Ad Libitum
Poeta recién llegado
El médico escribe con palabras latinas
los síntomas
mientras mi espalda se arquea,
mi coño se cierra
estrangulando al aire,
y las lágrimas de dolor
nublan entre mis párpados
mis pequeñas y efímeras
visiones de esperanza.
La enfermera me viola una,
dos,
tres veces
con el espéculo, dice, más chico
del mercado.
Mis nudillos sangrando entre mis dientes
y ese dolor de siempre.
El especialista anota
"disfunción sexual".
Y me prescribe una crema
anestesiante
"para que no sientas
ese dolor"
- ni nada -
"Debes colaborar"
me dice la psicóloga
mientras el ginecólogo
me acerca el maletín más caro de la empresa
con diez tipos distintos
de carajos de plástico
ordenados en fila
por tamaño
y grosor.
Mi coño es una boa constrictor
asfixiando al ruido
sangrante
de mi útero.
Yo no quiero una crema
con prospecto
que resigne a mi sexo
a la piel dormida
para hospedar en él
los placeres del otro.
Ni quiero diez falos protésicos
para, en nombre ahora de la medicina,
seguir violándome con mis propias manos
hasta hacerme inmune al dolor
de un cuerpo acostumbrándose
a ser
colonizado.
Yo no quiero aprender a vivir
con una herida abierta.
Si al fin tienen razón
y mi coño no es más
que esa fisura,
dejad que el cuerpo solo
sane sus partes rotas,
toda herida tiene derecho
a cerrar para siempre,
a ese corte que sigue
vivo tras el puñal
le es legítimo defender
su cicatriz.
los síntomas
mientras mi espalda se arquea,
mi coño se cierra
estrangulando al aire,
y las lágrimas de dolor
nublan entre mis párpados
mis pequeñas y efímeras
visiones de esperanza.
La enfermera me viola una,
dos,
tres veces
con el espéculo, dice, más chico
del mercado.
Mis nudillos sangrando entre mis dientes
y ese dolor de siempre.
El especialista anota
"disfunción sexual".
Y me prescribe una crema
anestesiante
"para que no sientas
ese dolor"
- ni nada -
"Debes colaborar"
me dice la psicóloga
mientras el ginecólogo
me acerca el maletín más caro de la empresa
con diez tipos distintos
de carajos de plástico
ordenados en fila
por tamaño
y grosor.
Mi coño es una boa constrictor
asfixiando al ruido
sangrante
de mi útero.
Yo no quiero una crema
con prospecto
que resigne a mi sexo
a la piel dormida
para hospedar en él
los placeres del otro.
Ni quiero diez falos protésicos
para, en nombre ahora de la medicina,
seguir violándome con mis propias manos
hasta hacerme inmune al dolor
de un cuerpo acostumbrándose
a ser
colonizado.
Yo no quiero aprender a vivir
con una herida abierta.
Si al fin tienen razón
y mi coño no es más
que esa fisura,
dejad que el cuerpo solo
sane sus partes rotas,
toda herida tiene derecho
a cerrar para siempre,
a ese corte que sigue
vivo tras el puñal
le es legítimo defender
su cicatriz.