BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hay demasiadas cordilleras
demasiadas lejanías extáticas
demasiadas inmovilidades pertenecientes
al aire. Son diatribas, búsquedas, humedades
entorno a un mismo hueco: diapositivas
vendidas por un carcelero idéntico.
Hay demasiadas huellas, participando
de lo explorado, iniciando vacilantes
nieblas, profanando el lugar de tantos
hermosos fragmentos. Son tristezas
y un poco de llanto, meditaciones
quizás, alrededor de una caverna.
Umbríos deterioros de una pierna,
de un cadáver, de una repugnante
misiva. Buscan serpientes y pieles,
arenas territoriales, arcillas crepitantes,
urdimbres solidarias, sombras ejecutantes.
Un cierto hedor a piedra consentida,
a recuerdo inamovible, a resultado consecuente.
Hay una cordillera y un mapa de topónimos,
un escueto río atravesando parcelas, y allá,
otro que esquiva la ciudadela y sus portalones.
Recuerdo mis labios entre sus cejas; mi mentón
consumando la abertura; arpones derribados por exigentes
episodios de locura. Y sollozo y miento y digo verdades,
y expongo mi cordura
a los valles recipientes de sangre y vómito.
Mis piernas callan lo que las pies han aplastado livianamente:
huertos, olivos, macizos detenidos en la espesura vertical,
horizontales roquedales, absortos castillos derrumbados.
Miro y toco y digo alrededor, cerca, próximo, o lejos,
como un dios sufrido que titubea.
©

demasiadas lejanías extáticas
demasiadas inmovilidades pertenecientes
al aire. Son diatribas, búsquedas, humedades
entorno a un mismo hueco: diapositivas
vendidas por un carcelero idéntico.
Hay demasiadas huellas, participando
de lo explorado, iniciando vacilantes
nieblas, profanando el lugar de tantos
hermosos fragmentos. Son tristezas
y un poco de llanto, meditaciones
quizás, alrededor de una caverna.
Umbríos deterioros de una pierna,
de un cadáver, de una repugnante
misiva. Buscan serpientes y pieles,
arenas territoriales, arcillas crepitantes,
urdimbres solidarias, sombras ejecutantes.
Un cierto hedor a piedra consentida,
a recuerdo inamovible, a resultado consecuente.
Hay una cordillera y un mapa de topónimos,
un escueto río atravesando parcelas, y allá,
otro que esquiva la ciudadela y sus portalones.
Recuerdo mis labios entre sus cejas; mi mentón
consumando la abertura; arpones derribados por exigentes
episodios de locura. Y sollozo y miento y digo verdades,
y expongo mi cordura
a los valles recipientes de sangre y vómito.
Mis piernas callan lo que las pies han aplastado livianamente:
huertos, olivos, macizos detenidos en la espesura vertical,
horizontales roquedales, absortos castillos derrumbados.
Miro y toco y digo alrededor, cerca, próximo, o lejos,
como un dios sufrido que titubea.
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