Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
Los techos de las calles
visten de árboles sus sombreros,
toman de la nube el blanco cáliz
donde se agrieta el trueno,
se desnuda la rama,
el manillar de la bici olvida el giro,
la pequeña flor su tesoro inmóvil;
sin intención suicida
el amarillo remite
dentro de un sobre
en la entrega en mano
y afuera,
la música del acordeón
que se estira y encoje,
como la esponja que no tuvo Dios
para aliviar la pena.
Un pecado que se frota a fondo
y desaparece
no es menos pecado
que el carbón que tizna
las espaldas del clérigo.
Los techos de la estancia
de un hogar cualquiera,
en el que el fuego no arde
son nostalgias de la noche
y obsesión por las estrellas.
Es todo cuanto ahora digo,
la actuación se acaba,
aplausos encadenados vienen
silencio luego.