dragon_ecu
Esporádico permanente
Otra calle que recorrer,
para escuchar a gente hablando del pasado.
Llegado a la esquina café mis ojos en lugar de confirmar el sitio
se distraen.
Una morena de caderas amplias se cruza de piernas frente mío.
Prefiero estar tirando de sus cabellos morenos.
Golpeando su grupa con mi vientre... y no estar levantando entrevistas.
Me calmo y busco la silla.
Me siento con un anciano de cicatrices que parecían más viejas que él.
Entablo la conversación con poco ánimo.
Su rostro se enrojece y escapa espuma de sus labios,
como si tuviera un ataque de rabia.
Que si el general...
Que los refuerzos...
Que se vendieron y los vendieron...
Que los persiguieron hasta matarlos...
—¿Pero yo lo veo vivo!
—Hubiera sido mejor estar muerto, porque lo que pasé no era vida— me responde.
Que la cárcel...
Los interrogatorios...
Las persecuciones...
Y lo peor de todo. Que no pudo ejecutar su plan
de dinamitar el patio de un colegio
a mitad de un acto cívico.
—Y bueno, no todo sale bien en la vida— le dije.
De respuesta recibí una mirada que despellejaba cualquier vida... sin matar.
Por suerte la morena sirvió dos vasos de vino.
Su curvosa presencia calmó los ánimos,
lo que aproveché para despedirme apurando el vaso.
A la hora llegué al ancianato.
Desde la entrada percibí un aroma extraño.
Como si alguien hubiera pisoteado
cápsulas de vitamina B,
para luego orinar encima
y echara gotas de alcanfor.
Adentro en una mesa de té me esperaba la señorita.
Una dulce anciana que se decía moriría soltera,
porque no encontró su hombre ideal.
Yo más creo que no se dió tiempo de buscarlo,
y remató a los pocos que se acercaron.
Me conversó de las misas y las retretas.
De los mantos y mantillas.
De recetas de aves, mariscos y dulces.
De como fue parvularia y luego maestra.
De como llegó a dirigir un colegio.
De como el poblado era limpio y seguro.
Y que la solidaridad desaparecía cualquier necesidad urgente.
Que el respeto era sinónimo de buena costumbre.
Y la convivencia era pacífica para todos
sin que las diferencias afecten.
Si hubiera estado diez minutos más
de seguro que yo sufriría, de un choque hiperglucémico.
Ante el tiempo adsorvido fuí trotando a una casa de retiro.
Ya en el interior una mujer joven me llevó a una sala de visitas.
En un rincón me esperaba un anciano.
De cabello gris intenso, una tela blanca cubierta de polvo.
Me llamó la atención que su piel
y hasta sus ojos
parecieran grises también.
Saludamos y noté que se le dificultó
llegar a estrechar mi mano.
— Es la artritis— se excusó.
La conversación inició con un repaso de su vida.
Hijo de activistas también fué activista un primer tiempo.
Me narró de como entró a la directiva del movimiento.
De como participó en los mitines.
Observando las reacciones para reacomodar los discursos.
Asignando tareas y fondos.
Gestionando finanzas.
De los planes y objetivos.
De como una tarde vigilando un edificio,
se enamoró de una muchacha.
—Ah caramba, me hablará de su primer amor— pregunté.
El hombre tosió y adelantó ese evento.
Me contó que notó inconsistencias en el grupo.
Que los discursos eran solo palabras vacías.
Promesas al aire.
Hiló su desencanto e iba reuniendo pruebas,
de estafas, engaños, traiciones,
pactos ocultos...
De como todo era una farsa montada para llegar al poder.
Y como iría poco a poco,
alejando sus convicciones
hasta el otro polo.
Me explicó que había pobreza,
pero no hambre.
Que habían necesidades,
pero no desespero.
Que había convivencia,
que impedía la inseguridad.
Y de cómo se buscaba acelerar los cambios,
usando el miedo, la desconfianza
y falsedades,
envolviendo en sombras su vida.
Recién me percaté que el hombre era ciego.
No me atreví a preguntar que pasó.
Y para huir del mal momento agradecí cerrando la entrevista,
al tiempo que intentaba escapar.
Al salir le pregunté a la recepcionista si conocía la historia del hombre que visité.
Me dijo que el contacto con polvo de fósforo le afectó la vista,
acelerando un defecto,
que finalmente le dejó ciego.
—¿Era experto en fuegos artificiales?— pregunté a la chica.
—No estoy segura— respondió.
—Pero hay el rumor de que estuvo involucrado en un grupo violento— continuó.
—Y allí le enseñaron—
No quise saber más.
Solo pensaba fervientemente,
que quedó ciego,
por impedir el ataque.
Hay circunstancias,
que es mejor no saber
toda la verdad.
para escuchar a gente hablando del pasado.
Llegado a la esquina café mis ojos en lugar de confirmar el sitio
se distraen.
Una morena de caderas amplias se cruza de piernas frente mío.
Prefiero estar tirando de sus cabellos morenos.
Golpeando su grupa con mi vientre... y no estar levantando entrevistas.
Me calmo y busco la silla.
Me siento con un anciano de cicatrices que parecían más viejas que él.
Entablo la conversación con poco ánimo.
Su rostro se enrojece y escapa espuma de sus labios,
como si tuviera un ataque de rabia.
Que si el general...
Que los refuerzos...
Que se vendieron y los vendieron...
Que los persiguieron hasta matarlos...
—¿Pero yo lo veo vivo!
—Hubiera sido mejor estar muerto, porque lo que pasé no era vida— me responde.
Que la cárcel...
Los interrogatorios...
Las persecuciones...
Y lo peor de todo. Que no pudo ejecutar su plan
de dinamitar el patio de un colegio
a mitad de un acto cívico.
—Y bueno, no todo sale bien en la vida— le dije.
De respuesta recibí una mirada que despellejaba cualquier vida... sin matar.
Por suerte la morena sirvió dos vasos de vino.
Su curvosa presencia calmó los ánimos,
lo que aproveché para despedirme apurando el vaso.
A la hora llegué al ancianato.
Desde la entrada percibí un aroma extraño.
Como si alguien hubiera pisoteado
cápsulas de vitamina B,
para luego orinar encima
y echara gotas de alcanfor.
Adentro en una mesa de té me esperaba la señorita.
Una dulce anciana que se decía moriría soltera,
porque no encontró su hombre ideal.
Yo más creo que no se dió tiempo de buscarlo,
y remató a los pocos que se acercaron.
Me conversó de las misas y las retretas.
De los mantos y mantillas.
De recetas de aves, mariscos y dulces.
De como fue parvularia y luego maestra.
De como llegó a dirigir un colegio.
De como el poblado era limpio y seguro.
Y que la solidaridad desaparecía cualquier necesidad urgente.
Que el respeto era sinónimo de buena costumbre.
Y la convivencia era pacífica para todos
sin que las diferencias afecten.
Si hubiera estado diez minutos más
de seguro que yo sufriría, de un choque hiperglucémico.
Ante el tiempo adsorvido fuí trotando a una casa de retiro.
Ya en el interior una mujer joven me llevó a una sala de visitas.
En un rincón me esperaba un anciano.
De cabello gris intenso, una tela blanca cubierta de polvo.
Me llamó la atención que su piel
y hasta sus ojos
parecieran grises también.
Saludamos y noté que se le dificultó
llegar a estrechar mi mano.
— Es la artritis— se excusó.
La conversación inició con un repaso de su vida.
Hijo de activistas también fué activista un primer tiempo.
Me narró de como entró a la directiva del movimiento.
De como participó en los mitines.
Observando las reacciones para reacomodar los discursos.
Asignando tareas y fondos.
Gestionando finanzas.
De los planes y objetivos.
De como una tarde vigilando un edificio,
se enamoró de una muchacha.
—Ah caramba, me hablará de su primer amor— pregunté.
El hombre tosió y adelantó ese evento.
Me contó que notó inconsistencias en el grupo.
Que los discursos eran solo palabras vacías.
Promesas al aire.
Hiló su desencanto e iba reuniendo pruebas,
de estafas, engaños, traiciones,
pactos ocultos...
De como todo era una farsa montada para llegar al poder.
Y como iría poco a poco,
alejando sus convicciones
hasta el otro polo.
Me explicó que había pobreza,
pero no hambre.
Que habían necesidades,
pero no desespero.
Que había convivencia,
que impedía la inseguridad.
Y de cómo se buscaba acelerar los cambios,
usando el miedo, la desconfianza
y falsedades,
envolviendo en sombras su vida.
Recién me percaté que el hombre era ciego.
No me atreví a preguntar que pasó.
Y para huir del mal momento agradecí cerrando la entrevista,
al tiempo que intentaba escapar.
Al salir le pregunté a la recepcionista si conocía la historia del hombre que visité.
Me dijo que el contacto con polvo de fósforo le afectó la vista,
acelerando un defecto,
que finalmente le dejó ciego.
—¿Era experto en fuegos artificiales?— pregunté a la chica.
—No estoy segura— respondió.
—Pero hay el rumor de que estuvo involucrado en un grupo violento— continuó.
—Y allí le enseñaron—
No quise saber más.
Solo pensaba fervientemente,
que quedó ciego,
por impedir el ataque.
Hay circunstancias,
que es mejor no saber
toda la verdad.
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