticas
invaden el silencio de la espera del niño
que no adoptamos, etc.
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Jorge Luis Estrella (Argentina 1944-2014)