VORAZ OTOÑO
Los ojos de este otoño
son bocas que devoran la belleza.
Succionan desde sus pupilas ardientes
los dorados, los ocres y mis versos.
Me han dejado desnudo
capitalmente desnudo
ante el mar que me contempla.
Los ojos de este otoño
con su forma de hojas muertas
miran sin ver ni las formas ni sus ecos
miran desde sus nervaturas resecas
y ven tan solo osamentas.
Viajo hasta el fondo de la plaza
que guarda todos los silencios
-mis silencios-
que trato de organizar como si fuesen
las páginas de un libro antiguo.
Me recreo durante las horas fláccidas
contemplando sus iluminaciones
que guardan los recuerdos del oro
y los gloriosos azules que me regalase
Fran Angélico
y me reúno con goliardos y trovadores
y las gráciles danzarinas gaditanas.
Es la gran fiesta funeral de los héroes redivivos.
Desde la torre albarrana,
desde esa su soledad majestuosa
me llegan músicas que conozco,
músicas queridas, de otros tiempos.
Se turban mis oquedades,
habitadas por pájaros desconocidos,
ante los romeros nuevos.
Zarpa la pequeña barca que debe cruzar el abismo
y reintegrarme entre los míos,
mis queridos, sagrados muertos.
Canta el cisne pero Lohengrin no llega
Tú eres ahora mi única puerta para entrar al Paraíso.
Grávida de nubes la tarde me entrega
sus últimos carmesíes.
Después, todo será más silencio.
Los ojos de este otoño
son bocas que devoran la belleza.
Succionan desde sus pupilas ardientes
los dorados, los ocres y mis versos.
Me han dejado desnudo
capitalmente desnudo
ante el mar que me contempla.
Los ojos de este otoño
con su forma de hojas muertas
miran sin ver ni las formas ni sus ecos
miran desde sus nervaturas resecas
y ven tan solo osamentas.
Viajo hasta el fondo de la plaza
que guarda todos los silencios
-mis silencios-
que trato de organizar como si fuesen
las páginas de un libro antiguo.
Me recreo durante las horas fláccidas
contemplando sus iluminaciones
que guardan los recuerdos del oro
y los gloriosos azules que me regalase
Fran Angélico
y me reúno con goliardos y trovadores
y las gráciles danzarinas gaditanas.
Es la gran fiesta funeral de los héroes redivivos.
Desde la torre albarrana,
desde esa su soledad majestuosa
me llegan músicas que conozco,
músicas queridas, de otros tiempos.
Se turban mis oquedades,
habitadas por pájaros desconocidos,
ante los romeros nuevos.
Zarpa la pequeña barca que debe cruzar el abismo
y reintegrarme entre los míos,
mis queridos, sagrados muertos.
Canta el cisne pero Lohengrin no llega
Tú eres ahora mi única puerta para entrar al Paraíso.
Grávida de nubes la tarde me entrega
sus últimos carmesíes.
Después, todo será más silencio.