crisantemo
Poeta fiel al portal
Arpegios de despedida
(Se abre la puerta de un escueto y pulcro
comedor, aparece Juan, el padre
con un mandil grasiento y oxidado
y el rostro tenso. Andrés está sentado
en el sofá. Su madre, preocupada,
le mece el pelo con los dedos, como
cuando era niño. En otra habitación,
contigua al comedor, su hermano Luís
toca una pieza en su violín, es Bach).
EL PADRE: (dirigiéndose hacia Andrés)
¿Cómo es que no has venido a la herrería?
ANDRÉS: (mirándole a los ojos, neutro)
No voy a andarme con rodeos, siento
que esa vida, que bulle en mi interior
grita, pero su grito es inaudible.
Yo no he nacido herrero quién marcó
con ese hierro mi destino ¿Luis?
¿el intocable corazón de lata?
EL PADRE: (levantando el dedo índice)
¡Deja a tu hermano en paz!, él eligió
vocación y no oficio, el violín
y la herrería son incompatibles.
A ti te forjé el brazo y el carácter
igual que hizo conmigo el abuelo
aunque quizás me equivoqué contigo.
Es poco lo que ofrezco, ya lo sé,
tan solo golpes al sufrido yunque
y olor a fragua y a carbón ¿no es cierto?
ANDRÉS: (Mira a su padre con dulzura)
lo siento pero al verte así me acuerdo
de mi hermana, me duele todavía.
Tú viste el rostro de la pobre Laura
cuando se fue ¿Qué crimen cometió?
¿Quizás ninguno? La alejaste tú
al no escucharla, solo te preocupa
el taller, el taller ¡Maldito sea!
EL PADRE: (En actitud amenazante)
No me hables de tu hermana, ella eligió
y erró, se fue de casa por amor
y ahora está sola y lejos. Hijo mío
el amor no se come, las más veces
se sufre y ahora todos lo sufrimos.
(Luis, en el quicio de la puerta pulsa
en su violín un sordo pizzicato
de la Pavana de Fauré. Encuentra
divertida y al tiempo ventajosa
la situación, por fin se queda sólo).
[…]
EL PADRE: ( se acomoda en una silla)…
Yo solo pienso en vuestro bienestar,
vosotros sois mi norte y vuestra madre
lo sabe, y tú también, quizás te cueste
sincerarte conmigo no me temas
puedes hablar con libertad te escucho.
La Madre advierte a Andrés con la mirada.
ANDRÉS: (cuenta a su padre sus deseos).
Echo en falta a mi hermana Laura,
hablo con ella cada día. Luis
me ve como rival no como hermano,
ese odio solo puede ir a mayores,
tú quizás no lo ves a mí me enciende.
Cursaré Bellas Artes, tengo plaza,
pero vendré los fines de semana
y así podré ayudarte en el taller.
EL PADRE: (se levanta rojo de ira)
Ya veo tu estudiado plan de fuga
¿No has pensado en tu pobre madre Andrés?
¿No es bastante su cruz? su nieta, su hija
y ahora tú. Solo es cabezonería,
sí, sí, lo que oyes, cabezonería.
LA MADRE: (con el rostro autoritario),
¡Cállate, Juan! ¡Ya basta!, por favor.
(…) No voy a consentir que Andrés se vaya
de esa forma, ya tuve suficiente
con Laura, yo le apoyo y tú también.
Rezo para que Andrés sea capaz
de rehacer ese puente que quebró
y que nos parte el alma Juan, lo sabes.
EL PADRE: (Reflexiona y luego asiente)
… Te hará falta trabajo, yo me encargo
aquí estaremos para cualquier cosa, (…)
Dame un abrazo Andrés, y queda en pie
lo de los fines de semana. ¿Estamos?
(Besa a su madre
no sirven las palabras.
Brilla la lágrima. Antes de cruzar
la puerta, mira con desprecio a Luis.
que pulsa en su violín la marcha fúnebre
de Chopin. Plinc plinc plincplínc...).
(Se abre la puerta de un escueto y pulcro
comedor, aparece Juan, el padre
con un mandil grasiento y oxidado
y el rostro tenso. Andrés está sentado
en el sofá. Su madre, preocupada,
le mece el pelo con los dedos, como
cuando era niño. En otra habitación,
contigua al comedor, su hermano Luís
toca una pieza en su violín, es Bach).
EL PADRE: (dirigiéndose hacia Andrés)
¿Cómo es que no has venido a la herrería?
ANDRÉS: (mirándole a los ojos, neutro)
No voy a andarme con rodeos, siento
que esa vida, que bulle en mi interior
grita, pero su grito es inaudible.
Yo no he nacido herrero quién marcó
con ese hierro mi destino ¿Luis?
¿el intocable corazón de lata?
EL PADRE: (levantando el dedo índice)
¡Deja a tu hermano en paz!, él eligió
vocación y no oficio, el violín
y la herrería son incompatibles.
A ti te forjé el brazo y el carácter
igual que hizo conmigo el abuelo
aunque quizás me equivoqué contigo.
Es poco lo que ofrezco, ya lo sé,
tan solo golpes al sufrido yunque
y olor a fragua y a carbón ¿no es cierto?
ANDRÉS: (Mira a su padre con dulzura)
lo siento pero al verte así me acuerdo
de mi hermana, me duele todavía.
Tú viste el rostro de la pobre Laura
cuando se fue ¿Qué crimen cometió?
¿Quizás ninguno? La alejaste tú
al no escucharla, solo te preocupa
el taller, el taller ¡Maldito sea!
EL PADRE: (En actitud amenazante)
No me hables de tu hermana, ella eligió
y erró, se fue de casa por amor
y ahora está sola y lejos. Hijo mío
el amor no se come, las más veces
se sufre y ahora todos lo sufrimos.
(Luis, en el quicio de la puerta pulsa
en su violín un sordo pizzicato
de la Pavana de Fauré. Encuentra
divertida y al tiempo ventajosa
la situación, por fin se queda sólo).
[…]
EL PADRE: ( se acomoda en una silla)…
Yo solo pienso en vuestro bienestar,
vosotros sois mi norte y vuestra madre
lo sabe, y tú también, quizás te cueste
sincerarte conmigo no me temas
puedes hablar con libertad te escucho.
La Madre advierte a Andrés con la mirada.
ANDRÉS: (cuenta a su padre sus deseos).
Echo en falta a mi hermana Laura,
hablo con ella cada día. Luis
me ve como rival no como hermano,
ese odio solo puede ir a mayores,
tú quizás no lo ves a mí me enciende.
Cursaré Bellas Artes, tengo plaza,
pero vendré los fines de semana
y así podré ayudarte en el taller.
EL PADRE: (se levanta rojo de ira)
Ya veo tu estudiado plan de fuga
¿No has pensado en tu pobre madre Andrés?
¿No es bastante su cruz? su nieta, su hija
y ahora tú. Solo es cabezonería,
sí, sí, lo que oyes, cabezonería.
LA MADRE: (con el rostro autoritario),
¡Cállate, Juan! ¡Ya basta!, por favor.
(…) No voy a consentir que Andrés se vaya
de esa forma, ya tuve suficiente
con Laura, yo le apoyo y tú también.
Rezo para que Andrés sea capaz
de rehacer ese puente que quebró
y que nos parte el alma Juan, lo sabes.
EL PADRE: (Reflexiona y luego asiente)
… Te hará falta trabajo, yo me encargo
aquí estaremos para cualquier cosa, (…)
Dame un abrazo Andrés, y queda en pie
lo de los fines de semana. ¿Estamos?
(Besa a su madre
no sirven las palabras.
Brilla la lágrima. Antes de cruzar
la puerta, mira con desprecio a Luis.
que pulsa en su violín la marcha fúnebre
de Chopin. Plinc plinc plincplínc...).
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