Marcos Estrada
Poeta recién llegado
La noche pasa, se hace tarde, las estrellas asoman su nariz entre los planetas
Nubes traslucen el brillo de la luna, invernal, mientras los lobos aúllan en el borde de la colina
En lo profundo de ese bosque, ojos, fijos, mirando los míos, hoy no, en la noche si
“nocturna y distante”, recordé la frase de Mercedes
A este cielo no le importa la soledad, al tuyo tampoco
Si espero a que salga el sol, ya mis ventanas estarán rotas y mis brazos cortados
Son sólo cicatrices, la mejor manera de morir es sentir lo bueno a que la maldad te tome y te destruya
Tu mano pegada en la ventana (yo aún miro el techo)
Crujen los tablones de la entrada, se escarchan las plantas, una mirada de reojo, no importa
Ocultado el zorro entre el maizal, las viudas lloran al no muerto
Lágrimas derramadas
Velos ciegos
Tumbas abiertas, entrega la tierra al cielo, sin antes pasar a los ahogados saludar
Fumé cuanto sol había pisado el suelo
Bebí tantas veces como el viento agitó las copas de los árboles
Dos extraños esquivando las miradas que sólo el brillo de la oscuridad podía identificar
Atiné a juntar los meñiques para matar mi absurda soledad entristecida de hipotermia
Las treinta campanadas aclaman los pétalos rodeados de anhelos
El campanero ríe con sus cariados dientes negros, mientras sus ojos se retuercen
Bajo esa blanca luna, mi latir paralizó
Nubes traslucen el brillo de la luna, invernal, mientras los lobos aúllan en el borde de la colina
En lo profundo de ese bosque, ojos, fijos, mirando los míos, hoy no, en la noche si
“nocturna y distante”, recordé la frase de Mercedes
A este cielo no le importa la soledad, al tuyo tampoco
Si espero a que salga el sol, ya mis ventanas estarán rotas y mis brazos cortados
Son sólo cicatrices, la mejor manera de morir es sentir lo bueno a que la maldad te tome y te destruya
Tu mano pegada en la ventana (yo aún miro el techo)
Crujen los tablones de la entrada, se escarchan las plantas, una mirada de reojo, no importa
Ocultado el zorro entre el maizal, las viudas lloran al no muerto
Lágrimas derramadas
Velos ciegos
Tumbas abiertas, entrega la tierra al cielo, sin antes pasar a los ahogados saludar
Fumé cuanto sol había pisado el suelo
Bebí tantas veces como el viento agitó las copas de los árboles
Dos extraños esquivando las miradas que sólo el brillo de la oscuridad podía identificar
Atiné a juntar los meñiques para matar mi absurda soledad entristecida de hipotermia
Las treinta campanadas aclaman los pétalos rodeados de anhelos
El campanero ríe con sus cariados dientes negros, mientras sus ojos se retuercen
Bajo esa blanca luna, mi latir paralizó