Carmen Vicente Gaspar
Poeta recién llegado
Corría la infancia
entre trigales de oro ciego,
las rodillas heridas de mundo,
los bolsillos llenos de milagros.
No sabía la niña
que esos atardeceres eran irrepetibles,
ni que el tiempo afilaba,
a la sombra del viento,
el galope de un corazón futuro.
Y ardieron las noches:
música,
deseo,
la hermosa intemperie de los veinte.
Creíamos,
con una arrogancia luminosa,
que el mundo nacía de nuevo
en cada abrazo,
a fuerza de canciones, de madrugadas
y de una fe indómita
en un mañana distinto.
Eran los cuerpos sin invierno.
La risa, el único refugio.
Los amigos, la patria entera.
Después llegó el misterio
de la vida.
Un derrumbe de ternura sobre el pecho;
los hijos, tan pequeños, tan inmensos.
Un puñado de latidos nuevos
capaz de desplazar los ejes de la tierra.
Y entonces el mundo
adquirió otro peso,
otra gravedad,
otra forma de infinito.
Ahora,
cuando la tarde se demora
en la esquina de los años,
miro hacia atrás.
Regresan los rostros, las risas,
las dulces ausencias.
La nostalgia se sienta a mi lado
como una vieja amiga
que conoce todos mis nombres.
Habito un cuerpo lleno de inquilinas:
la niña que acariciaba el trigo,
la muchacha que desafió al amanecer,
la mujer que sostuvo la vida
entre sus brazos.
Y ninguna se ha ido.
Quizá somos eso:
una breve línea de fuego
cruzando la penumbra,
la sombra de una canción
perdiéndose en la noche,
el eco de la carne que amó.
Y, sin embargo,
qué extraño privilegio
haber estado aquí.
Haber sido viento e incendio.
Haber sido abrazo y herida.
Haber vivido.
Aunque sólo fuera
lo que tarda la luz
en abandonar un campo de trigo.
entre trigales de oro ciego,
las rodillas heridas de mundo,
los bolsillos llenos de milagros.
No sabía la niña
que esos atardeceres eran irrepetibles,
ni que el tiempo afilaba,
a la sombra del viento,
el galope de un corazón futuro.
Y ardieron las noches:
música,
deseo,
la hermosa intemperie de los veinte.
Creíamos,
con una arrogancia luminosa,
que el mundo nacía de nuevo
en cada abrazo,
a fuerza de canciones, de madrugadas
y de una fe indómita
en un mañana distinto.
Eran los cuerpos sin invierno.
La risa, el único refugio.
Los amigos, la patria entera.
Después llegó el misterio
de la vida.
Un derrumbe de ternura sobre el pecho;
los hijos, tan pequeños, tan inmensos.
Un puñado de latidos nuevos
capaz de desplazar los ejes de la tierra.
Y entonces el mundo
adquirió otro peso,
otra gravedad,
otra forma de infinito.
Ahora,
cuando la tarde se demora
en la esquina de los años,
miro hacia atrás.
Regresan los rostros, las risas,
las dulces ausencias.
La nostalgia se sienta a mi lado
como una vieja amiga
que conoce todos mis nombres.
Habito un cuerpo lleno de inquilinas:
la niña que acariciaba el trigo,
la muchacha que desafió al amanecer,
la mujer que sostuvo la vida
entre sus brazos.
Y ninguna se ha ido.
Quizá somos eso:
una breve línea de fuego
cruzando la penumbra,
la sombra de una canción
perdiéndose en la noche,
el eco de la carne que amó.
Y, sin embargo,
qué extraño privilegio
haber estado aquí.
Haber sido viento e incendio.
Haber sido abrazo y herida.
Haber vivido.
Aunque sólo fuera
lo que tarda la luz
en abandonar un campo de trigo.