Teo Moran
Poeta fiel al portal
Solo cabe esperar en la lentitud
el paso incierto de los latidos,
regresar la mirada al camino
sin saber lo que vas a encontrar.
Puede que te encuentre caminando
en un mar de trigo al atardecer,
a la tonada de un alegre ruiseñor,
a una sinfonía enamorada en el pecho.
Allí, en las entrañas de la maleza
caben todas las huellas desgastadas
que impenetrables ya no ven al sol,
que felizmente escriben en el nogal
sobre sus hojas unos versos de amor.
Y en su pelo negro enmarañado
los bucles de nuestras miradas brillan
como la nota más sublime y bella
dentro de la melodía de nuestras almas,
y en los brotes de los nuevos girasoles
el sendero se hace conocido y claro,
las encinas calladas y un verde olivo,
mil golondrinas jugando con el viento,
y a la sombra enjuta del ciprés
un banco vacío y un columpio viejo
esperan en la lentitud de la tarde
a las almas eternas de los amantes
que cada noche se confiesan su amor.
Atrás queda un acento extraño,
las latitudes de dos desconocidos,
una lágrima escrita en un bello rostro,
y en mi pecho el perfume ya olvidado
regresa para entonar su melodía,
deja a todos los latidos suspendidos
entre las espigas segadas del trigal
mientras nuestras miradas en secreto
se refugian del silencioso ocaso,
mas como nubes quebradizas y etéreas
nos dejamos llevar por la mano del viento,
y solo me cabe esperar a la promesa
entre la maleza y los pasos inciertos
que aquella nota se vuelva a escuchar
en la sinfonía enamorada de mi pecho.
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